52. La visita #2
Miles había mencionado en varias ocasiones que sus padres habían muerto, pero que había tenido una vida tranquila y sin sobresaltos.
Sabiendo lo que sabía en esos momentos, Foster entendía que todo había sido un embuste, que ese hombre que lo miraba con ojos muertos no era quien decía ser.
Y de verdad que, por una vez, deseaba no haber tenido razón.
Todas sus ganas de demostrarle a Kye que sus teorías no eran una locura, todos sus «te lo dije», cada uno con un tono más ácido que el anterior, morían en su garganta antes de salir.
Porque lo único que quería era largarse, ir a la policía y no tener que pensar en términos de vida o muerte.
Intentó moverse de nuevo solo para ver su camino interrumpido una vez más.
—No tengas tanta prisa, King. —El tono con el que dijo su apellido podría congelar un océano—. Estoy dispuesto a contarte mi historia; ¿no es eso lo que buscas? ¿Fama mundial, reconocimiento, que p-papi te acepte de una vez?
Al parecer, las caretas se habían caído y estaban frente a frente, a cara descubierta.
Lo que era desalentador, porque Foster no necesitaba a Kye para saber que, cuando el villano confesaba, era porque daba por concluido el suspense.
Consideraba que el héroe —oh, qué pretencioso término para referirse a sí mismo— había perdido, que era su momento de explicar su verdad.
De soltar la bomba. Y Foster necesitaba salir de allí cuanto antes.
Pero… ¿cómo?
—¿Quién sabe que estás aquí? —le preguntó Miles, o Robert, o Barrett, o quien quiera que fuera aquel hombre. Una mezcla de los tres. O ninguno de ellos.
Su primer instinto fue contestar que nadie, pero lo pensó mejor y, en voz excesivamente chillona, dijo:
—¡Todo el mundo! Le he dicho a todo el mundo que venía a ver cómo estabas.
Estaba dando palos de ciego; el curso «Cómo salvar tu vida en situaciones límite» se había convertido en una necesidad vital. Literalmente, en ese caso.
—Mira que lo dudo. P-para empezar, todo el mundo —dijo, con tonito— está en Vancouver.
Y, además, no sé p-por qué me da la impresión de que ese tablerito tuyo lo único en lo que te convierte es en un hazmerreír.
¿Alguien te cree? ¿De verdad ves a Kye enfrentándose a asesinos en serie?
—La risa que soltó fue tan fea que su estridencia pareció opacar los truenos de fuera.
A Foster se le puso la piel de gallina—.
No lo creo. Ya has jugado a detectives lo suficiente, King, creo que ya va siendo hora de que te retires.
Foster se estremeció. Quizá todo aquello fuera una broma macabra, un malentendido del que se reirían en un rato tomando unas cervezas y unos cacahuetes de esos que Eli compraba al por mayor para el Nexus.
Pero como en esos momentos su instinto de supervivencia le gritaba que corriera, eso fue lo que hizo: salir disparado hacia la puerta.
No fue una huida digna. Dio un empujón al chico que tenía la cara de Miles pero al que no sabía cómo llamar, y empezó a correr de cualquier forma, como un personaje que acabara de cobrar vida y usara las piernas por primera vez.
Y veía la puerta tan lejos, tan fuera de su alcance a pesar de estar a escasos metros…
En los pocos segundos que duró su intento de escapar, se sintió como el típico malo patoso que trataba de escabullirse de la policía en las películas, ese que sabías que no lo lograría, que estaba rodeado.
Y en esos momentos se acordó del discurso de Randy en el final de Scream sobre qué no hacer en las películas de miedo si querías sobrevivir, ese momento metacine que tanto le gustaba a Kye.
«Convierte clichés en técnicas narrativas, es magistral», le había dicho.
Y no sabía por qué recordaba aquello, no tenía nada que ver con su situación, aunque también fuera terrorífica.
Casi lo había logrado, había llegado incluso a tocar el pomo, pero entonces, una mano en el pelo y un pinchazo en el cuello lo avisaron —con poco tiempo, con mucha angustia— de que no había escapatoria.
—Shhh, tranquilo, no te voy a dejar inconsciente aún.
Quiero explicarte un p-par de cositas antes, es una manía que he desarrollado.
Como un discurso final; tu final, quiero decir.
—Se rio, como si hubiera tenido una gran ocurrencia—.
P-pero no hay prisa. Y seguro que esa alma curiosa que p-pareces tener me lo agradece.
O sea que no solo iba a morir —a su ritmo, por lo visto—, sino que, además, un psicópata le iba a dar el coñazo. Estupendo.
Foster notó cómo se adormecía, un pequeño sopor, como lo que había sentido cada vez que en la carrera le había tocado estudiar Teoría de la Comunicación. Cayó al suelo, aún sostenido desde atrás por Miles, que lo ayudó a apoyar la espalda en la pared y no desplomarse del todo. Qué detalle.
