Hotel Noir 36. El sexto sentido #2
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36. El sexto sentido #2

Foster carraspeó y trató de no pensar en qué estaba haciendo con ese chico casi sobre su regazo; en qué hacía en esa casa, en ese hotel, en ese pueblo de sombras acechantes.

Olvidada había quedado su fascinación por un restaurante de combinaciones imposibles, o la sensación de conducir su Camaro de noche por el pueblo, con Wake Me Up When September Ends , de Green Day, sonando por encima del repiqueteo de la lluvia contra la carrocería.

En esos momentos solo sentía un vacío que necesitaba llenar con realidades, así fueran turbias, oscuras y generadoras de poco más que inseguridad.

—No tengas miedo, ¿vale? Bueno, es lógico que lo tengas, perdona, no quería decir eso; y no puedo pedirte sangre fría tal y como están las cosas y con todo lo que has pasado, pero piensa que ahora mismo, en cuestión de seguridad, estás mejor que nunca.

Tu madre dice que esta misma noche va a hablar con Kim.

—¿Y qué le va a decir, si lleva mintiéndole desde que toda esta mierda explotó?

Al parecer, Kye juzgaba a todos, no solo a Foster, lo cual, en cierto modo —ruin y egoísta— era un alivio.

—No puede contarle lo de Dean porque eso la incrimina directamente.

Se llevó a un menor a espaldas de la policía y de los servicios sociales.

Lo que hagan entre ellas con esa información es cosa suya.

Pero ahora estamos hablando de la posibilidad de que tu tío, Jon, Maryon e incluso su manager hayan muerto en… extrañas circunstancias.

—No… Ni siquiera puedo pensarlo.

Kye dejó caer la cabeza sobre el hombro de Foster. ¿Era consciente de cómo buscaba su cercanía? Porque a él le volaba la cabeza que la inconsciencia de sus actos hablara más fuerte que sus actos conscientes.

—Centrémonos en lo bueno por ahora, ¿te parece? Por fin alguien va a hablar con la policía.

Ambos se rieron; sin ganas, quizá, era el efecto de ese tono insólito que imperaba en sus vidas.

—Mi madre es muy lista —contestó Kye aún apoyado en él, jugando con el dobladillo desgarrado de su pantalón—.

Sabe cómo manipular a la poli, a la opinión pública y a quien haga falta; hablará con Kim, logrará hacerle creer que es ella quien le está haciendo un favor dándole información, fingirá estar asustada y logrará que abran una investigación o me asignen algún tipo de protección.

Y en caso de que no lo hagan, cosa que ya habrá previsto, se mostrará «superultrajada», afirmará sentirse indefensa, hará sentir fatal a la pobre Kim y terminará recurriendo a la seguridad privada, que quizá siempre fue su plan, pero tenía que poder decir «yo te pedí ayuda y tú me la negaste».

—Kye no intentó imitar la voz de su madre, pero fingió un tono quejumbroso—.

Y entonces unos detectives de gabardina y sombrero vigilarán mi hotel a doscientos pavos la hora.

Foster no pudo evitar reírse ante semejante narrativa. La exposición de los hechos había sido tan clara que parecía que ya hubiera ocurrido. Los niveles de cinismo que se manejaban en esa familia eran increíbles.

—Tienes una idea muy clara de cómo va a ir todo —expresó.

—Conozco a mi madre. La quiero y la respeto, aunque suene amargo cuando hablo de ella. Estoy un poco amargado, las cosas como son. Pero es que también soy muy consciente de sus defectos.

Giró la cara, alzó la vista y se encontró con los ojos de Foster, que pasó un brazo por encima del respaldo del sofá, rodeándole los hombros, y empezó a acariciarle el pelo. Kye no dijo nada; estrechó los ojos un poco, pero se dejó hacer.

