Hotel Noir 40. El infinito
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40. El infinito

EL INFINITO

FOSTER

A no ser que Kye… No, no, Kye nada.

De ahí que todos hubieran bajado en el mismo autobús desde la universidad; de ahí que hubieran entrado en estampida, como una marea negra y blanca; de ahí que Kye se hubiera hundido en su corriente.

¿Por qué? ¿Qué motivos había para organizar algo así? Asustar a Kye, pero ¿por qué en ese momento? Foster necesitaba su tablero, no podía seguir el ritmo de sus propias preguntas; necesitaba respuestas.

Había ido a la comisaría de Black Pines, que, para su total y absoluta sorpresa —y deleite—, era la antigua biblioteca del pueblo; y se encontraba pared con pared con la nueva.

Se trataba de un viejo edificio de una planta situado entre abetos y con un amplio aparcamiento delantero presidido por una bandera canadiense que se enrollaba en el mástil con cada ráfaga de viento.

Había llevado dónuts, aun a riesgo de resultar cliché, y Pete y Mac, los dos agentes que a veces patrullaban el hotel, le habían contado anécdotas mientras esperaba a que Kim terminara su reunión con uno de los líderes indígenas locales.

Kim era buena; un poco borde, pero buena.

De esas personas que decidían unirse a las fuerzas del orden para hacer el bien.

Y quizá por eso Foster había creído que le haría caso, que escucharía sus miedos, que entendería —como entendía él, y más después de hablar con Daniela y Eli— que la supuesta aleatoriedad del ataque de Ghostface no había sido aleatoria para nada.

Había reinado el caos, sí, pero había sido orquestado, y el director de tan siniestra puesta en escena lo había calculado todo.

¿Y por qué en esos momentos? Esa era la pregunta que más resonaba en su cabeza, la que más ruido hacía.

¿Qué había cambiado en los últimos dos años?

Desde el accidente en el río Fraser, Kye no había vuelto a ser amenazado o molestado.

Se había mudado, convertido en una especie de ermitaño asustado, y no había tenido relación con nadie fuera de su círculo más íntimo.

Kim no había sido desagradable —nunca lo era, a pesar de su seriedad—, y, aunque no le había dado ninguna información interna sobre las muertes de Queer Project y Ray Weary, había habido algo en sus ojos oscuros, esa mezcla de inseguridad y, en cierto modo, temor de quien sabía que algo horrible estaba pasando o iba a pasar.

Esa sensación de inevitabilidad, de que, hiciera lo que hiciera, no podría cambiar lo que ya había pasado, lo que estaba por venir.

Así que, tras recalcarle que no iba a enseñarle los informes de las autopsias de los fallecidos y que seguiría mandando a un par de agentes a hacer varias rondas al día por el hotel, se despidieron.

«King», le había dicho antes de que Foster abandonara su despacho.

«Que no vaya a compartir contigo información policial y forense no quiere decir que no vaya a dejarme el alma en ello.

Para obtener los informes, dado que dos de ellos se cerraron como accidentes, he tenido que alegar que existe causa plausible para reabrirlos y que las causas son vinculables al accidente de Kye y al secuestro de un menor en riesgo de exclusión social; y reabriré lo que haya que abrir, no lo dudes, pero a mis jefes no les va a hacer ni puta gracia».

Y a Foster le había satisfecho esa afirmación, esa promesa; pero el alivio había sido escaso y momentáneo, porque la burocracia era su enemiga en esos momentos, el no poder tener acceso a información vital…

A lo mejor tenía razón Kye y debería haberse hecho inspector de policía o algo más útil que…

influencer ; porque ese influencer en cuestión no se había peinado, con las prisas se había puesto unos vaqueros que no eran suyos y le quedaban superajustados, y desde que estaba allí vestía con camisas de cuadros sobre camisetas negras como Dean Winchester.

No estaba para influenciar en nada a nadie y, de hecho, esa nunca había sido su intención.

Él solo quería… gustar; triste como podía sonar, eso fue lo que hizo que empezara a posar, a acudir a cada evento al que se le invitaba, a hacerse fotos en las que ser guapo era lo único que importaba.

Empezó… a hacer vida «hacia fuera», a refugiarse en su escaparate de ventanales impolutos y precios caros.

Quería ser algo para alguien aunque fuese a través de un cristal, de una pantalla o de un velo dorado; aunque resultase superficial, efímero, ridículo.

Kye no entendía el porqué de ocultarse, el porqué de la necesidad de aparentar ser otra persona.

¡Y Foster no podía explicárselo mejor! Se frustraba de solo pensarlo, pero era tan simple…

Tan «porque es lo único que me queda, porque nadie me ha querido por mí mismo salvo una mejor amiga que entró en mi vida con ardides y también terminó dejándome».

.. Tan simple como eso. Y puede que no fuera justo culpar a Celia; era su amiga, de verdad que lo era.

Pero se enamoró de otro y se fue, y lo dejó solo en un mundo de brillos donde los sentimientos eran opacos y sucios.

