30. Frágiles
FRÁGILES
KYE
Tres días. Ese era el tiempo que había transcurrido desde que los supervivientes de Queer Project soltaran la bomba que haría explotar los pedacitos ya desperdigados de Kye.
Era jueves, quedaba una semana para Halloween y su única preocupación debería haber sido la organización de la fiesta que Eli llevaba meses planeando.
Quería abrir la planta baja del hotel para la ocasión.
Solo para un grupo selecto de personas; decidir quién era apto y quién no dependía de ella, una adolescente que creía ser la vidente lesbiana de un libro; ¿qué podía salir mal?
Porque, tal y como estaban las cosas, Kye no había dedicado más de un minuto a pensar en los preparativos.
Y eso que era un tema que le encantaba. ¿Él y Halloween?
Dos partes de un todo; como Lovecraft y Providence; como Derry y sus cloacas; como el monstruo del lago Ness y… el lago Ness.
Tres días de ocultar a Dean, porque a Oz le había surgido algo (siempre ocurría, no recordaba un momento de su vida en el que Ozymandias Rosemberg hubiera cumplido con un plazo estipulado o una hora determinada), tres días de contener a Miles; bueno, dos, porque la tarde anterior Kye lo había llamado para disculparse y explicarle por encima lo que estaba ocurriendo.
Que dudaban de todo, que empezaban a pensar que su accidente no lo fue.
Y, ante la absoluta perplejidad del pobre psicólogo, le contó lo del anónimo que habían recibido sus padres; lo hizo sin entrar en detalles, mencionándole que alguien los había amenazado, pero que el grupo no sabía a qué podía referirse.
Una mentira fea que contar a alguien a quien se apreciaba, pero una mentira necesaria.
No le habló de agresiones sexuales, ni de muertos flotantes que a lo mejor no lo estaban, ni de niños fugados de maleteros de coches robados.
No quería preocuparlo más de lo necesario y, por ello, mientras Foster le daba la vuelta al tablero de los horrores (haciendo bromas sobre Fallen y Seven, y llenando a Kye de algo parecido a la calidez), invitó a Miles a pasarse por el Nexus y tocar un rato juntos la guitarra.
Miles no era muy bueno todavía, había empezado unos meses antes de conocer a Kye y no practicaba en exceso, pero tenía canciones estrella que en acústico sonaban de maravilla, como Patience, de Guns N’ Roses, y Nutshell, de Alice in Chains.
En esas ocasiones en las que tocaban juntos, Kye era quien cantaba.
No se había dedicado a la música porque no era lo que alimentaba su alma, pero tenía una Gibson Les Paul Standard y una Fender Jazzmaster rosa con las que a veces se quedaba afónico cantando Cancer o Welcome To The Black Parade , de My Chemical Romance (era emo por naturaleza; poeta torturado por vocación).
Tocar le servía para desestresarse, para rasgar las cuerdas en lugar de rasgarse la piel y, en ocasiones, cuando Puccini no funcionaba, para inspirarse.
A veces simplemente quería abstraerse de todo, tocar para nadie, tumbarse en el sofá y hacer punteos que no eran nada pero sonaban a muchas cosas.
Miles se fue satisfecho, con dos cervezas entre pecho y espalda (no solía beber y la sonrisilla extraña que llevaba al irse llenó a Kye de ternura) y ofreciendo su ayuda en todo lo que estuviera en su mano.
Al día siguiente llamaría a sus contactos del hospital e indagaría lo que pudiera sobre el día del accidente.
Cosa que nunca creyó necesaria al no saber que había algo más. Estarían en contacto.
Pero aquello había pasado la noche anterior, y lo que había ocurrido en las últimas horas había borrado el recuerdo de la tarde con Miles de un plumazo.
Había borrado hasta las risas que vinieron después, cuando llegó a su casa y se encontró con Foster.
Porque, a pesar de la situación espantosa, las fotos de los sospechosos que eran familia y los cientos de fichas con información útil, inútil o todo calificativo entre medias, se había reído. A carcajadas.
Foster había intentado hacer una cena portorriqueña y, salvo el queso frito y la música de fondo (de un grupo boricua, por lo visto), el resto no fue como se esperaba.
Un postre llamado tembleque, con un sabor exquisito pero de textura asquerosa, descansaba (muy bien emplatado, eso sí) junto a unos plátanos machacados y un poco quemados que parecían gritar: «Vete, vete, huye tú que puedes».
Pero Foster había estado ahí, en medio de su cocina, con unos pantalones de pijama de cuadros y sin camiseta (¡sin camiseta!), mirándolo todo entre la vergüenza y la resignación, y Kye no pudo evitar probarlo todo y comentar cada sabor.
Era consciente de que Foster había hecho eso para distraerlo, para que no pensara en el tablero (cubierto o sin cubrir), y lo agradeció en el alma.
A pesar de las diferencias y las reticencias de Kye, lo evidente no podía negarse.
Pero, hacía unas tres horas, todo se había ido a la mierda.
En parte era normal; por mucho que Foster fuera un tío guapo, gracioso y con carisma, las cosas no habían cambiado tanto.
