48. Señales
SEÑALES
FOSTER
Estaban en alerta máxima en la zona del valle del Fraser, Foster lo había escuchado en la radio al salir de Vancouver, antes de adentrarse en la zona de montaña y de que las voces que anunciaban «la tormenta del siglo» llenaran el coche de estática e interferencias.
Parecía un viaje a otro tiempo, a uno oscuro.
La carretera era peligrosa, era más que consciente de ello, pero necesitaba llegar al Noir, necesitaba llegar a Kye.
La lluvia era una cortina pesada y densa que, incluso con el limpiaparabrisas a máxima velocidad, hacía que fuera difícil ver las señales de tráfico, que también parecían de otro mundo, borrosas y casi ininteligibles a través del cristal empañado que la calefacción iba aclarando poco a poco a medida que avanzaba.
No eran ni las dos de la tarde; sin embargo, parecía que la noche se lo tragaba.
Y daba igual; necesitaba llegar al Noir, necesitaba llegar a Kye.
A pesar de que no podía concentrarse en la música, puso una de sus listas de reproducción más recientes, una que había hecho en las últimas semanas con el escritor de terror en mente, como un adolescente enamorado.
Qué tontería, con la de hechos terribles que se sucedían a su alrededor y él guardando canciones con letras que le recordaban a Kye.
Esas canciones lo acompañaban como pasajeros tranquilos que le calmaban los nervios y amortiguaban el sonido de la lluvia contra los cristales y la carrocería del Camaro.
Y, mientras escuchaba Do I Wanna Know? , de Arctic Monkeys, los descubrimientos recientes, los que llevaba ordenando y clasificando en su cabeza desde que había abandonado Main Street, se evaporaron y fueron sustituidos por una imagen de Kye, con un moño alto, despreocupado, riéndose de una de sus chorradas, besándole la palma de la mano, dejando un sendero de besos desde su pecho hasta la cintura del elástico de su bóxer…
¿Era inmaduro apartar sus preocupaciones más inminentes y sustituirlas por imágenes mentales sexis y acogedoras?
Podía ser que no. Pero jugar a detectives y descubrir verdades que lejos estaban de ser un juego lo había agotado mental y físicamente.
Solo quería llegar a su escritor torturado, abrazarlo, abrigarse en su calor.
Tenía el frío metido en el cuerpo, el miedo pegadito a la piel.
Fantaseaba con entrar en ese hotel que ya no le provocaba horror sino tranquilidad y hacer el amor con Kye de diecisiete formas distintas. Luego le contaría todo lo que había descubierto, llamaría a Kim, tomarían medidas.
Con Miles también tenía que hablar, y cuanto antes.
Pero necesitaba contárselo antes a Kye, que no pensara que le ocultaba cosas.
Que lo hacía, y se sentía fatal por ello.
Pero… ¿estaba preparado para aceptar la verdad?
A Foster lo ponía malo pensar en volver a apagarle la sonrisa.
Lo destrozaba ser el causante de su miedo.
Y tampoco quería que pensara que lo veía como a alguien débil e incapaz de asumir los hechos.
Qué complicado era todo cuando él lo único que necesitaba era llegar al Noir, llegar a Kye.