37. Halloween
HALLOWEEN
KYE
Por fin iban a tener un día de paz. Solo uno, era lo único que pedía. Que la noche de Halloween trajera tranquilidad y risas.
Fue Giles quien, en la segunda temporada de Buffy Cazavampiros, dijo que Halloween era una de las noches más tranquilas del año para los demonios porque la consideraban una fiesta demasiado comercial.
Kye rogaba que los malos de la serie que era su vida creyeran en Joss Whedon y en su capacidad para subvertir el cliché.
Aunque lo cierto era que, en aquel capítulo, la noche había terminado siendo un desastre. Y no era menos cierto que todas las noches de la semana habían sido tranquilas a pesar de la punzante necesidad no satisfecha de besar a Foster, treparlo en el sofá, comérselo de pies a cabeza.
No lo iba a pensar. No mientras Foster, Eli y él recibían a los invitados en el Nexus a ritmo de I Was Made For Lovin’ You, de Kiss. Por qué Foster formaba parte de la comitiva de bienvenida era un misterio, pero las cosas habían salido así; como todas últimamente, de forma extraña.
No, no lo iba a pensar; esa noche estaría rodeado de gente conocida, lo que en los tiempos que corrían no era garantía de nada, y si no que se lo dijeran a ese tablero que tenía en su apartamento lleno de fotos de seres queridos o, al menos, conocidos.
Kim era una de las caras conocidas que se habían acercado a celebrar Halloween con ellos; no había venido como jefa de policía de Black Pines, sino como pareja o lo que fuera de su madre, y, a pesar de la broma implícita en su disfraz, irradiaba tensión por cada bello poro de su piel oscura.
Iba vestida de sheriff Truman (o eso decía la parte de atrás de su cazadora, donde podía leerse «Policía de Twin Peaks»), y a Kye se le llenó el corazón de algo bonito.
Esa semana, Kim se había pasado por allí dos veces, pero no había querido compartir ningún dato de la investigación; eso había originado que la siempre guerrera Julia Colton se hiciera y deshiciera la coleta siete veces por minuto y que le empezara a palpitar el ojo izquierdo.
Pero entonces Foster había intervenido y le había asegurado que tenía un superplán para averiguar cosas (supersecreto y sin duda superlynchiano, muy en la línea de los últimos acontecimientos), y eso, al menos, había ralentizado un poco el tic de su madre.
Kye no sabía muy bien por qué, porque a él lo había acojonado más.
También era cierto (y eso era algo que Julia Colton, en su egoísmo, era incapaz de ver) que, por muy frustrante que fuera que Kim no compartiera información, era lógico que no lo hiciera.
Le habían soltado una burda ristra de sospechas sobre unos accidentes que podrían ser asesinatos, que podrían poner en peligro al hijo de su amante (un escritor huraño escondido en un hotel oscuro y cerrado al público) y tener alguna vinculación con el secuestro de un adolescente que había desaparecido del hospital en extrañas circunstancias, relacionadas de forma sospechosa con dicha amante.
Y Kim Sommerset, aunque trabajaba para la Policía Montada de Canadá, dirigía el destacamento local de Black Pines, en el que no se había cometido (ni oído hablar de) un delito mayor en décadas.
Lo que era un milagro era que esa mujer estuviera allí tomándose una cerveza y que se acostara con su madre.
Y Halloween había llegado así, sin hacer mucho ruido, porque los problemas serios lo habían eclipsado; pero lo había hecho con ganas y había traído una sensación de normalidad que Kye pretendía disfrutar, aunque fuera un espejismo.
Durante unas horas, la búsqueda de malos se suspendía.
No quería saber nada. Había invitado incluso a David, cuya cara seguía bien visible en su tablero a pesar de que todos aseguraran que su padre era casi un santo y que nada tenía que ver con su accidente.
Había venido con Dani, que estaba echándole la bronca por algo y pidiéndole que por favor volviera a fumar.
—Bueno, por lo menos ahora te has pasado a los parches, que no hacen ruido —le estaba diciendo su amiga de camino a la barra, donde estaban su madre, Kim y Miles apoyados—; porque te juro que un chicle de nicotina más, y te lo hubiera sacado de la boca yo misma, aunque me hubiera llevado tu tráquea en el proceso.
Aún tengo el sonidito metido en la cabeza, de verdad.
—Eso me recuerda al videojuego ese de lucha, en el que uno se quedaba con la espina dorsal de su oponente en la mano —le dijo Miles a Dani en un intento de ser gracioso que no le salió.
A veces lo que decía sonaba más a provocación que a broma, porque era un poco inepto en el ámbito social a pesar de su profesión.
Dani lo ignoró, centró la mirada en la madre de Kye y, como si David no estuviera delante, le comentó:
—Prefiero que siga fumando un paquete diario, muera pronto y deje un cadáver bonito.
—Muy rocanrol —contestó su madre con una pequeña sonrisa antes de darle un trago a su cerveza.
