Hotel Noir 50. Todo oscuro, sin estrellas
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50. Todo oscuro, sin estrellas

TODO OSCURO, SIN ESTRELLAS

KYE

Y entonces sí se quedó solo; solo de verdad, solo en el silencio de una casa que llevaba mucho sin ser silenciosa. Desde que Foster había llegado como un torbellino de brillo y había aclarado hasta las sombras más profundas.

No, no podía derrumbarse, no podía ahogarse. Era valiente, no necesitaba de nadie para salir a flote. Sí para ser feliz, sí para surcar el mar, las olas, y llegar a lo más alto. Pero no para sobrevivir.

«Valiente, eres valiente».

Quizá si se lo repetía mucho se lo creería.

Kye nunca había tenido problema en ver lo que tenía con Foster como una relación con fecha de caducidad próxima; o eso se había dicho al principio, cuando se había dado cuenta de que la atracción era irresistible.

Y no solo la física. Sabía que se acabaría y había decidido consumir «el producto» antes de que dejara de ser saludable y le sentara mal.

Foster se iría en cuanto acabara allí (cuando ya no hubiera más monstruos que cazar, aunque, visto lo visto, la caza de brujas parecía interminable) y volvería a su vida de cara al público; y Kye a su vida interior.

Y estaba bien, aunque en esos momentos se lo tuviera que repetir una y otra vez como ese «eres valiente».

Pero era cierto, tenían vidas opuestas. Y no solo eso, no se trataba solo de la caducidad, porque, aunque su tiempo no fuera limitado, sería un producto que solo se podría consumir en privado, un placer culpable de los que o mataban o engordaban.

¿Y podía él vivir así? ¿Comiéndoselo a escondidas cuando lo único que quería era devorarlo entero incluso delante de la gente?

Foster lo había acusado de vivir en una realidad creada a conveniencia; lo había acusado de no ver nada, de no entender nada. De no valorarlo…, pero ¿cómo no iba a valorarlo si había sido su boya, su compañero, su balsa?

Tenía ganas de llorar, de llamarlo, de suplicarle que volviera.

De contarle que había sido valiente. Que esa mañana había ido a la compra paseando.

Que Dani lo había acompañado y que se habían reído bajo un paraguas amarillo que se les daba la vuelta por la fuerza del viento.

Que habían acabado calados pero contentos y, dadas las circunstancias, eso era un logro.

Quería decirle que, también esa mañana, le había pedido a su padre que, antes de irse a Vancouver, le trajera el coche de nuevo.

Y que eso había hecho él: aparcar el Plymouth en un lateral del hotel mientras Kye lo miraba de soslayo, solo un poco, porque el reflejo rojo de su carrocería color sangre lo deslumbraba.

Mejoraría. Lo miraría de frente; quizá, algún día, incluso se subiera a él.

Pero ¿no era el mero hecho de haber pedido que trajeran a Christine de vuelta una gran declaración de intenciones?

Lo era, claro que lo era. No era un cobarde.

No era un cobarde.