Hotel Noir 30. Frágiles #2
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30. Frágiles #2

—¿Mi hermana? ¿Por qué iba a decir algo? —Kye negó con la cabeza, no entendía el razonamiento de Foster, que no paraba de andar de un lado a otro.

—Pues porque creo que se ha enamorado de él. Y lo estaba cuidando. No se ha separado de él desde que lo secuestramos o lo rescatamos o lo que sea que hiciéramos. ¿Y lo han vuelto a secuestrar? ¿El motorista fantasma, encima?

—Por Dios, no lo llames así, que visualizo a Nicolas Cage en la película. Y lo de Eli… Se conocen desde hace una semana. Menos. ¿Cómo se va a haber enamorado de él?

—Porque en esa semana han vivido muchísimo. Ha sido como condensar en unos días…, no sé, dos años en la vida de un ser humano normal.

—Exagerado.

—Yo creo que se ha enamorado de él, solo digo eso.

—No te puedes enamorar en una semana.

Foster se quedó mirándolo. Sus ojos le decían muchas cosas, ninguna tenía sentido, y sin embargo, Kye se perdió en sus colores, en los verdes y dorados, en la emoción que transmitían…

—Claro que puedes. —La contestación lo sacó del hechizo en el que parecía estar sumido—. Te puedes enamorar en un minuto.

—Pff, exagerado. —Al parecer, el escritor (o sea, él) se había quedado sin palabras. «Exagerado» era lo único que se le ocurría para rebatirlo.

—¿No lo crees?

—No, creo que conocer a la persona es importante.

—Y yo creo que Eli y Dean han pasado por pérdidas de conocimiento, secuestros, secretos del pasado, noches en vela juntos… La adrenalina del momento, el estrés, la dopamina… Todo eso une, hace que conozcas a las personas mejor de lo que lo harías en un año de convivencia normal.

—Sí, sí, el romance de guerra y lo que tú quieras. No me apetece hablar de intimidades aceleradas por estrés en adolescentes, y lo que me extraña es que a ti sí. ¿No te parece más importante hablar de Dean y Oz? ¿No es eso por lo que te has cabreado en un inicio?

—No, me he cabreado porque me has rechazado, porque a veces eres ruin e intransigente y egoísta.

—Te habrás quedado a gusto.

—Pues sí —dijo Foster volviéndose a cruzar de brazos.

—¿Y ahora te sientas y te cuento?

Y eso fue lo que hizo. Le habló de que Oz había tenido una infancia difícil, que se había ido pronto de casa y había encontrado al padre Jeremiah, quien lo había ayudado a sacarse el graduado y a conseguir un trabajo.

Que juntos llevaban años ayudando a niños y niñas con problemas que huían de sus casas o que no estaban seguros en sus hogares.

—¿Es trabajador social? Creí que era motero.

—Es diseñador de motos y mecánico, no motero. Y… no exactamente.

—¡¿Lo hace de forma ilegal?! ¿Por eso la novia de tu madre lo llama delincuente? Dios mío, en qué me he metido… ¡Y en qué hemos metido a Dean!

—Salva vidas.

—De forma ilegal. Con menores implicados.

Con su moto, su barba y sus ciento ochenta anillos.

—Tras una pausa en la que Kye lo miró anonadado porque parecía…

celoso, continuó—: ¿Sabes la de veces que me eché en cara haber recogido a Dean y a sus amigos en una esquina de la calle Pender?

La imagen que pude dar, el hecho de que aquellos críos confiaran en mí…

Es que no lo quiero ni pensar; podía haber sido un depredador sexual, un…

Cualquier cosa. Y Oz, sin embargo, va por ahí llevándose menores…

—Oz y tú no sois iguales.

—Está claro que no. Al menos tú pareces tenerlo muy claro —enfatizó su afirmación señalándole con el dedo.

Un silencio tenso y lleno de reproche los envolvió, y Kye se limitó a quedarse mirándolo. Lo de que Foster y Oz no se parecían en nada era cierto, pero no lo había dicho con ningún tipo de acritud.

