41. Cuando hablábamos con los muertos
CUANDO HABLÁBAMOS CON LOS MUERTOS
KYE
Despedirse de Miles estaba siendo duro. Ver el dolor y la decepción en sus ojos picaba.
Presenciar su reacción cuando se había visto en el tablero (que Kye no había tenido tiempo de ocultar tras la marcha de Oz) había sido como ver un accidente a cámara lenta.
Su rostro había pasado por tantas emociones…
Se habían sucedido una tras otra: sorpresa, incredulidad, impotencia.
Y cabreo, quizá movido por esa confusión, por ese sentirse al margen.
Y en esos momentos, mientras se despedía de él, la separación era tan grande que si fuera física ni siquiera se verían; eran la viva imagen de la distancia: Kye, mirando hacia arriba, hacia la luz anaranjada del techo del porche; Miles, con la vista fija en el suelo mientras parecía tratar de limpiarse una mancha inexistente de la suela, como si pudiera borrar su decepción, la huella de lo que había ocurrido.
Era lógico que se sintiera desubicado, Kye entendía que así fuera.
Los tonos grises de su vida (de la de sus padres, de su universo) no deberían haber alcanzado a su amigo hasta envolverlo en su color oscuro como si de una especie de neblina se tratara.
Miles tenía un color más natural, tonos pastel, tranquilos, que calmaban.
Era un «niño prodigio», término que decía odiar con todas sus fuerzas, que había acabado la carrera cuando otros apenas estaban empezándola (o bebiéndosela), y había completado su formación en Willow Center, un hospital psiquiátrico forense que, según sus palabras, lo había superado.
Había salido de allí joven, aún inexperto y un poco tocado, por eso había necesitado un cambio de vida y un refugio en las montañas.
¿Y qué había traído Kye a esas montañas nevadas de aire puro? Humo y oscuridad.
Y ahí, bajo la luz del porche, mientras se despedían en medio de muchos silencios, Kye se sentía traicionero; casi tanto como se había sentido al «echar» a Foster de su cama, al negarle que hubiera algo entre ellos.
—Siempre me dejáis de lado, no me contáis nada, como si en vuestro círculo turbio no hubiera espacio p-para nadie más —le dijo Miles—; como si yo tuviera la culpa de haber tenido una vida fácil, una familia que me quería.
A veces me gustaría haber crecido en una casa de acogida de esas y p-poder hablaros de maltratos y de cómo tenía que esconderme en un armario cuando temía p-por mi vida.
A lo mejor si me hubiera ocurrido algo así me validaríais. O Daniela me dirigiría la p-palabra.
Qué… horrible era que pensara algo así; y qué concreto en su rareza. Quizá estaba tomando prestada una experiencia de vida de algún paciente, quizá su rabia creaba fantasías detalladas. Al fin y al cabo, Kye lo hacía en cada uno de sus libros.
—No digas eso, Miles. —Kye trató de agarrarlo, pero él se apartó y bajó un escalón—. Tus orígenes no tienen nada que ver, y que estés en ese tablero… No eres sospechoso, has visto que también está Oz; y la misma Dani; está Jon Ward…
En esos momentos, Foster aparcó el coche frente a ellos y se bajó. Miles y él observaron todo el proceso en silencio. Él con deleite (o lo que fuera aquello); Miles con… indecisión; quizá no sabía qué pensar de él. Kye entendía la sensación.
—Y esa es otra —dijo Miles tras su larga contemplación silenciosa justo cuando Foster llegaba a los escalones donde se encontraban—, que yo no sabía ni que Jon júnior existía.
No creo que haya nadie con más motivos que él p-para atentar contra Queer Project, contra ti.
—Nada más decir eso, con la voz más alta de lo normal, miró a Foster con rabia; probablemente lo creía el titiritero de todo—.
Y colocáis mi foto a su lado, como si fuera un vulgar delincuente.
Y al lado también del tío que trabaja con Dani, que da muchísimo miedo y que tiene toda la p-pinta de ser un asesino reincidente.
—Veo que todo el pueblo está al tanto de nuestra investigación.
—Foster… —empezó Kye.
—Yo no soy todo el mundo —dijo Miles cruzándose la cartera al hombro y empezando a caminar, alejándose de ellos—.
Y si todos estamos allí, tú también deberías.
¿O resulta que tú no eres sospechoso? Acabas de aparecer en nuestras vidas, buscando fama o lo que sea que buscas.
Y el único que se beneficia de todo este circo eres tú.
Y tu productora. Que lo mismo hasta te lo has inventado tú todo…
Miles se alejó y, aunque en un primer momento pareció que Foster iba a contestar, no lo hizo, se limitó a suspirar de forma lenta y dolorosa, como un globo desinflándose poco a poco a través de una grieta pequeña y casi imperceptible, y a entrar en el hotel pasándolo a él de largo.
Kye le agarró el brazo.
—Espera.
—No tengo ganas de pelear, estoy cansado —dijo reanudando la marcha y apartándose de él sin brusquedad, como si se le escapara de las manos, como si el aire del globo se hubiera desvanecido del todo y Kye no tuviera qué sujetar; qué retener.
