Hotel Noir 38. Scream
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38. Scream

SCREAM

KYE

Demonios con caretas de Ghostface corriendo por todas partes; entrando, saliendo, llenándolo todo; hasta sus fosas nasales. La gente sonreía y los miraba, como si se tratara de un espectáculo ensayado, la representación de Scream que los invitados de un escritor de terror podían esperar.

Pero no lo era; aquello era el mayor miedo de Kye hecho realidad, y cuando Foster se dio cuenta (Foster, siempre Foster) lo agarró y, en una especie de acto reflejo, lo protegió con su cuerpo mientras gritaba:

—¡Jax, North, sacadlos de aquí!

Kye perdió la noción del tiempo; se le taponaron los oídos, dejó de escuchar la música, la voces de la gente, dejó de ver la realidad.

Mientras el corazón le golpeaba en el pecho tratando de salir aunque para ello tuviera que astillarle las costillas, todo se convirtió en un borrón donde caretas y más caretas de Ghostface pasaban a lo que parecía la velocidad de la luz.

Él permanecía quieto, muy quieto, mientras todo giraba a su alrededor.

Foster lo abrazaba, lo llevaba hacia algún lugar.

Escaleras arriba, ¿por qué escaleras arriba?

¿Dónde estaba? ¿De nuevo en su coche, perdiendo el control?

No estaba solo, había alguien más con él, detrás, oculto…

Alguien con una careta blanca y negra, con un cuchillo.

—¡Nooo!

No estaba seguro de si lo había dicho en voz alta o lo había gritado por dentro.

Le dolían los pulmones, pero eso podía ser de no respirar o de intentar hacerlo demasiado rápido.

Cerró los ojos, apretó muy fuerte los párpados.

Cogió aire al ritmo de la voz de Foster, lo expulsó cuando él se lo dijo.

Obediente. Lo hizo durante mucho rato, juraría que horas, pero casi seguro fueron minutos.

El tiempo no le importaba. Foster había actuado como una cámara de aislamiento sensorial para él, se había convertido en su propio tanque de flotación.

Y era posible que Kye llegara incluso a dormirse, porque se sintió despertar, reaparecer en medio de una extraña calma.

Abrió los ojos contra el pecho de Foster, que estaba sentado en un escalón con él encima, sosteniéndolo, protegiéndolo de sí mismo.

No, no de sí mismo, Kye no se lo había imaginado, cientos de personas corriendo con la máscara de…

—Se han ido todos —dijo Foster, que pareció leerle el pensamiento—. Tu padre ha cerrado con llave por fuera.

Kye respiró aliviado, aunque el alivio le salió entrecortado. ¿Por qué nadie había quitado la música? Habían bajado el volumen, pero seguía escuchándose.

—Tengo que decirte una cosa —dijo al fin Kye, tras tres bocanadas irregulares.

—Shhh, no hace falta, podemos estar un rato más así, no hay prisa…

—Es importante. —Cuando notó que iba a volver a interrumpirlo, se apartó un poco de él, apoyando la cabeza en la pared de la escalera que tenía justo detrás—. En Mascarada hablo de una máscara de serpentina verde.

—Sí, la máscara inca, me he leído el libro. Me ha encantado. Le doy cinco estrellas. Y suelo ser yo el que te distrae del estrés hablando de…

Kye le dio un golpe suave en el hombro a modo de reconocimiento de su broma, pero la seriedad de su cara lo debió de decir todo antes de que pudiera hacerlo con palabras.

—Gracias por tu valoración, pero de verdad que es importante, escucha.

—Kye se armó de valor y se preparó para decir por primera vez algo que solo había mencionado a la policía tras su caída en picado por el puente maldito; lo demás tras ese día había sido mera invención y subterfugio—.

El día que caí al río Fraser, mi atacante llevaba una careta de Ghostface.

Se lo dije a la policía, figurará en el informe, supongo; o no, porque la palabra «Ghostface» creo que no la apuntaron y, aunque esos primeros días son bruma para mí, recuerdo ponerme de los nervios porque el tío que me estaba tomando declaración no sabía a qué máscara me refería y la llamaba «uno de esos disfraces de críos».

Recuerdo estar en la cama del hospital y revolverme de rabia.

Y sí, sé que es un cabreo irracional y ridículo dadas las circunstancias en las que me hallaba, pero es que tengo grabada la frasecita en la cabeza.

—Cómo osaba, ¿eh?, ninguneándote el género —dijo Foster de broma apartándole el pelo de la cara. Luego, más serio, preguntó—: ¿Y no se lo dijiste a nadie más?

—A absolutamente nadie. Ni a Miles, que estuvo conmigo en todo momento, pero no cuando me tomaron declaración.

Y tampoco se lo conté en las únicas sesiones de terapia que hice con él.

Ahí creé un lore gigantesco en torno a una máscara inca que no solo me sirvió para escribir un libro superventas, sino también para terminar de creérmelo yo mismo.

Foster se quedó callado. Mucho tiempo. Excesivo para el gusto de Kye.

—No me gustan tus silencios. Son antinaturales.

—Estoy pensando.

—Pues no pienses en silencio, hazlo en voz alta; como siempre.

—Vale —le dijo con una sonrisa, apartándole el pelo otra vez.

—Nadie sabe lo de la máscara, nadie. ¿Entiendes lo que eso significa? —preguntó Kye alterado a pesar del gesto tranquilizador de Foster.

—Sí, lo entiendo, pero ahora respira.

—Significa que quien… me atacó está vivo. Que está aquí.

—O que cuatro gilipollas han usado la máscara más vendida de los últimos tiempos y han hecho lo que se espera de ellos en Halloween: el gamberro.

—No eran cuatro, eran unos cien.

