43. El proyecto de la bruja de Blair
EL PROYECTO DE LA brUJA DE BLAIR
FOSTER
—¿Qué estamos haciendo, Foster? —le preguntó Sally bajando la cámara que llevaba al hombro.
—Es… una corazonada. Hace casi treinta años, un bebé fue abandonado en un coche. Creo… No sé, pero creo que podría estar relacionado con Queer Project, el incendio que se produjo aquí semanas antes y… la desaparición de un hombre.
—¿Qué quieres que hagamos?
—Quiero que grabéis exteriores aquí, que entremos en varias de las casas quemadas —dijo Foster tratando de forzar uno de los tablones podridos que tapiaba una puerta.
—¿Sin permiso? —le preguntó Sandy con una ceja alzada desde donde estaba, al otro lado de su inseparable Sally y de su también inseparable micro de pértiga; bueno, Foster suponía que de ese sí se separaba de vez en cuando, porque era alto de cojones.
—Lo gestionaré todo más adelante con el concejal de urbanismo, el ayuntamiento o quien proceda.
Conseguiré el derecho a usar las imágenes.
No os preocupéis. Pero —añadió mirándolas a ambas y con total sinceridad—, si os preocupan la clandestinidad y el posible allanamiento, lo entiendo y lo haré yo solo.
Sandy y Sally se quedaron en silencio; luego Sally, tras recorrer con la mirada la manzana desierta, los agujeros abiertos por el fuego y los techos hundidos de varias casas, dijo:
—Queremos hacer esto contigo; sea lo que sea. Y no le hemos dicho nada a tu padre, en contra de lo que puedas pensar.
—¿Sabéis qué? Ahora mismo mi padre me la suda de una forma que no os podéis ni imaginar.
Y tal revelación —la veracidad de la misma, la crudeza— lo pilló tan desprevenido que hasta perdió un poco el equilibrio. Se apoyó en la pared junto a él para sostenerse y soltó una carcajada de incredulidad. Se sentía… extrañamente libre. Y con fuerzas renovadas. Y acojonado.
Porque todo lo llevaba hasta allí y, a la vez, aquel parecía el punto de partida.
Oz lo había llamado y le había dicho lo que, por algún motivo que se le escapaba —quizá por el sexto sentido del que hablaba su madre—, siempre había sospechado: que no se había encontrado el cuerpo de ningún niño.
En aquel incendio hubo decenas de heridos y ocho muertos, pero ninguno de ellos era menor de edad, y mucho menos, un bebé.
Según había averiguado Oz, entre los fallecidos sí estaba Maeve McNulty.
Y qué triste su historia; hija de una familia rica de la zona, se enamoró de un camello cabrón y lo perdió todo.
Y a Foster le parecía tan antinatural que se pudiera perder a la familia de uno, a quien debía protegerte de todo, por un error, por una mala decisión, por inmadurez…
Y se quedó un momento ahí atascado, en lo triste del abandono; en cómo a esa mujer se la había dejado morir en un vertedero de yonquis y prostitutas.
Se la había abandonado incluso en su muerte.
Y le daba tanta pena pensarlo… Más aún mientras miraba a su alrededor, al esqueleto de un vecindario muerto que contrastaba de forma obscena con lo que era Chilliwack y su centro de postal canadiense.
La zona estaba muerta desde hacía décadas.
Era una manzana con un parque que nunca lo fue en el centro.
Era arena seca, ramas, bancos destartalados y colchones sucios y raídos.
Las cuatro calles que lo componían y formaban un rectángulo nunca tuvieron nombre; casas de una y dos plantas tapiadas o con huecos oscuros que parecían decirte —¡gritarte!
— que te alejaras, que nada bueno contenían sus paredes; las que aún estaban en pie, llenas de pintadas, insultos y números de teléfono medio borrados.
Cómo alguien pensó que era buena idea juntar en una zona a un centenar de personas en riesgo de exclusión social cuya mera existencia era ya una injusticia se escapaba a su entendimiento y, a la vez, le daba ganas de luchar, de investigar, de hacer pagar a alguien por tanto daño.
Y según caía la luz del atardecer y el silencio se hacía más pesado, se dispusieron a grabar los restos de miseria humana de un vecindario abandonado a su suerte; y eso hicieron durante casi tres horas.
La noche cayó y la oscuridad trajo consigo una creciente inquietud.
Las luces de las dos cámaras —Foster llevaba la otra— no eran ya suficientes para alumbrar por dónde pisaban, y eso hacía la sensación de terror más potente.
Daba igual lo que dijera Eli de que el grupo hacía decaer el miedo individual.
En esos momentos eran los tres estudiantes de El proyecto de la bruja de Blair a punto de desaparecer en extrañas circunstancias.
Encontrarían sus grabaciones y alguien haría un documental que venderían como metraje encontrado y lo petaría. Y no sería él. Porque estaría muerto.
Y cuando el frío empezó a calarles la ropa y casi hasta los huesos, cuando cada ruido no identificado los hizo saltar y mirar en todas las direcciones, decidieron que había llegado el momento de marcharse de allí.