—¿No tienes un minuto para que me disculpe? —La voz le salió temblorosa, porque le daba miedo que estuviera lo bastante enfadado como para no perdonarlo.
Entonces vio esa mirada verde y dorada recobrar el brillo que no debería haber perdido; no por una pelea tonta. Y menos aún por su culpa.
—¿Te vas a disculpar por echarme y hacer que me pase todo el día fuera para no verte y acabe en medio de una carretera helada con el motorista fantasma y en casa de tu madre con tu abuela repartiendo whisky y pastas por doquier?
Kye se rio, le agarró la mano con una timidez que no sabía de dónde procedía, y tiró de él con suavidad hacia el espejo. Era un alivio escuchar su verborrea, su forma de contar las cosas.
—¿Has bebido whisky y luego has conducido hasta aquí?
—No, tu padre ha tenido la decencia de hacerme un cafecito caliente. Las pastas estaban de muerte, eso voy a reconocértelo. Me he comido siete.
Otra risa. A Kye se le escapaban como los suspiros entre los labios cuando miraba a Foster durante mucho tiempo.
Foster se dejó llevar hasta el apartamento, sus índices enlazados (solo sus índices), y contestó un «no quieres saberlo» cuando Kye le preguntó qué hacía con Oz en medio de una carretera.
No sabía si esa respuesta lo tranquilizaba, pero por el momento lo dejaría pasar.
Al fin y al cabo, tras ver el tablero y los papeles de Foster en su escritorio, Oz le había dicho que quería ayudar en lo que pudiera; que no entendía cómo ese chico salido de una red social de postureo era capaz de investigar crímenes del pasado y proteger un hotel lleno de fantasmas, pero que si todo el mundo parecía confiar en él, lo aceptaría.
«De momento», eso también lo había dejado claro.
Era cierto que la presencia de Foster en sus vidas había sido repentina, pero la verdad era que, sin imponerse, se había ganado la confianza de todos.
Desde que su madre le había hablado de su existencia, Kye había visto tres veces Un hogar para Steve .
No se lo había dicho a nadie, ni a su creador.
Pero le maravillaba. Y entendía tan bien que hubiera sido él la persona elegida para hacer aquello…
Esa había sido la explicación que le había dado a Oz cuando había insistido en saber: «¿Por qué él?
¿De dónde procede toda esa confianza?». Kye había evitado darle razones íntimas e intensas sobre cómo lo hacía sentir a él, sobre cómo su mera presencia lo calmaba, y se había limitado a responderle: «Te paso un enlace, ahí está tu explicación».
Lo que se podía ver en esa cinta anónima era una labor de investigación magistral elevada a nivel cinematográfico.
Era el reportaje más humano y a la vez más técnicamente perfecto que había visto en su vida; y su autor en la sombra, el genio tras tal obra maestra, era un supuesto influencer vacío y superficial.
Qué imagen tan engañosa daba Foster King.
—¿Por qué me miras así? —le preguntó Foster mientras sacaba los ingredientes de lo que probablemente terminaría siendo una ensalada de pasta muy colorida.
Kye negó con la cabeza, deshaciéndose de la neblina de admiración en la que se había sumido.
—Te debo una disculpa.
—Me la debes —contestó Foster sin mirarlo mientras lo preparaba todo en la tabla de cortar.
—Esta mañana me comporté mal; tenemos una intimidad extraña y me confundes. Tu presencia es embriagadora, y con todo lo que había ocurrido en la fiesta…
—Como disculpa es una mierda, cualquiera diría que te ganas la vida escribiendo…
Kye sonrió, acercándose a él.
—¿Qué has averiguado? No sé si quiero saberlo. Bueno, sí sé, pero no sé si quiero saberlo ahora. Vale, sí. Dime.
—¿En serio has acabado ya de disculparte?
Kye no pudo evitar volver a sonreír, y, de un salto, se sentó en la isla de la cocina, muy cerca de donde Foster estaba cortando un pepino en pequeños dados.
—Lo siento, ¿vale? —Le quitó el cuchillo de la mano, lo dejó a un lado, empujó la tabla por la encimera, apartándola, y abrió las piernas, colocando una a cada lado de Foster, aprisionándolo—. ¿Quieres que te demuestre lo arrepentido que estoy?
Foster cogió un paño que tenía al lado, se limpió las manos, y las deslizó por los muslos de Kye sin dejar de mirarlo. Luego las subió por sus costados, con suavidad pero de forma demandante al mismo tiempo, y las llevó hasta su cara, su pelo.
Y entonces se besaron, e intentaron cerrar cualquier espacio que los separara.
Kye enlazó los tobillos en la espalda de Foster, rodeándole la cintura con las piernas e intensificando el beso.
Foster gimió contra su boca, lo levantó de la encimera y empezó a caminar.
Kye no sabía si se dirigía a los sofás o a la cama.
Y no le importaba. Estaban muy juntos, pegados, eso era lo importante. Eso y que les sobraba la ropa…
Pero entonces Foster lo dejó caer en el sofá, donde aterrizó de espaldas y con sensación de vértigo, como si la caída hubiera sido larga y en picado.