34. Mi corazón es una motosierra
MI CORAZÓN ES UNA MOTOSIERRA
FOSTER
—Eh, respira, venga —dijo Foster, tumbado en la cama al lado de Kye mientras trataba de relajarlo con caricias circulares en la espalda.
La bomba de que David era el hijo de un roadie borracho con tendencia al chantaje no había supuesto una explosión excesivamente potente; había sido más como un rasguño de una bala pasando de refilón cerca de la mejilla, un sonido sibilante, un rasponcito con apenas sangre y varias preguntas: «¿Cómo es posible? ¿Y qué os dijo? ¿Oz lo sabe? ¿Dani?».
Las respuestas a esas preguntas sí habían tenido una onda expansiva más potente.
Porque venían a decir que dos personas a las que Kye quería muchísimo le habían ocultado información.
No era una información vital, ni siquiera pertinente a ningún efecto: un chico había encontrado un trabajo que le apasionaba y la sombra de su padre podía arruinárselo.
En principio no había nada dañino, nada en contra de Kye, nada por lo que informar a Kye.
Y, de hecho, Foster no creía que aquello hubiese desencadenado su ataque de ansiedad.
Daba la impresión de que a Kye le costaba asumir que, una vez más, su presente se sujetaba sobre mentiras del pasado; y las mentiras eran un pilar débil y tambaleante, incapaces de sostener todo su peso.
Pero lo que creía que había sido el detonante de su respiración acelerada una vez habían entrado en casa —se había cuidado de que nadie más lo viera— había sido la revelación de que, si descartaban a David y a su padre como posibles sospechosos, el cerco se estrechaba, y lo hacía alrededor de caras conocidas y de inseguridad.
Al salir del Nexus, Foster se había quedado atrás para preguntarle a North si era él quién estaba moviendo el coche. No aguantaba no saber, desconocer el motivo. ¿Era algún tipo de presión? ¿Algún tipo de mensaje por descifrar?
North lo había negado y, tras intercambiar miradas de preocupación con Jax y Julia, los tres se habían despedido, intranquilos, quedando para hablar al día siguiente.
Cuando Foster volvió a casa, se encontró el espejo abierto y a Kye respirando con dificultad contra la pared.
Tenía los ojos cerrados, el pecho le subía y le bajaba de forma evidente, y abría y cerraba las manos en un intento por controlar lo que le ocurría.
Con cuidado, hablándole en voz baja y —en un principio— sin atreverse a tocarlo, Foster intentó reconducir sus inhalaciones, relajarlo.
Kye terminó por cogerle la mano y apretársela, aferrándose a él de tal forma que a Foster le pareció que estaban cerrando un vínculo, atando un nudo tan fuerte que sostendría el peso del mundo.
Una falacia, lo sabía, pero el acto lo llenó de determinación, y, sin dejar de hablar, lo condujo hacia su enorme cama de colcha verde.
Y ahí estaban, Kye tumbado de lado y Foster sentado detrás, acariciándole la espalda con una mano y con la otra sosteniendo Mascarada , leyendo y comentando cada cosa que leía.
Kye no había dicho nada hasta ese momento, pero su respiración era más regular.
—«El vacío se cernió sobre Juniper, negro, silente y opaco, como la nada más absoluta» —leyó Foster—.
No sé qué va a pasar, no, no me lo digas.
Pero no muere, esta reina no puede morir.
Tiene que encontrar a Silas, al que, por cierto, tengo que conocer.
Voy a comprarme los libros anteriores; que también me los podías regalar tú, ¿eh?
Y dedicármelos. Podrías poner: «Para la luz que alumbra mis días»; o algo así superintenso y veraz .
Kye se rio entre dientes y Foster se sintió tan satisfecho que creyó que quizá fuera él quien empezara a respirar con dificultad.
—Gracias —dijo Kye muy bajito.
Hubo un rato de silencio. Ambos lo necesitaban para procesar tan poderosa palabra. Luego, Foster quiso saber:
—¿No tienes pastilla de rescate para estas ocasiones?
Kye se giró y se puso bocarriba, todavía sin mirarlo.
—Tengo. Pero no hago uso de ella. Me hace sentir que no controlo, y eso… me debilita.
—¿Puedo hablar con sinceridad?
—¿No lo haces siempre? —La ceja alzada de Kye decía casi más que la propia pregunta.
—Lo que te debilita es no tomártela, porque te hace parecer idiota. Si alguien con el corazón frágil, o con arritmias, por ejemplo, no tomara… betabloqueantes, sería tachado por cualquiera de gilipollas, de suicida, incluso. ¿No?
—No tengo el corazón frágil. Mi corazón es una motosierra —dijo con un amago de sonrisa que Foster no entendió. Sería una referencia de terror de las que se le escapaban. Bastantes pillaba, para lo inculto que era en la materia.
—Pero tienes algo resquebrajándose ahí dentro que necesita recomponerse.
