49. La sangre manda
LA SANGRE MANDA
KYE
Cuando se dio la vuelta y vio a Foster apoyado en el marco de la puerta abierta mirándolo con intensidad, perdió el aliento durante unos instantes.
I Wanna Be Sedated , de Ramones, había estado sonando a un nivel ensordecedor y Kye no lo había escuchado abrir.
Probablemente lo había visto bailar y saltar en la cama.
Y, también probablemente, a juzgar por esa mirada, no le había disgustado.
El estado de la tormenta, que parecía estar dejándolos poco a poco sin luz y sin líneas móviles, le había estado preocupando desde que Foster lo llamó y, con una voz extraña, le dijo que llegaría en un par de horas.
A Kye le hubiera gustado aprovechar ese rato para escribir, pero había estado nervioso, activo en exceso.
Así que se había dedicado a recoger la casa y a hablar por teléfono, que no era su pasatiempo favorito (en absoluto), pero que lo había ayudado a distraerse.
Primero había hablado con Miles, que lo había llamado para interesarse por sus padres, por si habían llegado bien a Vancouver.
Toda la familia se había ido a una gala benéfica para recaudar dinero para la prevención del suicidio de menores queer , incluidos Westy y la abuela, y así se lo había hecho saber a Miles, que lo había acojonado un poco diciéndole que quizá se quedaran aislados un par de días y no pudieran volver hasta que lo peor del temporal pasara.
Que él estaba en la universidad ayudando a los estudiantes a aprovisionarse para la gran tormenta o para intentar coger los últimos autobuses que saldrían hacia sus casas.
Cuando colgó con Miles, lo llamó su padre para decirle que Eli al final se había quedado en Black Pines tras una bronca monumental con su madre.
Que estuviera pendiente de si necesitaba algo.
Kye le había mandado un mensaje a su hermana nada más colgar para que se pasara a cenar por el hotel, y ella le había respondido con un escueto «allí estaré».
Kye miró por la ventana; aquello parecía el fin del mundo.
Hasta que vio a Foster ahí.
Se hizo un moño solo con una parte del pelo, al estilo samurái, y caminó hacia él. Su paso pretendía ser sexi, felino, pero uno de los cortes de luz que venían sucediéndose en las últimas horas hizo que la canción se detuviera de golpe y la situación cambiara.
Sin embargo, no resultó ridículo ni incómodo. Había la suficiente electricidad entre ellos como para iluminar el puto pueblo.
—Podrías poner un huerto. Y criar caballos —dijo Foster, señalando hacia el campo de la parte trasera, que, aunque gris, parecía extenderse hasta un precioso arcoíris que salía de forma intermitente cada vez que dejaba de llover y el sol trataba de asomarse—.
Podríamos cabalgar hacia el atardecer… Todo muy bucólico, sepia y romántico.
Kye sonrió ante su tono teatral pero dulce. Foster siempre diciendo lo que uno menos esperaba.
Caminó hacia él, le dio un suave beso en los labios y le preguntó:
—¿Sabes montar a caballo?
—¿Por quién me tomas? ¿Conoces a algún rico heredero que no sepa?
—No sé si conozco a algún rico heredero.
Se sonrieron, y como Kye no podía manejar ese nivel de intensidad, se alejó con la excusa de comprobar si el ordenador estaba bien tras el último corte de luz. Debería apagarlo del todo por si acaso.
—Pues que sepas que soy jinete cuasiprofesional —continuó el muy payaso, dejando una carpeta en la isla de la cocina—.
Cuando era pequeño, como buen heredero ignorado por su padre, pasaba más tiempo en las cuadras que en casa.
También es cierto que gran parte de ese tiempo lo dedicaba a revolcarme por el heno con Mathias, el hijo del guardés. Pero aprendí mucho.
—¿En serio?
Kye recibía esa noticia con ternura, por el Foster al que le evocaba al decir esas cosas, el de la vida triste, del que se compadecía y al que quería proteger; pero, a la vez, con cierta rabia, porque también le recordaba al Foster que en realidad era, ese que había ocultado su sexualidad, que habría echado a los lobos a quien fuera para salvarse a sí mismo de una opinión pública que debería darle igual.
Y ambas imágenes de un mismo Foster luchaban por apoderarse de su raciocinio y de sus partes menos racionales.
Y ninguna ganaba nunca, dejándolo en un ataque y rendición constantes.
—Fue mi primer amor, ¿sabes? —dijo Foster apoyándose en la isla de la cocina—. Hasta que mi padre le pagó para que me dejara y desapareciera; lo matriculó en un cole en el extranjero, no me digas que papá King no es generoso. Ahora te lo cuento sin romperme, pero estuve meses llorando.
—Lo siento.
Y lo hacía. Se sentía miserable por pensar cosas feas de él. Lo cierto era que Foster era bonito, que la luz que emanaba era natural, para nada artificial, aunque a veces pareciera trucada, como un puente hecho en un cable y enchufado a una corriente eléctrica ajena. Un robo. Un delito.
