47. Los sin nombre
LOS SIN NOMbrE
FOSTER
Llevaba más de una hora tratando de salir de un metafórico callejón sin salida; chocando contra una metafórica pared de ladrillo que ya le había hecho sangre —también metafórica, pero no por ello menos dramática— de la de veces que se había estrellado contra ella.
Quería gritar de frustración, de rabia. De confusión.
¿Cómo podían haber cambiado tanto las cosas en una semana? ¿De verdad había estado tan obsesionado, tan cegado con su necesidad de demostrar… algo, de ser… alguien, que había inventado trazos irreales en un mapa invisible?
El caso era que… no creía que fuera así.
Pensar que toda su investigación había existido solo a nivel especulativo, como si hubiera sido un intento de demostrarle al mundo que podía resolver lo que otros no, hallar lo que otros no, le producía una sensación rara en el estómago, como si una bilis de sabor amargo le trepara hasta la garganta sin llegar a salir, sin llegar a bajar, sin llegar a desaparecer.
¿Qué había averiguado hasta ese momento?
¿Qué lo había llevado a aquel bar del centro de Vancouver a hacer preguntas que no habían tenido respuesta?
O no las que Foster había esperado. Ted Barrett había tenido un hijo con Maeve McNulty.
Madre e hijo habían muerto supuestamente en un incendio, pero solo se había encontrado el cuerpo de la madre.
Días después de ese atroz incendio, Ted Barrett —aparentemente abrumado por haber perdido a su familia aunque era bien sabido que no pasaba manutención y menos aún cariño— había muerto —o desaparecido— tras agredir a Julia y decirle que iban a formar una familia los tres .
Sí, Foster sabía que esa parte de su teoría estaba construida sobre un castillo de naipes a un soplo de ser derribado, pero su fijación no le permitía ser él quién lo destruyera de un manotazo; no, seguiría protegiéndolo del viento y la lluvia hasta que fuera evidente que era una construcción endeble, un silogismo inventado.
También sabía que, el mismo día en que Barrett había muerto —o desaparecido, la teoría de que fuera el culpable de todo aquello seguía en pie, aunque quizá fuera tan insostenible como su castillo de naipes—, un niño había sido encontrado en ese mismo lugar, abandonado en un coche, sin que nadie lo reclamara.
Se había obsesionado, lo sabía. Igual que West antes que él; igual que Ray Weary. Y, movido por un impulso, por la necesidad de responder a su mayor incógnita, había venido al bar en cuya puerta había muerto el manager de Queer Project seis años atrás.
El tugurio estaba en Main Street, pero muy cerca de East Hastings, donde la ciudad cosmopolita con restaurantes y cafés de diseño se tornaba decadencia.
Ahí era donde las Dos Eses habían aparcado la furgoneta, en un lugar donde si mirabas hacia un lado veías una galería de arte y un restaurante con una estrella Michelin y si mirabas hacia el otro —de reojo siempre, con cuidado, con un poco de miedo a veces— veías grupos de gente que no se movía, que simplemente estaban ahí, en la acera, haciendo…
nada. El contraste era tan violento que parecía que uno estaba haciendo funambulismo sobre un cable entre dos universos paralelos.
Influencia de Kye, suponía Foster, que tras leer varios de sus cuentos había conocido la existencia de los mundos espejo y los había interiorizado de tal manera que su mundanal plano de existencia se le quedaba corto de adjetivos.
Y allí se encontraba. Tras organizar con Sandy y Sally cómo quería rodar esa parte, una reconstrucción dramatizada de aquella noche, de aquella pelea que había acabado con la vida de Ray Weary, había hablado con Oz para pedirle unos datos a los que él —como delincuente consumado— seguro que tenía acceso, y había entrado en el antro de mala muerte en el que el manager de Queer Project había muerto para ver si lograba relacionar unos hechos con otros.
Para su desgracia —y rabia y frustración—, no había averiguado nada.
El bar había cambiado de propietario dos veces en los últimos seis años.
El dueño actual no estaba, la encargada no tenía ninguna intención de llamarlo, y el borracho sentado en la barra —desagradable y de sonrisa vil, nada que ver con el bonachón que habitaba el bar de Jackson en Black Pines— le había dicho que aquel año por el que preguntaba había sido la época dorada del Status Quo, cuando los camareros eran chicos jóvenes sin miedo a vender coca o caballo detrás de la barra; que lo mismo te ponían un cubata que un gramo de polvito mágico.
Que qué tiempos aquellos, le había comentado entre caladas a un cigarro que no debería haber estado fumando en el interior del local.
