42. Aún sé lo que hicisteis el último verano
AÚN SÉ LO QUE HICISTEIS EL ÚLTIMO VERANO
KYE
—¿Cómo que su bebé?
—No te imagines a un bebé gigante matando gente, no es a eso a lo que me refiero.
—No he creído ni por un momento que te refirieras a eso.
—Kye miró a Foster con el ceño fruncido y, porque no pudo evitarlo, añadió—: Aunque hay un relato de Mariana Enriquez en el que a la protagonista la persigue a todas partes un bebé que anda y se mueve como si fuera mayor. Superturbio. Y muy divertido.
—Sí, claro, divertidísimo. Me lo apunto como recomendación. —El sarcasmo que destilaba su voz hizo sonreír a Kye a pesar de las circunstancias—. Lo llamo bebé porque no sé si fue niño o niña.
—Pero ¿no se supone que Maeve McNulty y su hijo murieron unos días antes de lo del Scenic? Tienes el artículo ahí desde la primera noche. —Kye señaló la noticia, sujeta al tablero con una chincheta verde.
—En un incendio, sí. Pero no he logrado averiguar demasiado; desde luego, no la identidad de los fallecidos ni la causa del incendio.
Solo que el nombre de Maeve McNulty aparece en un artículo, pero porque fue un escándalo para la familia, conocida en la zona.
Es uno de los temas en los que Oz me puede ayudar. Espero.
—Pero, entonces, ¿qué sugieres? ¿Que el hijo está vivo y vengando a su padre? ¿Estás de coña? Suena a peli de serie B.
—¿De serie B? No estoy puesto en el tema, pero creo que te podría enumerar más de cinco películas de terror, adolescente y no tan adolescente, con esa narrativa. Así que no es tan descabellado. De hecho, pasa en Sé lo que hicisteis el último verano , que a ti te encanta.
—No; lo del hijo vengativo pasa en Aún sé lo que hicisteis el último verano, que, por cierto, no me gustó nada.
—Pero en la primera el asesino vengativo es el tipo que se supone que atropellaron. No estaba muerto.
—¿Sigues creyendo que Ted Barett puede estar vivo? —preguntó Kye procurando no perder la compostura y centrarse en esas obras de terror que tanta paz le daban.
Trató de bajarse del regazo de Foster, pero este no se lo permitió, agarrándolo de las caderas. Kye tampoco lo intentó en exceso.
—No lo sé —contestó Foster en un susurro, mirando el tablero y entrecerrando los ojos al hacerlo—.
Suena a venganza, a muertes orquestadas.
Creo que podría ser; y creo, y esto sé que es más descabellado, que también podría estarlo su hijo.
—Señaló la noticia que tenía a todo color junto a un pósit azul que decía: «¿Quién es este niño? ».
—Por Dios, Foster, estás obsesionado con el bebé abandonado en el coche en el solsticio de verano.
—Es cierto, lo estoy, porque la noticia me resonó desde que la leímos aquella primera noche.
—Leímos decenas de noticias horribles, fue una semana catastrófica. Pero solo has pinchado en nuestro tablero la del incendio y la del niño abandonado.
—¡Porque no lo entiendo! —Foster bajó la vista y le acarició la cintura con manos suaves. Suspiró—. ¿Quién abandona a un niño tan pequeño en un circo?
—Pero ¿por qué deduces que Ted Barrett fue quien dejó a ese crío allí? Ese aparcamiento lo debieron de usar cientos de personas aquella noche. Lo hemos visto —Kye señaló las fotos de la fiesta del solsticio de verano que tenían en el tablero—, estaba llenísimo. Quizá algún padre dejó a su hijo y…
—¿Y no volvió a por él?
—Hay desalmados en todas partes.
—Tienes toda la razón, podría ser, pero… ¿dejarlo allí ? De verdad que si lo hubieran abandonado en otro lugar… Pero ¿quién lleva a una feria a un niño para abandonarlo? Quién, a no ser que fuera con otros fines…
—Foster, por favor… —Kye le puso las manos en la cara, le acarició las mejillas.
—Sé que suena enrevesado, pero, si lo piensas, tiene sentido.
Escucha, he visto la grabación en la que tu madre lo cuenta en el Nexus una decena de veces, me sé cada palabra.
Cuando el roadie apareció enloquecido en la habitación, no hacía más que repetir que formarían una familia los tres, que todo había salido a pedir de boca. ¿Qué tres, Kye?
—Mi madre estaba embarazada de mí, quizá se refiriera a eso.
—No, porque él no lo sabía. No podía saberlo.
Tu madre no lo había dicho y no se le notaba en exceso.
He visto todas las fotos de los dos meses previos a lo del Scenic.
Queer Project tocó en Vancouver, Seattle, Portland y San Francisco.
No hay muchas pruebas gráficas, e incluso para mí, que ahora lo sé, su tripa pasa desapercibida…
Estaba de pocos meses. Ted Barrett no podía saberlo. ¿Y si…?
—Foster, no sé… Como hilo argumental es flojo. Mira, yo te apoyo en todo, quiero a este tablero como si fuera un miembro de mi familia, de hecho, quiero que sea el modelo de mis futuras escaletas, que me las hagas tú, pero esto es demasiado…
—Lo primero, será un honor ser tu arquitecto narrativo.
Lo segundo, lo sé, no pienses que no sé que suena a locura, y el mero hecho de que me estés escuchando aunque no lo creas posible me llega muy dentro, te lo juro.
Yo… —Foster suspiró y fijó la vista en los ojos de Kye, que le pasó las manos por el pelo—.
