Hotel Noir 46. No tengas miedo
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46. No tengas miedo

NO TENGAS MIEDO

FOSTER

No quería que Kye dejara de sonreír; de verdad que era lo que menos quería.

¿Cómo iba a querer matar toda esa luz que desde hacía unos días lo llenaba todo?

Le habían quitado un peso de encima; el coche que había estado aplastándolo y tirando de él hacia el fondo del río ya no existía.

Kye podía flotar; no, ¡podía nadar! Y tumbarse a un sol extraño que Foster no podía evitar pensar que era artificial, puro atrezo.

Y, aunque le costaba sacarlo de esa burbuja, necesitaba romper ese cristal que parecía aislarlo en su propia bola navideña de utopía; ya no aguantaba más.

No quería que tuviera miedo, no quería que volvieran las sombras, las rodillas contra el pecho y las pesadillas, pero le daba la sensación de que lo estaba dejando descansar sobre una mentira.

Y ahora parecía mullida, calma; pero Foster veía espinas y hielo. Veía dudas oscuras.

Y en esos momentos, lo que también veía era a una Daniela apagada mientras él caminaba de un lado a otro del estudio de tatuajes, que parecía huérfano, hueco, lleno de ecos. ¿Cómo podía una presencia en la que Foster casi no había ni reparado ocupar tanto en su ausencia?

El estudio estaba cerrado por tiempo indefinido, tal y como rezaba un cartel hecho a mano pegado a la puerta de cristal del local.

Foster lo miraba, junto a la cortina a medio correr que cubría la cristalera de la fachada y que era como un pesado telón que ocultaba lo que en realidad estaba pasando.

Y a él le picaban los dedos por la necesidad de abrir ese metafórico telón, ver qué ocurría, qué se había perdido, cuál era ese giro que nadie parecía haber visto venir.

¿Quién dirigía la obra? ¿Quién había escrito el guion?

¿David? ¿De verdad? Si algo tenía claro era que no, que no podía ser.

Pero ¿cómo se lo decía a Kye? Lo había intentado en más de cuatro ocasiones.

Había sido respondido con besos, mamadas e intentos de distracción que claramente eran manipulativos aunque placenteros.

Pero esa mañana había explotado. Tenía toda la piel de gallina, escalofríos… No lo podía obviar más.

Había llamado a Kim —cuatro veces también, como los intentos de hablar con Kye— y le había hecho cientos de preguntas que ella no le había contestado. Pero había guardado silencios que parecían revelar algo, había soltado «ajás» que parecían darle esperanza. O no. Quizá todo estuviera en su cabeza.

Dani se acercó a él con un cigarro en los labios y se apoyó en el mostrador a su lado. Tenía una mancha de tinta en la mejilla; Foster hizo amago de quitársela, pero ella se apartó de forma brusca.

—Perdona —se disculpó él.

—¿Por intentar tocarme? No, perdóname tú a mí, estoy… —expulsó el humo por la nariz y miró al techo— con los nervios a flor de piel.

—Siento mucho lo que ha pasado con David, yo…

Dani se quedó mirándolo con la cabeza ladeada. La intensidad en sus ojos ahumados era brutal.

—No suenas triste, suenas confuso —le dijo, y pareció seguir analizándolo—. Y lo entiendo, nada tiene sentido.

Volvió a echar el humo, esa vez por la boca, en una especie de suspiro.

—¿Tú tampoco le encuentras sentido?

—Sé que has estado hablando con Ozy. No sé todo lo que habéis averiguado porque le he pedido que no me lo cuente. Si no lo sé, no puedo mentir a Kye. Y créeme, no mentir a Kye es una de mis prioridades en estos momentos.

—Yo tampoco quiero hacerlo. Además me aterra hacerle partícipe de mis dudas. No quiero que tenga miedo, no quiero borrar esa sonrisa preciosa tan nueva y reluciente.

Dani soltó una risa fría, triste, y negó con la cabeza.

—¿Sabes que no lo he visto desde que pasó lo de David?

—Es normal, era tu amigo y…

—No te equivoques —lo cortó Daniela—. Apreciaba a David.

Tenía mucho talento, era silencioso y podía confiar en él.

—Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, apagó el cigarro con furia en el cenicero con viñetas de Pennywise que descansaba en el mostrador.

Parecía estar apuñalando la cara del payaso—.

Esto —se señaló a sí misma, a su cara pálida, a sus manos temblorosas— no es pena; o sí lo es, pero adulterada.

