40. El infinito #3
—Esta noche. —Ante el asentimiento de Foster, preguntó de nuevo—: ¿Qué necesitas?
—Hum, vale… Hum… Varias autopsias. Y un informe policial, el de la pelea de Weary; tengo todos los datos, te los puedo mandar.
Si me das tu teléfono —Foster guardó unos segundos de silencio y, al ver la media sonrisa de Oz, se vino arriba, tomándoselo como un claro «sí», y continuó—: Y, si fuera posible, las actas del juicio.
E información sobre un incendio que ocurrió en los años noventa, he intentado averiguar algo, pero no lo he logrado.
Y una partida de nacimiento. Bueno, no, dos.
O algo similar; necesito una identificación, para que me entiendas.
—Guau, ¿algo más? ¿Quieres un pulmón también?
—Pues la verdad es que no. Salvo que sea el de Jon Ward y venga con un informe forense pegadito a él, paso.
A Oz se le volvió a escapar esa sonrisa de medio lado que intentó ocultar llevándose una mano llena de anillos a la boca; que sonriera a pesar de la turbiedad de la situación era bueno.
¿No? Luego suspiró —frustrado por la falta de información, con toda probabilidad—, pero, tras frotarse la mandíbula en un movimiento sexi como el demonio, le dijo:
—No son cosas sencillas de conseguir.
—Creía que los delincuentes teníais vuestros contactos.
Oz lo miró con una ceja alzada.
—Incluso los delincuentes tenemos campos de especialización.
—¿En serio? —La cara de pasmo de Oz le dijo que no, que no iba en serio, pero a la vez… ¿que era cierto?—. ¿Alguna de las cosas que necesito entra en tu campo?
Oz meneó la cabeza; no a modo de negativa, sino de «no me lo puedo creer».
Y Foster entendía su incredulidad, era una sensación constante que llevaba pegaba a la piel desde hacía dos semanas.
¿Qué hacían ellos dos —motero e influencer de la nada— parados en medio de una carretera helada intercambiando información tan seria que hasta daba la risa?
Eran dos espías de una película noir de la que ninguno de ellos tenía el guion.
O quizá Oz sí, a juzgar por lo que dijo a continuación.
—Tengo un contacto en el registro, no creo que haya problema con las partidas de nacimiento; en cuanto me des los detalles me pongo a ello.
Lo del incendio creo que también es factible, y rápido.
Pero lo de las autopsias es más complicado.
Entiendo que, dado que no se investigaron, son casos cerrados.
—Según me ha dicho la agente Sommerset, ni siquiera se consideran casos porque nunca hubo indicios de criminalidad. Salvo la muerte de Weary, ahí sí debió de haber atestado policial, juicio, demanda o algo.
—Vale. —Oz pensó unos instantes antes de decir—: Entonces, los archivos de las muertes de Queer Project están «limpios», por así decirlo, y, dado que no hay una investigación abierta, la oficina del forense suele mandarlos bastante rápido, en unos cinco días hábiles, diez como mucho.
Pero tiene que pedirlos un familiar directo.
Podría hacer que Jon los solicitara, podría , pero no lo sé. Jon es tan… volátil…
—Cuánto sabes. Y qué guapo eres. —Tras una pausa, cuando Foster fue consciente de lo que había dicho, añadió a toda prisa—: ¿Lo he dicho en voz alta?
Sí, ¿no? Es la ausencia de voz interior; antes de llegar aquí tenía muchísimo monólogo interno, pero ahora me ha dado por vivir de verdad y lo suelto todo según me viene.
Foster alzó la vista, Oz ya no contenía la sonrisa.
—Creo que sé lo que ve en ti. Aparte de lo evidente, claro —dijo Oz recorriéndolo de pies a cabeza con evidente deseo.
«¿Deseo? ¡¿Qué?!».
—No trataba de ligar contigo. Aunque pueda sorprenderte, hasta a mí me sorprende, no me siento atraído por ti.
O sea, sí, pero también me das un miedo terrible.
Y el caso es que lo de «guapo» es porque eres objetivamente guapo y yo tengo la cabeza llena de conspiraciones, monstruos y escritores que huelen a frío, a otoño y a algodón de azúcar.
—Dios santo, eres fascinante.
—¿Eh? Bueno, dejemos este flirteo raro, y aparquemos por un momento que lo que es verdaderamente fascinante es todo lo que decís del tal Jon, espero conocerlo algún día, de verdad, y centrémonos en lo que importa: Kye y Jon hijo podrían pedir los informes de las muertes de West, Jon y Maryon, pero no el de lo que ocurrió con Weary…
Ahí necesitamos un informe policial o algún otro documento. ¿Podrías conseguirlo?
Intercambiaron números y Foster prometió revelarle todo lo necesario en cuanto hablara con Kye. Luego, Oz se subió a la moto y se puso el casco con la visera subida.
—Todo eso de… el Pastor… ¿De verdad no viste al hermano de Dean aquel día? —Foster no pudo evitar preguntar, nunca había dejado de rondar su mente hiperactiva.
—Me ofende que ahora que somos un equipo dudes de mí —dijo, pero había ligereza en su voz—. De verdad. No lo vi. Quizá se iba a reunir con un párroco de verdad y mi seudónimo solo fue una nefasta coincidencia.
—No quiero volver a oír la palabra «coincidencia» en mi vida.
Oz se rio y, antes de bajarse la visera, le dijo:
—Quítame de tu tablero, anda.
—Ya veremos.
Otra risa, una despedida con la mano, y el bramido de un motor poniendo distancia entre el pasado y un presente incierto.
Foster miró cómo Oz se alejaba —una figura negra cortando el gris blanquecino del aire y el verde oscuro de los árboles —, se subió al coche y emprendió la vuelta al Noir.
No quería una carretera infinita de la que nunca pudiera salir.
A pesar de la negrura de la situación, había atisbado la salida que quería tomar; solo tenía que coger el volante con fuerza y no dejar que las inclemencias del camino lo hicieran volcar.