39. Abierto hasta el amanecer
ABIERTO HASTA EL AMANECER
KYE
—¿Por qué lo dejasteis Oz y tú? —le preguntó Foster a la mañana siguiente con la cabeza apoyada en su pecho mientras él le acariciaba el pelo.
Las últimas gotas de miedo se habían evaporado en la penumbra de las escaleras, en el sexo, en el camino pausado hasta la cama, de la mano, sin soltarse. En las últimas capas de sus disfraces, que habían caído al suelo antes de que ambos se metieran bajo las sábanas en ropa interior. Juntos.
Kye pensó un momento cómo contestar y, mientras, siguió enredando el pelo de Foster entre los dedos.
Recordaba el día que dejó a Oz como uno de los más tristes de su vida.
Fue una ruptura sin dramas, sin gritos; civilizada en exceso, quizá.
Pero no por ello fue menos dolorosa. Dolió de forma casi física.
Y aunque fue Kye quien se marchó, quien tomó la difícil decisión de abandonar el que había sido su refugio durante cuatro años, el recuerdo de llorar durante horas seguía tan presente en su memoria que parecía mentira que hubieran pasado ya seis meses.
Recordaba hacer las maletas con el aroma al pan tostado del desayuno aún flotando en la casa; el repiqueteo de estas al arrastrarlas por el pavimento mojado; el olor a lluvia y a flores de abril.
Y llorar a mares; eso lo recordaba como si acabara de pasar.
El desconsuelo al saber que no volvería a dormir al lado de Oz, a despertarse con él, a apoyarse contra su pecho, abrigado y protegido; que estaba diciendo adiós a las risas en el sofá, a los crucigramas de los domingos y a los silencios cómodos.
Estuvo a punto de volver varias veces, de decirle que había sido un error, que podían seguir juntos…
Pero no podían. Se querían, se querían mucho, pero hacía tiempo que eran una especie de mejores amigos con sexo sucio y despreocupado.
Hacía mucho que Kye se había empezado a apoyar en él para no tener que andar solo.
Siempre cerca, como una muleta, siempre ahí para sujetarlo y que no se cayera.
Y, si se quedaba, sabía que cuando se despertara de la pesadilla en la que se había convertido su vida desde el accidente, se arrepentiría de no haber plantado cara a sus miedos, se avergonzaría de la persona en la que se había convertido, y eso generaría resentimiento y rabia, y afearía una relación que siempre había sido bonita y sincera.
Tampoco olvidaría nunca la cara de Oz cuando, con las maletas a sus pies, Kye le dijo que se iba.
La lágrima solitaria que cayó de sus ojos tristes pero serenos.
Esa pena sosegada y apacible que parecía tan fuera de lugar en un momento como ese, pero que a la vez era tan Ozymandias Rosemberg que Kye no pudo evitar irse con una pequeña sonrisa.
Oz lo quería muchísimo, Kye era… cómodo; conveniente.
No hacía preguntas que no tenían respuesta, sabía escuchar cuando había que hacerlo, siempre estaba dispuesto a echar un polvo y aceptaba tener una relación más o menos abierta porque los celos no tenían cabida entre ellos.
Recordaba darse cuenta —con dolor y mucha pena— de que la única diferencia entre su relación con Oz y su profunda amistad con Dani era el sexo; el hecho de que compartían cama, abrazos y una intimidad muy gratificante. Recordaba quedarse sin aire ante la revelación.
No sabía si Oz lo había «amado» de verdad alguna vez.
Con el corazón, con los huesos y hasta con las entrañas.
Oz no se permitía querer así, eso Kye lo había sabido siempre, y era curioso, porque, hasta ese momento, no le había importado.
Y cuando se dio cuenta de que de hecho sí le importaba, hizo las maletas y se fue.
Quería sentirse fuerte, dueño de su destino, aunque para eso primero tuviera que decir adiós a la seguridad que había imperado en su vida durante los últimos años.
No quería un refugio permanente; quería andar solo, recorrer la vida y buscar cobijo por su cuenta cuando fuera necesario.
Cuando se percató de que llevaba mucho tiempo sin hablar, perdido en sus recuerdos y en los círculos que Foster dibujaba en su abdomen (sin presionarlo a contestar, nunca presionaba, a veces era tan perfecto que parecía que lo había escrito él), se aclaró la garganta e intentó contestar con honestidad.
—Dependía mucho de él. No, no era dependencia; me apoyaba en exceso en él.
Le cedía mis miedos. Hasta que decidí que quería coger esos miedos y enfrentarlos por mí mismo.
Necesitaba estar solo. Si alguna vez dejo entrar a alguien en mis pesadillas será para que luche a mi lado como un igual o para que me despierte cuando lo necesito.
Para que me tenga un café preparado cuando me levante asustado y podamos hablar de ello.
Oz no es de los que esperan a que uno abra los ojos.
