Hotel Noir 51. La semilla del diablo
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51. La semilla del diablo

LA SEMILLA DEL DIABLO

FOSTER

Llovía como si el mundo se fuera a acabar.

Las gotas que llevaban días siendo la banda sonora de su vida golpeaban contra el cristal de la habitación del hostal en el que se había registrado al salir de casa de Kye.

Una habitación prestada, una habitación de nadie; y parecía que la lluvia quisiera romper la ventana y arrasar con todo, inundarlo.

Nunca creyó que echaría de menos el atrezo terrorífico del Noir.

Ese olor a… hogar, donde el aroma del miedo se había ido disolviendo hasta pasar inadvertido.

Los plásticos que durante tanto tiempo habían cubierto la parte de arriba, la habitación espantosa que le dio la bienvenida aquella primera vez, el espejo «de doble filo».

Kye. Su presencia. Su debilidad vestida de hastío y rabia; su valentía cubriéndolo todo.

Su pelo, sus ojos, la sonrisa que lo hacía parecer cien mil veces más guapo —si eso era posible— y más inocente.

Como si dejara salir una ingenuidad que solo reservaba para unos pocos.

Para la familia —disfuncional y angustiada—. Para su tribu.

La canción de Ramones que había estado bailando sobre la cama sin saber que lo observaban le produciría palpitaciones hasta la eternidad.

Quería volver a él, plantarle cara, hacerle reconocer que decía cosas hirientes para protegerse, que era guerrero incluso en rendición.

Quería gritarle que se había enamorado. Primero de él como idea, como irrealidad inalcanzable.

Y luego del chico bajo las capas y capas de intransigencia.

Que era abierto, decía. Que era tolerante.

No era ninguna de esas dos cosas, pero Foster lo quería igual.

Porque su imperfección lo hacía humano, accesible.

Quería decirle —con rabia e intentando no llorar— que no era cobarde, que se lo había dicho para hacerle daño, que tener miedo en su situación era normal y que no se preocupara, que, si fuera necesario, él viviría toda la vida entre las paredes de ese hotel monstruoso.

Ese que había construido para salvarse. Si es que era una contradicción andante, era valentía hecha temor; talento hecho arte.

Se había enamorado de él. No lo iba a negar, ni a sí mismo ni al resto del mundo.

Quizá Kye no estuviese preparado para su historia de amor; quizá ni siquiera lo estuviese para oír de qué iba.

Pero él necesitaba sacárselo del pecho; porque enamorarse era un acto hermoso aun sin ser correspondido.

Era un sentimiento digno de contarse, como ejercicio de honestidad, como forma de ser real por una vez en su existencia.

Las últimas semanas, incluso en la vorágine de misterios, muertes y dudas, Foster había ido subiendo a sus redes algunas fotos y pequeños vídeos salidos de la nada.

Cortos, sin intención de gustar ni impactar al público, sin necesidad de interacción, sin pensar en nadie más que en él y en lo precioso que era el momento que inmortalizaba.

El bosque detrás del hotel; los troncos que eran mesas y que ninguno de ellos podía ya mirar sin sonreír; él en el porche con Kye detrás mirando al cielo; la luna entre los pinos y las risas de Eli y Kye de fondo porque había que reírse incluso en pleno cataclismo, porque ahí residía esa valentía encubierta que a Foster se le pegaba como una cortina de baño húmeda y que lo llevaba a subir esos vídeos sin filtros que tanto se alejaban de su personaje público.

Era curioso que fuera su estancia en un pueblo tan pequeño lo que le hubiera enseñado que la vida era inmensa y que quería vivirla. Y hacerlo de verdad, mostrando toda su vulnerabilidad si hacía falta.

Y eso fue lo que decidió hacer, sin pensar mucho, sin analizar si la luz era buena o no.

«¿Qué luz?», se preguntó. ¿La de la lámpara de la mesilla que parpadeaba como si aquel fuera su último hálito de vida?

¿O la escasa y oscura que aún se filtraba por la ventana?

Él también se sentía igual de oscuro que el día, como si estuviera a punto de apagarse.

—Hola, gente —le dijo a la cámara del móvil, que sujetaba con la mano izquierda—.

Vengo tal cual, así, a contraluz y un poquito en carne viva.

—Trató de sonreír; le salió regular—. Puede que no os guste este Foster, pero ¿sabéis qué?

Eso no debería importarme. Y anda que no he tardado años en darme cuenta…

—Miró al techo, a las sombras que se dibujaban en él; se pasó la mano por el pelo y suspiró.

Luego volvió a mirar a la cámara—. Me ha costado mucho unificar persona y personaje, plantarme delante de vosotros con ojeras y con los ojos rojos para deciros que…

A ver cómo lo digo… ¿Un redoble de tambores aquí?

Tachán, tachán… Pues nada, que me he enamorado.

Pero a lo bestia, ¿eh? Una cosa loca. Me enamoré en cuanto lo vi.

