45. Suspiria
SUSPIRIA
KYE
Fueron días raros, muy raros. Por suerte, los padres de David quisieron despedirse de su hijo en un sepelio íntimo; «solo familia», habían dicho en un mensaje genérico que había pasado de unos a otros y que a él le había enseñado Daniela.
Cuando supo lo que había ocurrido, después del horror del descubrimiento, después de hablar con la policía, después de las dudas, las preguntas y el otro millón de dudas que le surgieron, una sucesión de ideas espantosas y ridículas se le implantaron en el cerebro y ya no pudo pensar en nada más: «¿Cómo voy a ir al funeral si hay unos cien kilómetros entre un muerto que quería matarme y yo?
¿Quiero ir al funeral de un muerto que quería matarme?
¿Se supone que debería ir, teniendo en cuenta el pequeño detalle de que era un puto asesino?
». ¡David era un asesino! Y luego estaba el peor y más absurdo de los planteamientos: «Si decido ir, ¿cómo voy a viajar a Surrey?
¿Cómo me voy a desplazar hasta allí?». El coche estaba descartado; quizá el tren, pero la estación de Black Pines solo funcionaba bajo demanda, los trenes no paraban si no se había comprado un billete con días de antelación.
Era todo tan aleatorio que, durante unos instantes que se convirtieron en horas (mientras esperaba a que todo el mundo dejara su hotel), se imaginó escribiendo una historia de terror que tuviera lugar en una estación fantasma donde los ruidos de la noche y el vacío se apoderaban del protagonista.
Por desgracia, su divagación literaria fue sustituida por otro pensamiento mundano y ridículo: «¿Podría ir en autobús?
Tendría que coger dos; no, tres». Y la impotencia que toda esa planificación ilógica le generó fue tan potente que incluso se planteó que lo sedaran, tal y como habían hecho para traerlo a Black Pines tras el accidente.
Luego recordó que todo ese estrés era para poder asistir al funeral de la persona que había convertido su vida en un infierno y se le pasó.
Más o menos. Porque no recuperó su respiración normal hasta que Foster apareció por la puerta, desconcertado y con la mirada perdida, pero con los brazos abiertos y más que dispuesto a envolver a Kye en su calor.
Sin embargo, habían sido días tristes y extraños.
Dani se había ausentado; dolida, enfadada, confusa.
Y Oz lo había llamado (una sola vez) para decirle que no se preocupara, que él cuidaría de Daniela.
¿De Daniela? ¿Por qué de ella? David los había engañado a todos, pero sobre todo a Kye.
Había intentado matarlo y posiblemente fuera el culpable de las muertes de su tío, de Jon, de Maryon…
Había destruido sus vidas; los supervivientes se habían reconstruido, sí, porque eso era lo que les tocaba hacer a los que se quedaban: vivir; pero la mirada de su abuela al recordar a West, lo destrozado que estuvo su padre… ; todos, en realidad.
Luego se sentía egoísta y miserable; él, que rechazaba el papel de víctima, echándole en cara a su mejor amiga que sufriera por la pérdida de un compañero de trabajo, quizá amigo.
El hecho de que David hubiera tenido un accidente justo cuando intentaba un nuevo movimiento era aterrador.
Llevaba un anónimo, ya con la dirección de la casa de su madre en el remite, en letras de imprenta negras sobre fondo beis; en la nota solo ponía: «Recordad que lo sé».
No contenía amenazas de muerte, no lo necesitaba; había mucho poder en esas cuatro palabras.
¿Cuál habría sido su plan? ¿Qué hubiera ocurrido si su coche no hubiera patinado en la carretera en una zona sin quitamiedos?
Kye prefería no pensarlo. En su lugar, pensaría en Foster.
Con quien había compartido cientos de besos (en todas partes, del cuerpo y de la casa); sesiones de ducha eternas y placenteras que empezaban con fuego y terminaban en tiernas caricias de agua caliente; había habido suspiros, orgasmos, charlas a media voz; borracheras, películas de madrugada y gritos en mitad de la noche que se habían apaciguado en abrazos y más besos.
Pero también había habido silencios; ceños fruncidos; miradas ausentes a través del ventanal frente a su cama.
Porque Foster no comprendía el devenir de los hechos, no aceptaba haber estado equivocado.
Y Kye lo entendía. Aunque le jodiera no verlo alegre por un triunfo como ese.
Porque era triste, pero un triunfo. Y Kye no quería pensar que Foster anteponía su reportaje a la verdad, a su seguridad, a su paz mental.
