44. American Horror Story
AMERICAN HORROR STORY
FOSTER
Foster miraba las paredes color melocotón y los cuadros de paisajes en tonos pastel de los pasillos mientras trataba de aparentar normalidad.
El primo de no sé quién —un enfermero que no tenía pinta de cobrar dinero negro por permitir actos ilegales bajo su supervisión— caminaba a su lado explicándole lo que se iba a encontrar una vez entrara en la sala común, como llamaban al lugar en el que los pacientes recibían a las visitas.
—Tuvo un infarto cerebral hace unos quince o veinte años.
Su memoria se vio afectada; el habla también.
Está desorientada y en silencio la mayor parte del tiempo.
Atascada en el pasado —le dijo con una prudencia y un saber estar que, una vez más, chocaban con el negocio bajo cuerda que se traía con un primo o un cuñado.
La noche anterior había tenido pesadillas imaginándose la visita.
Rememoró el único capítulo que había visto de la segunda temporada de American Horror Story, donde una canción que repetía «Dominique» constantemente sonaba sin parar en un viejo tocadiscos mientras los pacientes del psiquiátrico estaban ahí siendo raros y aterradores.
Las instalaciones de Santa Clara nada tenían que ver con las oscuras y turbias de la serie, y sus tonos plácidos ahuyentaban los fantasmas.
Lo único extraño que había entre esas paredes eran los ancianos en sí mismos.
Foster nunca había visto envejecer a nadie.
No tenía abuelas, ni tías mayores, ni familiares longevos con viejas historias de otra época.
Y lejos de causarle desagrado, ver a toda esa gente mayor dedicando sonrisas a sus visitas y con la mirada perdida en cuadros o ventanas le produjo una enorme sensación de ternura y añoranza de lo que no tenía; esa añoranza Foster la padecía mucho.
Y allí, entre una decena de pacientes más o menos acompañados, junto a unas estanterías con juegos de mesa y libros, estaba Greta Orlando.
Sentada en una silla de ruedas, con una mantita anaranjada sobre las rodillas y con una sonrisa cálida, como todo en el lugar.
Miraba por la ventana, y cualquiera que la viera diría que estaba…
feliz en su calma. Pero ¿qué era la felicidad si no un recuerdo abstracto para ella?
No podía imaginarse lo que era vivir encerrado en recuerdos.
Él estaba encerrado en su propia cárcel, en su prisión intangible, pero ahí, en ese momento, se dio cuenta de que también era su propio carcelero.
No solo tenía la llave, sino la capacidad de doblar a su antojo los barrotes que lo aprisionaban.
Podía salir y ser libre. Si quería, podía.
Tenía campos, lagos y montañas para conquistar, para campar a sus anchas…
—Señor King —le dijo el enfermero sobresaltándolo; el señor King era su padre—, sea breve.
No hay mucho tiempo, pero, además, las preguntas podrían alterarla.
No está acostumbrada a tener visita ni a hablar de nada actual.
No la contradiga, y si se emociona hablando del pasado, intente no cortarla de forma abrupta; si tiene algún problema, avíseme, por favor, estaré justo ahí.
—Le señaló una silla junto a la puerta de entrada y, cuando Foster asintió, se alejó.
—Hola, señora Orlando —dijo, sentándose en el alféizar de la ventana, junto al que estaba colocada la silla.
Ella no hizo amago de haberlo oído y siguió con su extraña sonrisa calma y su mirada perdida en los árboles del exterior, tras los cuales se ocultaba un pequeño cementerio. Era macabro tener allí uno, tan cerca, tan… a mano.
—He venido a…
Foster trató de iniciar conversación de varias formas distintas, pero nada parecía llamar la atención de la señora.
Hasta que, con un tiro ciego pero totalmente tendencioso —al fin y al cabo, era de lo que Foster quería hablar—, le preguntó por aquel bebé al que alguien —no se sabía quién— había abandonado en un coche una noche de circo y muerte.
—He venido a hablar de su hijo. —Directo, bastantes preámbulos había probado para los diez minutos que tenía.
Entonces, la señora Orlando se giró, radiante. Dio una palmada sobre el brazo de su silla y le preguntó:
—¿Es usted uno de los profesores de mi Robert? Espero que esté siendo aplicado. Estudiamos juntos todas las tardes y le puedo asegurar que se sabe la lección de maravilla.
¿Lo de que no la contradijera quería decir que tenía que seguir con esa pantomima? Nada en contra por su parte.
—No hay ningún problema con sus notas, es más bien…
—Si es por su tartamudeo, no se preocupe. Es solo cuando está nervioso. Está yendo a un logopeda y evoluciona muy favorablemente; dicen que estas cosas a veces son hereditarias, pero ahí no tenemos nada donde trabajar. No conoció a sus padres, ¿sabe?
—¿Lo adoptó usted siendo muy pequeñito?
—Muy pequeño, sí. Lo abandonaron en un coche.
Lo encontramos al pobre casi asfixiado. Estaba con una mantita y una foto de su madre; ay, de solo pensarlo…
Qué ternura. Yo no podía tener hijos, me habían quitado el útero y…
. —Sonreía, pero tenía los ojos llorosos.
Y Foster sabía que no podía hacer preguntas, que no debía presionar, pero aquella mujer atrapada en su mente podía tener tanto que contar…
O no, pero era un diamante en bruto que le habían prohibido pulir—.
He respetado sus orígenes, ¿sabe? La foto de su madre está en el cabecero de su cama siempre.
Yo le digo que es su ángel de la guarda.