No os imagináis la sensación. Parece un vampiro de Anne Rice.

Pero sin colmillos. Aunque muerde hasta quitarte la vida, también os lo digo.

—Hizo una pausa que resultó dramática sin intención, se cambió el móvil de mano, se pasó la izquierda por el pelo y dedicó a cualquiera que fuera su público una pequeña sonrisa—.

El caso es que este vídeo no es solo para lamentarme y daros penita, no quiero eso, de hecho, no creo que todo este perdido; el vídeo tiene fines didácticos, es para deciros, para advertiros, que el amor te puede llenar y vaciar en cuestión de segundos y que en ese corto espacio de tiempo es cuando os vais a dar cuenta de que la vida es demasiado corta para representar un papel que no te pega.

Que a veces es difícil ser de verdad, pero cuando lo eres, cuando cedes el control a esa parte de ti que está hecha de impulsos, de emociones impalpables y de decisiones no meditadas, te sientes…

bien. Puede ser doloroso, sí, pero sigue siendo una sensación que merece la pena.

O no. Os lo diré cuando me sincere con el vampiro.

—Foster sonrió con pena pero de forma inevitable—.

Solo quería deciros eso, venir aquí y confesaros que estaba equivocado, que durante mucho tiempo creí que la única manera de vivir la vida sin desangrarte era no vivirla realmente, mandar a tu doble, a tu doppelgänger , a representar tu papel, y que él sufriera las heridas por ti. Yo… No sé…

Cuando se dio cuenta de que estaba titubeando y pasándose la mano por el pelo como si fuera una especie de tic, no pensó en borrar lo dicho y empezar de nuevo; esa idea no iba acorde con el Foster actual que quería salir a la vida real y vivir de verdad.

Así que se despidió con toda la dignidad que pudo y subió el vídeo tanto a Instagram como a su canal.

Unificando de esa forma persona y personaje.

Lamentarse en voz baja no servía de nada, era el lamento de los cobardes. Y él no quería ser eso nunca más.

Cogió las llaves y el móvil, y decidió ir al bar de Jackson a por algo de comer.

Había llamado a Kim, a Julia y a Dani, había informado a todos de lo que habían averiguado, y en esos momentos, triste y enfadado como estaba, solo quería sentarse en un taburete al lado del borrachuzo apacible de la barra y pensar en sus siguientes pasos. Pero eso no fue lo que pasó. Para nada.

Se acercó al bar en coche y aparcó en la puerta. El trayecto era corto, pero llovía tanto que hacerlo andando era inviable; de hecho, no se había cruzado con absolutamente nadie en el camino; por no haber, no había ni luces en los semáforos, que se balanceaban azotados por el aire y la lluvia.

Una vez dentro, se sentó a esperar su comida con una cerveza mientras escuchaba, al principio de forma ausente, la conversación entre Jackson y el viejo Joseph, al que él seguiría llamando Harry Dean hasta el día del juicio final.

Día que podía no estar muy lejos, a juzgar por las velas y las luces amarillentas que le habían explicado al entrar que provenían de un generador diésel que tenían para casos como aquel.

Le daba más miedo el bar en esos momentos del que le había dado el hotel del terror la primera vez que había entrado en él.

—No ha habido ni un solo delito en años, ¡ni uno! —dijo el viejo Joseph con voz quejumbrosa—. Pero, casualidades de la vida, vuelven a ocupar la casona de los McNulty y de repente pasa de todo. Me podéis llamar loco…

—Todo el mundo te llama loco, Joseph —le respondió Jackson desde la otra punta de la barra mientras pasaba una bayeta por un trozo de barra que ya parecía lo bastante limpio—.

Dicen que estás sentado en ese taburete desde mil novecientos setenta y algo.

Cuenta la leyenda que esperas a tu mujer desaparecida.

—Nunca me casé.

Jackson se rio entre dientes.

—Eso díselo a los turistas que pasan por aquí a verte como si fueras una atracción. Cuando te mueras, voy a poner una escultura en ese taburete y voy a cobrar entrada.

—Pues cualquier día me muero, tal y como están las cosas… Mira lo que le pasó al chico de los tatuajes. Un día discute con el McNulty ese y al día siguiente, zas, muerto. Te digo yo que esa familia está maldita.

—No queda ningún McNulty en el pueblo, Joseph, deja de beber ya —Jackson hizo amago de quitarle la cerveza que el hombre acunaba en las manos como un preciado tesoro.

—¿Cómo que no? No me trates de borracho, hijo. Volvió uno, más de una vez lo he visto y…

—Perdonen que me meta —interrumpió Foster, que sentía el frío en el cuerpo, y no por la lluvia—, no he podido evitar escucharlos. ¿Quién dice que discutió con David antes de que muriera?

—¿Quién es David?

—El del estudio de tatuajes, el chico del que están hablando —contestó Foster con una impaciencia nada propia de él.