Hotel Noir 52. La visita
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52. La visita

LA VISITA

FOSTER

Acababan de entrar de forma ilegal —y con una horquilla, nada menos— en el cuarto de un tío que tenía toda la pinta de ser el eslabón que lo conectara todo; y jamás en su vida había deseado tanto estar equivocado.

Por un lado, según parecía, Miles podía ser el hijo de Ted Barrett y Maeve McNulty.

Foster siempre había creído que Barrett había cogido a su hijo tras el incendio —o antes, o durante, eso no lo sabía con certeza y dudaba que alguna vez pudiera averiguarlo— y se lo había llevado al Scenic, donde se encontraba el objeto de su obsesión: su amada Julia Colton.

Había ido con la intención de llevársela, eso lo sabían con seguridad, como también sabían que pretendía «empezar una vida los tres juntos».

Foster no creía que Barrett quisiera abandonar al niño, y no por ser un padrazo, Dios sabía qué había movido a ese impresentable a hacer lo que hizo; pero había muerto —o no, no podía pensar en esa posibilidad en aquellos momentos—, y al niño lo había encontrado la policía y se había convertido en el hijo adoptivo de la entrañable Greta Orlando.

El que trabajaba en el bar al que West había ido antes de morir; el que se había peleado con Ray Weary y provocado su muerte.

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo se había enterado el tal Robert de quién era su padre?

Greta Orlando nunca lo supo. ¿Y cómo había acabado siendo Miles Peterson?

¿Qué estaba pasando? Oz iba a indagar en Willow Center, era lo último que había hablado con él, pero en esos momentos no había manera de contactar, y Foster estaba empezando a acojonarse mucho y muy rápido.

Que todo seguía siendo una teoría, cierto, que todo seguía siendo un «según él» en toda regla, pero, coño, qué sentido tenía, cómo cuadraba.

«Dios, Kye, cuando te enteres de todo lo que está pasando…».

—¿Es que se está mudando? ¿Va a huir? —dijo Foster en un susurro señalando una caja con papel de embalaje cerca de la puerta.

—Eso es lo que quería que vieras. —Eli también susurraba—. No sabe que lo sabemos, no tendría sentido que huyera.

—Nada tiene sentido ya; o tiene todo el del mundo, lo cual me preocupa más.

Se acercaron con sigilo, o lo que Foster creía que podía ser sigilo, pero que seguro que emulaba a personajes histriónicos de la pantera rosa.

Podía hasta oír la música de fondo, todo muy en blanco y negro y muy Peter Sellers.

Si salía vivo de ese pueblo, se replanteaba la vida.

Bueno, si salía vivo del pueblo, probablemente volviera a enfrentar a Kye y decirle que lo quería, que él hiciera lo que quisiera con esa información.

O quizá se lo podía decir por mensaje; no hacía falta que volviera.

No. Quería volver. De hecho, no quería irse.

Aunque tenía miedo, mucho; estaban pasando cosas espantosas.

¿Cómo de épico era su amor si, a pesar del terror que reinaba, él no quería irse de allí? Muy épico. Legendario. Epopéyico.

—¡Foster! —gritó en voz baja Eli, si eso era posible—. No puedes empanarte en un momento así.

—Perdona.

—Escucha —lo urgió a continuación con el papel de embalar en la mano.

«Pop. Pop. Pop».

Un sudor frío le recorrió la columna vertebral. Se acercó más a Eli.

—Hazlo otra vez.

Ella volvió a explotar varias pompas del papel de burbujas.

—No era chicle —susurró Foster.

—No lo era —confirmó Eli—. Es él. Él secuestró a Dean. Cuando lo ha escuchado a través del teléfono se ha puesto a hiperventilar. Creo que era más miedo por mí, por que estuviera aquí sola, que por él, que es supervaliente, y por eso te he llamado.

La revelación era escalofriante pero quizá evidente a la luz de la nueva información que tenían.

Foster no lograba pensar con claridad; solo había una cosa que necesitaba hacer: poner a Eli a salvo, llegar a Kye y dejar que alguien competente se encargara a partir de ahí.

Bueno, en realidad eran tres cosas, pero todas ellas igual de urgentes.

—Eli, de ser así, no solo secuestró a Dean; es un asesino. ¡Es un puto asesino! Vamos —la urgió Foster entre susurros a gritos y manos sudorosas a pesar del frío.

—¿A dónde? —la pregunta le salió estrangulada.

—¡¿Cómo que a dónde?!

Foster se sintió mal por usar un tono tan brusco; era una cría, estaba asustada.

Y con razón. Y él no sabía si era capaz de protegerla.

Porque era un aficionado que estaba atando cabos sobre la marcha.

Y los estaba atando —mal anudados, flojos, en una cuerda de seda— en casa del puto Miles que no era Miles.

—Vamos a llevarnos este papel de embalar… —empezó a decir Eli mientras cogía uno de los rollos del plástico.

—Eli —la reprendió Foster con seriedad, y, en esa ocasión, no se sintió mal.

Sus vidas podían estar en juego—. Nos vamos.

Nos hemos metido en la boca del lobo y el lobo está muy cabreado.

La próxima vez, me llevas a la tienda de cerámica esa que está al lado del videoclub, que seguro que tienen mucho papel acolchado de este, y me explotas todas las pompitas que quieras. Pero ahora nos largamos.