A Foster le había dado mucho asco todo; el lugar olía a cerveza rancia; tenía unos taburetes de plástico rotos que dejaban ver el espumillón amarillento del interior; la barra estaba pegajosa y grabada con iniciales de gente que, con toda probabilidad, ya estaría muerta; había un espejo grande y ennegrecido tras ella por el que parecía que alguien había pasado una bayeta sucia sin molestarse en limpiarlo después, y una vieja gramola en tonos dorados que no brillaban estaba aún de pie en una esquina, pero atascada en una misma canción; una lúgubre de Billie Holiday, totalmente acorde con el ambiente decadente.
Si sonaba una y otra vez porque el mecanismo se había atascado o porque nadie había vuelto a meter una moneda desde mil novecientos noventa y algo no era un misterio que quisiera quedarse a resolver.
Así que había salido conteniendo la respiración y se había apoyado en una farola de la acera que tenía tantos anuncios de « se busca » y « se ofrece » que no se sabía cuál era su color original.
Recorrió la calle con la mirada, las chicas ya se habían marchado, para terminar con la vista fija en la fachada frente a él, en esa pared de ladrillo contra la que se había dado sus metafóricos cabezazos.
Y así se quedó durante el tiempo que esperó la llamada de Oz.
Como si no pudiera moverse, como si algo le compeliera a quedarse ahí, mirando el nombre del bar con ojos entrecerrados.
«Status Quo». El cartel, junto al número del edificio —el catorce—, se caía a pedazos; igual que el interior del local.
Las letras, que algún día fueron tubos de neón, eran de un blanco apagado sobre fondo metálico ¿Había oído ese nombre con anterioridad?
No lo creía, se acordaría. Abrió la carpeta de plástico azul que llevaba con él y repasó el orden cronológico de los hechos que tanto le perturbaban.
Una campanita sonaba en algún lugar de su mente, pero no la localizaba.
Recorría cada recoveco buscándola, intentando seguir el tenue tintineo.
«Status Quo». Volvió al principio, al primer folio.
Leyó, leyó… West había estado bebiendo en un bar la noche en la que murió de sobredosis.
Un bar cerca de la estación de Main Street.
¿Dónde estaba el nombre? La furgoneta se había encontrado en Pender, a unos…
doscientos metros de donde se hallaba Foster.
«Joder, joder, joder». Tenía tanta prisa por dar con la respuesta que buscaba que le temblaban las manos y le costaba pasar las hojas.
No, el bar en el que habían visto al batería de Queer Project bebiendo se llamaba…
Firebox. Y estaba… ¿Dónde estaba? En Main Street, pero no decían el número.
Foster dejó la carpeta en la acera, se sentó sobre ella —que no se le volara nada, aunque no hiciera aire— y se sacó el móvil del abrigo.
Buscó «Firebox» y, tras varias páginas inútiles, encontró una noticia antigua en la que los vecinos de la zona denunciaban que en el bar se vendía droga a plena luz del día.
El artículo decía que el Firebox estaba en…
el número catorce de Main Street, entre East Hastings y Pender.
«¡Joder, joder, joder!». Era… el mismo local donde estaba el Status Quo en la actualidad.
Nadie debió de dar importancia al hecho de que West bebiera en un bar aleatorio, dado que su cuerpo se encontró en la furgoneta en otro lugar; y nadie relacionó su muerte —casi dos años antes— con la de Ray Weary, que falleció tras una pelea «en un antro» de un barrio de droga y pobreza.
Ni siquiera murió en el bar, fue horas después en un hospital de North Vancouver.
Le sonó el teléfono, que seguía mirando y sosteniendo con una mano que cada vez le temblaba más. No se le cayó de milagro.
—No te lo vas a creer —fue lo que dijo Oz en cuanto Foster descolgó.
—No, me parece que quien no se lo va a creer eres tú. El bar en el que West Colton bebió la noche en que murió es el mismo que el de la pelea que dio lugar a la muerte de Weary.
Silencio.
—¿Oz? ¿Me has escuchado? ¿Qué…? ¿Qué has averiguado tú?
—El nombre de Robert Miller Orlando ha aparecido por fin.
—¿Dó…? ¿Dónde? —exclamó más que preguntó Foster.
La emoción era real. Desde que había salido de la residencia donde vivía Greta Orlando había tratado de averiguar algo sobre su hijo adoptivo.
Pero había sido imposible; los expedientes de menores estaban blindados y ni su dinero ni los contactos de Oz podían hacer nada al respecto.
Y, como si alguien cavara más profundo en su ya prominente hoyo de preocupación, la persona que había estado buscando información —que Foster no sabía ni quería saber quién era— les había dicho que, según parecía, no era la primera vez que alguien intentaba indagar, que el expediente informatizado estaba bloqueado y que el físico había desaparecido.
¿Alguien se había hecho con él? ¿Weary, quizá? ¿West? Queer Project afirmaba que ambos habían estado obsesionados. ¿Y si habían llegado a la misma conclusión que él? O habían tenido el mismo delirio.
