36. El sexto sentido
EL SEXTO SENTIDO
FOSTER
Era algo que notaba en la boca de la tripa.
Un nudo, un colapso, algo que no bajaba ni subía.
Una sensación que no se iba. Era como estar atrapado en un coche en medio de un túnel; sin luz, sin marcha atrás, sin salida.
Su madre decía que tenía un sexto sentido; bueno, en realidad, lo llamaba «tener la vista limpia», pero eso era porque pertenecía —según ella, siempre según ella y los recuerdos distorsionados de Foster— a una familia de santeros.
Foster no se acordaba bien de las historias de espíritus que le contaba su madre, pero en su adolescencia había buscado información sobre la tradición taína de Puerto Rico para averiguar más sobre sus antepasados.
Al final había concluido que él no tenía nada que ver con esa gente, que los espíritus de los que hablaban los precolombinos le daban mucho yuyu y que, aunque estaba orgulloso de ser medio boricua, él tenía corazonadas como el resto de gente normal.
Ni vista limpia, ni cosmovisión espiritual, ni pollas en vinagre.
Corazonadas simplonas de andar por casa.
Y en ese preciso momento estaba teniendo una de esas.
Algo no le cuadraba. Por suerte, Julia iba a hablar con Kim; aunque no fuera a revelarle todo.
Y Foster… se fiaba de eso lo justo. No sabía qué le contaría y sabía que lo haría en función de sus intereses personales y «superdesinteresados».
Y él necesitaba respuestas. Y a la vez necesitaba no asustar a Kye.
Y… eran demasiadas cosas para un descendiente de espiritistas boricuas y un productor cabrón que no sabía lo que era el amor.
Cuando terminaron de grabar y dejaron el Noir, Foster se acercó al pueblo a por la cena.
Apareció en casa media hora después con dos bandejas de sushi , un táper enorme de pelmeni que compró en el restaurante japonés-chino-tailandés-ruso del pueblo —se estaba acostumbrando a los pequeños pero exquisitos rincones fusión que tenía Black Pines— y una sonrisa convincente de «todo está bien, quizá un asesino en serie quiera matarte, pero no te preocupes, que este influencer está aquí para salvar tu mundo».
Ese día, antes de ir al Nexus, Kye le había pedido que se quedara con él mientras hablaba con Daniela y Oz sobre David.
Creyó que tendría que ayudarlo a respirar, a coger aire, pero lo cierto era que lo había llevado todo bastante bien.
Tanto Dani como el motorista fantasma le habían asegurado que, cuando David vio a Kye por primera vez y supo que era hijo de dos miembros de Queer Project, les contó toda la historia de su padre, del chantaje, y les rogó que no lo despidieran, que era casualidad que estuviera allí, que les juraba que no tenía nada que ver con un pasado que —también juraba— hasta su padre había dejado atrás.
Lo creyeron, pero al parecer Oz era muy paranoico con la seguridad de los suyos y estuvieron meses pendientes de David, de su padre, de la madre e incluso de un primo que vivía en Tennessee, aunque el porqué de eso último a Foster no le había quedado muy claro.
Kye les había reprochado cosas, les había hecho muchas preguntas y ellos las habían respondido —supuestamente— con sinceridad y un pelín de arrepentimiento. Pero solo un pelín, porque, según el motorista fantasma, no pensaba arrepentirse de las decisiones que había tomado para proteger a Kye.
«Ya», había pensado Foster. «Pues tampoco es que lo hayas protegido taaan bien, ¿eh?
». Aunque eso no se lo había dicho, claro, no había huevos.
Y quería dejar a Kye lidiar con ello por sí mismo.
Así que eso fue lo que hizo. Y el resultado fue más bueno que malo, aunque Kye se había despedido de ellos con cierta frialdad.
Por eso, cuando Foster llegó al apartamento con la cena y lo vio sentado en el sofá mucho más relajado, riéndose de algo que le había dicho su hermana, una sensación cálida se le instaló en el pecho.
Tenía una risa preciosa, melódica y vampírica —por su embrujo, su sensualidad—; muy masculina y a la vez de otro mundo.
Foster nunca creyó que se quedaría así por una risa, que haría poesía con una risa, pero quería sentarse en el escritorio de Kye y escribir versos interminables hasta el amanecer.
Se quedó mirándolos pensando en el beso de la noche anterior, en el sabor de Kye, en cómo lo había sentido duro y excitado contra su cuerpo.
Y se empalmó en cuestión de segundos. Ahí, con su dragon uramaki y sus raviolis rusos.
Como si no tuviera más preocupación que cuándo podría volver a tocarlo, a besarlo…
—Foster —le llamó la atención Eli, que debía de haber dicho antes algo que él no había oído.
—Perdonad. Estáis ahí tan guapos y tan… rubios...
Eli soltó una risilla y Kye sonrió mientras se apartaba el pelo y se lo colocaba detrás de la oreja. Era precioso…
—¡Foster! —Eli otra vez.
Qué vergüenza; estaba salido como un adolescente y hechizado como una damisela victoriana encontrándose con un vampiro británico en un callejón empedrado de Londres.