Sé que es todo muy peliculero. Pero es que el propio anónimo que recibieron tus padres lo es.
Es prueba indudable de que lo de la venganza no me lo he sacado de la nada.
Hay un conocimiento previo, una amenaza implícita y una clara referencia a una franquicia superconocida. ¿Qué nos dice ese anónimo, Kye? ¿Qué?
—¿Que quien lo escribió es fan de Kevin Williamson?
Foster soltó una carcajada que a Kye le aligeró el alma. Hablar de ello, con él y en esos términos, era lo único que le pedía a la vida para no ahogarse.
—Nos dice que alguien sabe lo que ocurrió aquella noche. Así que de verdad quiero cubrir todos los ángulos.
Foster se quedó mirándolo con… paz, con una especie de tranquilidad que nacía quizá del respeto que había encontrado mientras exponía sus hechos delirantes.
Porque, efectivamente, Kye lo respetaba lo suficiente como para tener en cuenta sus sospechas, por muy rebatibles que le parecieran.
Además, era escritor; montar tramas y narrativas formaba parte de él, de su esencia.
Llevaba toda la vida haciéndolo, solo que, en sus historias, él no era la víctima.
Y aunque al lado de Foster parecía hacerse grande y ser capaz de empuñar un arma más pesada que su propio cuerpo, no lo era.
Y necesitaba restarle gravedad al asunto.
Al fin y al cabo, había esperado disculparse, que le aceptaran las disculpas y que la atracción que los pegaba el uno al otro sin remedio hiciera el resto.
Agradecía que Foster contara con él, que lo llamara «compañero», pero ya no le quedaba mucha más estoicidad de la que presumir y se negaba a parecer débil (una vez más) ante el hombre junto a él; debajo de él.
—Por cierto —dijo, contoneándose sobre las caderas de Foster, pero sin ser excesivamente sensual, solo lo inevitable—, has pillado la referencia. Sabes mucho de terror para fingir que no.
—No sé nada. Lo estoy aprendiendo todo por ti, para impresionarte. —Foster le tocó la punta de la nariz en un gesto cariñoso un poco desconcertante.
Kye le sonrió, y no supo bien cómo ni por qué, pero le cogió la mano que seguía teniendo en alto y se la besó.
Foster (bendito fuera), consciente de la intensidad de la conversación, del nivel de intensidad entre ellos y de la intensidad que flotaba en el aire (intensidad, intensidad…), hizo lo que mejor se le daba: aligerar el ambiente.
—Pero volviendo al anónimo… Es tan cutre que yo no descartaría que lo hubiera hecho un niño.
¿No sería un giro tremendo? Como el bebé ese del relato que dices.
Míralo. —Señaló la copia del anónimo que tenían en el tablero—.
Fíjate en esas letras torcidas y mal puestas.
Es un espanto. Es un niño. Un niño borracho.
—Yo casi seguro descartaría al niño borracho —dijo Kye después de reírse con ganas, aún con una sonrisa en los labios—. Descartaría a los niños, así, en general.
—Descartamos jugadoras de baloncesto y niños, ¿qué me va a quedar?
—¿Todas las opciones que de verdad son viables y en las que no quiero pensar ahora mismo?
—Hay niños endemoniados, mira el Damien ese de La profecía.
Kye volvió a reírse y lo escuchó divagar durante un rato sobre situaciones imposibles. No dejó de mirarlo ni un segundo. Respiró su tranquilidad y sus bromas, y se las pegó a la piel como quien se extiende crema tras un día entero quemándose al sol.
—¿Podemos cenar ya? —dijo volviendo a contonearse sobre él—. O, no sé, hablar de sexo sucio y…
Foster no le dio tiempo a acabar la frase, que tampoco había tenido intención de acabar.
—De la cena vamos a pasar por ahora y… —Hizo una pausa para morderle el labio inferior. Lo enganchó entre los dientes y tiró; sin hacerle daño, pero lo bastante fuerte para que picara. Y le gustara—. Podemos hacer algo mejor que hablar de sexo sucio.
Sin avisar, lo que hizo que Kye soltara un jadeo, Foster lo levantó y lo cogió en brazos.
Kye le rodeó las caderas con las piernas y el cuello con los brazos, y Foster lo condujo hasta la cama donde, como había hecho antes al lanzarlo al sofá, lo soltó en un movimiento que fue sexi y necesitado al mismo tiempo.
Y esos ojos… Foster lo miraba con ternura, queriendo asegurarse de que estaba bien, de que no había sido una caída brusca, de que la pasión era correspondida.
Kye se lo aseguró quitándose la camiseta, apartándose el pelo y dejándolo extendido sobre la almohada.
Sabía la imagen que daba y sabía el efecto que tenía con solo ver los ojos de Foster, que empezó a desnudarse sin esperar un segundo más.
Y desnudos se frotaron como dos adolescentes en celo, como dos hombres muertos de hambre, de sed, de miedo.
Uniendo sus erecciones, dejándolas enlazarse y bailar a su propio ritmo.
Entre gemidos y jadeos, Kye cogió el lubricante de su mesilla, los embadurnó a ambos y los llevó a un clímax que fue vértigo y fue plenitud.
Hubo cosquillas en la tripa durante la caída y paz en la llegada.
Y se quedaron abrazados, besándose, durmiéndose en un susurro de sábanas, besos y promesas de más por venir. Mucho más.
¿Podía algo que acababa de empezar basarse en la más absoluta confianza? Porque eso sentía en esos momentos abrazado a Foster King.