Hotel Noir 31. Hereditary #2
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31. Hereditary #2

—No sé quién eres —dijo Kye sentándose a su lado en las escaleras con unas botas de lluvia sobre un pijama granate de franela.

Se lo había dicho más de una vez, siempre en un susurro de incomprensión; y era algo que, por algún motivo, a Foster le gustaba. No era un cumplido, pero, a la vez y en cierto modo, sí lo era.

—Yo tampoco, créeme.

—Pero… —empezó a decir Kye.

Foster lo miró para ver por qué se interrumpía.

Vio verdadera confusión en sus preciosos ojos azules, y ganas de saber; muchas, y eso fue lo que lo animó a hablar, a sincerarse.

La verdad era un quiste que le crecía en la tripa y que no había dejado de agrandarse desde que Celia se había ido.

Y la necesidad que notaba desde hacía una semana oprimiéndole el pecho buscaba una salida.

En Black Pines había descubierto que sus secretos, su pasado y sus miedos no eran nada comparados con los de esa gente.

—Me aterroriza quedarme sin nada —dijo al fin—.

Mi padre, mis seguidores… Sé que no… Sé que no me dan cariño, que en realidad no soy nada para ellos.

Bueno, mi padre por no darme casi no me da ni los buenos días, pero sí me da dinero.

—Miró primero a Kye y luego se giró hacia el otro lado para mirar a Dani, que seguía en la misma postura y con otro cigarro en los labios.

Estaba fumando demasiado—. Y yo con ese dinero hago cosas.

Cosas que me importan. Cosas que… pueden cambiarle la vida a alguien, aunque solo sea a una persona.

No sé qué haría si ni siquiera tuviera eso.

Foster se quedó mirando cómo la niebla se disipaba y un tímido sol se abría paso sin llegar a iluminar pero cambiando los tonos de la mañana.

—Tienes treinta y dos años, Foster —le dijo Kye—. Y una carrera de la que nadie sabe nada. Y un carisma impresionante. Puedes hacer lo que quieras. Lo que quieras. El dinero no es importante.

—No cuando lo tienes.

El silencio duró varios latidos. Pocos. Muchos. Una eternidad. Hasta que se oyeron unos pasos. Ambos miraron hacia atrás, a Dani, que por fin había dejado su refugio contra la pared. Se apoyó en la barandilla y, mirando al frente, hacia los altos árboles cuyas copas ya asomaban, dijo:

—Eso del dinero es una reflexión que haría un pobre. Cosa que tú no eres.

Entonces sí, miró a Foster; el pelo oscuro le caía en una cascada negra, tenía las mejillas sonrojadas sobre su piel canela, probablemente llevaba horas expuesta al frío de la mañana.

—No, ahora no lo soy.

—Cuando te conocí, le dije a Kye que la gente de la calle tiene una mirada característica que hace que nos reconozcamos. Él lo negó, claro, está en negación desde que llegaste a su vida. Desde antes, supongo. —Dani miró a Kye y, a continuación, preguntó—: ¿Me lo cuentas?

Antes de empezar a hablar, Foster también contempló a Kye: tenía los brazos cruzados y apoyados en las rodillas, los observaba con atención.

—Solo le he contado esto a una persona. Y no porque no haya tenido la necesidad de hacerlo. La tengo cada día desde hace más de veinte años… Es que… quizá nunca había encontrado a las personas con las que ser yo mismo. Los King tenemos una fachada que mantener.

—Pero tú no eres un King. No biológicamente, quiero decir. Así que… ahí tienes tu excusa perfecta. Puedes alejarte de sus mierdas, un apellido no es nada —dijo Kye como si todo fuera así de sencillo.

—Habló el que porta el «Colton» como bandera de ideología y libertad.

—Sonó resentido y a Kye le sorprendió, a juzgar por su mirada—.

Y huir no es tan fácil, porque sí soy un King.

Ese es uno de los problemas. —Ante las miradas de incomprensión de ambos, Foster reveló uno de sus secretos mejor guardados—: Michael King es mi padre biológico.

Dejó a mi madre embarazada y no quiso saber nada de mí.

Pero, cuando mi madre murió, lo llamaron y…

Aún recuerdo cómo me miraba, con auténtico pavor, como si fuera una cucaracha gigante.

En fin… —Foster hizo una pausa para coger aire—.

El caso es que, para ocultar que había tenido una aventura con una bailarina de estriptis pobre como las ratas, enterró mi mera existencia en burocracia para que ni su familia rica y conservadora ni su mujer rica y conservadora supieran nada, y me adoptó en un acto de fingida generosidad.

—¿Y a su mujer rica y conservadora le pareció bien? ¿Cómo justificas adoptar a un niño pobre de la noche a la mañana? ¿Cuántos años tenías?

Kye hubiera seguido haciendo preguntas si Foster no le hubiera dado un golpecito en la pierna con la rodilla; así de cerca estaban, una vez más.

—Contra todo pronóstico, Camille, su mujer, es la mejor de los dos.

No me quiere, pero tampoco me desprecia, y, a veces, eso es todo lo que un niño —Foster se rio sin ganas—, un adolescente e incluso un adulto pueden pedir.

Sabe la verdad, ella siempre ha sabido la verdad.

Y, respondiendo a tu última pregunta, tenía diez años.

—¿Cómo murió tu madre? —Fue Dani quien hizo la pregunta.

Foster la miró y se tomó unos minutos para contestar. Su intención no era construir suspense, sino las palabras en su mente.

