35. [Rec]3
FOSTER
La luz de la mañana no había arrojado nada de luz sobre la situación. Una especie de sol, que parecía avergonzado por tener que convivir con tanta lluvia y les pedía perdón con sus rayos tímidos y tenues, lo único que hizo fue avisarlos de que era muy temprano.
Foster logró que Kye se fuera a la cama —se habían quedado dormidos en el sofá tras terminar Seven y empezarla de nuevo con los comentarios del director—, donde se durmió tres horas más mientras él preparaba las preguntas que haría a Queer Project ese día.
Habían quedado a primera hora de la tarde en el Nexus, pero esa vez Kye no iría.
Se quedaría en el apartamento con las cortinas cerradas, la puerta cerrada, el espejo cerrado y el alma…
en vilo. Iba a escribir, le había dicho.
A Foster le había costado que cediera y no se plantara en el Nexus con su belleza y beligerancia; no sabía si insistía en ir por hacerse el valiente, porque de verdad lo era o porque, a pesar de la ansiedad, no saber qué estaba pasando lo aterraba más.
Así que habían llegado a un acuerdo: se quedaría en casa, a solo unos metros de ellos, y, al acabar, Foster le contaría todo.
Y, si hacía falta, reproducirían en la tele grande la entrevista entera.
Luego habían escrito a Eli para decírselo, y ella —risueña y alocada como era— les había preguntado si podía pasarse también y llevar palomitas. Qué familia. A veces resultaba difícil recordar que esa niña tenía diecisiete años.
Así que Foster había ido al Nexus solo, y era donde se encontraba en esos momentos, escuchando a los tres integrantes de Queer Project tocar una versión de Paint It, Black, de The Rolling Stones.
Julia tenía una voz potente, áspera, orgásmica; su forma de cantar y el ritmo que le marcaban Jax y North se alejaban de la rapidez y la urgencia amarga de los Rolling y le daban un toque R era un vacío lento que se te clavaba en el pecho.
Igual que al escritor de novelas de terror que habitaba aquellas paredes, a los miembros de Queer Project parecía relajarles abstraerse en otros mundos; cambiaban monstruos por acordes prestados, porque —y eso podía ser una invención de Foster, no creía conocerlos tanto— lo que los hacía desconectar eran las canciones de otros, no las suyas.
Era curioso, aunque quizá razonable; tal vez las suyas contenían emociones excesivas, recuerdos dolorosos y ausencias gigantescas.
Eran un grupo roto y sin rumbo, versionar a ídolos dolía menos.
En cuanto habían llegado al Noir, les había contado lo del coche y los cuatro habían salido a comprobar que, efectivamente, estaba ya asomando por la primera de las ventanas del apartamento de Kye.
Habían quedado en que North se lo llevaría en cuanto terminaran y lo aparcaría en su calle.
Jax hasta quería hacer turnos de vigilancia con prismáticos. Eran unos tarados adorables.
Unos tarados que —además y sobre todo— eran estrellas del rock , así que, al volver a entrar al Nexus, se habían subido al escenario, sin pensarlo y de forma instintiva, a exorcizar unos cuantos demonios mientras Foster preparaba las cámaras y la iluminación.
Cuando bajaron y se colocaron en sus respectivos sitios —como si de un desfile ensayado se tratara— empezaron las preguntas. Directas, a saco, destinadas a que Foster averiguara lo que quería.
Empezaron hablando de West; habían puesto de fondo el segundo disco de Queer Project y sus melodías los acompañaron durante toda la conversación, triste y desgarradora porque incluso los recuerdos divertidos se le clavaban a uno bien dentro al notar la ausencia de varios de sus protagonistas.
—West nunca se pudo quitar la culpabilidad de encima —dijo North refiriéndose a la noche que murió Ted Barrett—. Siempre estaba diciendo que lo había matado, que había muerto por su culpa. Se convirtió en una obsesión, sobre todo en los días previos a su propia muerte.
—¿Creéis que por eso se… suicidó? —le costó preguntarlo, se le atascaron las palabras, que le salieron a trompicones, como un corazón latiendo de forma arrítmica contra una frágil caja torácica.
—No. Sí. No lo sabemos —contestó Jax confundido, apesadumbrado.
Era tremendo cómo pesaban las presencias del pasado—.
Su muerte nos pilló muy desprevenidos. Llevaba años sin consumir, incluso daba charlas y repartía comida por East Hastings Street.
—Jax tenía los ojos llorosos, Foster también.
Daba igual que no lo hubiera conocido en persona, el rubio de pelo largo y sonrisa perpetua que en mil novecientos noventa y tres se había besado con un hombre en la televisión nacional en hora de máxima audiencia era un puto ídolo y, al parecer, una gran persona—.
Algo tuvo que pasarle, algo que no nos llegó a contar.
Quizá la culpa se hizo muy pesada… Y la mera idea me mata cada día un poquito.
