Hotel Noir 31. Hereditary
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31. Hereditary

HEREDITARY

FOSTER

Kye le contó muchas cosas. Cómo operaba la Casa Azul, cómo operaba el motorista fantasma que pintaba motos, y cómo había reaccionado Eli a que un barbudo delincuente apareciera y se llevara a su… lo que fuera Dean para ella.

Por suerte —porque Kye era muy reacio a hablar de los sentimientos de su hermana adolescente a la que, para mostrarle su cariño y respeto, prefería convertir en heroína de libro—, Foster había salido a desayunar con ella al bar donde aquel hombre se sentaba a esperar a su mujer y, entre miradas al señor, al corcho abarrotado de teléfonos de interés y artículos que hablaban de la belleza y las grandezas de la zona, Eli y él criticaron a unos y otros; hablaron de cosas de Dean no relacionadas con hermanos muertos y maleteros de coches robados, sino de mundanalidades como que al chico le gustaba esa medicina rosa para el estómago y colorear mandalas; hablaron de la situación en la que se encontraban y cómo, a pesar de ser espeluznante, no parecía de riesgo inminente.

Habían solucionado el problema más urgente, sacar a Dean de allí, y, aunque a Eli le daba una pena inmensa, sabía que era lo mejor.

Que ya iría a Vancouver a verlo, había dicho.

También le dijo que le impactaba mucho lo de Jon, que aunque ella tenía diez años cuando lo vio por última vez, y se había convertido en un recuerdo bonito pero no muy nítido, sí se acordaba de su sonrisa como si la hubiera visto el día anterior y de cómo siempre estaba dando saltitos, nunca quieto en un mismo lugar, pura energía desbordándose.

También reconoció no estar cómoda ocultando su existencia —su resurrección— a sus padres y a Jax.

Y no tanto por el altruismo innato que quererlos conllevaba, sino porque enfadarse por ser víctima de sus secretos cuando ella misma se guardaba algo así de gordo la hacía sentir sucia.

Eli era una reina; Foster no tenía nada más que decir al respecto.

Habían ido y vuelto a pie; había demasiada niebla y placas de hielo por todas partes, y Foster no conocía la zona lo suficiente como para aventurarse en sus carreteras.

Al llegar al hotel, se habían dado cuenta de que el coche, en lugar de estar más cerca de la fachada principal, como las últimas veces en las que Foster se había fijado, estaba casi llegando a las ventanas laterales de la parte de atrás, las de la casa de Kye. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Kye se ha empeñado en que le estoy moviendo el coche, pero te juro que no soy yo.

—¿Y quién es entonces?

—Mi padre, posiblemente. La presión sutil es más lo suyo. Mi madre es fuerza bruta, agarraría a Kye, lo metería por los pelos en el coche y lo haría conducir hasta el puto puente por el que se cayó para obligarlo a hacer frente a sus mierdas de una vez por todas.

—¿Y Jax?

—Jax… —La sonrisa de Eli era tan tierna que la envidia despertó una vez más en Foster y le trepó por la garganta dejándolo casi sin aliento—.

Jax esperaría el tiempo necesario. No le dejaría ocultarse, pero tampoco lo presionaría de ninguna forma.

Se adapta como nadie a los ritmos de otros. Es paciente como pocos.

—Lo quieres muchísimo.

—Muchísimo. Pero sigo cabreada con él —dijo Eli, metiéndose las manos en los bolsillos de la cazadora de pana.

Se quedaron mirando el Plymouth cubierto con una lona durante un par de minutos, respirando el olor a pino, a resina y a niebla; porque la niebla de Black Pines olía; a lluvia contenida, a chimenea, a invierno.

Luego, Eli se fue a clase por primera vez en varios días y lo hizo con ojeras y un peso a su espalda que ninguna chica de diecisiete años debería sentir.

Foster caminó los pasos que lo separaban de la entrada del hotel que se había convertido en su hogar y vio a Dani en el porche fumándose un cigarro.

El día anterior, cuando Kye lo había echado de su casa, Foster había ido al estudio de Dani.

La excusa —y el motivo principal— había sido averiguar quién era David, porque una foto no era suficiente.

Pero la realidad era un poco más triste: si no estaba con Kye, no tenía a dónde ir; porque no se veía yendo a casa de North y diciendo: «Holiii, ¿cómo va eso? ».

Al final, David le había parecido un tío superatractivo pero con vibras de Norman Bates —se lo imaginaba espiando a las clientas por un agujero en la pared—, y lo había mirado fijamente sin ser consciente de ello hasta que Dani le había dado un codazo para que se centrara en la conversación; pero la conversación había sido sobre motos personalizadas y él no sabía mucho del tema, tener moto en la Columbia Británica ya le parecía una locura en sí misma.

Eso sí, mientras los escuchaba se le ocurrió la gran idea —que Kye no merecía, pero que no por ello era menos grandiosa— de que quizá podría sacarse el carné y alquilar una.

Una moto en la que subir al rubio y empezar a recorrer pequeñas distancias.