—Si en algo coinciden mi psiquiatra, la que me empastilla, y mi psicólogo, el que me miente, es en que no tengo nada roto. El trauma me dejó cicatriz donde antes había piel. Pero no hay rotura.
—Eres un pedantillo, pero luego metes estas frases en tus libros y quedan muy bien —le dijo Foster guiñándole un ojo.
Kye sonrió un poco; un poquito nada más.
—¿He de recordarte que cuando me conociste me llamaste escritorucho?
Se miraron durante unos instantes. Se sonrieron.
Se miraron un poco más. El cielo se iluminó con un rayo que hizo que ambos dirigieran la vista hacia las ventanas.
Las gotas de lluvia golpeaban con furia, querían entrar, como Foster en ese corazón motosierra, aunque lo degollara.
Y era precipitado, apresurado, imprudente.
Pero eso quería. Entrar. Coger ese corazón dentado y cuidarlo, sanarlo, protegerlo.
¿Qué locura era aquella? ¿Qué atropello al sentido común, al tempo que requieren las cosas que importan?
Un trueno hizo que Kye se estremeciera y que Foster le llevara de forma inconsciente una mano al pelo.
Quizá se lo acariciara sin saber que lo hacía, quizá enredara un mechón entre sus dedos, pero no podía asegurarlo, porque en el mismo momento en que Kye se incorporó, le puso una mano en la nuca y tiró de él hacia abajo, Foster dejó de ser consciente de todo.
De los rayos, de los truenos que se acercaban sin remedio en una tormenta tan incontrolable como lo que estaba a punto de suceder.
Y entonces, sus labios rozaron los de Kye en lo que parecía que sería —a juzgar por el agarre férreo en su cuello— un beso agresivo y demoledor, pero que fue todo lo contrario. Fue tentativo, pasión contenida, dulzura. Agradecimiento.
Foster no quería un beso de agradecimiento, no quería ser eso; una boca a mano, una manera de demostrar que se estaba vivo, un alivio.
Quería comérselo entero, beberse hasta su última gota, dejarlo con ganas de más.
Quería dejar huella, una mano incandescente en su piel, su sabor impregnado en cada parte de su ser.
Y sabía que debería apartarse. Tarde o temprano lo haría.
No porque temiera que el escritor que olía a frío, a otoño y a algodón de azúcar fuera a arrepentirse —sin duda lo haría; no era un temor, era una certeza—, sino porque no quería aprovecharse de una situación que, aunque idílica para él, era desacertada en todos los demás aspectos.
El nombre de Miles acababa de mencionarse, Daniela había hablado de cómo el psicólogo había aprovechado las horas bajas de Kye para meterle la lengua hasta la tráquea.
Él no quería eso. No quería aprovecharse de la vulnerabilidad de ese ser precioso que, aunque pareciera un vampiro clásico, en aquellos momentos era más una víctima de uno de sus slasher , corriendo por su vida y tomando decisiones basadas en el miedo y el frenetismo.
Sin embargo, a pesar de ser más que consciente de todos esos peros, no pudo evitar deleitarse unos segundos más en ese beso que era caricia y era deseo.
En la suavidad de los labios de Kye, en como su lengua —rosada y cálida— lo acariciaba con descaro y timidez, con ansia y contención.
Era fuego y era ganas de más, y fueron esas ganas de más las que motivaron a Foster a atrapar su labio inferior entre los dientes, a gemir cuando Kye intensificó el beso, a caer sobre él en un impulso que no estaba preparado para controlar.
Sus cuerpos duros pegados, manos en el pelo, dedos en la nuca, jadeos.
Foster había tenido rollos secretos con hombres.
Pero no se había deleitado de verdad en ninguno de ellos.
Siempre temeroso, a veces avergonzado, casi nunca con tiempo suficiente.
Pero esa vez, con Kye Colton en sus brazos, quería tener una eternidad.
Quería sexo y quería abrazos, quería risas, música y pelis de terror.
Quería cenas en los troncos que eran mesas y que demostraban su predestinación y…
Quería tantas cosas… Pero ninguna de ellas era eso que estaba pasando en ese momento.
Ese beso nacido del pánico, de la cercanía y la seguridad.
Y podía ser que estuviera loco por hacer lo que iba a hacer, alegaría demencia transitoria y luego se daría de cabezazos contra la primera pared que pillara, pero no podía seguir. No así. Tenía que detenerlo.
—Ey, Kye, espera.
Kye no lo hizo; de hecho, hizo todo lo contrario: enredó sus lenguas y le invitó a bailar una danza sugerente que solo podía culminar de una forma apoteósica, triunfal, sublime, como el Vincerò ! del Nessun dorma que su escritor de terror favorito no se cansaba de poner.
Volvió a intentarlo.
—¿Qué? —Kye parecía perdido, flotando en el mismo mar en el que Foster estaba. Pero tenía que ser fuerte; si quería que aquello fuera algo más, tenía que serlo.