—¿Y qué ha hecho con Dean? —Fue Foster quien rompió el silencio—. ¿Dónde lo ha llevado? ¿A alguna casa de acogida?

—Hum…

—Ese «hum» no me gusta nada. Dios mío, Dios mío, dónde me he metido.

Foster se levantó y fue hasta la cocina. Abrió el frigorífico, sacó dos cervezas y volvió con ellas. Kye no perdió detalle de cada movimiento, de cada fruncimiento de ceño, de cada destello que parecía salir de sus ojos porque las ganas de saber podían más que el miedo a lo desconocido.

Tras mirar durante unos instantes las mesas que eran troncos, Foster le tendió una cerveza y soltó una risa fuera de lugar antes de decir:

—Y pensar que creía que esas mesas tenían un poder ancestral que nos unía… No contaba con el frenetismo de todo, la ilegalidad, la dopamina, el miedo, el cortisol o lo que sea que se dispara en situaciones así… La intensidad, madre mía. A ver, cuenta, no hay dolor.

Luego se sentó a su lado de nuevo sin levantar la vista; Kye le cogió la mano con delicadeza y tiró de sus dedos, haciendo que alzara la cara y lo mirara.

Quería que viera la sonrisa que su comentario (uno de tantos con los que quitaba hierro a situaciones que apestaban a metal) había despertado en él.

Y se sonrieron, y pareció que el tiempo se detenía.

No había necesidad de hablar; durante unos segundos no hubo prisas, ni puentes que te catapultan al fondo del río, ni cuerpos flotantes resucitados, ni casas de acogida ilegales.

Solo estaban ellos y su forma extraña de llevarse bien.

Y, entonces sí, tras esa pausa cargada de intensidad, Kye habló:

—Está en un lugar al que llaman la Casa Azul.

La persona que la lleva lo hace al margen de la ley y los servicios sociales, y…

—Kye reparó en la cara que estaba poniendo Foster y se vio en la obligación de defenderlo como defendía todas las causas en las que creía—.

No es solo que el sistema a veces no funcione.

Es que los niños no creen en él. Conocen la estigmatización, la desprotección por parte de las instituciones, el ninguneo.

Tienen miedo porque vienen de entornos en los que nadie da una mierda por ellos.

Y encontrar un lugar donde esconderse, aunque sea provisional, es esperanzador.

—Claro que lo es, y para eso Queer Project ha creado El Refugio. Un lugar seguro para niños y adolescentes queer que necesitan que alguien, por fin, les haga puto caso.

—Sí y no. O sea, por supuesto; lo que hacen en El Refugio es la leche.

Crean un espacio de confianza y fomentan la adherencia y el respeto.

Cuidan su salud mental, hacen… Sí, hacen maravillas.

Pero no siempre es posible hacerlo todo dentro de los límites y con los requisitos que se piden.

A veces hay urgencia, necesidad extrema, como en el caso de Dean.

¿Hemos hablado con la policía? ¿Con los servicios sociales?

Habrían detenido a mi madre si así fuera.

—Entiendo lo que me dices; nunca creí que procedería así, que viviría algo de este calibre y, efectivamente, con esta urgencia, pero tienes que entender que me resulte marciano.

Puede que a ti, con la vida que has llevado, con tus padres siendo quienes son, con el motorista fantasma siendo, de hecho, una especie de vengador motorizado, te parezca el pan de cada día, pero a mí me sigue acojonando que todo esto ocurra al margen de la ley. Me genera inseguridad. Y puto terror.

—Y lo entiendo. —Kye dio un largo trago a la cerveza, le puso una mano en la rodilla a Foster y continuó en un tono más tranquilo—: Pero ¿qué hubiera ocurrido con Dean si no lo hubiéramos protegido?

Ese chaval lleva a la espalda un historial de injusticias que no merece.

Va a estar bien. De forma provisional. La Casa Azul tiene talleres a largo plazo, formaciones profesionales…

No sé, quizá esto se resuelva en tres días, quizá quede olvidado, pero, mientras… , que esté a salvo, ¿no?