Es rabia, es confusión. Este careto no es el de una persona que está pasando un duelo, he pasado por tantos…

, incluso por gente que no ha muerto, pero que yo he matado en mi cabeza.

—Entonces…

—Siento impotencia. Porque David no podía… No podía ser la persona que ahora dicen que era. No creo, ni por un segundo, que ese rancio silencioso haya matado a alguien. Si es que tu teoría de que quien está detrás del accidente de Kye es la misma persona que mató a los miembros de Queer Project.

—Y al manager , no olvidemos al manager .

Dani lo miró como si fuera idiota, déjà vu que lo llevó directo al día que se conocieron frente al hotel de los monstruos que había resultado ser más casa que su propia casa.

—Ozy ha estado comprobando qué estuvo haciendo David el día del accidente. Él estaba fuera y yo tuve una reunión por videollamada durante horas. No recordamos si estuvo en el taller, en el estudio o dónde. Han pasado años. Pero si hubiera habido algo sospechoso, en su día lo hubiéramos sabido.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Tú habla con Ozy. Seguid la pista que estuvierais siguiendo. Yo me voy a ir con mi mejor amigo, a quien conozco lo suficiente como para saber que estará cabreado porque lo he dejado abandonado; por su agresor, nada menos.

—¿Cómo se lo decimos?

—Esperamos a saber. Esperamos a comprobar qué está pasando. ¿Tú has visto las pruebas que encontraron en su coche?

—No, ¡¿tú sí?!

Dani lo miró con una ceja alzada y trató de no sonreír ante su exclamación entusiasta y llena de envidia; Foster no podía evitarlo, con lo que le gustaba a él pedir papeles que nadie le dejaba ver.

—El padre de David le enseñó las fotos a Oz y Oz a mí. Un anónimo, una careta… Todo es…

—Muy cutre —terminó Foster por ella—. Pero, si no fue David, eso quiere decir que… ¿Qué? ¿Que alguien lo ha matado? ¿Que ese alguien sigue suelto? ¿Que el peligro no ha pasado? A Kye le han retirado la protección, y si se entera, si…

—Kye va a creer en lo que sea más fácil para él; da igual si es descabellado, si a él le salva de algún modo, creerá que David era el malo malísimo. Y, sinceramente, Foster, creo que por ahora es mejor que siga pensando eso.

—¡Pero eso lo pone en peligro!

—¡Pero no puede afrontar la verdad! ¿No lo entiendes? Y eso suponiendo que sabemos la verdad, que no la sabemos. ¿Vamos a darle una información basada en la nada más absoluta para acojonarlo y que le dé un ataque de ansiedad para luego decirle: «Ups, pues no era eso»?

—Eh, que Kye es un puto valiente.

—No estoy atacándolo. Es mi mejor amigo, lo quiero con locura, pero se ha acostumbrado a vivir la vida a través de las historias que cuenta. Ha huido de la realidad, y ahora, si no estamos cien por cien seguros de la mierda que le podemos echar encima, no lo vamos a hacer. Prométemelo, Foster.

Foster suspiró. Miró a Dani, que a su vez lo miraba con una resolución tal que era apabullante.

—No sabemos si nos estamos equivocando; de hecho, no creo que lo estemos haciendo. No fue David quien mató a los miembros de Queer Project, no… lo creo.

—Prométemelo, Foster.

—Todo ha sido raro. El accidente, las horas previas… Kye me dijo que no había venido a trabajar.

—No vino, no. Lo llamé cien mil veces, Ozy también; no era propio de él no presentarse a currar.

No estaba en casa, su chatarra de coche tampoco, y él no solía cogerlo.

En su momento pensé que quizá había dejado la moto porque estaba todo helado y era peligroso, pero ¿dónde iba a ir en coche?

Aquí venía andando. —Dani suspiró—. Y que no me cogiera el teléfono a mí es raro, pero ¿a Ozy?

Era su ídolo, no sabes cómo babeaba por él.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada, no lo sé. Solo que no cuadra.

—¿Cuál es el supuesto móvil?

—¿Perdona?

—¿Qué ganaba con las muertes de Jon, West, Maryon, Ray…, con el ataque de Kye?

—En teoría, por lo que he podido oír, nunca había perdonado a Queer Project por echar a su padre, los culpaba de que se hundiera, de que se diera al alcohol…

—Pero su padre está rehabilitado, no parece guardar rencor al grupo. Y no seré yo quien se queje de la teoría del hijo vengador, la tengo aquí, arraigadita en el pecho —dijo Foster llevándose una mano al corazón y logrando hacer sonreír a Dani, por marciano que pudiera parecer.

