Hotel Noir 39. Abierto hasta el amanecer #2
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39. Abierto hasta el amanecer #2

Quizá fue un cambio en su respiración; quizá fueron sus ganas, sin más; o quizá lo que vio en los ojos de Kye cuando se giró y fijó la vista en él, pero Foster trepó por su cuerpo, de la misma forma que lo había hecho la noche anterior, y fue directo a su boca.

En esa ocasión sí hubo indecisión, un segundo de titubeo, pero cuando sus cuerpos duros y listos encajaron, todo rastro de incertidumbre se disipó.

Por desgracia (o por suerte, no estaba claro a dónde iba algo que no podía ir a ningún lado), el móvil de Kye sonó y los sacó de la burbuja intoxicante de deseo, devolviéndolos al presente y al frío de la realidad con un sobresalto.

Kye extendió el brazo hacia la mesilla; él y Foster vieron a la vez que se trataba de Oz.

No dudó en cogerlo. Foster no se apartó de él.

Nada. Ni un milímetro. Ni siquiera cuando Oz le dijo que Dani lo había llamado y que estaba a diez minutos de Black Pines.

Ni cuando Kye asintió varias veces y le dedicó un «estoy bien, ahora te veo».

Ni cuando colgó y volvió a dejar el teléfono en la mesilla.

Lo hizo (y muy rápido) cuando, sin apenas mirarlo (porque la lujuria y el miedo se le estaban haciendo bola en el estómago provocándole hasta ganas de vomitar), Kye le dijo que se vistiera si no quería que Oz lo pillara a

Entonces se apartó como si su cuerpo quemara.

Kye lo miró con atención y lo que vio en sus ojos (normalmente llenos de vida) no le gustó nada.

Era como un velo de tul que, a pesar de ser traslúcido, opacaba su brillo.

Se sintió mal, sucio, y estuvo a punto de disculparse.

Pero Foster se levantó, apartó esos orbes verdes y dorados de él, y, mientras buscaba sus pantalones en el caos de ropa que era el suelo, le soltó:

—Pero ¿este hombre no trabaja? Se pasa todo el puto día haciéndote visitas. ¿No tiene algún niño que salvar?

Había veneno en su voz. Y podía ser que fuera una reacción normal, no lo negaría; pero que usara la información del Pastor que Kye le había dado en un acto de confianza extrema mitigó el deseo de pedirle perdón.

—Foster…

Verlo ahí, con el pantalón morado del traje… Parecía… vulnerable. Pero, cuando habló, la vulnerabilidad estaba teñida de rabia.

—¿Si no quiero que me pille? —bufó justo antes de darse cuenta de que lo que se estaba poniendo era el disfraz; se lo quitó a toda prisa—. ¿Si yo no quiero que me pille o si no quieres tú?

—Foster… —Era lo único que repetía; tenía la disculpa atascada junto a unas explicaciones que no iba a dar; junto a un miedo de origen desconocido que se le pegaba a la lengua.

—¿Cuándo me he escondido yo? ¿Cuándo?

—No sé, ¿siempre? —La duda que empapaba su voz era real, de repente Kye se encontró perdido, no estaba seguro de nada—. Llegaste a este pueblo para esconderte de un escándalo sexual, Foster.

—Y no me lo vas a perdonar nunca, ¿no?

—¿Perdonar? Yo no soy quién para perdonar nada a nadie. —Kye hizo una pausa y se recogió el pelo en una coleta, pero, cuando se dio cuenta de que el gesto era tan de su madre que daba miedo, se la quitó—. Yo… no soy nadie.

—Uy, esa es nueva. El abanderado de la libertad sexual, el comandante del movimiento «matemos a quien no ame abiertamente y a gritos», dice que no es nadie.

—Eso es injusto, yo…

— Tú me acabas de decir que me vaya para que tu novio delincuente no nos pille juntos en la cama, porque Dios te libre de que el gran Ozymandias, patrón de niños perdidos, descubra que tienes algo con un chico…

de sexualidad ambigua…, así que ni se te ocurra hablarme de lo que es injusto y de lo que no.

—Buah, hay tantas cosas mal en lo que acabas de decir que no sé ni por dónde empezar.

—Te doy una pista, yo empezaría por desmentir que Oz es tu novio.

—No es mi novio. Pero tú y yo tampoco tenemos nada. —Cuando vio cómo lo miraba Foster, entre indignado, dolido y algo más… profundo en lo que no quería pensar en exceso, intentó arreglarlo—: Quiero decir…

Foster negó con la cabeza, levantó una mano para impedir que dijera nada más y empezó a caminar hacia el baño.

Kye lo siguió porque… ¿cómo no iba a hacerlo? No podía dejar que lo malinterpretara, y, a la vez, tampoco podía expresar todo lo que le hacía sentir, pero… Todo eran «peros». Pero lo que no podía hacer era no seguirlo.

Era una discusión tan mundana, tan de dos personas normales y corrientes empezando…

algo, que Kye sintió cierto regocijo a pesar de estar en la mierda más absoluta.

Y fingió que no pasaba nada. Que Foster no le había salvado de sus monstruos una vez más, que el tío guapísimo que se alejaba de él en solo un bóxer blanco ajustado (que dejaba poco a la imaginación y que le tenía alborotada la sangre hasta el punto de la efervescencia) era aquel chico superficial que una noche apareció en un pueblo de montaña a plantar cara a un escritor de novelas de terror que prefería vivir en la ficción que en la realidad.

Pero, cuando Foster se encerró en el baño dando un portazo, cualquier indicio de regocijo desapareció y se fundió con el toc, toc de Oz en la puerta exterior.