Primero una vuelta al hotel, luego bajar al pueblo a tomar algo, después atravesarlo e ir hasta la casa de sus padres, y así hasta llegar a su plan maestro: conducir con él a su espalda hasta North Bend, el que había descubierto que era el verdadero pueblo de Twin Peaks.

Luego recordó que estaba enfadado, con el orgullo herido y rabioso, y decidió que Kye podía ir andando a donde quisiera ir. Que lo llevara el que pintaba motos.

Y en ello pensaba cuando vio que Dani lo miraba con atención desde el porche; le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa, la pequeñita, la que casi no asomaba.

Daniela Rodríguez era como su sonrisa: a veces brillante y espectacular, y otras veces callada, como si sus demonios le impidieran estirar más la boca, como si en caso de que la abriera demasiado el alma se le fuera a escapar por ella.

—Has madrugado.

—Y os he traído bollitos recién hechos —le contestó él—. Este hotel no ha visto mejor huésped.

—No ha visto ningún huésped.

—A ti, a un niño secuestrado, a una adolescente protagonista de libros de terror… —Foster enumeró con los dedos—. Yo diría que ha visto unos cuantos. No os veo dejando reseña en Google, pero habéis dormido entre sus paredes terroríficas.

De nuevo esa sonrisa, un poco más amplia quizá.

—He traído también para los chicos que están trabajando en la planta de arriba, se los voy a llevar y ahora salgo.

—Kye sigue en la cama, aunque no creo que esté durmiendo.

—No duerme ni cuando se supone que lo hace, así que…

Cuando volvió a salir, lo hizo en silencio.

A veces no había necesidad de hablar. Estuvieron allí un rato; Dani sentada contra la pared exterior del Nexus y Foster en el segundo escalón del porche.

Disfrutando del reposo de todo, sin más.

Hasta que él se sacó el móvil del abrigo y, cuidando de que no saliera ni Daniela ni nada distintivo, grabó su primer vídeo desde hacía una semana.

Jamás en su vida había estado un día sin entrar en redes y colgar algo, sin afianzar su presencia en un mundo cambiante que te olvidaba si no hacías acto de presencia constante. Su mundo.

—Hola, gente bonita —empezó a decir, colocándose el pelo y encendiéndose un cigarro que le había pedido a su compañera de porche para la ocasión.

No fumaba, daba igual, no se trataba de ser real—.

Estoy de retiro en un pueblo precioso, respirando aire puro y organizando un proyecto que os va a volar la cabeza.

Solo vengo a saludaros, a desearos un estupendo fin de semana y a recordaros que si bebéis no conduzcáis, que no le hagáis a nadie lo que no os gustaría que os hicieran a vosotros y que os paséis por Mimi’s Shop, en Gastown, que es una tiendita de barrio maravillosa y tiene los mejores tés de hoja suelta de todo Vancouver. Ciaooo .

—¿Cómo lo haces? —La voz de Kye a su espalda lo sorprendió.

—¿El qué? —le preguntó, girándose para mirarlo y tirando el cigarro al que solo le había dado la calada inicial del vídeo.

—Lo del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. No puedes tener tantas caras.

—Dos.

—Tres. El influencer , el de Foster Kings y… esto que eres en tu vida real.

—«Esto»… Vaya, gracias.

—No, en serio, ¿cómo lo haces? —Su voz sonaba más cercana, pero Foster no quería mirarlo. Por rabia, por vergüenza, porque la paz que había sentido minutos antes se había disipado como no lo hacía la niebla de Black Pines.

—Práctica —contestó al final mirando a lo lejos, hacia las copas de los pinos que no se veían pero que le valían de distracción.

No quería sentirse pequeñito, no quería sentirse ridiculizado por algo que ni siquiera estaba mal. Y no por Kye. Nunca por Kye. Porque se había acostumbrado a esas miradas que parecían contener admiración y deseo. Y aquello era una vuelta al principio.

—No lo entiendo.

—Es una forma de vida, de supervivencia —respondió Foster con total sinceridad—.

De mi concepto de supervivencia, al menos.

Hace tiempo que descubrí que a la gente le da igual lo que haga.

Solo les importa lo que creen que he hecho.

Así que un día me levanté y dejé de esforzarme.

De puertas para fuera, sería quien los demás creían que era.

—Pero… sigo sin entenderlo, ¿por qué necesitas ese alter ego ? Si algo tengo claro es que no eres la persona que haces creer al público que eres.

—No sé ni quién soy. El problema de interpretar un papel es que, al final, te lo acabas creyendo.

—He estado en Mimi’s Shop —dijo Daniela a su espalda; su presencia silenciosa hacía que uno se olvidara de que estaba allí—.

Lo lleva una madre soltera de veinte años de la comunidad secwépemc que tuvo que huir de su pueblo porque al morir su padre la echaron de sus tierras.

A mí no me engañas. Lo que has hecho en ese vídeo ha sido mandar quizá a diez, veinte, doscientas personas a un local enano a que hagan cola para tomarse un té que no es, ni de lejos, el más rico de Vancouver.

Foster se encogió de hombros.

—No soy tan altruista.