—¿Por qué estaba la puerta abierta? —preguntó cerrando con llave y echando el cerrojo.
—Porque estamos juntos. Y vosotros estabais en el Nexus. No hay nada que temer.
La mirada de «estás de coña» de Foster mientras dejaba las cosas en la isla de la cocina fue evidente, porque Eli sonrió y, caminando hacia él, añadió:
—¿Es que no has aprendido nada de mi hermano? El miedo con luces, cámaras y gente alrededor pierde parte de su efecto, se desgasta por sobreexposición visual.
—En serio, Eli, ¿cuántos años tienes?
—No es la edad, es la pertenencia a esta familia. ¿No has visto la primera peli de Expediente Warren ? Cuando llegan Ed, Lorraine, el cámara y el poli, se pierde parte del encanto, se rompe la intimidad del terror.
—Hum… No. Estuve acojonado en todo momento. Aún escucho las palmadas de las niñas en sueños.
Kye soltó una carcajada y Foster lo miró embelesado.
Cuando logró desviar la vista, descubrió cómo lo observaba Eli —con una sonrisilla y una ceja alzada— y se aclaró la garganta.
Había llegado el momento de dejarse de miraditas y exponer los hechos horrorosos. Luego, quizá, cuando estuvieran solos…
—¿Foster?
«Joder».
—Sí, ya… Esto… Vamos a cenar. Luego tú —dijo señalando a Eli— tienes que pasarte por casa de Jax. Quieren contártelo ellos.
Cuando Eli empezó a protestar, Foster la miró con cariño —porque lo sentía, era real—, pero, con voz firme, le dijo:
—Son temas delicados, de familia. Saben que la han cagado por no haberos contado nada hasta ahora y quieren enmendar su error, estrechar lazos, sincerarse.
—Pero ¿hasta el punto de que no me lo puedas contar tú?
—Es que son conjeturas, idas de olla, quizá; sobre todo mías. Quieren hacerlo ellos. Jax y tu padre. A tu madre se lo han prohibido. Como a veces es un poco visceral…
—A veces, dice. Vale.
Entonces, embutiéndose tres makis en la boca, Eli dijo que se iba.
Le podía el ansia. Y Foster lo entendía.
Pero no podía dejar que se fuera sola. Así que, tras hacerle prometer a Kye que cerraría la puerta con el cerrojo ese de libro de miedo, se llevó a la pequeña de los Colton a su hogar disfuncional.
A la vuelta, mientras cenaban —bueno, Kye pareció ir perdiendo el apetito a medida que la cinta avanzaba—, Foster conectó la cámara a la televisión y le mostró la realidad sin adulterar.
—¿De verdad crees que hay alguien detrás de sus muertes? —preguntó Kye al terminar, un poco pálido, un poco vampiro.
—No lo sé, y siento traer toda esta mierda —dijo Foster, girándose en el sofá y poniéndole una mano en la pierna.
Aunque habían empezado a cenar sentados a medio metro de distancia el uno del otro, Kye ya estaba casi encima de él. Y en cualquier otra circunstancia Foster se alegraría, se maravillaría. Pero no en esos momentos. No le gustaba palpar su miedo de forma tan evidente.
—Tú no tienes la culpa —dijo Kye en un susurro.
—Un poco sí, ¿eh? He venido aquí a grabar un documental y esto se está transformando en otra cosa.
Y no sé hasta qué punto es bueno que te haga partícipe de todo.
Cuando te conocí tuviste un ataque de pánico, hemos gestionado un par desde entonces.
Más flojos, es cierto, pero tu salud mental pende de un hilo y me da la impresión de que yo sostengo uno de los extremos.
—No es cierto. Si sostienes algo es mi cordura.
Me mantienes a flote, ¿sabes? Sé que suena ridículo, no nos conocemos lo suficiente, y ni siquiera estoy seguro de que me gustes —matizó.
Sin embargo, ante la mueca de Foster, le puso una mano en la rodilla y, con una pequeña sonrisa, añadió—: Pero que seas honesto conmigo, que me cuentes la verdad de la forma que lo haces, a pelo y sin lubricante, me ayuda.
No creí que pudiera hacerlo, porque el miedo tiende a treparme por la garganta y a cortarme la respiración, es una sensación angustiosa con la que vivo desde hace un tiempo. Pero, no sé, investigar contigo…
Foster le apartó el pelo de la cara, se lo colocó detrás de la oreja, le acarició la mejilla.
—Es una confesión muy humana y muy honesta.
—Siempre soy honesto; tú eres el único que alguna vez me ha acusado de lo contrario.
—Quizá soy el único con el que te comportas así.
—¿Cómo?
—Con esa superioridad moral.
—Hace mucho que no te digo nada —contestó Kye, serio, mirándolo con intensidad.
—Lo que no quiere decir que no lo pienses.
Que no lo negara apenó a Foster. Y «apenar» era un verbo raro en el que nunca había pensado, dudaba que alguna vez lo hubiera usado, pero eso fue lo que sintió.
Pena. Porque hiciera lo que hiciera, una vez más, parecía no ser suficiente.
No lo era con su padre, no lo era con su público, no lo era con Kye.