Y puede que su público y sus seguidores no lo quisieran de verdad, pero era lo que tenía, lo que lo mantenía a flote.

Antes de llegar a Black Pines, cuando su padre lo manejaba con amenazas, desidia y dinero, pensaba que si rompía la imagen tras el escaparate, si se cargaba el cristal y la gente empezaba a verlo distorsionado y defectuoso, ni siquiera tendría eso, y la soledad y el desamparo le aterraban.

Así que cedía y cedía, y agachaba la cabeza y se resignaba a ser un maniquí a quien todos vestían a su antojo.

Porque al menos sacaba dinero para los niños; al menos financiaba el refugio que él no había tenido, al menos no era un cobarde sin más.

No. Era un cobarde rico lleno de buenas intenciones.

Pero desde que había llegado a ese pueblo arreciado por secretos y muertes sospechosas, había reventado el cristal que lo había mantenido al margen y se había lanzado a las calles; heladas, desconocidas; pero transitadas por gente real, con problemas reales y con afectos reales.

Y en medio de ese divagar se encontraba en esos momentos, divagar que al menos lo había liberado de forma momentánea de su millón de preguntas sin respuesta.

Y fue por esa abstracción por lo que perdió durante unos segundos el control del coche y cualquier pensamiento coherente abandonó su mente, igual que el vehículo abandonó el asfalto al patinar sobre una placa de hielo negro que no había logrado esquivar porque ni siquiera la había visto.

Por suerte —o por unos reflejos que no sabía que poseyese— logró enderezar el volante enseguida; pero el susto fue importante, y, con el corazón acelerado, decidió apagar el motor y permitirse unos instantes en el arcén hasta que la sangre dejara de palpitarle a lo bestia en garganta y oídos.

Abrió la puerta y, apoyado en ella, miró a la infinidad ante él.

A la montaña de picos nevados, a los árboles cuyas copas verdes oscuras se veían por primera vez en días, a las nubes blancas y grises que parecían empujarse en una lucha cuyos motivos solo ellas conocían.

Esa carretera —desierta, helada— era de una belleza tal que impresionaba; y a la vez tan inhóspita que parecía no acabar nunca, como si diera vueltas en círculo, como en una de las películas de terror que tanto le gustaban a Kye; una de esas en las que alguien no podía salir de un pueblo maldito y se veía obligado a volver una y otra vez, una y otra vez…

En el caso de Foster, el pueblo no estaba maldito —de hecho, Black Pines había sido su despertar a otra vida—, pero las incógnitas que no podía resolver sí le hacían sentir como en una carretera infinita sin principio ni fin.

El rugir de una moto lo sacó de sus preguntas mentales, y alzó la vista para ver cómo el motorista fantasma reducía la marcha y se detenía a su lado en el arcén. Estupendo.

Foster se pasó una mano por el pelo y observó cómo Ozymandias Rosemberg se quitaba el casco y, como una deidad del inframundo, se bajaba de la moto y se acercaba a su Camaro con paso decidido.

No estaría ahí para matarlo, ¿no? Esperaba que no.

No, sabía que no. Kye confiaba en él y, Dios sabría por qué, Foster confiaba en Kye.

Pero si el motorista infernal patinaba en una de esas placas de hielo y se caía de culo tampoco estaría mal…

—¿Ha pasado algo? ¿Algún problema?

Hijo de perra condescendiente.

—Qué va, estoy aquí disfrutando del paisaje.

Oz giró sobre sí mismo y contempló la vista panorámica digna de fotografiar.

—Es bonito, ¿verdad?

Aquello era como hablar del día que hacía con un vecino en un ascensor, y Foster no tenía tiempo. Ni ganas. Y estaba harto de conversaciones banales; llevaba media vida siendo un paciente interlocutor en ellas.

—¿Qué quieres? —le preguntó sin más preámbulos.

—Saber el porqué de tanta hostilidad, para empezar.

Foster suspiró. Él no era así, y ese hombre no le había hecho nada. Salvo amar, cuidar, proteger, poseer… a Kye «estoy por encima de los demás» Colton.

—Perdona, yo… —Foster volvió a pasarse la mano por el pelo y cerró la puerta del coche en la que estaba apoyado. Dio un par de pasos y se acercó más a Oz—. La noche de ayer fue complicada y la mañana no ha sido mucho mejor, pero tú no tienes la culpa —terminó, suspirando y sentándose en el capó.

Oz lo imitó y se sentó a su lado. Ambos se quedaron unos segundos mirando a lo lejos con las manos en los bolsillos. Fue Oz quien rompió el silencio.

—Kye me ha contado lo de anoche.

—¡¿Qué?! —preguntó en un chillido agudo, escandalizado.

—Lo de la fiesta —le dijo Oz con cara de extrañeza; o no, quizá la cara era de «sé que pasó algo y me lo acabas de confirmar»; al fin y al cabo, lo había visto pasearse en bóxer por la casa—. Ayer me llamó Dani, pero quería venir a comprobarlo por mí mismo.

—Claro —dijo Foster resignado, sin mirarlo.