—Me ha llamado Kim para preguntarme si David se drogaba —le dijo Daniela encendiendo otro cigarro y echando el humo de la primera calada de forma sonora—.

A lo mejor quieren demonizarlo hasta el infinito ya y tratarlo de yonqui.

Alguien con su pulso no podía ser un drogata de calle, da igual lo que digan.

—Pero si fue él y…

—Si fue él es todo una mierda y da pavor. Porque yo no lo sabía. Ni lo sospechaba. Ozy tampoco. Y trajimos al enemigo a la puerta de Kye. ¡Lo metimos en su casa! Y me moriría antes de hacer algo así. —Tras una pausa, añadió—: Pero seguiría sin ser un drogadicto.

—Si fue él, que no lo creo, pero si lo fue y yo también estoy equivocado y todas mis cábalas son delirios de alguien obsesionado con recuperar una parte de sí mismo que quizá no merezca la pena, no será tu culpa. Nunca tu culpa.

—Foster… —Dani hizo una pausa, sostuvo el cigarro en los labios, y se guardó el tabaco y el mechero en el bolsillo trasero de los vaqueros—.

Si de algo me sentía orgullosa era de mi ojo, ¿sabes?

De esa capacidad para calar a las personas.

Me enorgullecía de identificar la mala hierba y arrancarla de cuajo antes de que se le subiera por las piernas a mi gente y se les enredara como una ortiga venenosa. Pensar que me he equivocado tanto…

—No lo has hecho. Y no puedes culp…

—La culpa es muy jodida, y lo sabes, porque hace un minuto te estabas culpando de que quizá todo esto fueran delirios tuyos y diciendo que no querías hundir a Kye con tus ideas…

Mira, me voy a ir al hotel. Vamos a pintar, a hablar, a emborracharnos.

Sus padres, Eli, Eden…, todos se van a Vancouver a una gala benéfica y es el mejor momento para respirar y pensar.

Yo, en lo que ha pasado y escapa de mi alcance.

Tú, en quién puede haber detrás. Si hay alguien, se ha tomado muchas molestias para inculpar a otra persona.

No creo que su intención sea…, no sé…, ¿inmediata?

Caminaron juntos hasta el hotel; el viento soplaba fuerte y traía con él una fina lluvia que les azotaba la cara con suavidad haciendo que las gotas parecieran pequeñas lágrimas heladas.

Había poca gente en la calle, y los semáforos —la mayoría inutilizados por la tormenta y los cortes de electricidad— se balanceaban en lo alto al ritmo de cada ráfaga de aire.

Una vez llegaron al Noir, Foster los dejó un rato solos mientras él volvía a sus notas, su tablero y sus conjeturas.

También aprovechó para llamar a Kim, que, con mucha paciencia y un poco de mala leche, le pidió que dejara de obstruir el trabajo policial, bufando cuando él le preguntó si no había nada raro en el accidente de David, si no había logrado ver las autopsias de los miembros de Queer Project.

La jefa de policía lo calló con un rotundo «el caso está cerrado» que hizo eco en cada pared del hotel y que ni el viento de fuera logró acallar.

Foster también le pidió que un coche patrulla se pasara de vez en cuando por allí, a lo que la agente Sommerset le respondió que con la tormenta que estaba llegando desde el norte y con —en teoría— el culpable localizado y bien muerto no creía que fuera necesario.

Pero algo le dijo a Foster que quizá sí le hiciera caso; que quizá no lo tomara por un loco con delirios conspiranoicos.

Cenaron sándwiches de pollo los tres juntos en casa de Kye viendo una película de terror recomendada por Stephen King que resultó ser espantosa —aunque Kye, muy indignado, les dijo que el gusto de Stephen King se respeta—, y, a eso de las dos de la madrugada, Dani se fue a su cuarto para dejarles intimidad.

Hubo muchos guiños cuando lo dijo, sin duda pretendían ser cómplices, pero fueron evidentes y ridículos. Y hubo muchas risas.

Y, a la mañana siguiente, Foster le dijo a Kye que se iba a Vancouver para un tema del documental de Queer Project; que no era mentira, pero tampoco era verdad.

Y se sintió miserable y luego muy triste.

Porque Kye lo miró como si se marchara para no volver.

Como si no confiara en él. Como si su tiempo juntos hubiera acabado.