Hotel Noir 34. Mi corazón es una motosierra #2
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34. Mi corazón es una motosierra #2

Se despegó de él como pudo y se sentó sobre sus caderas.

Fue duro, durísimo; podrían darle un premio por hacer algo tan difícil.

En cuanto se supiera, hasta pondrían una foto suya en el diccionario junto a la palabra «contención».

Y junto a «gilipollas» también, probablemente.

Bajó un poco por sus piernas, para que ninguna parte con riesgo de arder en combustión espontánea se rozara, y se apoyó sobre su muslos.

Kye seguía aturdido, mirándolo sin entender.

Motivo por el cual Foster sabía que no se equivocaba al haber parado tan magnífico beso.

—¿Me estás rechazando? —preguntó Kye con los ojos empañados por las ganas.

Era la viva imagen de la lascivia y la sensualidad.

Seguro que en esa reforma del diccionario donde Foster definiría la contención y el gilipollismo , el rubio ahí tumbado con su pelo largo, sedoso y casi blanco extendido sobre la almohada iría como imagen anexa a «sensualidad», «belleza», «deseo» y todos sus posibles sinónimos.

—¿Rechazarte? No creo que pueda asociar un acto tan humano a algo relacionado contigo. Pero siento que me estoy aprovechando, que no estás donde tienes que estar…

—Estoy aquí. En la cama. Contigo. Donde has querido tenerme desde el principio, ¿no?

La bruma daba paso a la hostilidad, como siempre que se sentía inseguro. O como siempre que se acordaba de quién era Foster King, de la imagen que vendía al mundo. Era una lucha constante. Con él, consigo mismo…

—Digo tu cabeza. —Foster llevó una mano a su sien y le dio unos golpecitos. No dejaría que su furia escalara más—. No pienses ni por un segundo que no es aquí donde quiero estar, porque tienes razón, ha sido así desde el principio. Pero no de esta forma.

Como Kye iba a rebatir, a levantarse, a luchar, luchar, luchar…, Foster se sacó el móvil del bolsillo de atrás y, en un atrevimiento, buscó una lista de reproducción que sabía que sería como respirar hogar. Kye era un turbio, e incluso su lugar feliz era la casa de los horrores para el resto.

Los primeros acordes de la Suite para orquesta n.

º 3 en re mayor de Bach llenó los altavoces y la mirada de Kye.

Lo calmó, como a una bestia. Había agradecimiento —una vez más— en sus ojos azules.

Pero era distinto. No era un «te debo una y por eso te como la boca y lo que haga falta»; era más un «no puedo creer que sepas tanto de mí en tan poco, pero gracias».

Y en ello estaba Foster: maravillándose de los cambios en la expresión de Kye; aún sentado sobre él; escuchando las gotas de lluvia que repiqueteaban contra el cristal como pequeñas piedras.

Entonces alzó la vista y un rayo iluminó el cielo y los árboles oscuros, que se contorsionaban ante el fuerte viento. Y algo más, ahí fuera había alguien.

Foster no lo pensó, salió corriendo hacia la puerta que daba al jardín trasero con el móvil en la mano y descalzo, la abrió de par en par, rodeó la parte de atrás y giró hacia el lateral de la casa, donde le había parecido ver a una figura con una capucha impermeable.

Encendió la linterna del móvil, le temblaban las manos, le costó; las ramas y piedras se le clavaban en los pies, frías, de filos puntiagudos, aunque no tan punzantes como el miedo que le apretaba el corazón.

Iluminó lo que pudo con el alcance del teléfono, giró sobre sí mismo, frenético, buscando, temiendo encontrar. No veía nada más que el coche que estaba… más cerca del jardín trasero que nunca, tan cerca, que ya se veía la parte de atrás desde la ventana. Kye podría verlo…

Foster respiró hondo varias veces, dispuesto a fingir estoicidad, a fingir que no pasaba nada.

Si Kye miraba por la ventana y lo veía actuar con terror, se asustaría más, y eso era algo que no podía permitir.

Así que, con los ojos empapados de lluvia y oscuridad, aparentó no estar acojonado y siguió iluminando a su alrededor.

Rodeó el coche; veía poco, imaginaba mucho: presencias, cuchillos, máscaras incas de serpentina verde como la del día del accidente, como la del libro.

Caminó por el lateral hacia la parte de delante del hotel, hacia lo que era el Nexus; un trueno sonó en la distancia y le retumbó en el pecho.

Intentó coger aire, seguir iluminando lo poco que la linterna le permitía.

No vio nada y, calado y asustado como estaba, decidió volver a casa, a Kye, al calor, a la seguridad.

Al día siguiente en cuanto amaneciera comprobaría lo del coche y haría algo al respecto.

Al día siguiente, cuando la noche no tratara de engullirlo.

Nunca los árboles le habían parecido más humanos y más atemorizantes.

Se encontró a Kye sentado —o lo que fuera aquella postura— en el brazo del sofá más cercano a la puerta; estaba como de cuclillas con los pies descalzos casi al borde y las rodillas contra el pecho; no creía que esa imagen de Kye Colton la hubiera visto alguien en los últimos tiempos aparte de él; si es que alguna vez había mostrado tal vulnerabilidad; esa fragilidad casi porcelánica; ese miedo vivo cuyas garras eran visibles en su piel; esa mirada que delataba que todo él era fachada.

Que de cara a su familia fingía ser fuerte, tener control sobre sí mismo o incluso sobre las circunstancias; era borde y sarcástico, agresivo, incluso, para que nadie atravesara esa coraza y viera que por dentro estaba en carne viva y desangrándose.

Y no le diría, no en esos momentos, que quizá su miedo fuera fundado, que quizá la situación era peor de lo que creían, que quizá sí había alguien que quería hacerle daño.

Lo cogió en brazos —sin pensarlo, y Kye tampoco lo analizó en exceso, dado que se agarró a su cuello— y lo llevó al sofá frente a la enorme tele en la pared. Lo dejó caer, le pasó el mando y le dijo:

—Voy a lavarme los pies, que mira como estoy, parezco un hobbit ; y a coger unas cervezas, pon Seven .

—¿En serio no me vas a decir qué ha pasado? ¿Qué has visto?

—He visto nada. Así te lo digo. Los árboles se mueven como si estuvieran vivos, es pavoroso. Deberías salir a inspirarte un poco. Yo te pongo Puccini por la ventana, no te preocupes.

Kye lo miró con suspicacia. Era lo bastante listo para dejar el tema y huir de la realidad; a escapar nadie le ganaba. O a esconderse; aún no le había quedado claro qué término usar.

Foster se lavó los pies, respiró hondo frente al espejo dos o tres veces, cogió unas Bud del frigorífico y se sentó con Kye.

Y mientras la secuencia de apertura —obsesiva, opresiva y decadente— lo llenaba todo menos el mínimo espacio entre ellos, Foster no le dijo que no podía dejar de mirar las ventanas y que en su peregrinaje al baño y a la cocina había comprobado que todo estaba totalmente cerrado. A la ida y a la vuelta. Dos veces.