Hotel Noir 49. La sangre manda #2
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49. La sangre manda #2

—Tu hermana te idolatra. Se ha convertido en la protagonista de tus libros y se ha volcado en este hotel que eres tú de suelo a techo.

Dani dejó a la única persona en la que confiaba, su trabajo y su hogar por seguirte a este pueblo entre montañas.

Tu padre y Jax escriben canciones con fragmentos de tus historias y escupen orgullo con cada palabra que dicen sobre ti.

Tu madre quiere raro, miente mucho y elucubra más, pero te adora.

Tu abuela te mira como si fueras su hijo resucitado.

Y tu hermano pequeño… Porque las circunstancias no le han permitido tenerte demasiado cerca, el peligro de muerte y todo eso, pero he oído cómo te habla cuando te llama.

Y… —Foster hizo una pausa; hubo un titubeo y una especie de estremecimiento—.

Y seguro que también eras el refugio de Oz.

—¿De Oz? —Kye se rio, no pudo evitarlo—. Qué va, no soy lo que Oz necesita. Sus demonios me quedan grandes.

Se quedaron mirándose; Foster parecía batallar contra algo en su interior. ¿Celos de Oz? No lo creía.

—Tengo que contarte algo —dijo con un tono oscuro que a Kye no le gustó nada.

—Dime.

—Hoy he hablado con Oz. Bueno, en realidad llevamos hablando desde lo de David, pero hoy… hemos descubierto algo y quería esperar para decírtelo, quería disfrutar de ti, de ese tú que eres cuando no te ahogas.

—¿Perdona? ¿Ese yo que soy cuando no me ahogo?

—Ha sonado fatal, lo siento. —Foster se pasó una mano por el pelo—. Sabes a lo que me refiero, estás tan bien desde que crees que el peligro ha pasado…

—Oh, no. No, no, no. —Kye se apartó de la isla de la cocina y fue a trastear con el ordenador.

Lo encendió otra vez, retando a la luz a irse, necesitando hacer algo con las manos—.

Llevas días tratando de soltarme tus teorías locas, está claro que no aguantas más y lo vas a hacer.

Yo creí que venías a follar sin más, sin complicaciones, pero no, tienes otra gran teoría para hacerme estremecer.

—Kye —le dijo, y trató de agarrarlo, pero él se apartó. No quería contacto físico en esos momentos, no cuando el miedo volvía a ser una emoción real que se apoderaba del resto y las borraba como una ola enorme en un tsunami.

—¿Me lo vas a contar quiera o no, o hay alguna posibilidad de evitar esto?

—¿Distrayéndome como has hecho estos días, quieres decir? —preguntó con un tono triste que encendió la ira de Kye porque ¿cómo se atrevía? ¿Una vez más lo iba a acusar de femme fatale ?

—Así que has estado en contacto con Oz, mi Oz —eso lo dijo para hacer daño, y no estaba orgulloso, pero la sangre era poderosa y la de su madre corría caliente por sus venas—, ocultándome teorías locas y conspiraciones varias.

—Es la segunda vez que dices lo de mis teorías con tonito, ridiculizándolas.

Era cierto. Era intencional.

—Te dije lo que odiaba que Oz luchara mis batallas por mí. Y no solo has hecho tú lo mismo, actuando a mis espaldas, sino que has aunado fuerzas con él. Si había algo bueno entre nosotros era esta equidad, este ser iguales.

—¿«Si había algo bueno » ? ¡Pero ¿tú te estás oyendo?! ¡Claro que había algo bueno! ¡Lo hay!

Kye se encogió de hombros, como si no le importara, porque empezaba a tener ganas de gritar, de llorar, de romper algo.

Por el hecho de estar haciéndole daño de forma intencionada, pero también por el total y absoluto pavor que le daba que empezara con sus especulaciones, con eso que había descubierto. ¡Con Oz, nada menos!

Se acercó al tablero, que había mantenido intacto a pesar de haber dado por concluida la pesadilla que lo había inspirado, y empezó a quitar fotos. La cara de Foster mientras lo veía desmontar su investigación… Estaba… dolido. Y con razón. Pero Kye también.

—Y no éramos iguales.

—¿Qué?

Kye se dio la vuelta y se atrevió a mirarlo. El dolor se transformaba en rabia por segundos. Era como ver acercarse la tormenta.

—Yo investigaba, tú te limitabas a acojonarte a mi lado.

Un rayo iluminó sus rostros desfigurados por mil emociones. ¿Cómo habían llegado ahí?

—¿Eso piensas?

Foster empezó a caminar, a pasarse las manos por el pelo.

