Hotel Noir 29. En los pinos, en los pinos
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29. En los pinos, en los pinos

EN LOS PINOS, EN LOS PINOS

KYE

La comida en el Nexus había servido para varias cosas además del propósito de alimentarse en sí mismo.

La primera, para llegar a la conclusión de que tenían que cocinar más en casa.

El bar de Jackson (siempre lo llamaban así, como su dueño, aunque tenía un nombre en la fachada en el que nadie se fijaba nunca) no había visto tanta acción en su vida.

El viejo Joseph, habitante permanente de uno de sus taburetes, debía de estar hasta estresado de tener tanto público.

La segunda, para descubrir que Miles estaba dolido, preocupado y un poco frío.

Lo entendía, así que no le dio más vueltas y pensó cómo solucionarlo.

Qué contarle y qué no. Aunque una parte de él aún creía que se merecía esta especie de rechazo tibio, porque de solo pensar que había hablado con su madre a sus espaldas…

Daba igual que tuviera sentido, que estuviera justificado; a Kye la angustia lo ahogaba, y ver que no podía confiar en tanta gente como creía lo hundía un poco más.

La tercera, para constatar que Foster era la estrella invitada estuviera donde estuviera.

Era una mezcla de personalidades, de tonalidades y emociones, que ponía a su público del revés.

Y así lo tenía a él en esos momentos mientras I’m Not Okay (I Promise), de My Chemical Romance, los acompañaba a un volumen más bajo de lo que a Kye le gustaría (esa canción era una catarsis adolescente y había que gritarla con angustia y frustración); del revés, sin saber por qué emoción decantarse pero nadando entre el miedo y la admiración.

Le aterraban las cosas que Foster decía, y, sin embargo, su presencia era tan poderosa y le daba tanta seguridad que era como estar rodeado de gente pero sin los inconvenientes de estarlo; era calma; era un atenuador del ruido de fondo.

Era como adentrarse en las sombras de un bosque de pinos altos que apenas dejaba pasar la luz entre sus copas, pero donde la oscuridad no daba miedo, sino tranquilidad; era una burbuja de silencio apacible.

Kye no era de imaginar lugares seguros como los del resto del mundo; no era de acogedoras cabañas con olor a jengibre y madera.

De ahí nacía el tono de las historias que contaba.

De sus peculiaridades y formas de concebir el hogar y la paz.

Y ahí estaban, dos extraños unidos por un tablero lleno de fotos, notas y sospechas, encajando en una historia cuyo desenlace aún no estaba claro. No estaba claro ni el argumento, de hecho. Ni quiénes eran los personajes principales. Ni los secundarios. ¡Ni el puto villano!

Le iba a dar un ataque de ansiedad, así de rápido pasaba del bosque silencioso que Foster protegía con su brillo a aquel lleno de ruidos que no se sabía de dónde provenían pero que sonaban a agua, a cascada, a corriente furiosa.

—Ey, ey, ¿qué pasa?

Foster se acercó a él. Kye se quedó unos instantes mirando el tablero, la foto de Miles junto a la de David. Lo que fuera para no mirar los ojos verdes y dorados del influencer . Porque ya no negaba que tenerlo cerca lo calmaba, pero también era cierto que le despertaba cien mil cosas más.

—¿Crees que Miles sospecha algo, que está molesto? —preguntó Kye sin mirarlo, centrándose en la foto granulada de Ted Barrett sobre la que había una enorme interrogación que solo mirar le cortó un poco la respiración.

—¿Eso es lo que te preocupa?

No, pero prefería decir que sí a reconocer que estaba aterrado.

En cualquier caso, no tuvo tiempo de contestar porque la puerta trasera se abrió y Daniela entró en su casa.

—Creí que la puerta estaba cerrada —dijo Foster, nervioso.

Kye entendió que los nervios en realidad eran miedo a que Daniela descubriera su investigación.

Quizá, por la forma en la que se estaban ocultando de Miles, Foster había creído que mantendrían a Dani al margen.

Y no, Daniela y Oz tenían más calle y más tablas, y si de verdad iban a hacer aquello, los necesitaban.

—Dani tiene llaves. Le dije que cuando viniera entrara sin llamar.

—Y no sé si debería —dijo ella con tonito—. ¿Interrumpo algo? —preguntó con una ceja arqueada mirando lo cerca que estaban.

Cuando Foster había ido a casa de Jax para que le entregara unos DVD y una grabadora con minicasetes que contenían años y años de entrevistas de Queer Project, Kye había aprovechado para hablar por teléfono con Dani y con Oz, y lo había hecho sentado en las escaleras de fuera, en un arranque de valentía; en el primer escalón, el más cercano a la puerta, eso era cierto; pero porque la intrepidez tenía su límite.