Lo primero que había hecho cuando Kim les había comunicado la noticia había sido llamar a Foster.
Qué necesidad tan extraña, cuando estaba rodeado de su gente, arropado como nunca lo había estado.
Y no se arrepentía ni por un segundo de haberlo hecho.
Foster había vuelto a Black Pines lo más rápido que había podido y, a pesar de que pasaba mucho rato enterrado en notas y en páginas de internet en las que Kye no sabía qué buscaba, no se había separado de él ni un momento.
Y en eso pensaba cuando salió de la ducha y lo vio haciendo café. Terminó de colocarse la toalla alrededor de la cintura y se acercó a la isla de la cocina.
Foster se giró a mirarlo y, cuando lo vio caminar hacia él con solo una toalla, se dio la vuelta del todo y lo observó. Con atención. Con hambre.
—¿Te apetece un café? —le preguntó con voz ronca y sin apartar la vista de su cuerpo.
—Me apeteces tú.
Casi no le dio tiempo a terminar la frase; Foster acortó la distancia que los separaba, le puso las manos en la cintura y le recorrió con dedos ágiles y suaves los costados, subiendo por su espalda hasta enredárselos en el pelo.
Una vez allí, tras una breve pausa que no hizo más que engrandecer su ansia, se enrolló su larga melena en un puño y tiró hacia abajo, haciendo que expusiera el cuello y jadeara.
Luego apoyó la frente en su sien; tenía la respiración agitada y su voz sonó más ronca aún que antes cuando dijo:
—¿Tratas de distraerme?
¿Lo hacía? En parte sí. Antes de que entrara en la ducha, Foster le había dicho que tenía mil dudas, que había tantas cosas que no entendía, que no le cuadraban…
Y Kye había hecho uso de toda su fuerza de voluntad para no cerrar la puerta del baño de un portazo de pura frustración.
¿Por qué Foster no lo dejaba estar? ¿Por qué no celebraba su victoria y se centraba en disfrutar del momento?
Pero, por otro lado, tenía tantas ganas de él; tantas ganas de comérselo entero, de devorarlo, disfrutarlo, saborearlo; de sentirlo en su interior por fin, de entrar en él…
Así que no, no creía que su seducción fuera un acto de distracción, sino, más bien, la consecuencia natural de la causa que eran ellos dos juntos.
—Me haces parecer la femme fatale de un noir ; manipulador, seductor, moralmente ambiguo…
—No lo eres —contestó Foster antes de morderle el lóbulo de la oreja y arrastrarle los dientes por el cuello hacia la clavícula—. Aunque sí eres peligroso, atractivo hasta el punto de la locura y de apariencia engañosamente vulnerable.
Kye soltó una risilla ante eso último, porque no era la primera vez que le mencionaba lo de la doble cara, que parecía peligroso incluso estando en peligro y que no tenía madera de víctima. Pero su risa se tornó jadeo y, cuando habló, su voz no sonó como suya.
—Bueno, por suerte ya no hay papeles que interpretar porque la película terminó; el malo ha muerto y la femme fatale ya no necesita distraer al detective obsesionado y erosionado por una investigación agotadora y frustrante.
—Respecto a eso… —empezó a decir Foster.
—Calla, no. Ahora no.
Kye atacó su boca. Preciosa, adictiva y, quizá, un poco demasiado dispuesta para conjeturar. Siempre con un «¿y si…?» aterrador en la punta de la lengua. Y, en esos momentos, Kye quería su lengua en otros lugares, no explicándole por qué lo de David no tenía sentido.
Y lo logró; notó el momento exacto en el que Foster cedió y dejó de luchar contra el instinto de satisfacerlo (de poseerlo) que siempre parecía pugnar con su deseo de saber y averiguar.
Llevó ambas manos al culo de Kye y extendió las palmas sobre sus glúteos, juntando sus erecciones.
Uno llevaba una toalla; el otro unos pantalones de pijama.
Sus pollas, duras y apenas separadas por fino algodón, se frotaron y reconocieron con la misma hambre que sus bocas, sus lenguas, sus gemidos.
Foster lo levantó en una postura que se había convertido en una especie de ritual previo al orgasmo. Pero esa vez Kye quería más y así se lo hizo saber justo cuando Foster lo iba a colocar sobre la encimera.
—Esta postura está bien, pero necesitamos un condón; están en mi mesilla y no quiero separarme ni un milímetro de ti…
—¿Quieres…?
—¿Tú no?
—Sí, sí y mil veces sí.