Hotel Noir 32. The Black Tapes
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32. The Black Tapes

THE BLACK TAPES

FOSTER

Tras las confesiones a corazón abierto de la mañana anterior, Kye y él habían pasado el día escuchando viejas cintas de Queer Project; las que le había dado Jax junto con la pequeña grabadora.

Foster empezó por la primera de ellas, una de mil novecientos noventa y tres en la que Jon, West, North, Julia y Jax —aún adolescentes y llenos de vida— hablaban de lo lejos que querían llegar; soñaban entre risas y vino barato —a juzgar por los comentarios y el balbuceo del final— con influir y ayudar a cada persona queer perdida, escondida o necesitada.

Grandes propósitos. Cumplidos, en el caso de Foster, ya que, aunque fuera en silencio —como el cobarde que siempre había sido—, esas cinco personas le habían cambiado la vida con su música; no, con su mera presencia en el mundo.

Le habían cantado que había más como él; le habían gritado que merecía que lo quisieran sin necesidad de cambiar nada, que no era el resto quien lo definía, sino él mismo.

Foster no había actuado en consecuencia, no había hecho una puta mierda más que esconderse tras un personaje, pero por dentro, en sus entrañas y en su alma, era aquello que un grupo de cinco inadaptados le había dicho que podía ser.

Y les debía tanto…

Tanto…

Estaba sentado en el sofá con los ojos cerrados, disfrutando —y al mismo tiempo sufriendo— lo real que era todo.

Los minicasetes, con el mes y el año escritos a mano por alguno de los miembros del grupo, eran tan retro y tan cercanos que dolían, igual que escuchar las voces de Jon o West, personas que él había conocido como ídolos, como estrellas, pero que hablaban con sus amigos —su familia— como si estuvieran a su lado, como si aún estuvieran allí.

Y sus voces y frasazas —sus chorradas, incluso— lo impregnaban todo.

Igual que el olor a albahaca y cebolla que flotaba en el aire porque Kye había preparado pasta para comer, según él para que no lo acusara de solo ofrecer a sus invitados cerveza y cacahuetes; lo había dicho tal cual, un poco a la defensiva, para que no pareciera una situación cómoda y hogareña, Dios librara al escritor beligerante de hacer algo medio doméstico y cómodo con él; o eso seguía pensando Foster cuando notó una mano en su pelo y abrió los ojos para ver a Kye sentado a su lado, quitándole un auricular, mirándolo con la cabeza apoyada en el respaldo, muy cerca de él, a través de una cortina de pelo rubio que le cubría el lado izquierdo de la cara.

Era la viva imagen de la vulnerabilidad, de la belleza extrema.

No había vuelto a tener ningún otro ataque de pánico, pero siempre estaba al borde. La ansiedad era una presencia pegada a él, como un monstruo negro y pegajoso cargado a su espalda, no uno de esos que escribía pero no le aterrorizaban; uno incontrolable, pesado y feo.

Por eso Foster se había pasado toda la comida hablando de Mascarada , del libro anterior, del siguiente…

Kye, en un principio, había querido que comieran separados —así, con dos cojones—, pero habían acabado sentados en los taburetes de la isla de la cocina y en una de las conversaciones más relajadas que jamás hubieran tenido.

Kye era tensión, vivía en alerta, en un estado de nervios constante. Y era normal, dadas las circunstancias. Pero también tenía que ser agotador.

—¿Puedo escuchar? —preguntó, aún sosteniendo uno de los cascos lejos del oído de Foster.

—¿Quieres? ¿No será muy…?

—¿Doloroso? Sin duda; recordarlos siempre lo es.

—Recordar implica olvidar; y no creo que tú hayas olvidado un segundo de esta gente.

—Son mi familia. Disfuncional que te cagas, pero es lo que tengo. O lo que tenía.

Se sonrieron; más o menos, lo de Kye fue más una mueca, pero flotó en el tiempo y en el espacio igualmente. Muy alto.

Foster desenchufó los cascos y ambos se metieron —sin sumergirse, sin ahogarse— en las aguas del pasado.

En las declaraciones de Jon sobre la mujer de su vida, Maryon, corista de Queer Project y su compañera de vida y muerte.

«Ella es quien pone voz a mis sueños», decía.