—Creo que por eso me ha costado tanto aceptar mi bisexualidad —dijo, un poco abstraído, quizá expresando ese pensamiento en voz alta por primera vez—.
Por un lado, siempre me han hecho creer que era algo feo, antinatural, algo que tenía que esconder.
La de veces que me habrá amenazado mi padre para que no lo dijera nunca, para que nunca actuara en base a mis impulsos.
Impulsos; así los llama. Ya ves, los hombres importantes de mi vida me dejan tirado en la cuneta sin mirar atrás.
Kye se quedó mirándolo y se acercó a él. Mientras lo hacía, las luces encendidas parpadearon, como si la tormenta se comunicara con ellos por morse.
—Si algún día montamos a caballo juntos y cabalgamos, como dices, hacia el atardecer —declaró Kye colocando una mano sobre la de Foster—, no te dejaré en la cuneta, prometido.
¡¿Pero qué decía?! ¿Se estaba considerando a sí mismo un hombre importante en la vida de Foster? ¿En serio estaba haciendo eso?
—¿De verdad? —Foster parecía escéptico y emocionado al mismo tiempo.
Sus ojos contenían mil cosas, cosas que quizá no tenían que ver con ellos y con ese momento compartido, pero la emoción podía con todo, era lo más evidente en su color dorado, lo más brillante—.
¿Y no tendrás un arrebato de esos que mi mera existencia parece provocarte y me tirarás del caballo de un empujón?
Kye lo miró con la cabeza ladeada, analizando su pregunta. Era potente. Había resentimiento. Y había esperanza. Cuando Foster se sinceraba, parecía tan inocente…
—Me cuesta mucho equilibrar las dos imágenes que tengo de ti, es cierto.
Pero las personas también somos fruto de nuestro entorno.
Nos hacemos a nosotros mismos; sin embargo, lo que tenemos alrededor nos pone peso o nos lo quita.
Acelera nuestra toma de decisiones o la ralentiza.
Yo tuve un refugio en el que ser yo mismo.
Tú no. Lo vas aprendiendo sobre la marcha.
Kye lo decía de verdad, pero sus palabras, por desgracia, estaban reñidas con sus miedos.
Porque… ¿era Foster capaz de descubrirse, aceptarse y crear un nuevo «yo» sin caretas ni disfraces?
¿Era Kye capaz de esperar a ese cambio de armario, a que sacara los artificios en bolsas de basura y se quedara solo con la ropa básica, la que cubría pero no camuflaba?
No estaba seguro de ello. Pero luego lo escuchaba a hablar y… se derretía y creía en imposibles.
—Ojalá hubiera tenido un refugio queer en mi adolescencia —dijo Foster con voz soñadora—.
Ojalá hubiera tenido a tus padres como modelo.
O sea, no de forma biológica, me entiendes, eso convertiría lo nuestro en incesto y…
—Ante la sonrisa de Kye, él también sonrió y, tras una pausa, siguió—: Y puede que nadie se lo crea, pero habría renunciado a todo mi dinero, a todos mis privilegios, por pertenecer a algún sitio así.
—Te creo.
Foster lo miró sorprendido.
—Y ojalá poder ser yo también un ejemplo a seguir como lo es Queer Project. Inspirar a alguien… No sé, suena tan bonito… Pero no soy más que un anónimo mentiroso con miedo a ser quien es.
Kye no sabía qué había dado lugar a ese estado de ánimo; parecía triste y distraído al mismo tiempo, y no dejaba de tocarlo; roces sutiles: una caricia en el dorso de la mano, unos dedos colocándole tras la oreja un mechón extraviado, una palma alisándole la camiseta de algodón que no tenía arrugas. ..
—No eres consciente de cómo te miran los niños del hospital, ¿verdad? Para ellos eres un superhéroe.
Foster bufó.
—No sé si puede compararse. Los niños creen que soy alguien que no soy, y no sabes cómo me avergüenza no ser yo mismo con ellos. Quiero ser más que un personaje en su presencia, tener algo real que ofrecerles, porque a ellos no quiero mentirles. Pero… es complicado.
¿Lo era? ¿De verdad era tan complicado?
—Pues yo he visto a Foster la persona en esos vídeos, no al personaje —terminó diciendo, porque no iba a sembrar más dudas ni a iniciar la pelea que siempre venía con la dicotomía Foster persona versus Foster personaje—.
En tus sonrisas, en cómo los miras y en cómo te ríes.
Y en lo que haces por ellos. Les das tanto…
Ya haces más por el mundo de lo que hago yo, por ejemplo. Yo no he hecho jamás nada por nadie.
—Pero ¿qué dices? Tú eres el refugio de mucha gente. De Dani. De tu hermana. De toda tu familia, de hecho. Unes. Lo llevas en ti.
Kye lo miró anonadado, porque no sabía de dónde sacaba esa imagen de él, pero era irreal.
—No es verdad. Mi hermana me admira, pero…