Seguía siendo una especie de némesis de lo que Kye representaba y (una especie también) de opositor de sus ideas de libertad.
Que a veces se le olvidara porque el brillo lo deslumbraba no quería decir que la suciedad no estuviera ahí, oculta, esperando que nadie levantara su metafórica tapa y la descubriera.
Y era importante recordarlo. Aunque en esos momentos se le hubiera olvidado por qué.
El caso era que había habido un momento de tensión entre ellos, uno cortante, que había terminado en un ¡bum! sonoro y dañino que le había dejado mal sabor en la boca y muchas ganas de salir a buscarlo a pesar de ser consciente de que no lo haría. No se atrevía.
Oz había llegado a Black Pines para llevarse a Dean, y Kye había echado a Foster para no tener que explicarle nada. Siempre fiel a Ozy; era una forma de vida. Pero después de haber visto la traición en los ojos de Foster, Kye desearía haber actuado de otra forma.
Traición…, qué emoción tan potente para que unos ojos desconocidos la contuvieran.
No se conocían tanto como para albergar sentimientos tan intensos.
Pero eso era lo que la mirada de Foster le había mostrado cuando le había dicho que subiera a despedirse de Dean, que Oz estaba a punto de llegar y se lo iba a llevar con él, y que les diera un poco de tiempo a solas.
El portazo había hecho vibrar el cristal del espejo y había dejado un eco ensordecedor que había dejado mudo a Kye, y a Oz con una ceja alzada y mucha confusión.
Y en esos momentos, Kye solo podía dar vueltas por su casa; de la cocina a la cama, de la cocina a la cama.
Que, aunque pudiera parecer un trayecto corto, no lo era; a él le parecía un largo peregrinaje.
Hasta que, en la puerta que era espejo, se escucharon unos arañazos suaves, casi tímidos, y Kye sintió que el pájaro carpintero que llevaba días picoteándole en la tripa iba a terminar por hacerle un agujero.
Recorrió la distancia casi corriendo, abrió la puerta y, sin pensarlo en exceso, tiró de la mano de Foster y empezó a hablar mientras lo empujaba hacia los sofás.
—Te voy a contar algo. Y lo voy a hacer porque quiero, ¿vale?
—Vale —contestó Foster con firmeza, pero con un rastro de dolor que Kye deseaba borrar con explicaciones.
—Nunca he hablado de esto. Con nadie.
—¿Vale?
—¿Me lo preguntas?
—No sé, parece que me estás amenazando.
—¿Amenazando? Te estoy diciendo que te voy a contar cosas que nunca he contado a nadie, que nadie ha contado a nadie.
—A mí me sigue sonando a amenaza.
—¡Pero ¿con qué se supone que te estoy amenazando?!
—No lo sé. Y eso es aún más aterrador. Es como si me dijeras: «Oye, te voy a contar una cosa supersecreta que nadie con vida ha revelado jamás». Me acojono.
—No ha sonado así. No es eso lo que quiero decir.
Kye se pasó una mano por el pelo, luego se llevó ambas a las caderas, y después cogió la goma que tenía en la muñeca y se hizo una coleta. Volvió a ponerse las manos en las caderas. Suspiró.
—Estoy enfadado —dijo Foster—. O dolido. O ambas cosas. Y da gracias a que cuando muestras esta vulnerabilidad y te veo más frágil que gilipollas recuerdo que eres algo más que un chico guapo de belleza pretenciosa y mucho más que un escritor con delirios de grandeza.
—¿Cómo puede ser pretenciosa la belleza?
—Pues… no sé. Siendo… excesiva.
—¿Soy excesivamente guapo?
—Sabes que lo eres.
Kye sonrió a su pesar. Se deshizo la coleta y se acercó a Foster.
—¿Y crees que tengo delirios de grandeza?
—Un poco —dijo enfurruñado, sonando mucho más joven de lo que era—. Crees que eres superior a mí por ser un bi superguay que se lía con miembros de la misma familia y los vuelve locos.
—No los volví… —Kye se interrumpió al ver cómo lo miraba Foster; estaba de brazos cruzados y con una especie de puchero en los labios. Su enfado era… tierno—. Da igual; que conste que no los volví locos, pero da igual. Lo siento, ¿vale? Lo he hecho mal y te pido perdón por ello.
—Lo has hecho muy mal. Fatal. Yo no te he hecho nada. Sé que no te gusta quien soy ni lo que represento, pero ni es necesario que me lo recuerdes todo el rato ni que me eches cuando tu ex el motorista fantasma aparece en tu vida por arte de magia.
—El moto… No puedes llamarlo así, Foster.
—Kye trató de no sonreír, el momento era demasiado tenso como para que ese hombre lograra arrancarle sonrisas.
Pero siempre lo lograba—. No ha aparecido por arte de magia; quedé con él en que vendría a llevarse a Dean y eso es justo lo que te quiero explicar.
—¿Se lo ha llevado ya? ¿Tan rápido? Dijiste que se lo haría, pero…
—Siéntate.
—¿Es una orden?
—¿Crees que lo es?
—Yo ya no sé qué creer. ¿Cómo…? ¿Dónde…? ¿Qué…? ¿Y qué ha dicho Eli?