Hotel Noir 41. Cuando hablábamos con los muertos #2
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41. Cuando hablábamos con los muertos #2

—No me distraigas. Y la disculpa, una vez más , ha sido mejorable.

—Que no te distraiga… ¿de qué, de hacer la cena?

—No, la cena la estaba preparando para hacer algo con las manos mientras te decidías a disculparte, pero tenemos que hablar.

—No me acojones.

Foster se sentó a su lado y tiró de él para incorporarlo, porque Kye ni eso había intentado. Enlazó sus dedos y, muy bajito, le dijo:

—No quiero acojonarte. Si pudiera protegerte lo haría. Y si no quieres saber nada, lo respetaré. Porque sé que no es fácil. Pero me gustaría…, no sé, ¿contarte mis teorías? ¿Como… compañeros?

Kye suspiró y apoyó la frente en el hombro de Foster, que le acarició el pelo.

—Sí que quiero. Aunque me aterre. Como compañeros que han tenido un bonito bebé lleno de notitas de colores…

—Kye señaló el tablero antes de girar la cara y dejar un beso en el cuello de Foster.

Fue deliberadamente lento, tardó en separar los labios de esa piel que sabía a gloria, esperando que el momento fuera eterno—.

Pero… también… nos podemos tumbar y… disfrutar y…

—Diooos, calla. —Pero lo dijo mientras lo cogía en brazos como si fuera un muñeco de trapo y se lo colocaba encima. No parecía ser mucho más fuerte que él, pero lo era. Su mera presencia era fortaleza. Pura y dura fortaleza.

Kye puso las piernas a cada lado de sus muslos y se miraron sin hablar unos instantes. Luego, Foster sonrió, negó con la cabeza y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Mi respuesta siempre será sí, sí y mil veces sí.

A lo que tú quieras. Ya hasta se me ha olvidado por qué estaba enfadado, pero, aunque no te lo creas, no me lo creo ni yo, de hecho, creo que deberíamos hablar antes.

No quiero ser una excusa para no afrontar la realidad, y a veces parece que soy justo eso.

—¿Así es como te hago sentir?

—Un poco. Pero luego se me pasa. O se te pasa a ti. Que dices una cosa y haces otra. Y no soy tan fuerte, ¿sabes? No tengo la capacidad suficiente para poner distancia entre nosotros.

—¿Quieres hacerlo? —Ante el alzamiento de ceja de Foster, Kye medio sonrió y aclaró—: Poner distancia, digo.

—No.

Rotundo, directo, sin dudas.

Foster hacía algo que Oz nunca hizo: contarle todo aunque Kye se ahogara al escucharlo.

Lo hacía partícipe, aunque lo hundiera un poco hablándole de muertes encubiertas, modus operandi y sospechosos que eran como familia; pero también lo ayudaba a remar.

Oz lo escondería en el camerino de un buque acorazado que amarraría en el puerto mientras él salía a enfrentar al monstruo (fuera cual fuera en ese momento).

Y era gracias a esa forma de proceder de Foster que Kye había perdido un poco de ese pavor que la realidad le inspiraba.

Porque sus teorías podrían ser descabelladas, o no, pero hablaban de algo que iba más allá de Kye, que afectaba a otros, a terceros a los que Kye había querido y seguía queriendo con devoción.

Y ahí sí, el miedo se transformaba en rabia, en determinación.

Porque de repente resultaba que aquello podría no ser un atentado contra él, que el mal lo trascendía.

Y quizá por él no, pero por su gente sí merecía la pena ponerse en pie, escuchar y aguantar lo que hiciera falta.

—Venga, quita la tirita; rápido.

Foster señaló el tablero con un dedo y ambos se giraron para mirarlo. Olvidadas habían quedado la cena, las disculpas y la urgencia de sentir piel con piel.

—¿Y si lo hemos estado enfocando mal desde el principio? Analizando los hechos por separado y no como lo que son: una sucesión cronológica y causal. Cada acto tiene una consecuencia. Si quien está detrás es la misma persona, tendría sentido, ¿no?

Kye asintió, sin apartar la vista del tablero; de las fotos, los recortes y las decenas de notitas de colores. Seguía encima de Foster, no pensaba moverse.

—¿Y todo empieza con la muerte de mi tío West? —preguntó mordiéndose el pulgar derecho mientras con la otra mano señalaba la foto de su tío, un West alegre, con un bombín ladeado y una sonrisa preciosa.

Y Kye recordó miles de cosas, miles de conversaciones.

Recordó cómo su tío le había explicado que era normal estar confundido, cómo le había contado que, a pesar de lo que la gente decía (y por aquel entonces lo decían mucho), Kye no era bisexual porque era lo que había aprendido de sus padres.

Recordaba lo que le había dicho como si lo hubiera hecho la noche anterior: «Si la orientación sexual fuera una conducta aprendida, todos los hijos de padres hetero también serían hetero.

Lo único que has aprendido de tus padres es a no tener miedo a decir quién eres».

Su tío había sido la primera persona a la que siempre había acudido para hablar de temas sobre identidad, roles de género y sexualidad.

Sus padres eran… sus padres; West era lo bastante cercano para tener confianza con él y, a la vez, lo bastante ajeno para revelarle secretos y dudas.

Y, para Kye, cada una de esas charlas había sido una lección de vida.

Pero, además, eran conversaciones distendidas, enfocadas a entender, no a dogmatizar ni a inculcarle ideas.

Y lo echaba tanto de menos… Le seguía doliendo tanto su ausencia…

—No. —La voz de Foster le sorprendió y, a la vez, fue como una mano firme sacándolo de los recuerdos del pasado que amenazaban con comerse el presente—.

Todo empieza la noche del incidente. Ahí voy a remontarme.

O, mejor dicho, a las semanas previas. Primero te voy a contar lo que hemos descubierto sobre la fiesta, lo que he hablado con Kim y con tus padres.

Esas son las cosas que considero… hechos más o menos probados, digamos.

Y luego te voy a hablar de mis sospechas.

Pero con cautela, porque temo estar equivocándome y todo podrían ser estupideces de niño rico con mucho tiempo para inventar.

—No eres eso, no…

—Shhh, da igual, yo doy igual ahora, no es de mi ego de lo que estamos hablando. Pero no quiero asustarte. Solo quiero decirte que confíes en mí. Aunque sea difícil.

—Confío en ti.

A Foster se le llenó el pecho de tal manera que Kye lo notó contra su cuerpo. Y se sintió bien por crear esa sensación de plenitud en él. Y escuchó lo que le había pedido a Kim, lo que ella le había negado, lo que había hablado con Oz y lo que le había pedido a su padre.

—¿No quieres que pida yo el informe?

—¿Para qué, para cargarte con más peso? Te prefiero a flote, por favor y gracias. —Le dio un pequeño beso en los labios que lo dejó con la carne de gallina y una sensación de bonita extrañeza—. Tu padre es familia directa.

—Entonces…, ¿quién crees que…? —Ahí se trabó, por supuesto que lo hizo. Lo estaba afrontando todo sin un titubeo y le costaba la vida nadar en ese mar de dudas—. ¿Crees que… Barrett está vivo y detrás de… todo?

—O… —Foster lo miró muy serio durante largos instantes. Le acarició la mejilla con suavidad, con las yemas de dos de sus dedos. La espera estaba poniendo a Kye más nervioso—. Su bebé.

—Su… ¡¿qué?!