Hotel Noir 51. La semilla del diablo #2
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51. La semilla del diablo #2

—Ah, vale, que no sabía su nombre. —Joseph se quedó unos segundos callado, mirándolo, analizándolo y crispándole los nervios.

Pero debió de decidir que era digno de su confianza y, desestabilizándolo del todo, respondió—: Ese amigo vuestro, lo he visto venir a coger bocadillos contigo y con el chico de los Colton.

—¿Qué amigo? ¿Con quién discutió?

¿Sería Miles? Foster solo había ido al bar con Miles y con Eli. ¿Qué estaba diciendo ese hombre?

—Sí, discutieron, pero no sé sobre qué, chico, no soy ningún cotilla.

—Claro que no, Joseph —dijo Jackson, riéndose entre dientes una vez más.

—No, no lo soy, pero, desde que esa familia volvió al pueblo, trajo una maldición consigo, te lo digo yo.

—Perdone —interrumpió Foster en un tono menos gentil del habitual—, pero ¿de quién habla? ¿Un amigo nuestro? ¿Un McNulty?

¿A qué McNulty conocía? En persona a ninguno. El puto Liam pelirrojo; la hermana, que se había casado y vivía en Minnesota; Maeve, muerta en el incendio…

—El que solo sonríe cuando estáis vosotros delante, no tiene sonrisa si no, es raro —contestó el viejo Joseph—. Me da en la nariz, y yo no me equivoco, mi olfato nunca falla, que es el hijo de la pequeña de los McNulty, la que embarazó aquel camello de poca monta.

—¡¿Quééé?!

Foster casi se cae del taburete. Se puso de pie y se agarró a la barra, mirando al hombre, que, por suerte o por desgracia, no había terminado de hablar.

—Y no lo sé solo porque se parece mucho a su madre, mi memoria tampoco falla, tengo el cerebro de un treintañero, me lo dijo la médica el otro día.

El alcohol no es tan malo como dicen… —Miró a Foster y a Jackson, extrañamente orgulloso de su alcoholismo, y, dejándolo de piedra, continuó—: También lo sé por el tartamudeo, es igual que el de la madre, siempre en la misma combinación de letras…

—En la p seguida de vocal —dijo Foster en un susurro, dándose cuenta al instante.

—En la p seguida de vocal, exacto.

Foster no tuvo tiempo de pensar en ello, de analizar lo que suponía, lo que significaba, porque el teléfono le sonó en esos momentos.

Y en otras circunstancias quizá no lo hubiera cogido, demasiado bloqueado para hacer algo más que intentar aclarar la información que manejaba, pero era Eli, y llovía como si fuera el fin del mundo, y… quizá lo fuera.

—Foster, tienes que venir a la universidad. —La voz se escuchaba entrecortada, parecía perder señal—. Es Miles… No… No quiero hablar con mi hermano hasta estar segura.

La llamada se cortó; Foster miró la pantalla de su móvil, no tenía nada de cobertura, pero intentó llamar.

«No ha sido posible realizar la conexión, inténtelo de nuevo más tarde», dijo una voz mecánica que le puso los pelos de punta.

«Más tarde» fue un segundo después, mientras oía a Jackson decir que era raro que aún estuvieran funcionando las líneas móviles.

«¡Es que no funcionan!», quería gritar Foster.

En el tercer intento, oyó al otro lado la voz de Eli, que trató de darle el mensaje de forma atropellada.

—Foster, la llamada se corta, ¿me escuchas? Estoy en Mystic Bird… ¿Hola? Foster, ven, por favor, es Miles.

«Es Miles, claro que es Miles, ¡¿cómo es posible que sea Miles?!».

—Voy.

Foster salió corriendo del bar sin su comida, tratando de llamar a Kim.

No sabía el número de la comisaria —si los teléfonos fijos funcionaban, que no lo sabía—, no tenía internet y, de hecho, ni siquiera tenía ni la barrita de cobertura que había aparecido y desaparecido de forma intermitente durante los últimos minutos.

Un mensaje de «sin servicio» brillaba de forma casi cegadora en su pantalla, como un anuncio del mal.

No tenía ni la opción de «solo llamadas de emergencia» que tantas veces se había preguntado si funcionaría.

Eli había perdido cobertura antes que él, era lógico si estaba en Mystic Bird, la recepción de la universidad indígena del valle del Fraser solía ser pobre, dependían de una torre de repetición al otro lado de la montaña, o eso le había explicado una vez North en una entrevista que le había hecho por los jardines del campus, que eran un paraje espectacular aunque en esos momentos le pareciera que se dirigía al infierno.

O a su propia muerte.

No poder depender de su teléfono —compañero inseparable desde hacía tanto tiempo que no recordaba un momento en el que no lo hubiera llevado pegado a él— le daba un miedo atroz, aunque sonara superficial.

Estaba incomunicado. Con información vital que no había podido comprobar; qué cojones, ni siquiera la había podido procesar.

Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza mientras se dirigía a toda velocidad —sin semáforos, sin farolas, con la lluvia incesante dificultándole la visión— hacia la montaña.

Dios, Miles.

Dios, Eli.

Dios, Dios, Dios… ¡Kye!

Dudó si primero acercarse rápidamente hasta el hotel y hablar con Kye, pero no tenía nada seguro que ofrecerle, y Eli había sonado tan asustada, su necesidad tan urgente…

Así que lo descartó y, en no más de trece minutos, Foster dejaba el coche en el aparcamiento de la universidad.

Estaba casi vacío y el cielo parecía caer sobre las pocas personas que se aventuraban corriendo de un lado a otro, buscando cobijo entre grititos y risas.

Cerró el coche con manos temblorosas y volvió a mirar su móvil una vez más. A pesar del mensaje de «sin servicio», intentó llamar a Kim. Y a Kye.

Reconoció la figura encapuchada de Eli en la puerta del edificio más cercano y corrió hacia ella. Estaba apoyada contra una columna lateral, semiescondida, y, en cuanto lo vio llegar, salió a su encuentro y lo sumió en un abrazo de corazones desbocados y suspiros nerviosos.

—Menos mal que has venido. No sabía si me habías entendido. Me puse aquí porque podía verte llegar, pero necesitamos ir al edificio C, a ese de ahí de una planta. Ay, Dios, Foster. —Volvió a abrazarlo, temblaba como una hoja solitaria a merced del viento.

—¿Qué ha pasado? —Foster la agarró por ambos brazos, tratando de calmarla pero quizá obteniendo el efecto contrario.

Eli lo miró, sus ojos eran un mar azul oscuro embravecido y descontrolado, se agarró a sus bíceps y tiró de él hasta ocultarlos a ambos tras una columna.

—He hablado con Dean, antes de que todo se fuera a la mierda, cuando aún funcionaban los móviles.

Nos llamamos casi todos los días, pero bueno, eso no importa ahora.

—Eli hablaba de forma atropellada—. El caso es que hoy lo he llamado desde El Refugio.

Después de tener una bronca tremenda con mi madre mientras cargábamos las cajas con unos panfletos informativos que iban a llevar a la gala, me he quedado allí con Theresa, una de las voluntarias, que me ha dado una tila y una lección de vida que nadie le ha pedido, pero bueno —añadió en el mismo tono acelerado pero tan impregnado en sarcasmo que Foster no pudo evitar sonreír—.

Entonces hemos hablado de ella, Dean y yo, digo; por lo visto sabía quién era porque fue la que llamó a mi madre cuando él llegó a Black Pines, ¿te acuerdas?

¿Te acuerdas de que lo recibió una señora y fue ella quién le pidió a mi madre que fuera?

Bueno, pues era Theresa. Y una cosa ha llevado a la otra y ¿no te acuerdas que nos dijo que había varios adolescentes y otro chico?

¿Un voluntario? —Eli lo urgió zarandeándolo y Foster asintió.

Ella siguió, en voz más alta, más urgente—: ¿Cómo se me había olvidado?

¿Cómo? Dijo que nadie sabía que estaba allí, pero había gente en El Refugio, ¿por qué no lo tuvimos en cuenta? ¿Por qué?

—No es que nos olvidáramos, supongo que consideramos que nadie de El Refugio era una amenaza.

No solo porque diéramos por hecho que los voluntarios son buena gente que está ahí para hacer el bien, sino porque nadie sabía quién era ni qué hacía allí —trató de apaciguarla Foster, que ya estaba teniendo problemas para lidiar con la nueva información que poseía, con lo que suponía, como para lograr centrarse en la antigua, en la que no era más que una notita verde en su tablero porque Dean estaba a salvo y había dejado de ser prioritario.

«Dios, qué pensamientos tan horribles».

—Y lo descartamos, sin más. ¿Cómo? ¿Cómo pudimos descartarlo sin más? —El grito de Eli hizo que Foster se centrara en ella y solo en ella. Había subido a la universidad por la urgencia de su llamada, porque había mencionado a Miles, pero…

—Un momento… —dijo, agarrando las manos de Eli y agachándose un poco para que los ojos de ambos estuvieran a la misma altura—, ¿Miles? ¿Ese chico era Miles?

—Sí —confirmó ella—. Dean me lo ha descrito. Dice que era un chico moreno, con gafas y cara de bueno. No me lo podía creer, y entonces, como estaba aquí con mi amiga Tara…

—Eli, calma —la cortó Foster. Luego suspiró, tratando de ordenar sus palabras antes de decirlas.

No había podido pensar, necesitaba pensar antes de expresarlo.

¿Cómo iba a expresarlo? ¡¿Cómo?!—. Creo que puedes tener razón, pero también creo que va mucho más allá de eso.

