Hotel Noir 45. Suspiria #2
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45. Suspiria #2

Foster le comió la boca con auténtica voracidad y empezó a caminar hacia la cama sin dejar de besarlo.

Una vez allí, el baile fue perfecto, como ensayado durante meses, durante años.

Como si ambos fueran bailarines profesionales y no necesitaran más que mirarse a los ojos para moverse de la forma correcta, de la forma perfecta.

No hubo titubeos ni dudas sobre dónde iba cada uno.

Todo surgió con fluidez y naturalidad; Foster se colocó encima, lo preparó con lubricante y dedos expertos, y lo miró a los ojos prometiendo mucho en silencio.

Y Kye lo entendió todo («quiero que te guste», «yo también quiero sentirte dentro», «estoy deseando poseerte») sin necesidad de palabras.

Y le contestó de la misma forma: «Dámelo todo», «yo también te lo haré a ti», «fóllame hasta que no me acuerde ni de mi nombre».

Aunque puede que eso sí lo dijera en voz alta, porque, entre gemidos y risas (qué cosa curiosa era el humor en la cama; qué delicia), eso fue lo que hizo Foster.

Movimientos rápidos, lentos; estocadas pausadas y largas, y embestidas tan fuertes que desmentían la suavidad de las previas.

Kye tardó poco en volar y, cuando lo hizo, se quedó flotando durante una eternidad.

Y no necesitó ni tocarse, el roce febril contra el duro abdomen de Foster fue más que suficiente; así que se aferró a su espalda y montó la creciente ola como un surfista profesional.

Y voló y voló mientras su pareja culminaba en una sucesión de gruñidos tan sexis que creyó que nunca bajaría de esa cresta, de ese pico de pasión, de esa lujuria enajenante.

Pero bajó; y la ola se hizo mar en calma. Y su silencio fue paz y sosiego, roto apenas por el repiquetear de unas gotas de lluvia que parecían poner banda sonora a su día a día de forma permanente.

Y se quedaron tumbados en la cama, Foster detrás de él, con un brazo alrededor de su pecho. Kye le besó el antebrazo, justo donde tenía el tatuaje más bonito que nunca hubiera visto; sin exagerar, Dani también lo pensaba y era una profesional del tema.

Foster tenía tres tatuajes. Uno de ellos era la fecha de la muerte de su madre, que le recordaba el día que más miedo había pasado en su vida y, según le había dicho, para él significaba soledad y angustia, pero también el comienzo de una nueva vida.

Otro, un ave fénix en la espalda que respaldaba esa idea y le recordaba que podía levantarse y resurgir de sus cenizas una y otra vez, las veces que hiciera falta; Foster tenía una fijación en su piel, un levantarse aunque costara grabado en tinta.

El tercer tatuaje, aquel sobre el que Kye tenía los labios, era un ambigrama cuyo significado cambiaba (y mucho) según el ángulo en que lo miraras o si lo hacías en un espejo.

Era casi mágico, con una tipografía curvada y elegante que te hacía ver un I’m fine (estoy bien) o un Save me (sálvame) según la posición.

Era duro, bello y triste. Y Kye adoraba cada letra.

—No ha parado de llover desde que llegaste —le dijo Kye, despegando la boca del «sálvame», sin dejar de mirar por la ventana llena de gotas de agua que no dejaban ver el exterior.

—He traído la tormenta conmigo.

Kye sonrió. Porque era cierto; vaya si lo era.

—Me gustan las tormentas. Estoy acostumbrado a ellas.

—No sé si eso es muy halagador —dijo Foster tras dejarle un beso en la cabeza.

Kye se giró para quedar cara a cara con él, cuerpo a cuerpo, creyendo que podía haberlo ofendido; pero Foster sonreía.

Y luego, descolocándolo como otras tantas veces, añadió—: Pero creo que yo también me he acostumbrado. O he aprendido de ellas.

—¿Qué has aprendido?

—Que hay momentos en los que te pillan de lleno; en la calle, sin paraguas, sin ningún techo bajo el que resguardarte. Pero que, al final, escampa; tras la fuerte lluvia llega la calma, y eso es lo que, empapado, te anima a aguantar.

—¿No te planteas que el cielo no despeje nunca, que te quedes calado y a la intemperie siempre?

—No, eso es lo que trato de decirte. Que he cambiado mi visión sobre los días oscuros de tormenta que parecen no tener fin.

Que ahora no necesito que deje de llover, que he encontrado un lugar en el que resguardarme, como una especie de soportal.

Ahora puedo alzar la vista y la lluvia ya no me empapa la cara.

—¿Qué te ha hecho pensar eso?

—Tú.

—¿Soy un soportal? —preguntó Kye con una sonrisa que Foster recorrió con los dedos. Parecía asombrado de verlo sonreír, hipnotizado.

—Sí, uno muy barroco, como tus cuentos. Todo elegancia y ornamento.

Kye se puso sobre él, fundiéndolo en un beso ardiente y lleno de promesas que era mejor no pronunciar en voz alta.

Y lo hizo con ganas de que sus pieles se reconocieran una vez más, de disfrutar cada segundo, pero también lo hizo porque no podía sostener su mirada durante más tiempo, porque las dudas habían vuelto a asomar a sus ojos (si alguna vez habían dejado de acechar en ese verde dorado) y estaba listo para preguntar, elucubrar, no estar conforme con lo que tanto la policía como la realidad tenían claro: tenían al malo, no había peligro.

Estaban a salvo.