—Pero… —fue una protesta susurrada, una queja sin fuelle.

—Una niña de diecisiete años enfadada con su madre y que lleva una horquilla en el bolsillo y un pringado que vive del cuento y de ocultarse a foco abierto se han colado en el apartamento de un secuestrador asesino en serie. El chiste se cuenta solo. Nos vamos.

—¿Vamos a la policía?

—Sí. Y al hotel. Sacamos a Kye de ahí quiera o no quiera.

—¿Y qué les vamos a contar?

—Tenemos una duda razonable, con eso vale. Y mira, aunque no la tuviéramos, yo lo que quiero es llegar a tu hermano y ponerlo a salvo. Si nos estamos equivocando, pues oye, mejor. Pero nos largamos.

—Pero ¿quién es exactamente? ¿Qué pretende? ¿Mató a mi tío y…?

—Eli, mi chica bonita, eres fantástica, estupenda, te adoro, serás la mejor cuñada del mundo si tu hermano me acepta, pero estas preguntas nos las hacemos en mi Camaro mientras vamos a ver a Kim. Tu hermano podría estar en peligro.

Eso hizo que Eli abriera mucho los ojos, dándose cuenta, por fin, de la gravedad de la situación. No eran los protagonistas de un libro de Kye Colton, no eran héroes con superpoderes capaces de enfrentarse a un mal que terminaría por perder porque así funcionaban las cosas.

Foster le agarró la mano —Eli estaba paralizada— y tiró de ella hacia la puerta.

Pero el sonido de una llave en la cerradura los detuvo de golpe.

No hubo tiempo para pensar, no había minutos para decidir cómo proceder, así que, tras un vistazo rápido al cuarto —pequeño, ordenado, sin escondites a la vista— Foster hizo lo único que se le ocurrió: corrió hacia los ventanales con Eli a rastras, se asomó, calculó la distancia desde esa altura hasta el frondoso arbusto pegado a la fachada y, pidiéndole perdón en voz muy bajita mientras le decía que fuera a buscar a Kim, la empujó con la mayor delicadeza que pudo.

Si es que tirar a alguien por la ventana era un acto que podía llevarse a cabo con delicadeza.

—¿Foster? —dijo una voz a su espalda.

Foster se giró a mirar a Miles. No sabía qué decir, qué hacer… «Piensa, rápido, piensa». Pero no había nada que pensar, nadie te enseñaba a reaccionar en situaciones de máximo estrés; o sí. Quizá había cursos. Si salía de esa, lo buscaría. Y, si no los había, los crearía él.

—Yo…

Nada. No tenía nada.

—¿Qué haces en mi cuarto? ¿Cómo has entrado? —Era la voz de Miles, pero, al mismo tiempo, tenía un filo peligroso, como si a su habitual indecisión le hubieran inyectado una dosis de hastío, dando como resultado un tono transfigurado.

—Vine a ver si estabas bien, con la que está cayendo y eso…; la puerta estaba abierta y… he visto todo ese papel de embalar y… he pensado que quizá te estabas mudando y que a lo mejor necesitabas ayuda.

Miles miró en la dirección en la que señalaba Foster.

—¿Eso? Me relaja. Es una estrategia de regulación sensorial. Lo empecé a hacer de niño, me ayudaba a desconectar de los gritos de una de las casas de acogida en las que estuve. Ahora se lo recomiendo a los chicos cuando tienen la ansiedad.

—Uy, qué bien. Lo probaré. —Tras una pausa en la que no supo qué hacer, añadió—. Bueno, pues como no necesitas mi ayuda, me voy.

Miles le cortó el paso, y la forma en la que pareció mutar su rostro le dejó clarísimo que no estaba comprando su triste excusa.

Pero, a ver, que nadie le había enseñado a sobrevivir a ese tipo de circunstancias y era espeluznante ver a Miles ahí, con esa cara que era suya pero a la vez no lo era.

Qué cosa más terrorífica. Era como estar en presencia de una persona completamente distinta; su gesto…

¿Qué gesto? No tenía ninguna expresión. Era como una máscara a la que le habían pintado ojos, nariz y boca, pero permanecía inerte en todo lo demás.

No había señales de vida. Y, por raro que pareciera, el primer pensamiento de Foster fue: «Qué difícil tiene que haber sido para él interpretar un papel todo este tiempo».

Extraña preocupación, dado el peligro en el que estaba, pero inevitable en presencia de tal monstruo.

—¿No me preguntas p-por lo de la casa de acogida? ¿Tú, que siempre tienes la curiosidad en los labios?

El tartamudeo. ¿Cómo cojones no se había dado cuenta?

Las palabras de Greta Orlando llegaron a él como la advertencia que podían haber sido si no fuera un inepto fingiendo ser capaz.

«Si es por su tartamudeo, no se preocupe», le había dicho la agradable señora que vivía en el pasado.

«Es solo cuando está nervioso. Está yendo a un logopeda y evoluciona muy favorablemente; dicen que estas cosas a veces son hereditarias, pero ahí no tenemos nada donde trabajar. No conoció a sus padres».

—¿Foster? —le llamó la atención con tono paternalista—. ¿No dices nada?