Y ya cuando el sonido del móvil de Foster los asustó hasta el punto de que Sandy pegó un gritó que resonó por toda la manzana, Sally dio un salto que ya quisiera una medallista olímpica, y a él se le cayó el teléfono en la bolsa de la cámara, dieron gracias a que el día había acabado sin víctimas y salieron de allí como alma que lleva el diablo.
El que lo había llamado era Oz, y, cuando los tres estuvieron a salvo en la furgoneta, Foster le devolvió la llamada.
—No he conseguido la partida de nacimiento ni del hijo de Ted Barrett ni del bebé abandonado en la feria —le dijo Oz—.
Tampoco se ha podido rastrear al propietario del coche; tenía matrícula de Washington y figuraba como vendido para desguace en un taller de Olympia.
La burocracia entre Estados Unidos y Canadá ya sabes cómo es, todos se desentienden.
Pero sí tenemos un nombre relacionado con el bebé del coche. ¿Puedes apuntar?
Foster se sacó la libreta que llevaba en el bolsillo de la cazadora sin salir de su admiración —y gratitud— por ese hombre.
El motorista fantasma le provocaba unos celos feos y una inseguridad nada bienvenida, porque las comparaciones eran odiosas y él —sin oficio ni beneficio— no tenía nada que hacer ante semejante tío hecho a sí mismo que, encima, mientras se hacía a sí mismo sacaba tiempo para salvar el mundo.
Suspiró.
—Dime —logró decir, y su tono denotó esa admiración y no la inferioridad que le mordía la piel.
—Aunque no haya nada anterior a la noche en la que lo abandonaron, ni partida de nacimiento ni datos previos, nada, sí sabemos que era varón, que tenía dos años y que lo adoptó una de las trabajadoras sociales del equipo que acudió aquella noche a la fiesta del solsticio de verano tras el aviso de la Policía.
Greta Orlando, cuarenta y tres, soltera, muy comprometida con la comunidad evangélica.
Dejó el caso a un compañero para que no hubiera conflicto de intereses, acogió al niño y le dio un nombre: Robert Miller Orlando.
Foster no conocía a nadie con ese nombre…
Después de todo lo que estaba movilizando por seguir una corazonada…
, ¿se habría equivocado? No tenía que haberse venido tan arriba ni haber creído tanto en sí mismo.
Con lo inseguro que era para algunas cosas, era increíble cómo se dejaba llevar para otras.
—¿Es normal? ¿Lo de que no haya partidas de nacimiento?
—Más de lo que crees. Hay muchos menores que llamamos «niños fantasma».
No figuran en ningún sitio, son invisibles para el Gobierno y, por eso mismo, son mucho más vulnerables.
Piensa que si las madres son adictas, prostitutas, o incluso viven en la calle, no suelen dar a luz en hospitales ni van al registro a rellenar ningún formulario una vez dan a luz.
A los menores no se les toman huellas a no ser que hayan sido «fichados», por lo tanto, uno puede desaparecer.
Foster hizo un ruidito de asentimiento; una vez más, su cabeza iba a mil. ¿Dos partidas de nacimiento inexistentes? ¿O una sola porque se trataba del mismo niño? No podía ser una coincidencia, por muchos niños fantasma que Oz dijera que existían.
—¿Qué sabemos de ellos? De la madre y el hijo.
—Del hijo nada; según parece, entró en el sistema de acogida cuando a la mujer le dio un ictus hace unos veinte años y la declararon incapacitada para cuidar a un menor que, por aquel entonces, tendría unos diez. Pero el rastro se pierde, y yo no tengo acceso a todo, no sé quién te crees que soy.
¿Pudo cambiar de nombre? ¿Su corazonada volvía a tener base?
—¿Y la mujer?
—Vive en una residencia en Victoria desde que aquello ocurrió. No se recuperó.
—¿Habla? ¿Podría verla?
—No sé en qué estado se encuentra; y respecto a lo de verla, depende, ¿cuánto estás dispuesto a pagar?
—¿Qué quieres que piense de ti cuando me haces ese tipo de preguntas de película cutre de mafiosos? —Hubo una pausa a ambos lados de la línea; se oyó la risa ronca de Oz y un murmullo de fondo—. Mucho; la respuesta es mucho. ¿Cómo lo vas a lograr?
—Lo he organizado de antemano porque sabía que querrías ir en persona. Un primo de un conocido trabaja en Santa Clara, la residencia donde vive la señora Orlando; podría dejarte pasar mañana hacia las diez, pero tendrías poco más de quince minutos, que es lo que tarda el cambio de turno.
Intentando quitarse el agobio que las palabras de Oz le provocaban en su reloj mental, Foster hizo un cálculo rápido: para estar en Victoria a las diez, tendría que coger el primer ferri desde Tsawwassen, que salía a las siete.
O salían esa noche hacia Vancouver y dormían allí, o descansaban unas horas en un hotel en Chilliwack y se pegaban el madrugón al día siguiente.
Lo que descartaba del todo era volver a Black Pines.
Tal y como estaban las carreteras por el hielo, no se arriesgaría.
—¿Foster?
—Sí, perdona, allí estaré. Dame los detalles.