Porque no pude ayudarlo, no estuve ahí para él.
—No pienses así, Jax; no lo hagas, por favor —dijo North, llevando una mano a la nuca de a su novio y dejándola ahí, acariciándole el pelo.
—Os separasteis justo después, ¿verdad? —A Foster le costó hacer la pregunta. Entre otras cosas, porque lo sabía perfectamente, la verbalización era por la puesta en escena, por continuar con la grabación; y se sintió sucio.
—Sí, su muerte nos hundió. No fueron meses fáciles; y justo cuando decidimos volver, sacar lo que teníamos grabado con West más cuatro temas nuevos, pasó lo de Jon y Maryon.
—¡¿Ibais a volver?! —La sorpresa mitigó un poco el sentimiento de culpa por preguntar en demasía, indagar en demasía, hacer espectáculo de miserias en demasía.
—Sí, habíamos cerrado un concierto en Vancouver y otro en Seattle.
Teníamos pensado marcar un calendario de directos y sacar un disco doble con parte de estudio, con West a la batería, y parte en vivo.
El día que Jon y Mar murieron habíamos quedado en Victoria para para organizar el disco y celebrarlo.
Íbamos a comer en Il Terrazo, el restaurante favorito de West, para recordarlo, para que, de alguna forma, estuviera presente. Pero ellos nunca llegaron.
Hablaron un rato entre ellos, recordándolos, llorándolos. Pero la mente hiperacelerada y hasta los huevos de pérdidas de Foster veía conspiraciones y vendettas por todas partes. Así que, sin poder contenerse, preguntó:
—¿No hubo nada extraño en la muerte de Jon y Maryon?
Julia, Jax y North lo miraron durante unos segundos sin decir nada. ¿Les habría ofendido?
—No —contestó Julia, pero fue un «no» titubeante, para nada firme. Y ella era firmeza y poder, era inusitado escucharla dudar.
—Bueno… —intervino North, a quien costaba ver en esta faceta más seria—. Cuando encontraron los cuerpos… Jon iba al volante, lo cual era raro, ya que siempre conducía Maryon. Jon fumaba bastante hierba cuando componía, y en aquellos días estaba creando a tope.
—¿En serio decís esto ahora? —preguntó Foster escandalizado.
No sabía por qué, pero estaba… rabioso. Se sentía… indefenso. Algo fallaba, algo no estaba bien, y, aunque su instinto hubiera estado dormido mucho tiempo, lo tenía; y confiaba en él. Y algo le arañaba el cerebro queriendo salir. O entrar. Pero estaba ahí, pidiendo atención.
—Lo comentamos; en su día, entre nosotros —contestó Jax.
Si estaba molesto por el tono de Foster, no lo mostró—.
Pero estábamos pasando un mal momento. Destrozados.
Bebiendo como si no hubiera un mañana. A veces creíamos que no lo había.
Julia llegó a decir que íbamos a morir uno a uno…
—Se miraron—. Y no entendíamos por qué; qué habíamos hecho mal, qué horrores habíamos infligido al mundo para merecerlo.
Queríamos ahogar esos pensamientos intrusivos, la pena, el dolor y la incomprensión.
Y nos escondíamos los unos de los otros.
Nos separamos, nos separamos de verdad por primera vez en la vida.
Yo me vine a Black Pines. Me alejé de todo.
—Por suerte, te seguimos —añadió Julia—. Pero fueron varios meses muy oscuros. Fue la peor época de nuestra vida. Y encima yo estaba embarazada de Westy.
North le tendió una mano y ella se la cogió sin dudar. Aunque con mala cara, todo fuera dicho.
Y volvieron a ese lugar sombrío durante unos minutos. Y Foster los dejó acampar un rato en silencio, pero luego quiso intervenir.
—Lo siento. Lo sentí mucho en su día. Había construido mi identidad en base a vosotros, a vuestro mensaje; y vuestra presencia era el pilar de mi vida secreta, del yo que quería ser y no era.
Y cuando murieron… Primero West, luego Jon…
Joder, y Maryon, me siento insensible por no mencionarla más, por no pensar en ella…
—Foster se pasó las manos por el pelo—. Sé que mi pena no es comparable a la vuestra, pero creo que hablo en nombre de todo el fándom cuando os transmito mis más sinceras condolencias.
Tras un par de sonrisas débiles, un asentimiento por parte de Julia y un silencio que se prolongó demasiado en el tiempo, Jax se levantó, se subió al escenario y se pasó la correa del bajo por detrás de la cabeza.
—Así que ambas muertes fueron… en extrañas circunstancias —no pudo evitar decir Foster—. Jon nunca conducía, pero ese día lo hizo, y West… —titubeó— murió de una sobredosis cuando llevaba años sin drogarse.
—Tres años limpio —contestó North—. Mi hermano llevaba tres años sin consumir absolutamente nada. Ni siquiera bebía. Ni una cerveza. Nada. Agua con gas y una rodaja de limón.