No sé qué pasó, si lo abandonó o no; quién abandonaría a una criatura así…
La mujer pareció rezar algo en voz baja; ya le había dicho Oz que era religiosa. Resultaba muy raro oírla hablar de un niño cuando, en esos momentos, la persona que buscaban estaría cerca de la treintena.
La señora Orlando volvió a mirar por la ventana con la vista vidriosa, en otro lugar, en un pasado que no lograba recordar y que a la vez sentía que transcurría en ese mismo instante.
Foster miró al enfermero, que le señaló su reloj de pulsera con un dedo y empezó a caminar hacia él.
No, no, no.
—¿Tiene esa foto? —preguntó Foster con cuidado pero sin perder un segundo.
—¿Yo? No, yo no. La tiene él siempre en su cuarto. Está aquí, mire.
De repente, pareció desubicada; intentó levantarse, ir quizá a una habitación que no estaba allí; eso era lo que decían sus ojos perdidos, su ceño fruncido en confusión.
En su narración estaría visualizando ese cuarto que ya solo existía en su memoria, y su memoria tampoco daba la sensación de existir más allá de destellos perdidos.
Pareció darse cuenta entonces de que no reconocía el lugar; ni a él.
Con los ojos anegados en lágrimas se intentó levantar con brusquedad y Foster la intentó sujetar, embargado por la pena y la ternura.
—Váyase —dijo el enfermero, agarrando a la mujer—. Ya, señor King.
Aun así, Foster trató de apaciguar la angustia de la señora, pero él no era más que un desconocido, un oso asomando en la madriguera de un conejito desvalido.
Dos enfermeras entraron en la sala charlando sin darse cuenta aún de lo que ocurría, y el enfermero volvió a urgir a Foster para que saliera pitando.
Y lo hizo, abandonó Santa Clara con paso ligero y el corazón un poco arrugado, sobrecogido.
Por un lado, la bofetada de realidad que acababa de llevarse al ver una vulnerabilidad tan cruda con sus propios ojos había sido fuerte.
No conocía a la señora Orlando, y, aun así, no se quitaba de la cabeza esa mirada perdida que revelaba que no sabía dónde estaba ni qué ocurría.
Qué impotencia. Pero, por otro lado, su parte egoísta —esa que nunca fallaba en salir a relucir cuando no se la llamaba— lamentaba que la señora no hubiera seguido hablando, que no le hubiera revelado más.
Porque sin hechos, sin confirmación de sus sospechas, solo tenía eso, sospechas sonadas que no podía presentar ante nadie.
Robert Miller Orlando tendría en aquellos momentos veintinueve o treinta años.
Oz no había averiguado mucho; le había explicado que el acceso a expedientes de menores era muy limitado y, salvo por una información vaga sobre varias casas de acogida, el rastro se perdía y los dejaba sin nada.
Podría estar en cualquier lugar. O muerto.
El sistema era injusto e inútil. ¿Cuántos menores desaparecían cada día?
¿Cuántos adolescentes a los que nadie buscaba?
Salvo en los casos de hijos de padres influyentes, o de indignación pública por el motivo que fuera, sus ausencias se volvían silenciosas.
Niños que nadie reclamaba, menores que no le importaban a nadie.
Sus existencias eran un «no localizable» en un documento, hasta que cumplían la mayoría de edad y ya incluso dejaban de ser eso; porque dejaban de «pertenecer» a alguien; de repente ya no eran vulnerables sino adultos responsables de su propia desaparición.
Y sus vidas se disolvían en los peores barrios de la ciudad, en las calles mojadas en las que trabajaban, en habitaciones de moteles baratos.
¿Era Robert Miller Orlando una de esas personas? ¿Su teoría del bebé abandonado en una feria se sostenía con esa nueva y escasa información? ¿Estaba persiguiendo un fantasma que nada tenía que ver con la investigación, con Queer Project o con Kye?
Foster había aprendido —y llorado— mucho cuando investigó el caso de Steve Samuels, un niño al que el sistema había fallado una y otra vez; y, aunque no había hecho nada para ayudarlo de forma directa —por muchas chorradas que se dijeran de él y del «alma» que tenía su documental—, sí había logrado implicar a gente que había marcado la diferencia.
Funcionarios anónimos del Centro de Apoyo a la Infancia que se jugaron el puesto por lo que consideraban justo y mandamases de los Servicios de Protección al Menor que se implicaron de corazón y no por mantener la fachada; aunque algunos de esos también hubo; siempre los había.
Quizá pudiera usar alguno de los contactos que hizo e intentar averiguar algo más. Quizá Oz también pudiera. Al fin y al cabo, había conseguido dar con el primo del amigo del cuñado de un tío que trabajaba en un hospital.
Pero, entonces, una llamada que no esperaba en absoluto desbarató su idea, y el único pilar —frágil y endeble— sobre el que descansaba su investigación se vino abajo.
—Foster, Foster, no sabes lo que ha pasado —dijo Kye frenético, sin aliento—. Es David, ha… Ha tenido un accidente. Parece que el coche patinó en una placa de hielo y cayó ladera abajo a la entrada del pueblo. Dios, Dios… Foster...
—Tranquilo, Kye, respira, respira. ¿Cómo está? ¿Con quién estás tú?
—No está, ha muerto. ¡Ha muerto! Pero es que eso no es lo peor, o sí, joder, no sé ni lo que digo…
Es que… Joder, Foster... —Kye cogió aire, la inspiración se oyó tan nítida como si lo tuviera frente a él, bien pegado, donde quisiera tenerlo.
Aire que a Foster se le cortó cuando escuchó la siguiente frase—: Llevaba una máscara de Ghostface en una bolsa.
Y un anónimo listo para ser enviado a casa de mi madre. Era él. ¡Era él!
Nada tenía sentido. Nada.