Según le había dicho Foster, parecía que sus padres habían aceptado (muy a regañadientes, Kye tenía muchísimos mensajes y llamadas perdidas) que necesitaba un tiempo para masticar y tragar traiciones; y espacio para hacerlo.

Se lo iban a dar (o eso decían), pero de Dani no pensaba alejarse.

—Estábamos hablando —dijo Kye, separándose un poco de Foster.

—Susurrando, supongo, con lo cerca que estabais.

La sonrisa de Daniela decía muchas cosas; hablaba de complicidad, ilusión y cariño.

Pero su diversión pronto se tornó curiosidad en cuanto empezó a ojear las impresiones de recortes de periódico sobre las mesas de centro y el sofá; periódicos de la noche del «incidente», como Foster se había empeñado en llamarla siendo fiel a la terminología de Julia (que era una loca y una mentirosa, y no pensaba pensar en ella); periódicos en los que no se decía nada de un accidente u homicidio en el Scenic; nada de un cuerpo flotante; y eso que el Fraser Valley Gazette iba cargadito aquellos días.

Incendios, bebés abandonados, accidentes…

Lo que le había dicho antes a Foster era cierto, era como un efecto de acumulación ominosa de sucesos.

Como en La profecía : un sacerdote empalado, un suicidio, un accidente de coche…

«Ya está bien, Kye», se dijo a sí mismo. «Comparar tu realidad con ficciones de terror no es buena idea».

—¿Qué hacéis? —preguntó Dani, dejando sobre la mesa el recorte que había estado leyendo y centrándose en el tablero.

—Yo nada, pero Foster cree que estamos rodando una película.

La miradita que el susodicho le dedicó antes de hablar fue digna de provocar el más ardiente de los incendios. Para bien y para mal.

—Se le llama investigar. No estamos grabando nada.

—Te has venido tan arriba y me has puesto tantos ejemplos de parejas de detectives…

—Investigación, querido y admirado escritor, investigación.

—Hasta un bourbon querías tomarte.

—¿Qué hacen todas esas fotos ahí? —preguntó Dani sin hacerles caso mientras se acercaba más al tablero.

—Son sospechosos —contestó Kye fingiendo una indiferencia que no sentía para nada.

Estaba sentado en uno de los sofás, descalzo, con las piernas subidas y un codo apoyado en el respaldo.

Se había recogido el pelo en un moño, pero ahora tenía más mechones sueltos que dentro de la goma.

Foster también estaba descalzo, con unos vaqueros azules que se le ceñían al cuerpo como si se los hubieran pintado y una camiseta blanca que antes había llevado debajo de la camisa de cuadros verde y mostaza que se había puesto esa mañana.

Era una situación tan hogareña y al mismo tiempo tan extraña…

—Pero… estoy yo —comentó Dani a la vez que señalaba su foto, mirándolos a ambos.

—No te lo tomes como algo personal —le dijo Kye—, también están mis padres y mi exnovio.

—¿Ozy? —Daniela volvió a prestar atención a las fotos.

—No, el primero, el que ya no recuerdo ni…

—Ni como huele ni el timbre de su voz, ya —terminó por él Foster con evidente mordacidad—, pero hemos hablado mucho de él para que no sepas cómo eran sus ojos ni blablablá; está presente en esta casa de forma permanente, ahí, flotando entre las paredes, como Casper.

—Vaya fantasma has ido a elegir.

—Pues el que me ha salido, que me pones nervioso y me bloqueo. Como el fantasma de la ópera, venga, que te pega más. O como la monja esa superblanca de Expediente Warren , que da miedito.

Daniela soltó una carcajada.

—Me encanta este chico —declaró, sorprendiéndolos a ambos porque era Dani, y a Dani no le gustaba la gente. Eso y que tenía delante una supuesta investigación policial sin policías implicados.

—Por cierto —dijo Kye—. No había caído hasta ahora, porque no me importa, a pesar de lo que dices, pero ¿por qué está Liam en el tablero? Llevo años sin hablar con él. Muchísimos. Y fue una de las primeras fotos que me pediste.

—Ya, eso…

Foster bajó la vista; una capa de timidez e inseguridad pareció cubrirlo y vestirlo con unos tonos que no le pegaban. «Timidez» e «inseguridad» no eran palabras que se pudieran usar para referirse a él. Era como si…

—Un momento… ¿Querías ver cómo era?

—Puede ser —respondió, levantando la vista al fin—. Y comprobé que era un pelirrojo irlandés, sin más.

—¿Lo podemos quitar del tablero ya? No me gusta verlo ahí todo el rato como un recordatorio de un pasado que ya no duele pero en su día me desangró.

—¿Ves? Para no dolerte ya, hablas con tremenda pasión de él. Y me jode. Porque creo que comparas a todo el mundo con… lo que pasó… Con… el daño que te hizo, y yo… Yo no salgo bien parado en esa comparación.