—¡No, claro que no lo pienso! Pero cuando me atacas yo también muerdo, ¿sabes? No eres el único perro rabioso. Y entiendo el miedo…

—El miedo que tú me metes en el cuerpo, todo sea dicho.

—¡No, el miedo que tú ya tienes! Yo no quería asustarte. Quería dejarte feliz en tu burbuja. Llevo horas pensando en cómo hacerlo, en cómo contártelo. Kye, no has salido de casa desde aquella primera noche que, borrachos, fuimos al sótano de tu madre a hablar con Dean. Has estado aquí, encerrado.

—¿Y lo bien que te ha venido?

Su mente solo respondía a un estímulo. A un «ataca, ataca antes de que te cuente lo que sea que quiere contarte».

—¿Qué quieres decir?

—Pues eso, que estando aquí ocultos has podido ser tú mismo, ¿verdad? Sin testigos, sin followers , sin papá King…

Kye vio el momento en que su comentario le calaba. Le traspasaba la piel y se instalaba en su interior, convirtiendo la rabia en algo duro de presenciar. En una especie de pena visceral no exenta de ira, a juzgar por lo que le dijo a continuación:

—¡Pero ¿qué me estás contando?! Estás tan metido en tu mundo de ficción que, cuando no te escondes en tus libros, vives en una especie de realidad que tú y solo tú has asumido como cierta.

Te refugias en un mundo preconcebido y no ves más allá, tus prejuicios no te dejan ver nada.

—Su acusación fue hiriente de principio a fin, pero fue perdiendo fuerza, rabia en el tono.

Como si… al hablar se hubiera ido desencantando—.

He salido del armario en el documental; bueno, aún no, pero está ahí, grabado, listo para ser escupido al mundo, zas, sin anestesia.

Y salió así, de forma orgánica, porque desde que llegué a este pueblo me he sentido tan parte de…

algo que ni yo me lo creo. Pero eh, ya estás tú para darme una hostia de realidad cada vez que me descuido y me creo que este es mi sitio.

—Foster…

Kye lo miró arrepentido, lleno de… lo que fuera que sentía y que sin duda era más potente que el miedo. Y esperaba que fuera evidente en sus ojos, que sus palabras dañinas pesaran menos que el arrepentimiento que se había apoderado de él.

Pero Foster no lo miró a los ojos, se giró y empezó a caminar hacia la puerta que daba al vestíbulo del hotel. Kye lo siguió y se detuvo en seco cuando Foster se dio media vuelta y con un dedo acusador le dijo:

—Has sido injusto. Me has atacado para distraerme, desde luego que era mucho mejor cuando lo hacías con sexo.

Y no escucharme, no dejarme decir lo que te tengo que decir, solo pospone las cosas, no las hace desaparecer.

Pero es que lo que has dicho… Sabes, o deberías saber, que aquí, en Black Pines, me he encontrado, que aquí he sido yo mismo por primera vez en mi vida. Contigo.

—Y por el caso…

Foster le dedicó una mirada de incredulidad. Kye no quería empezar otra pelea. Lo decía de verdad. Haber hecho realidad su ilusión de investigar, de poner a trabajar ese don que parecía tener, lo había llenado de ganas, lo había renovado. Pero Foster no le dejó explicarse.

—Y por el caso —repitió en tono cansado—.

Que no te des cuenta de lo que ha estado pasando en realidad a tu alrededor me parece descorazonador y me quita toda esperanza de que lo nuestro signifique para ti lo mismo que significa para mí.

¿Sabes además lo que creo? Que te da pavor oír lo que tengo que decir, pero, en parte, es porque no quieres salir de este escondite que te has montado; eres tú el que está a gusto en su encierro, no yo.

Y entonces Kye miró paralizado cómo Foster abría el armario de la entrada y empezaba a recoger sus cosas.

Un trueno lo sobresaltó, haciendo gemir las ventanas. No se escuchó nada después de eso, alguien había puesto el «mute» a su alrededor y también había pulsado el botón de cámara lenta.

Tras unos minutos de silencio, Kye logró articular:

—¿Qué estás haciendo?

—Me voy. Necesito estar solo. O, al menos, no estar contigo. Necesito pensar. Porque creo que acabo de ser consciente por primera vez de que si no es una cosa es otra, pero siempre tienes una excusa para no aceptarme.

—Pero…

—Hablaremos, tenemos que hacerlo, es importante. Te acojones o no. No puedes ponerte en peligro solo porque estás demasiado aterrado para conocer la verdad. O no, que te lo cuente Oz. Parece que es a mí a quien no quieres escuchar.

—Foster…

—Adiós, Kye. Cierra cuando me vaya.