Tras unos segundos, mientras observaba cómo Miles sacaba una jeringuilla del cajón de su escritorio y jugueteaba con ella, Foster notó cómo la cabeza se le caía hacia el lado derecho.
El adormecimiento poco a poco fue más allá, como si la gravedad de su cuerpo hubiera aumentado; notó que se le dormían las piernas y una sensación de calor en pies y manos.
La boca… era como si no fuera suya. Quiso hablar; la idea se formó en su cerebro sin problema, sabía lo que quería decir, su grito de auxilio sonó alto y claro en su interior.
Pero era como si su cabeza no pudiera ejecutar la orden.
Miles se rio de él —quizá porque lo único que consiguió fue balbucear—, una risa desagradable que, sin duda, pretendía ser humillante.
Y Foster quiso gritarle, pero no lo logró.
Así que se limitó a observarlo, porque no se atrevía a cerrar los ojos.
Por alguna extraña razón, eso le parecía rendirse, apagar la luz, dar las buenas noches al mundo y despedirse.
Miles se sentó en el alféizar interior de la ventana abierta y empezó a romper pompa tras pompa. «Pop. Pop. Pop».
—Este es un truco que descubrí yo solito.
Ahora lo uso como si fuera una terapia innovadora y hablo de distracción focal y autohipnosis ligera.
—Se rio, probablemente de sus pacientes, lo que era horrible en sí mismo—.
P-pero son útiles más allá de las grandes p-palabras, alejan el ruido externo y mental, calman.
Estuve años sin usarlas, hasta que el niñato ese apareció en El Refugio dispuesto a arruinarme la vida.
Se presentó allí con todo ese rollo de «mi hermanito no p-pudo ser, oh, p-pobre mi hermanito, alma cándida donde las haya».
Pretendía destruir todo mi esfuerzo y hacer saltar p-por los aires mi p-personaje.
A Foster las palabras le llegaban claras, más nítidas de lo normal, incluso; pero parecía olvidarlas según las escuchaba.
Era consciente de la ira en su tono, de la rabia; sabía que lo que estaba diciendo debía de ser importante, pero no podía hacer ni decir nada.
Hasta el miedo había perdido. Y no se sintió mal por ello; no se sintió débil por dejar de luchar; fue una renuncia impuesta por su cuerpo, que se cerraba.
Y, aun así, el aterrador ser que le narraba sus problemas para gestionar la ansiedad que le había generado un secuestro que él mismo había perpetrado consideró que seguir hablándole era vital para la correcta comprensión de su relato o de su arco de personaje de niño abandonado a villano.
Y no solo eso, también consideró que Foster debía prestarle atención.
Por eso quizá se acercó a él, se agachó y le colocó la cabeza, que seguía ladeada como la de una marioneta de tela sin sostén ni cuerdas.
—Cuando el niño ese apareció en El Refugio comiéndole la cabeza a mamá Colton, p-perdí los nervios.
No estoy acostumbrado a actuar de forma impulsiva, ¿sabes?
—dijo mientras el pop, pop, pop del papel de embalar puntuaba cada palabra como un efecto especial creado por el cerebro adormecido de Foster—.
De ahí que quizá le inyectara menos dosis de anestesia de la habitual; no tenía más a mano y eso me hizo actuar de forma precipitada —pop, pop, pop—.
No es tu caso. A ti te he p-puesto la cantidad exacta p-para tenerte aquí, conmigo, mientras decido cómo proceder.
Quería torturarlo, eso era lo que quería.
No de forma física, Foster no lo creía, al menos.
Su tortura era psicológica, narrativa y, en cierto modo, disruptiva.
Aquello era Miles cambiando las tornas; alguien se había colado en su casa, alguien que quizá hubiera averiguado lo que no debía, y quería demostrarle a ese alguien quién tenía el control.
Era una forma de dominación brutal; tener ahí a Foster, escuchándolo mientras perdía la voluntad, la capacidad de actuar, de salvarse. De salvar al resto.
Quiso llorar. Quizá lo hizo. No notó las lágrimas.
—P-por suerte, el niñato fue listo y al escapar no os buscó; sabía lo que se venía y huyó despavorido.
No creas que no me atormenta —pop, pop, pop—, a veces me despierto con sudores fríos creyendo que ha ido a la p-policía y me ha delatado —pop, pop, pop—.
Luego recuerdo que jamás me vio la cara, que no p-puede vincularme con nada.
Aun así, he p-pasado un mes de infarto —pop, pop, pop—, teniendo p-pesadillas al más p-puro estilo Kye Colton.
La risa que siguió a ese comentario fue tan fea que Foster apartó la vista; solo los ojos, lo único que parecía poder mover aunque de forma errante, dado que no podía fijarlos en ningún lugar. Pero sí podía no mirarlo a él, su única intención medio consciente en esos momentos.
