Hotel Noir 43. El proyecto de la bruja de Blair #2
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43. El proyecto de la bruja de Blair #2

Eso hizo. Y Foster y las chicas decidieron volver directamente a Vancouver.

Pero, antes de emprender el viaje de una hora y media, tomaron unos cafés en un precioso establecimiento de Chilliwack que poco tenía que ver con la inmundicia que habían grabado.

Y a él no fue al único al que el café le resultó más amargo de lo habitual, a pesar de la crema y de las especias —canela, cardamomo—; ni a pesar del color del otoño, de ese calor que solo sientes en invierno y de los tonos apacibles a su alrededor.

Todo en conjunto hubiera hecho las delicias de cualquier influencer deseoso de subir a las redes su última y más preciosa instantánea.

Si lo sabría él… Pero no fue así. A las chicas se lo notó en las caras, en las miradas, fijas en el empedrado que podía verse a través del ventanal.

Era una vista tan idílica… Una que contrastaba con la espantosa zona en la que tantos anónimos malvivieron antes de morir o desaparecer de la misma forma anónima.

¿Dónde estaban los supervivientes? ¿Hubo niños que llegaron a ser adultos?

No se lo quitaba de la cabeza, quería hacer algo al respecto; sabía que sería nimio, que llegaba tarde, pero quizá pudiera dar voz a los olvidados más allá de un capítulo en un reportaje sobre una banda de rock .

Y, como le había dicho a Oz, si de verdad era una cuestión de dinero, quizá pudiera.

Cuando las chicas se metieron en la furgoneta y Foster en su Camaro, las vio alejarse entre los pequeños copos de nieve que se convertían en agua en el cristal de su parabrisas; las luces de los semáforos y las de freno de los vehículos que pasaban por su lado, distorsionadas.

I Don’t Love You , de My Chemical Romance, empezó a sonar en cuanto encendió el motor, y la imagen de Kye se manifestó ante él con tanta nitidez que hasta se mareó un poco.

No por la sorpresa, lo tenía en mente de forma constante, sino por la fuerza.

Lo había llamado después de hablar con Oz para decirle que no iría a dormir.

También había llamado a Dani y habían quedado en que pasaría la noche con él, a pesar de que un coche de policía estaría aparcado hasta el amanecer frente a su casa.

Era curioso cómo hasta la policía parecía creer que las luces del alba ahuyentaban el peligro.

Kye no estaba desvalido. Kye era mucho más fuerte de lo que aparentaba y quizá de lo que él mismo creía. Y como se enterara de que le organizaban fiestas de pijamas a sus espaldas, quizá su ira se desatara.

Resultó que pudo despejar esa duda medio minuto después, que fue cuando le llegó un mensaje de Kye.

Kye:

Mi padre se ha pasado a verme. Dos veces. Mi madre me ha traído un pollo que estoy casi seguro de que no ha cocinado ella. Y Jax, palomitas con extra de mantequilla y El halcón maltés.

Los he puesto a todos de patitas en la calle.

Y sé que es obra tuya o de Dani.

Foster:

¿No está contigo?

Kye:

¿Dani? Sí, pero ha ido al Nexus a coger cervezas frías (Eli nos va a matar, pero, si tú no estás, nadie va a la compra, porque yo soy como Sigourney Weaver en Copycat).

Foster:

Ja, ja, ja. Esa referencia la he pillado. Los thrillers noventeros los controlo.

Kye:

Lo controlas todo, aunque finjas ignorancia. No soy tonto. Y sé que a Dani la has llamado tú. No sé si sentirme insultado o halagado por tu preocupación.

Foster:

La opción B, sin duda.

Kye:

No sé, ¿eh? La noche se me va a hacer eterna. Estoy deseando que vuelvas.

Un titubeo, los puntos saltando en la pantalla del móvil, el «escribiendo» en la parte superior que paraba y se reiniciaba una y otra vez mientras My Chemical Romance daba paso a Panic! At The Disco y a su The Ballad of Mona Lisa.

Hasta que por fin…

Kye:

Lo digo por Dani; David no ha ido a trabajar y la furia se la está comiendo viva. Y a mí.

Foster:

Ponte Bach y relájate.

Kye:

Ni eso me ayuda ya. Porque no solo está cabreada, también está preocupada; y en ella eso es una mezcla explosiva. Con decirte que he llamado a Miles para que venga y me salve...

Foster:

Esos dos juntos sí que son explosivos, ¿cómo se te ocurre?

Kye:

Así de desesperado estaba, pero da igual, no puede venir, tiene lío. O eso dice. Creo que sigue cabreado, me ha colgado muy rápido y un poco borde.

Foster:

Lo siento.

Kye:

No es tu culpa.

Foster:

Él cree que sí.

En cualquier caso, yo espero volver mañana por la noche. Echo de menos…

Mi tablero, mi edredón, el bocata de albóndigas y al señor de presencia eterna en el bar…

Kye:

Sí, seguro. No lo niegues, te has enamorado…

De mi hotel.

Foster:

No es el hotel lo que me tiene enamorado.

«Joder, joder, joder».

¿Y si lo borraba?

No, no, no.

Lo había leído.

Estaba escribiendo.

Y borrando, otra vez el mismo esperar y desesperar.

Al final, la respuesta fue breve, para nada acorde con el tiempo que había tardado en escribirla.

Kye:

Vuelve pronto.

No era lo que esperaba, pero era mejor que «vete a la mierda».

Y, sobre todo, aquel intercambio tan cotidiano le había levantado un poco el peso en el pecho que la tarde le había dejado, le había endulzado el amargor.

Y había mantenido ese tono casual, evitando decirle que Oz le había confirmado que ese bebé —abandonado en el coche hacía tantos años ya— tenía nombre y apellidos, que quien se convirtió en su madre se los dio, borrando su existencia biológica previa; que a él esa biología le iba a quitar el sueño igual que lo haría el hecho de que ningún niño muriera en aquel incendio.