Oz le estaba diciendo a alguien que esperara un momento.
—En un atestado policial —respondió Oz—.
Siendo ya mayor de edad, de ahí que hubiera una concordancia.
—Silencio. Uno dramático, mucho; no necesitaba pausas que infundieran más tensión al momento, de eso ya iba sobrado, aunque no se esperaba quedarse sin palabras ante lo que Oz dijo a continuación—: La noche de la pelea tras la cual murió Weary.
—¡¿Qué?!
—Al parecer trabajaba en el Status Quo, fue uno de los implicados en el alboroto.
—¿Qué pasó? ¿Lo condenaron? ¿Quién es? ¿Dónde está? Dios, Oz, hablas más lento de lo normal.
A Foster casi se le cayó el teléfono; se lo recolocó, agarrándolo con fuerza con la mano izquierda y pasándose la derecha por el pelo.
Seguía sentado sobre la carpeta. Notaba el culo frío —ni siquiera le preocupaba estar sentado en una acera sucia y helada—, las manos frías, el corazón frío pero hiperacelerado.
—No estoy hablando despacio, Foster. Entiendo… —Oz suspiró—. Entiendo que lo que acabamos de descubrir es una puta locura, pero pensemos, ¿vale? Hablemos.
—Vale, habla.
Oz se rio entre dientes, pero no sonó alegre en absoluto.
—La muerte de Weary no se consideró asesinato. Ni siquiera homicidio involuntario. Testigos afirmaron que fue él quien empezó el alboroto y que abandonó el bar por su propio pie; que incluso se fue en coche. Murió como consecuencia de una caída tres horas después, en el hospital.
—¿Y la pelea fue con Robert Miller Orlando?
—Sí. Fue imputado por lesiones graves con resultado de muerte. Al parecer, la defensa alegó un brote psicótico; al no ser provocado, no cumplió condena en la cárcel, sino en un psiquiátrico.
—Y no hay fotos ni nada…
—No he tenido acceso a la ficha policial, solo al atestado de aquella noche y al acta judicial. Mi contacto seguía buscando su nombre en expedientes sociales y de menores cuando dio con el informe policial.
—¿Cuántos años tenía?
—Espera, hum… —Se oyó cómo tecleaba algo—. Veintiún años.
—Ahora tendría veintinueve. ¿A quién conocemos con veintinueve años?
—¿A muchísima gente?
—Sí, perdona, estaba pensando en alto. ¿Dónde me has dicho que está cumpliendo condena?
—No te lo he dicho. Se acordó un internamiento forense revisable de cinco años. Le dieron… Espera. —Más teclear, un clic del ratón—. Aquí dice que le dieron el alta tras los cuatro primeros años. Tuvo una condicional de ocho meses y tras cumplirla volvió a desaparecer del mapa.
Foster se quedó en silencio, pensando, pensando. Algo hizo clic en su cabeza. Algo que no había tenido sentido en su teoría y, de repente, lo tenía; todo el del mundo.
—¿Foster?
—Espera.
Foster se levantó. Cogió la carpeta con una mano y empezó a caminar con ella bajo el brazo, fachada arriba, fachada abajo. Una vez más, pensando, pensando.
—Ahí tenemos el margen de tiempo que no entendíamos. Desde la muerte de Jon y Maryon, o mejor dicho, desde la muerte de Weary hasta el ataque de Kye. Cuatro años de diferencia. Cuatro años de silencio. Una condena.
—Por eso no actuó… —la voz de Oz fue un susurro. Pero muy potente. Potentísimo.
—¿Dónde estuvo internado?
—En… Willow Center, es el psiquiátrico forense típico para este tipo de casos.
—¿De qué me suena?
—Ni idea. Y me encantaría decirte que a mí de nada, pero por desgracia lo conozco más que de sobra.
—¿Tienes algún contacto allí?
—Tengo contactos hasta en el infierno.
—Deberías hacerte investigador privado.
—Cobran demasiado poco y se juegan mucho. Paso.
—Yo podría ser tu socio capitalista.
—Podrías ser mucho más. Eres de las personas más agudas que he conocido en mi vida.
—Bueno, pues si me veo con ganas de emprender, te llamo.
Oz se rio.
—¿Qué le vas a decir a Kye? —preguntó unos segundos después con un tono más serio.
—¿Sobre mi nueva carrera y que me llevo a su ex conmigo?
Otra risa. Ligera. Bienvenida.
—Sobre todo esto.
—Ahora lo pienso. —Entonces, Foster se dio cuenta de algo—. ¿Dónde trabajaba Miles antes de mudarse a Black Pines?
Silencio.
Un trueno en la distancia.
Más silencio.
—En Willow Center —dijo Oz como quien sentencia una muerte.
—¿Crees que coincidieron?
—Creo que salgo ahora mismo para allá para ver qué averiguo.