Kye lo miró sin saber qué decir. Porque era cierto, sí, pero sobre todo por la inseguridad en las palabras de Foster. Miró a Dani; Dani los miraba a ambos.

—Por cierto —continuó el influencer rompiendo el silencio—, me tienes que dar una foto del otro novio. Del de la moto.

Dani miró a Kye con una ceja alzada, mordiéndose la sonrisa. Foster era capaz de cambiar el ambiente de una estancia con una sola frase. Era un arte.

—Voy.

—«Voy» me dijiste anoche y «voy» me has dicho hace unas horas. Hay que ponerlo ya.

Kye, con una indignación que hasta a él le pareció teatral, cogió su móvil para mandar una foto a la impresora. Se resistía. Tras la desconfianza del día anterior, estaba como defendiendo un honor que él mismo había mancillado.

—No parece haberte costado tanto darle una foto mía —dijo Dani también con indignación fingida—. Y qué foto, ya podías haber elegido otra.

—Estás tremenda —le contestó Foster, sorprendiéndolos a ambos y arañando un poco el ego de Kye. «Putos bisexuales. Putos bisexuales en el armario»—. Y también le costó, no creas.

—Y has puesto ahí a Miles, bien, seguro que es él.

—¿En serio? —le preguntó Foster con voz chillona por la sorpresa de tal afirmación.

—No. —Dani suspiró—. No creo que tenga agallas ni que quiera hacerle a Kye nada malo. Quiere hacerle muchas cosas, no sé si me entiendes, pero malo, nada de nada.

Foster se dio cuenta de lo que Dani había querido decir y pareció enfurruñarse.

—Seguro que es él, lo pongo el primero —dijo bajito.

Y de verdad cogió la foto del pobre Miles y la puso en primer lugar en la fila.

—¿Estás celoso? —le preguntó Kye de broma, arrepintiéndose en el mismo instante en que las palabras salieron de su boca.

—Pff, celoso, dice; no. Pero…, no sé, me parece a mí que hay…, no sé, muchos hombres emocionalmente implicados en tu vida.

—O en la tuya hay muy pocos —contestó Kye a la defensiva—. Ah, no, que haberlos a lo mejor sí, lo que tú no haces es sacarlos en público.

—Eso es… —Foster miró a Dani con vergüenza y Kye se sintió fatal—. Injusto. Y… creo que no era necesario.

Se había pasado. Era consciente. Foster no estaba demostrándole más que cosas buenas.

En las últimas horas había sido su apoyo, su distracción y la fuente de sus risas.

Era posible que en el fondo no le gustara quién era y lo que representaba, pero en esos momentos confiaba más en él que en sus propios padres, epifanía en la que no iba a pensar si no quería que le diera el ataque de ansiedad que llevaba tiempo conteniendo.

—Lo siento. Y Miles y yo no tenemos más implicación emocional que la amistad. Que es mucha, todo sea dicho. Fueron solo un par de besos.

—¿En serio? ¿Os besasteis? Lo decía de coña.

Foster lo miró asombrado y Dani se acercó más a él, negando con la cabeza.

—¿Por qué crees que lo odio? Aprovechó las horas bajas de Kye para meterle la lengua hasta la tráquea.

—Eh, que Kye está aquí delante y sabe decir «no» cuando es «no» —se defendió él.

—No, en esos momentos no sabías ni dónde estabas. Tu mente estaba en ese puto puente y como mucho conseguías dar bocanadas fuera del agua helada; te ahogabas.

—Ya, se ahogaba con la lengua del tal Miles, por lo visto —dijo Foster en otra especie de puchero que, muy a su pesar, le resultó adorable—. Yo lo dejo ahí, que seguro que algo malo ha hecho —sentenció en tono enfadado mientras sacaba la foto de Oz de la impresora y la colocaba junto a la de Miles.

Sospechoso número uno y sospechoso número dos. Estupendo. ¿En qué realidad paralela habían entrado?

Dani volvió a reírse; Kye se alegraba (mentira) de que al menos aquello le estuviera resultando divertido. Ya hablaría con ella. Traidora.

—Decidme qué hago —pidió su amiga en tono más serio—. Quiero ayudar.

Foster la estudió unos instantes antes de mirar el tablero y decirle:

—¿Qué se te da bien?

—Muchas cosas —le contestó ella guiñándole el ojo.

Lo que faltaba.

Kye se levantó del sofá y caminó hacia ellos. Fulminó a Foster con la mirada y empujó a Dani hacia la puerta.

—Dani investigará a David y se coordinará con Oz, que, por cierto, viene mañana —añadió sin mirar a Foster mientras seguía empujando a su amiga—. Ve a ver cómo están Dean y mi hermana —le dijo a ella—. Y mañana hablamos.

Luego se giró para volver a fulminar a Foster con la mirada y este le sonrió con timidez y una sensualidad que hizo que le hirviera la sangre. Una vez más, para bien y para mal.