Kye miró a su alrededor; era una imagen insólita pero muy seductora, de las que le daban paz.
Daniela y David estaban vestidos como dos de los integrantes de Kiss (The Demon y The Catman) frente a Kim y a su madre, que, con un sombrero negro, ya creía ir de Slash, de Guns N’ Roses.
Miles llevaba la máscara de Jason, de Viernes 13 , aunque no resultaba para nada amenazador.
Su padre y Jax iban de Freddy Mercury (ambos, sí), con camiseta de tirantes blanca, vaqueros ajustados, bigote y una banda en el brazo.
Para sorpresa de nadie, Eli se había puesto el atuendo típico de la protagonista de Mascarada , con un top negro corto, pantalones de cuero negros y botas militares hasta la rodilla; lo que venía siendo el outfit de chica chunga y empoderada desde los ochenta.
Y Foster y él… Foster y él estaban ridículos, porque parecían pareja, pero eran una curiosa miscelánea de estilos que nada tenían que ver.
Kye se había disfrazado de Lestat (cada uno explotaba sus puntos fuertes como podía), y Foster, después de recuperar el habla tras verlo ya vestido (estuvo largos minutos callado y con la boca abierta, para total regocijo de Kye), se había ido a por un disfraz acorde.
Eso había dicho. Pero había aparecido una hora más tarde con una camisa de volantes blanca de lo más barroca y un traje púrpura que el de la tienda de segunda mano del pueblo le había dicho que era «de época», aunque en realidad parecía estar disfrazado de Prince; eso sí, le decía a todo el mundo que era la pareja de Lestat. Y se quedaba tan contento.
Y no lo era.
No lo parecía.
Pero… ¿quizá un poco sí?
No importaba, nada importaba en esos momentos.
Porque, durante unas horas, pudieron beber, bailar y hablar de cosas superfluas; como si fueran…
normales. Como si la incesante lluvia se hubiera llevado el miedo y el peligro de muerte o como si esas sensaciones se hubieran quedado escondidas bajo las placas de hielo que habían cubierto las calles de Black Pines.
Había sido una semana sin sobresaltos; Kye había permanecido encerrado en casa, saliendo apenas al porche delantero y siempre con Dani o Miles; también había pasado mucho tiempo con Eli, organizando la fiesta con la que solo había aceptado seguir porque parecía que las cosas estaban en manos de la Policía y no de su detective privado amateur favorito: Foster King.
Con él también había pasado mucho tiempo.
Horas en las que Kye escribía y Foster se dedicaba a editar el material que hubiera rodado ese día: entrevistas en exteriores, en el estudio de grabación del sótano, contraplanos…
Y luego se lo enseñaba; a veces con sonrisas y vino, a veces solo con la nostalgia que emanaba de las voces de Queer Project; y a veces con silencios y frases que se quedaban pegadas a las paredes del apartamento y rebotaban en los cristales tan fuerte como los truenos.
También habían pasado mucho tiempo frente a su tablero; a veces, cuando Foster hablaba de él, parecía que lo hacía de su bebé.
Pero a Kye le daban pequeños ataques de ansiedad cuando lo miraba durante mucho rato, sobre todo el día que Foster había colocado las fotos de West, Jon, Maryon y Ray Eclipse Weary.
Era difícil sacarse el miedo del cuerpo; igual de difícil que arrancarse las ganas de besar a Foster cuando se enterraba en papeles y decía que estaba con «su investigación» o cuando intentaba hacer comida boricua y terminaban con bocatas y cervezas frente a la tele.
Sí, besar a Foster se había convertido en una necesidad urgente; estaba en el tercer puesto en su ranking de deseos vitales, tras la paz mundial y saber qué había ocurrido aquel día en el río Fraser…
No, no; no lo iba a pensar.
No mientras su hermana daba saltos enfrente de él y le decía, emocionada, que todo estaba yendo de maravilla, que la gente quería pagar una pasta solo por una visita guiada, que tenía cientos de planes, firmas de libros, club de lectura, y que los jueves serían noche de karaoke.
A Kye lo del karaoke le parecía hasta de mal gusto, una aberración.
Pero Foster había dicho que sí, feliz como una perdiz.
¿Cuántos jueves pensaba quedarse allí? ¿Era consciente de que vivía con Kye?
¿De que dormía en su sofá, usaba su champú y compraba cereales integrales para los dos?
—Miles se ha ido a por hielo —gritó Dani por encima de la barra cuando Kye, acallando la efusividad de Eli, preguntó por él.
—Se habrá ido a por otra cosa, porque he sido muy previsora, hielo tenemos hasta Navidad —contestó Eli—. Ya sé, ¿y si hacemos otra fiesta…?
—Eli, relaja, por Dios, déjate de fiestas…
Pero Kye no pudo terminar la frase, porque entonces el infierno se alzó, los demonios salieron y empezaron a correr libres por su hotel.