«No concibo una vida sin ella, igual que no concibo una vida sin música.

Porque yo soy música, pero ella es cada nota que forma mi ser».

O en las palabras de West Colton en una entrevista de mil novecientos noventa y ocho tras un concierto en Los Ángeles: «Dejamos nuestra identidad en cada canción, en cada nota, y queremos que el público se empape de ello.

Que las ovejas negras vean que no están solas, que no tienen que ser blancas, que son quienes son y que pueden hacer su propio rebaño».

Más que palabras eran flechas directas al corazón, a la misma esencia de uno; de tantos.

Pasaron horas medio tumbados en el sofá, muy cerca uno de otro, con sus pies descalzos —el nuevo fetiche de Foster, al parecer— y rozándose constantemente.

Era curioso cómo Kye a veces rechazaba su mera presencia y otras, sin embargo, le hacía sentir que estaban solos en el mundo, en calma en una tormenta, seguros en medio del caos.

Era calidez, suavidad y silencios cómodos.

Silencios llenos, con voces del pasado viajando al Black Pines del presente y sumiéndolos en una especie de burbuja de nostalgia.

O así fue hasta que a Foster le sonó el móvil; un mensaje.

—Creo que tu padre está enfadado —le dijo a Kye parando la cinta del noventa siete, una en la que Julia hablaba de su primer éxito, Live My Way —. Me ha mandado un mensaje todo en mayúsculas. «Mañana a las seis en el Nexus», dice.

Kye se rio entre dientes.

—Cuando manda mensajes desde el portátil escribe siempre así. Se le ha bloqueado la tecla de mayúsculas. Bueno, yo creo que se la bloquea Jax para echarse unas risas.

Foster lo miró, fascinado con su sonrisa; fascinado con que Jax, ese pedazo de hombre que hacía canelones de atún y vivía su historia de amor más potente a los cuarenta y seis años, le tocara los huevos así al Vikingo, tío bueno de la vida por excelencia.

Y porque llevaba horas sumergido en ellos, sus charlas, sus risas, la relación de todos con todos, también olvidó durante unos minutos que esa gente guardaba secretos horribles de vidas truncadas y amenazas anónimas.

—¿Quieres verlos? ¿Ya estás listo? —le preguntó a Kye, que seguía a su lado y miraba el anochecer que se colaba en tonos azules oscuros por las ventanas.

¿Cuándo se había hecho de noche?

—No, quiero que los veas tú; que sigas con el documental. Que si hay que resolver algo se resuelva y pasemos página. Antes le he mandado un mensaje a Jax para darles luz verde.

—¿A Jax?

—Es al que antes perdono.

—No sé si eso le gustará.

—¿Por qué lo dices?

—Porque…, no sé, ¿no es como si te importara menos?

—A veces creo que me importa incluso más. Jax es una grandísima persona. Lo quiero mucho.

Ambos se quedaron un rato callados, mirando por el ventanal lateral, escuchando la nada.

No se oía ni el viento del exterior que otras noches había azotado árboles y cristales.

Todo estaba en completo y absoluto silencio.

Y era apacible, pero, en cierto modo, también era inquietante, y no solo por esa ausencia de ruido, sino porque, aunque Foster no se atrevió a verbalizarlo —quizá se equivocaba—, le pareció ver un poco de la parte de atrás del Plymouth de Kye por la ventana.

¿Cómo era posible?

¿Qué pretendía North, si era él quien lo estaba haciendo, presionando a Kye de esa forma?

Así que, con un mal presagio rondándole la mente, Foster reanudó las cintas.

Kye no se negó; todo lo contrario, se acomodó todavía más en el sofá y, en un acuerdo tácito de miradas y medias sonrisas, empezaron a escuchar de nuevo los ecos del pasado hasta que se quedaron dormidos uno al lado del otro.

Lo último que escuchó Foster antes de cerrar los ojos fue la voz de Julia en una de sus declaraciones:

«Cuando no encajas con una sociedad que te impone cómo debes sentir y de repente encuentras a alguien que siente como tú, que siente… distinto, te aferras a esa persona como a la vida y la conviertes en tu familia; hacéis piña, hacéis tribu».

Él quería eso. Más que nada en el mundo.