—Sí, quinientos. —Foster sonrió y le pasó las manos por las mejillas con una suavidad disonante con la oscuridad que imperaba, tanto en el hotel como en su interior.

—Míranos, saliendo sonrientes de un ataque de pánico, lo que estamos evolucionando…

—Foster se quedó callado un instante, mientras la luz brillante de un relámpago se colaba por las vidrieras de colores sobre ellos y bañaba sus siluetas en tonos rojos y amarillos, iluminando sus disfraces; el terciopelo azul del de Kye y el morado brillante del de Foster—. Si es que somos la pareja perfecta.

—Yo voy de Lestat y tú de Prince. Que ni siquiera era gótico, era glam.

—Me pierdo con las subculturas. Yo soy del grupo social… de los ricos, supongo. Aunque lo de Prince sigue siendo un elogio, porque ha habido un momento en el baño que me he mirado en el espejo y me he parecido muchísimo a Austin Powers.

Kye rompió a reír, no lo pudo evitar; las ridículas maniobras de distracción de Foster siempre funcionaban.

Y la risa se le mezcló con las lágrimas de pánico que no habían dejado de salir en ningún momento.

Foster volvió a pasarle las manos por las mejillas, los pulgares por las comisuras de los ojos.

Tenía la mirada verde y dorada fija en la suya; el deseo era evidente, la ternura también, la preocupación; y fue la mezcla de esas tres cosas la que hizo que Kye llevara los brazos a su cuello, se lo rodeara y tirara de él hasta juntar sus bocas.

—¿Estás seguro? —preguntó Foster contra sus labios, como una caricia, un suspiro que le daba la posibilidad de detenerse pero que a la vez le pedía más—. Porque en esta ocasión no voy a poder detenerme y no creo que estés en mejor posición que la primera vez.

—Estoy contigo, estamos solos y necesito olvidarme de todo.

—Yo puedo hacer que te olvides de todo.

—Qué confianza tienes en ti mismo.

Se sonrieron aún con los labios pegados, susurros intercambiados en la boca del otro.

Y, entonces, Foster lo devoró. No empezó suave, ni tentativo, ni tímido; entró a comérselo.

Con prisa, quizá con miedo a que una vez más Kye le hiciera sentir que no era suficiente.

De ahí la urgencia. Y, cuando terminó con su boca, dejándolo sin aliento, deslizó la lengua por su cuello, dibujando un camino húmedo de deseo allá por donde pasaba, despertando un hambre cada vez más voraz en Kye, que lo agarraba del pelo y tiraba, aferrándose a su suavidad.

La luz de un rayo volvió a colarse por las vidrieras, iluminando sus cuerpos; Kye se subió a horcajadas sobre el regazo de Foster y, al notar el roce de sus erecciones, se arqueó hacia atrás, buscando un mejor ángulo; curvó la espalda y dejó caer la cabeza, su pelo descendiendo en cascada hacia las rodillas de Foster, que emitió un gemido animal que pareció flotar hasta el inmenso techo abovedado.

Quizá fuera por la intensidad del momento, pero la música que nadie se había molestado en quitar pareció subir de volumen y el bajo de Something In The Way, de Nirvana, reverberó a su alrededor como la banda sonora de un deseo insatisfecho que por fin se liberaba.

Y Foster, movido por ese ritmo hipnótico, por esas palabras que gritaban dolor, vacío y aislamiento emocional, lo agarró por las caderas e intercambió sus posiciones, dejando a Kye tumbado sobre los escalones sin apenas tiempo para regodearse en lo fluido y animal del movimiento, porque, en un instante, todo eran besos en su cuello, en el pecho; manos apremiantes colándose por su camisa, soltándole con urgencia los dos únicos botones que tenía abrochados a la altura de la cintura.

Kye volvió a arquear la espalda y dejó escapar un gruñido de necesidad que pareció volver loco a Foster, que le abrió el pantalón de un solo tirón.

Y entonces, entre jadeos escondidos tras una guitarra acústica desafinada, un chelo y la voz apagada de Kurt Cobain sangrando soledad y dolor, Foster le comió la polla y lo llevó al cielo; alto; muy alto.

Y lo hizo entre truenos y relámpagos, entre gemidos, entre letanías de «más, más» y «sí, sí»; de la raíz a la punta, alternando besos lentos y húmedos con la presión más exquisita.

Duró… lo que durara. Mucho, poco, una deliciosa eternidad.

Y cuando Kye se corrió, Foster trepó de nuevo hacia su boca, donde se deleitó durante un rato, intercambiando sabores y suspiros de satisfacción.

—Déjame que… —empezó a decir Kye mientras llevaba una mano a la erección de Foster y gemía ante el mero contacto con su dureza.

—No. Estoy bien —replicó Foster entre besos y más besos.

—Pero…

—Esto era para ti. Solo para ti.

Kye le tiró del pelo para apartarlo un poco y poder mirarlo a los ojos.

Y así permanecieron un rato en la penumbra; mirándose, en silencio, mientras sus respiraciones agitadas se ralentizaban.

Y cuando la intensidad se hizo irrespirable y Kye dio un par de bocanadas irregulares, Foster le agarró ambas manos, tiró de él y lo levantó.

Lo llevó de la mano escaleras abajo y hasta la entrada a su casa.

Solo lo soltó para que se quitara del cuello la pequeña llave que parecía de un joyero, pero que en realidad abría la cerradura camuflada del espejo.

Gods & Monsters, de Lana Del Rey, los acompañó hasta que la puerta se cerró tras ellos. La canción contrastaba tanto con la historia de Queer Project que Kye no quiso apagarla. Dejó que sonara. Que durara. Y, a la vez, no la dejó pasar al interior de su refugio.