—¿Sabes lo que más me jodió de que se me escapara?
Quizá te sorprenda y esperes algo superépico, p-pero fue el hecho de no p-poder p-ponerme delante de él y decirle bien alto que lo último que vio su hermano antes de morir fue a mí.
Que murió ahogado a mi lado sin casi intervención p-por mi parte.
Siendo «casi» la p-palabra clave. —Otra risa, una profunda, de las que salía del pecho.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una desagradable carcajada—.
El muy idiota saltó al agua a sacarnos, p-pero debió de quedarse atascado con algo y no logró salir.
Foster volvió a mover los ojos, a tratar de enfocar a Miles. Y él lo notó, porque sonrió y, con la cabeza ladeada, añadió:
—Era yo quien iba en el coche de Kye aquel día, ¿no lo sabías? No iba a matarlo, ¿eh? Solo quería darle un susto. Llevaba días observándolo, maravillado con su belleza; hasta ese momento ni siquiera me habían gustado los chicos, fue… una revelación.
Se quedó unos segundos con la mirada perdida, inmerso en una ensoñación, en el recuerdo de Kye, con toda probabilidad; Foster entendía la potencia de esa imagen mental.
¿Cómo nunca se habían planteado que Miles fuera el atacante?
Todos hablaban de cómo lo había salvado, de que se había recuperado junto a Kye, de que había sido su psicólogo.
No había preguntado porque no parecían existir dudas por parte de nadie, así que nunca pensó…
Y en esos momentos tampoco podía pensar, la impotencia era tan grande que si no se estuviera revolcando en anestesia lo haría en frustración.
—El caso es que fui yo quien salvó a Kye.
¡Yo! —dijo dándose una palmada en el pecho, orgulloso; el pop, pop, pop había cesado—.
Se lanzaron como unas diez p-personas más y ninguna de ellas logró llegar lo bastante rápido.
Fue el destino, un renacer p-para ambos.
De hecho, a mí me gusta verlo como una especie de bautismo conjunto.
P-porque de verdad fue una bendición. Hubo mucho caos, ambulancias, urgencias, boxes…
El estrés hace que los testigos sean p-poco fiables, que tengan una p-percepción fragmentada de lo ocurrido y rellenen los huecos a conveniencia.
Todos creían haber visto lo mismo, como una conciencia grupal errada; creyeron lo más sencillo.
En la confusión del rescate me bastó con decir varias veces «cuando me lancé al agua…
» p-para que todos creyeran haberme visto tirarme al río.
Luego, cuando Kye supo que había arriesgado la vida p-por él, que había ayudado a salvar la suya, se abrió a mí.
En su debilidad, me aceptó. Hasta sus p-padres me aceptaron.
La zorra de Daniela no, p-pero esa cabrona es otro tema.
En serio, ¿qué p-posibilidades había de que saliera así de bien?
—Se rio—. Me descojoné vivo cuando todo fluyó hasta el p-punto de que Julia me p-pidió que tratara a su hijo, que lo cuidara cuando le dieran el alta…
Dios, qué momentazo. Casi me corrí y todo.
Me p-pasa a menudo con los subidones de adrenalina, que no logró controlar la excitación.
De hecho —dijo acercándose a él con calma y agachándose a su lado—, p-para matarte a ti lo mismo hasta tengo que p-ponerme un condón, p-por no dejar rastros de ADN y esas cosas.
«¡No, no, no!», gritó Foster en silencio.
Miles le enseñó la jeringa con mucha ceremonia, colocándosela a Foster frente a los ojos, no se fuera a perder detalle, y presionó hasta que una gota del líquido transparente salió.
—Ahora sí —dijo incorporándose y saliendo de su campo de visión—, ha llegado el momento. Te daría unos minutos p-para que te despidieras de tus seres queridos, p-pero te ha p-pillado en mal día, no p-parece que haya nadie.
El psicópata volvió a aparecer junto a su cuerpo inerte y lo movió y zarandeó a su antojo hasta atarle las manos a la espalda y meterle algo en la boca —¿una tela?, ¿algodón?, ¿un pañuelo?— antes de clavarle la aguja en el cuello.
Y, entonces sí, Foster supo que iba a morir.
La consciencia lo abandonaba de la misma forma que el sueño se apodera de un cuerpo exhausto.
Trató de respirar, de aferrarse a la vida en un último aliento.
Tenía las manos atadas, algo en la boca que le impedía gritar y una impotencia en el pecho que le apretaba hasta lo más intangible del alma.
Porque ese era el fin de su historia y la desesperación le inundaba el cuerpo.
Se le habían quedado tantas cosas por hacer y decir; tantos besos sin dar; tantas risas atascadas en la garganta…
«Te quiero», pensó. «Ojalá te lo hubiera dicho antes, cuando aún tenía tiempo».