Hotel Noir 40. El infinito #2
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40. El infinito #2

—No soy el enemigo. Entre Kye y yo ya no hay nada; romántico, al menos. Pero seré su amigo toda la vida, si me lo permite.

Entonces Foster sí lo miró. Porque le pareció una declaración sincera y que poco pegaba con la imagen turbia que se había hecho de ese hombre.

—Entre Kye y yo tampoco hay nada —reconoció haciéndose eco de las palabras del escritor, que seguían doliendo mientras le golpeaban contra las costillas una y otra vez.

—¿Te lo ha dicho él?

Foster asintió sin levantar la vista mientras arrastraba la suela de su gastada zapatilla verde botella por la gravilla bajo sus pies y jugueteaba con las piedrecillas grises que el hielo no había logrado congelar.

—Te daré un consejo que, de primeras, podría sonar horrible: no hagas caso de lo que el rubio te diga; en el estado mental en el que se encuentra, tratará de poner todos los obstáculos posibles entre vosotros.

Pero créeme, y me jode, no pienses que no, ahora mismo eres su flotador en la corriente que se lo lleva.

—Hizo una pausa y buscó los ojos de Foster; los encontró, le sostuvo la mirada, y algo se cerró entre ellos en apenas segundos.

Una especie de pacto tácito pero vinculante—. Cuídalo.

Oz se levantó, aún con las manos en los bolsillos, y se giró para quedar frente a frente con Foster, que, en voz baja —no le salía de otra forma—, preguntó:

—¿Me crees capaz? —Odió sonar vulnerable e inseguro.

—Kye lo hace. Aunque no lo diga. Daniela también, y ella sí lo dice.

—No deberían confiar así en mí. No he hecho nada salvo sembrar dudas y miedos en todos y cada uno de ellos.

—Lo estás haciendo bien. Si no lo creyera, no me iría de Black Pines.

Había respeto en la voz de Oz. Nadie le había hablado con ese respeto nunca.

No fuera de las redes sociales, donde nada era real porque él no era él.

Y que fuese precisamente ese hombre enfundado en cuero, tan capaz, tan protector y tan…

criminal, probablemente, lo llenaba de orgullo; sonara ridículo o no.

Foster lo miró a los ojos, sin avergonzarse de ser quien era. Oz le devolvió la mirada; firme, honesto.

—¿Qué crees que pasó anoche? ¿Qué crees que está pasando?

—Le preguntó ambas cosas como si las respuestas le importaran de verdad, como si sus idas de olla no fueran tendenciosas y quizá inventadas por su mente hiperactiva viendo sombras donde no había cuerpos.

Bueno, cuerpos sí había. Varios; y, además, muertos.

—Creo muchas cosas. Muchísimas. Pero como tengo las manos atadas, porque me equivoqué de profesión, todo se queda en eso, en conjeturas; en más preguntas sin respuesta.

—¿Cuál es tu profesión? —preguntó Oz alzando las cejas.

Foster iba a contestarle mal hasta que se dio cuenta de que se lo preguntaba con genuina curiosidad, que el tono era de mera confusión. Años de menosprecio era lo que tenían, que vivía a la defensiva.

—Eso da igual. Y tengo muchas teorías, pero ahora mismo quiero centrarme en lo de ayer, que sin duda fue un plan concebido para hacer daño a Kye.

—Pero ¿por qué?

—Eso es lo extraño. ¿Por qué tras dos años desde su ataque?

Perdona si evito eufemismos como «supuesto» o «presunto», estoy hasta los huevos de evasivas.

—Ante la sonrisa de Oz, Foster continuó—: ¿Qué ha cambiado en la última…

semana? Porque la fiesta de Halloween pendía de un hilo y fue hace una semana que Kye decidió retomarla, lo que quiere decir que quien urdiera el plan lo hizo en menos de siete días. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado?

—Tú.

—¿Perdona?

—Tú llevas aquí… ¿cuánto? ¿Dos semanas?

—Pero… —Foster palideció, no necesitaba verse la cara para saberlo, una ola de frío le revistió la piel—.

Eso implicaría que quién sea que esté detrás está al tanto de la investigación, de mi papel en ella, y eso solo lo sabe Queer Project y…

, no sé, ¿cuatro o cinco personas más? Tú, Daniela, Eli y yo. Bueno, y Dean.

—¿Miles?

—No; Kye le ha contado cosas, pero no creo que tenga ni idea de hacia dónde se dirige el documental.

¿Cómo no he pensado antes en todo esto? Quien fuera, y esto es quizá más importante aún, sabe lo de la máscara, lo que lo convierte automáticamente en el atacante.

La persona que orquestó lo de ayer es la misma persona que provocó la caída en el río Fraser. O…

—¿O?

—Es un policía, que son los únicos a los que Kye contó lo de Ghostface. Pero voy a descartar a la poli, es bastante improbable. Igual que descarté a las jugadoras de baloncesto de la universidad Mystic Bird.

—Hum…, ¿qué?

—Nada, da igual. Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué en este preciso momento?

Calla, que me estoy acojonando, no sé por qué me meto en esto.

—Foster se pasó la mano por el pelo y empezó a caminar coche arriba, coche abajo—.

No quiso… matarlo —le tembló la voz al decirlo en alto—, solo asustarlo. Hacerlo sentir indefenso. ¿Por qué?