Suspiró, y su aliento acarició el rostro de Foster, trayéndole el aroma a recuerdos, a besos en una casa cálida en medio de la tormenta, a noches cerradas, hombres con capuchas y coches que se movían solos. O no tan solos, que era más aterrador.

No pudo evitar mirar hacia la ventana. Fue la voz insegura de Kye la que hizo que centrara la vista de nuevo en él.

—¿Qué vamos a hacer? —Había tanta añoranza en su pregunta, tanta necesidad de una respuesta que no existía…

—¿La verdad? Pues te parecerá una locura, pero tú nada.

—Cuando vio que Kye trataba de incorporarse indignado, añadió —: Tienes una fiesta de Halloween que organizar con tu hermana, no tienes por qué salir de casa si no quieres, da igual lo que diga Miles, él no sabe nada de lo que ocurre; quizá la policía o, según tú, dos detectives salidos de una novela noir cutre ayuden a que te sientas más seguro.

Y, mientras, yo estaré aquí contigo, como hasta ahora, con nuestro tablero, nuestras fotos y nuestras notitas de colores.

Ambos se giraron a mirar el susodicho tablero, sin acordarse de que le habían dado la vuelta cuando Foster se había ido al Nexus, por si, en su ausencia, entraban civiles a casa y veían lo que no debían.

Kye se había reído de que usara el término «civiles» y le había contestado que eso eran ellos, dos aficionados que no sabían nada, y Foster había querido besarle la sonrisa, bebérsela, saborearla, quedársela para siempre.

—Llamaré a las Dos Eses mañana a primera hora —dijo volviendo al presente—, las pobres están hasta las narices de que las mande buscar localizaciones que no utilizamos. No han grabado ni un segundo de metraje desde que llegaron a Black Pines…

—Ni me acordaba de ellas —dijo Kye riéndose entre dientes—. Parece que hace un siglo que llegaste.

—Y me llamaste Edward Cullen.

—En mi cabeza te llamé otras muchas cosas, créeme.

Ambos sonrieron. Aunque tampoco tenía demasiada gracia, dado el vacío que sentía Foster cada vez que Kye lo invalidaba por no abrazar su sexualidad en público.

Era un baremo muy horroroso para medir a alguien.

Y era injusto. Porque Foster estaba haciendo —¡grabando para que quizá todo el mundo lo viera!

— un documental de un grupo queer y les había dicho que eran sus ídolos, sus ejemplos a seguir.

Les había dado las gracias por ser su refugio y su referente.

Y lo había hecho de forma orgánica, natural.

Sin pensar en las cámaras, en el mundo exterior ni en las consecuencias.

Así que sí, el baremo de Kye era injusto. Y sesgado. Y una puta mierda; eso era.

El escritor apoyó la cabeza en el respaldo y miró al techo. Suspiró varias veces, como si se estuviera armando de valor para decir algo.

«No», pensó Foster. «No te alejes ahora. No digas más cosas que no quiero oír».

—Respecto a lo que ocurrió ayer…

«No, no, no te arrepientas».

—No hace falta que… —empezó a decir, tratando de evitar el tema.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Tan bueno fue?

Kye trató de ocultarle la sonrisa; no lo logró.

—Lo fue, pero no te doy las gracias por eso, sino por pararlo a tiempo. Me sentía vulnerable y sé que hubiera ido a más, yo no hubiera sido capaz de echar el freno y… hubiera sido un error.

Un trueno sonó muy cerca. Hizo un ruido espantoso y Foster creyó que los cimientos del hotel temblaban con la fuerza de su eco.

Y esa exageración —porque lo era—, esa desmesura en el sentir que le salía de lo más profundo y que no entendía —porque no era posible, no era natural y no podía ser real—, lo acompañó durante el tiempo que tardó en ayudar a Kye a recoger la mesa y los restos de la cena.

Y lo hizo como una letanía repetitiva —«error, error, error»— cuando fingió estar agotado, se tumbó en el sofá con su edredón ensangrentado y cerró los ojos.