Lo que acabo de descubrir, unido a lo que Oz y yo…

—¿Qué? ¿Qué has descubierto?

—Puede que Miles sea el hijo de Ted Barrett.

—¿Qué? ¿El que murió en el incendio?

—Claramente, no murió en el incendio.

—No entiendo nada, pero ven, vamos a su cuarto. Está en el primer piso de ese edificio. Me he colado antes y…

—¡¿Cómo que te has colado?!

—Por eso te he llamado, no es solo una sospecha. He descubierto algo, y quizá me equivoque, pero…

—Pero ¿qué? Dímelo ya, por Dios. Porque sé que no debería decírtelo, pero estoy acojonado, y creo que deberíamos irnos ya, informar de lo que sabemos…

—Mira, después de hablar con Dean, me he quedado descolocada; nerviosa.

Le he pedido a Tara que me acompañara a buscar a alguien que hubiera ido a la fiesta de Halloween vestido de Ghostface.

Hemos encontrado a un par de chicos con los que Dani y yo hablamos en su día y, aunque nos han contado básicamente lo mismo que entonces, que los panfletos habían llovido por las escaleras como cada vez que había una fiesta o botellón y que solo habían visto en algún momento con ellos a personal de la universidad, recogiéndolos, probablemente, ¡resulta que ese «personal» al que vieron no eran varias personas, sino solo una !

¡Y fue la misma en ambos casos: el psicólogo de los edificios C y D!

—¿Y ese es Miles?

—¡Ese es Miles! Me lo han descrito de la misma forma que Dean, todo el mundo parece coincidir en lo de la cara de bueno, y yo, de solo pensarlo, me pongo mala. Así que he ido a su cuarto y…

—Ay, madre, Eli.

—Solo quería ver si encontraba algo incriminatorio.

Los folletos, un tablero como el tuyo, la típica pared llena de fotos unidas por un hilo y chinchetas…

, yo qué sé. —Eli se pasó ambas manos por el pelo—.

No he encontrado nada de eso, pero estando dentro he llamado otra vez a Dean y hemos escuchado algo que…

—Eli, mira, vamos al coche, cuéntamelo ahí, secos, a salvo y…

—No, no, no, espera. Vamos a su cuarto —insistió Eli tirando de él—. Tienes que verlo por ti mismo. Si te lo dijera ahora te condicionaría y necesito que lo escuches.

—Pero ¿que escuche qué? Eli, por favor, no seas tan críptica.

Además de acojonado, estoy helado, y voy a tener que reconocer, a estas alturas de la película, lo sé, demasiado tarde, que no creo que esté preparado para este tipo de intrigas.

Quizá nos estemos enfrentando a algo que nos queda grande.

Si esto es más que la palabra de un borracho de bar —ante la mirada de confusión de Eli, Foster le quitó importancia con la mano—, estamos hablando de algo malo, muy malo.

Necesitamos ir a la policía, ir a buscar a tu hermano.

Miles es peligroso. Si lo que ocurre es lo que creo que ocurre, no podemos demorar ni un minuto más el ir a la comisaría, Kye no puede estar solo, no hay móviles, no podemos…

—Foster, Miles no está, está dando una charla en el salón de actos del edificio D sobre abastecimiento y cómo proceder en caso de que la tormenta dure más de lo esperado. Lo he comprobado.

—Pues mejor, así tenemos más tiempo.

—No, no lo entiendes, necesito que lo escuches por ti mismo. Entraremos sin que nadie nos vea. No hay problema, de verdad, he entrado y salido en menos de cuatro minutos.

—Y estoy orgulloso, pequeña, de verdad que sí. Has sido la Juniper Reynolds de tu hermano, la puta ama, pero nos tenemos que marchar.

—No hay riesgo. No va a poder llegar a mi hermano. Entramos, te enseño lo que te quiero enseñar, y salimos —dijo Eli con firmeza; pero, al ver la cara de Foster, torció el gesto—. Si no vienes conmigo, iré sola.

Foster vio cómo empezaba a andar hacia el edificio de al lado y no tuvo tiempo para nada más que para suspirar, mirar a lo lejos, a la cortina gris y negra que los separaba del resto del mundo, maldecir a la niña por tener diecisiete años y ser impulsiva y temeraria, y seguirla. En ese orden.

—¿Cómo vamos a entrar? —le preguntó, poniéndose a su lado—. No es que no confíe en ti, es que en la última hora han pasado tantas cosas que me siento como si hubiera entrado en un libro de tu hermano.

—Pues entonces, confía en Juniper Reynolds. —Eli lo miró y le guiñó un ojo—. Sé moverme entre las páginas de los libros de Kye Colton como nadie.

«Joder», pensó Foster. No estaban preparados para algo así; no estaban pensando en lo que suponía algo así. Podían estar entrando en la guarida de un asesino en serie, uno que podría ir a por su siguiente víctima de un momento a otro.

Su siguiente víctima…

Kye, Kye, Kye.