—La asesinaron. —La manera de coger aire de Dani y Kye fue tan sonora que Foster les dejó unos segundos para que asimilaran su declaración—.

Un viernes por la tarde volví del colegio y no estaba en casa.

Me extrañó, porque, aunque tenía unos horarios imposibles, si no iba a estar cuando yo llegara, me mandaba con la señora Mildred, una anciana a la que ella cuidaba durante el día; por la noche trabajaba en un club de estriptis.

Foster los observó; ya lo había dejado caer antes, pero necesitaba ver la reacción de Kye y Daniela, y fue tan distinta a la que hubiera tenido cualquier persona de su entorno habitual…

Foster no se avergonzaba de su madre. Era preciosa, alegre y cariñosa.

Tenía dos trabajos —en ocasiones tres— para sacar adelante a su hijo y nunca pidió nada a nadie ni le mendigó a Michael King para que la ayudara.

Sus oyentes no estaban asqueados ni escandalizados, ni siquiera parecieron darle importancia a ese hecho, así que, con la energía de quien se siente comprendido y tras un pequeño asentimiento por parte de Kye, siguió hablando.

—Aquella mañana no la vi; no era habitual, pero había pasado más veces.

Así que me preparé unos cereales con leche y me fui al colegio sin saber que no volvería a verla.

—Otra pausa, y, de nuevo, no dramática, sino necesaria.

Le costaba mucho recordar, poner en palabras los recuerdos—.

Yo no tenía llave, a mi madre le daba miedo que me la quitaran en el colegio, así que, cuando vi que no estaba, me fui a la casa de la señora Mildred, a tres calles de distancia, en una zona un poco más segura; nosotros vivíamos en Romont Gardens, lo peor de Opa-locka por aquel entonces.

Bueno, no sé si lo seguirá siendo. El caso es que la señora Mildred tampoco estaba en su casa, luego supe que se había ido unos días con su hijo a Cape Coral y…

—Foster hizo una pausa—. No sé por qué os estoy contando esto.

—Porque te hemos preguntado —le contestó Dani con esa minisonrisa que a pesar de ser diminuta era potente como ninguna.

—Porque queremos saber —respondió Kye a su vez, poniéndole una mano en la rodilla e inyectándole coraje.

—Era una época mala en la zona. El barrio estaba lleno de bandas, drogas…

Cuando oí un tiroteo me escondí debajo de las escaleras de nuestro bloque.

No me atreví a llamar a ninguna puerta, no teníamos grandes vecinos, por eso mi madre me mandaba con la señora Mildred cuando no iba a poder estar.

Me quedé dormido. —Foster sabía que hablaba con la mirada perdida en el horizonte, con el corazón en la mano, los recuerdos eran muy vívidos.

Notó la palma de Kye en la rodilla, anclándolo a Black Pines y al presente, y siguió—: Me quedé dormido, pero a la mañana siguiente seguía aterrorizado, porque mi madre seguía sin venir, porque me había comido las galletitas saladas que había llevado al colegio, porque tenía hambre, mocos y muchísimo miedo.

Kye se pegó a él, del todo. Se movió en el escalón en el que estaban sentados y juntó su pierna derecha a la izquierda de Foster, desde las botas hasta los muslos, sus brazos rozándose en una caricia constante, en un apoyo más que bienvenido.

Foster respiró hondo y continuó hablando:

—Estuve más de cuarenta y ocho horas escondido tras la escalera lateral de nuestro bloque de apartamentos; tratando de escuchar pasos, la puerta de casa, el coche destartalado que teníamos.

Perdí la noción del tiempo, no sé, la psicóloga de la Policía puso en el informe que me disocié por miedo intenso o algo así.

No comí nada ni bebí nada más que una lata de atún que algún vecino había sacado para los gatos callejeros y encima me sentí horrible por quitarles la comida.

Lo vomité todo. —Foster bajó la cabeza y se pasó una mano por la cara.

Notó, o creyó notar, quizá fue una caricia fantasma, cómo Kye le acariciaba el pelo—.

Encontraron su cuerpo en la madrugada del domingo al lunes; los coches de policía, las luces, las sirenas…

Eso fue lo que me hizo salir de mi escondite.

—¿Qué pasó?

—Un caso sin resolver más. Hubo muchos en la década de los noventa y la siguiente. Nunca se supo.

—Por lo que sé de ti —dijo Kye pasándole una mano por la espalda y retirándola demasiado pronto para su gusto—, con lo que eres, ¿nunca… has querido investigar?

—Ya lo creo que sí. Crecí con una única obsesión: saber qué había pasado.

Era como una compulsión; averiguarlo, hacérselo saber al mundo, buscar a quien tuviera la culpa, hacérselo pagar.

Hasta hice un tablero como el que tenemos ahora en casa.

—Foster señaló hacia la parte trasera del hotel y se dio cuenta de que había dicho «casa», pero prefirió no corregirse.

En esos momentos lo era, aunque no tuviera ni cama—.

Pero mi padre me pilló, me lo quitó todo.

Y me mandó a un internado en Suiza. Y el tiempo pasó y yo me perdí en mi papel a mitad de camino.

Me cansé de luchar y de que nadie creyera en mí.

—Por eso estudiaste lo que estudiaste. Por eso querías hacer documentales sobre crímenes reales. Por eso estás así de volcado ahora conmigo.

Foster asintió.

—Por eso no comes atún —añadió Dani.

—Por eso no como atún —confirmó él ante la mirada llena de ternura de ambos.