Si puede entrar en tus pesadillas y cargarse a tus monstruos, lo hace sin preguntar y sin tan siquiera despertarte.
—Supongo que además de pesadillas también tendrás sueños.
—Ah, pero los sueños son más fáciles de compartir.
Kye se quedó de nuevo en silencio. La lluvia chocaba contra el cristal y producía un sonido similar al de cuando su abuela se tocaba el collar largo de perlas negras que llevaba puesto desde que él tenía uso de razón.
Se sentía… a gusto. Tranquilo, saciado y sin ninguna intención de reconocer que Foster se había convertido en esa persona que estaba a su lado y lo calmaba sin quitarle el control.
Empleaba estrategias simples como hablarle de sus libros o ponerle clásicos que adoraba.
Usaba su música como medida sanadora y le daba alcohol con bastante prudencia.
Era una especie de… compañero. Al final, el influencer de pelazo iba a tener razón y era el Ed de su Lorraine, el Mulder de su Scully, el Marty de su Rust.
Ni siquiera podía pensar ya en él como «el influencer »; se le agriaba el estómago.
—Tu relación ficticia con Celia… —empezó a decir—. Ayer te oí hablar con ella por teléfono antes de la fiesta.
Kye no quería hablar de la fiesta en sí misma. Así que se regodearía en esa falsa tranquilidad entre sábanas de algodón donde lo de fuera no podía entrar y hacerle daño.
—Sí. No hablamos tanto como nos gustaría, pero intentamos hacerlo de vez en cuando, aparte de los mensajes o audios que podamos mandarnos; escuchar nuestras voces en directo le da una dimensión distinta a la distancia, como que nos acerca.
—Foster suspiró; lo hacía mucho cuando creía que estaba divagando en exceso, y eso que sus conversaciones no eran las frenéticas con las que se había plantado en Black Pines.
Estaba más… calmado; e irradiaba esa calma—.
Separarnos, superar esa ruptura que poco tuvo de ficticia aunque no fuera una relación romántica real, fue una de las cosas más duras que he hecho en mi vida.
Porque de repente estaba solo y no sabía bien cómo enfocarlo.
Porque, sin ella, solo me quedaba… el resto del mundo; y ese resto del mundo no me conocía.
No como ella. Hace mucho que descubrí que a la gente le da igual lo que haga.
Solo les importa lo que creen que he hecho.
Así que llegó un momento en el que dejé de esforzarme.
De puertas para fuera era quien los demás creían que era, y, cuando Celia se fue, empecé a ser otro también de puertas para dentro, ya no me creía ni yo.
—Ahora crees en ti. —Kye le tiró un poco del pelo para que lo mirara y Foster obedeció—. Lo haces, ¿verdad? Algo ha cambiado.
—El influjo sobrenatural de Black Pines, eso ha cambiado.
Se sonrieron.
—No hay nada de sobrenatural en este pueblo.
Con eso podría manejarme. —Esa vez fue él quien suspiró antes de seguir hablando—: Aunque nuestras relaciones pasadas y sus consecuencias fueran distintas, entiendo a lo que te refieres, a esa hostia de realidad de los primeros días.
Mi vida con Oz era fácil. Me cuidaba, me entendía y se ocupaba de todo.
Me dejaba mi espacio, mis tiempos, y lidiaba con mis mierdas para que no tuviera que hacerlo yo. Y yo se lo permitía.
—Sé que lo mejor fue dejarlo; si lo decidiste así, seguro que lo fue. Pero tiene que ser bonito que alguien te quiera lo suficiente como para protegerte así.
—No quiero a alguien que luche mis batallas por mí, sino a mi lado. Yo también quiero poder proteger a esa persona y quiero compartir sus miedos.
—Pero tú no quieres tener miedo.
—Solo. No quiero tener miedo solo. Acompañado, los miedos son menos miedos.
Kye estaba sorprendido de la espontaneidad de sus confesiones.
En parte eran evasivas para procrastinar, para no prestar atención a la realidad de la noche anterior, a la realidad que era su vida y de la que pronto tendría que hablar; pero también eran verdades como puños, y sentaba muy bien sacárselas del pecho ¿Era posible mostrar heridas tan profundas a un desconocido con tanta naturalidad?
¿Era Foster un desconocido? Porque a veces parecía que llevaba viviendo en él media vida.
No conocía aún todos sus rincones, pero los intuía; porque se habían confesado terrores y secretos; porque se habían visto inmersos en ataques de ansiedad y miedos extremos.
Y porque habían salido de ellos. No del todo, era evidente, Kye se pegaba a la piel de Foster como remedio contra el desasosiego.
Si estaba ahí con él, saciado pero deseoso de más, no estaba aterrorizado y luchando por respirar.
Porque ahí fuera había alguien que estaba al tanto de una verdad que solo él y su atacante conocían, porque ahí fuera había peligro y quién sabía qué más…