Foster suspiró. ¿Comprensión? ¿Rendición?

—Bueno, ¿y quién lleva esa casa azul ilegal?

Kye cogió aire.

—Jon Ward.

—¡¿Jon Ward?! ¿El teclista de Queer Project? Está muerto. ¿No está muerto? No me digas que no está muerto. —A Foster le iba a explotar la cabeza, tenía los ojos tan abiertos que resultaba cómico a pesar de lo dramático que era todo.

Kye no pudo evitar sonreír. No tenía ganas, solo… se le escapó.

—Está muerto, Foster. Por desgracia lo está. Murió en un accidente de coche hace siete años, uno después que mi tío. Me refiero a su hijo.

—¡¿Qué me estás contando?! Su hijo… Es verdad…

Tenían un hijo… Del accidente me acuerdo, claro que me acuerdo.

Fue horrible. Se cayeron por un precipicio y hubo tanto sensacionalismo…

Recuerdo a la prensa grabando cuando aún no se habían ni recuperado sus cuerpos; un espectáculo asqueroso…

Pero el niño… ¿Cómo no pensé nunca en ello?

—¿Por qué ibas a hacerlo? Jon no salía mucho en los medios. Ni yo. Otra cosa no, pero nuestros padres siempre nos han protegido del ojo público.

—¿Qué fue de él?

Kye suspiró. Era un tema doloroso. Uno que todos evitaban.

—Huyó —le dijo al fin—. Fue al poco de morir sus padres.

Sus abuelos maternos emprendieron una lucha por herencias, dinero y cosas rastreras varias; la prensa lo acosó, fue…

feo. Jon tenía dieciséis años, dos menos que yo, éramos como hermanos.

En aquel accidente también lo perdimos a él.

Odia a Queer Project. Los culpa de lo que pasó.

—¿Huyó? ¿Y dónde fue? ¿Dónde está? ¿Y cuándo retomasteis la relación? Si Oz lo ha llevado allí es porque…

—De lo que hizo o vivió hasta que volvió a mí, no puedo hablarte.

No creo saber ni la mitad. Pero el contacto lo retomamos tras mi accidente.

Vio lo que había ocurrido y… me llamó. Fue tenso al principio; aún lo es.

Y no quiere saber nada de mis padres ni de Jax. Eli se ha enterado hoy de todo esto.

—Mi chica, con lo enamorada que está.

—Y dale.

—Voy a necesitar que me cuentes más; ahora nos tomamos un par de estas, o cuarenta, con esos cacahuetes de los que te alimentarías si yo no estuviera en tu vida y me dices.

Pero… —Hizo una pausa que Kye temió. Creía que sabía lo que venía a continuación—.

Sabes que tenemos que colgar a Jon en el tablero, ¿verdad?

—No tengo ninguna foto reciente —contestó, y ese mero comentario lo llevó al pasado, al Jon hiperactivo y feliz de su infancia, y casi se queda una puta vez más sin aire. Porque no podía ser. ¡No podía ser!

Jon y él aún estaban tratando de reconstruir lo que algún día tuvieron.

Iban despacio y en secreto, y la clandestinidad ralentizaba mucho esa reconexión.

Kye le hablaba de vez en cuando de sus procesos creativos (como había hecho cuando eran niños), y Jon le correspondía pasándole maquetas y listas de reproducción de sus magníficas versiones de piano.

Si quisiera, podría sustituir a su padre en Queer Project; si quisiera, podría ser una estrella.

El silencio se hizo fuerte entre ellos. Trepó por las paredes, echó raíces y los cubrió. Era un silencio pesado y sofocante que fue roto por el sonido de la impresora y la cara inocente de Jon viendo la luz, como si Kye lo hubiera sacado del ostracismo.

Kye cerró la galería de fotos del móvil con un suspiro.

Foster se acercó, cogió la imagen con dedos cuidadosos y, tras mirarla unos segundos, la colocó con una chincheta negra en tercera posición. Detrás de Miles y Oz.

Qué variopinta relación de sospechosos. Qué aterradora.