—Insisto, lo único que ha cambiado en la vida de Kye eres tú. ¿Una reacción a tu documental o a…?

—¿A qué?

—A tu relación con Kye. Es evidente que se ha estrechado, y puede que a alguien no le guste.

Foster se quedó unos minutos pensando, Oz no lo presionó.

Poca gente sabía de su presencia allí, y menos gente aún estaba al tanto de lo que hacía; y aunque se imaginaran el tono del reportaje, no creía que nadie confiara en sus dotes como realizador o investigador, con lo cual…

o los seguía muy muy de cerca o tenían que descartar que él fuera el desencadenante de nada.

—Eli empezó a idear la fiesta hace tres meses o así —reflexionó Foster en voz alta—. Quizá no soy yo, quizá esta persona llevaba meses planeándolo.

Y moviendo el coche… Eso también había empezado antes de llegar él a Black Pines.

¿Y qué motivo iba a haber para mover el Plymouth más allá de provocar pánico en Kye?

¿Estaban tratando con alguien así de retorcido y con tan fácil acceso a ellos?

No estaban preparados para algo tan personal, y, a la vez, que fuera personal les daba cierta ventaja, porque quienes tenían un móvil pasional cometían errores, se dejaban llevar por los sentimientos y metían la pata…

¿Era eso lo que había ocurrido? ¿Alguien había perdido la paciencia de alguna forma y había necesitado improvisar?

Si lo pensaba mucho se acojonaba, porque había tantas cosas que no tenían sentido…

—No entiendo los tiempos que maneja esta persona —dijo al fin ante un paciente Oz, que seguía ahí de pie, atento a lo que Foster decía—.

Muere West, un año después, Jon y Maryon, meses después, Ray Weary; cinco años después, ¡cinco!

, atacan a Kye y… ¿dos años más tarde le dan un susto en una fiesta en un pueblo perdido en las montañas?

No sé qué pauta sigue y me desconcierta mucho. Necesito pensar, pensar, pensar.

La mente de Foster iba a mil.

—¿Estás convencido de que las muertes de los miembros de Queer Project y del manager están relacionadas con el ataque a Kye?

—Y con el secuestro de Dean, sí.

—Porque Dean sabía algo.

—Porque era un riesgo; porque había venido hasta aquí a cuestionar todo lo que Queer Project creía.

—Pero nadie lo sabía. Solo habló con Julia.

—Que sepamos. —Se miraron durante unos instantes.

Foster se pasó la mano por el pelo, frustrado—.

Alguien debía de saberlo. Tampoco puedo probar que las muertes de Jon, West, Maryon y Ray Weary fueron provocadas, pero a la vez no tengo ninguna duda de que así fue.

Fueron extrañas, cuanto menos; investigables.

—¿Y el móvil? ¿Cuál sería el motivo? —Y, tras una pausa y en voz un poco más baja pero firme, añadió—: ¿Venganza?

La forma en la que lo dijo, como si estuviera en la misma página que él, en una página donde todo eran letras emborronadas que había que ordenar en palabras, en frases con sentido, lo reafirmó en sus sospechas; porque, a pesar del caos, Foster sabía que, en conjunto, todo tenía sentido.

—¿Cuál si no? Tres muertes dentro de un mismo grupo no suenan a casualidad, suenan a patrón. ¿Y que fueran West y Jon? Casualmente los que… ¿Cuánto sabes de lo que ocurrió?

—Todo. Kye me lo ha contado. Y he visto el tablero. West y Jon fueron los responsables directos de lo que ocurrió en el Scenic. Pero ¿cómo cuadra en ese patrón la muerte de Ray Weary?

—En principio parece descuadrar, sí, igual que el hecho de que un adicto que llevaba años desintoxicado y ayudando a otros adictos muriera por sobredosis de una droga que no consumía.

—La mirada que Foster le dirigió hizo que Oz le dedicara un breve pero muy bienvenido asentimiento de cabeza—.

Pero Julia, North y Jax me han hablado de Weary, he visto las grabaciones varias veces y todos están de acuerdo en que estaba paranoico, que creía que Ted Barrett no había muerto aquella noche, que iba a por ellos… ¿Y si no estaba paranoico?

—¿Crees que está vivo?

—Eso o hay alguien más vengando su muerte.

—¿Quién?

Foster no estaba seguro de querer compartir su teoría —descabellada o no— con nadie antes que con Kye.

Estaban enfadados, sí, pero todo eso de ser el Ed de su Lorraine, el Rust de su Marty…

, le había iluminado un camino interior que creía oscuro e intransitable.

Y quería recorrerlo; con él. Aunque sonara ridículo e incluso pretencioso.

—Ya te he dicho que tengo… teorías. Pero que sin pruebas no puedo… Nada, no puedo nada. Suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—¿Qué necesitas? Quizá pueda ayudarte.

—¿Qué puedes darme? —Oz sonrió; Foster se ruborizó—. Y, sobre todo —continuó—, qué puedes darme sin que te cuente todo ahora mismo.

—¿No me lo vas a contar? —le peguntó Oz con una ceja alzada, dándole un golpe con el pie en la puntera de la zapatilla.

—Sí. Pero dame un par de horas, necesito… —titubeó, le daba vergüenza verbalizarlo—. Necesito hablar con Kye antes, contárselo a él.

Oz lo miró con detenimiento, estudiándolo, intentando… ¿descifrarlo?