28. Fallen
FALLEN
FOSTER
El de la llamada había sido Miles; porque los hombres de la vida de Kye, por lo visto, no podían vivir sin él.
Tras colgarle al psicólogo —de cuyas dotes empezaba a dudar, porque Kye no estaba bien, pero, sobre todo, porque había interrumpido un momento estelar y apoteósico— lo llamó el motorista de barba sexi como el demonio y todo fueron susurros y palabras a media voz.
Al final, de esa segunda conversación Foster no sacó más que un cabreo importante —porque Kye no le quiso contar nada— y una ducha con olor a algodón de azúcar que lo dejó envuelto en dudas y deseo. Pero más relajado, eso sí.
De la primera llamada, la de Miles, sí sacó algo: una carga. Al parecer, Foster tenía que acompañarlo a por algo de comer que servirían luego en el Nexus porque —y aquello era interesante— Kye prefería que no viera «el puto tablero»; palabras textuales del escritor.
¿Kye no estaba listo para salir a la calle porque tenía miedo hasta de su sombra? Pues mandaba a Foster a hacer el trabajo sucio: comprar comida y entretener a un tío al que no conocía de nada.
¿Kye no estaba listo para que su amigo viera el tablero y su investigación?
Pues Foster evitaría que el amigo en cuestión —que quizá no lo fuera tanto, aquello también había que planteárselo, por la desconfianza tácita que empezaba a asomar— entrara al apartamento.
Mentiría —total, ¿qué era una mentira más en su haber?
; palabras casi textuales de Kye— y diría que, durante unos días, la casa de Kye estaría de obras por no sé qué de unas filtraciones.
¿Kye no quería que Miles supiera de la existencia de Dean pero no podía decirle que no fuera al Noir porque sería sospechoso?
Pues Foster le ayudaría a evitarlo. Además, la explicación que le había dado se le había grabado en la piel, como casi todo lo que decía Kye.
«Yo decido qué les cuento sobre mí y la bruma gris y pastosa que me cubre», le había dicho.
«Pero no cuento secretos de otro y no voy a poner en peligro a Dean por necesitar lloriquear en el hombro de alguien».
Foster no se había opuesto porque aquella era su investigación y él mismo no estaba cómodo dejando entrar a nadie a algo que consideraba suyo.
Así que había dejado a su cómplice de mentiras y elucubraciones subiendo a ver a Dean y Eli, había hablado con Julia por teléfono para asegurarle que su progenie estaba bien aunque cabreada, le había dicho que Kye no quería verlos, que él los avisaría, y se había ido al encuentro de Miles Peterson, que resultó ser una especie de niño prodigio muy mono que le produjo ternura inmediata y a la vez cierta desazón; no sabía muy bien por qué.
—Es la tercera vez que vengo a este bar y en todas las ocasiones he visto a ese tío de pelo largo y gris sentado en el mismo taburete —dijo Foster señalando al hombre en una esquina de la barra—.
Pero además es que está en la misma posición y todo.
Y mira, casi no parpadea. ¿Estamos seguros de que está vivo? A mí me preocupa.
Miles soltó una carcajada que intentó tapar con una mano en un arranque de timidez.
—Cuando me mudé, comía a base de bocadillos de este sitio. Fue Kye quien me contó la historia —dijo, orgulloso, recolocándose las gafas, como si le estorbaran—. Dicen que lleva ahí desde el año setenta y algo. Desde que su mujer se fue. Según cuentan, aún está esperando a que vuelva.
—Pues alguien debería decirle que no tiene pinta de que lo vaya a hacer.
Miles volvió a reírse y luego miró hacia el suelo con timidez, como si no estuviera acostumbrado a la alegría. En ese sentido era un poco como Daniela. Tenía lógica que ambos orbitaran alrededor de Kye.
—Nadie quiere romperle el corazón, supongo. Aunque me da la sensación de que está tan borracho siempre que, si alguien le dijera algo, se olvidaría de ello al día siguiente.
Foster miró al hombre-estatua que esperaba a su mujer en la barra de un bar y, aunque era cierto que tenía la mirada perdida, el pelo sucio y descuidado, y una camisa de cuadros que bien podría tener cuarenta años, no lograba que le produjera nada más que pena.
Le parecía romántico, incluso, que quisiera a alguien lo suficiente como para perder la cabeza.
Además se parecía tanto a Harry Dean Stanton —a uno envejecido y deteriorado— que Foster fue transportado a su infancia de inmediato, a su madre, a su risa, a su salón enano y lleno de figuritas que olía a mofongo, a pastelón y a tostones.
Trasportado a una película que se repetía sin cesar en su televisión y cuyos diálogos flotaban siempre en su casa; Paris, Texas era la película favorita de su madre, y daba igual si su hijo pequeño tenía edad para verla o no, nada que no se solucionara tapándole los ojos o los oídos en momentos concretos.
Foster la había visto tantas veces tras su muerte…
Tantas… Así que ese señor mayor desaliñado que parecía vivir en el pasado, a él lo que le provocaba era añoranza; prefería verlo como un testigo silencioso de todo lo que pasaba en ese bar que como un borracho.
Cuando les entregaron sus bocadillos, varias raciones de poutine y tres pastelitos de Nanaimo, se dirigieron al hotel.
Se habían encontrado en el camino de entrada, Miles lo había esperado en un punto muerto en el que no se sabía si iba o venía.
Había parecido desconcertado, molesto —probablemente con razón—, y Foster lo había traído en coche al pueblo con una sonrisa tranquilizadora y había intentado que la tensión no se masticara.
No había costado, Miles era tímido, parecía quizá un poco resentido, pero se había suavizado en cuestión de minutos; por eso la vuelta al Noir fue más amena y sin tantos silencios incómodos.
No Need To Argue , de The Cranberries, los sumió en una especie de letargo agradable hasta que su pasajero le hizo La Pregunta, con mayúsculas.
—¿Entre Kye y tú…?
Foster se puso nervioso, mucho. Pero no por el motivo esperado; no por la razón que llevaba toda la vida atormentándolo.
No tenía miedo a decir quién era, había sido tan él desde que había llegado a Black Pines que el actor que había dirigido su vida hasta ese momento estaba desaparecido en combate y sin orden de busca y captura; al menos por lo que a él respectaba.
Sintió miedo porque ese hombre sentado en el asiento del copiloto era amigo de Kye, y no sabía qué decir, qué revelar, qué podía contar.
Así que trató el tema con naturalidad y solo dijo verdades.
A medias, veladas y dejando fuera cualquier emoción.
Como un presentador dirigiendo un programa sin entrar en detalles, sin soltar ningún espóiler.
—¿Que si… hay algo? No, no nos conocemos lo suficiente.
Me gusta, no sé si hay alguien en el universo a quien no le guste Kye Colton, aunque tampoco sé si me cae del todo bien.
A veces es un poco cruel conmigo. He venido a hacer un documental sobre Queer Project.
El motivo de mi visita no tiene nada que ver con él.
Ninguna mentira en sus palabras. La fuerza que ese «me gusta» implicaba nadie la entendería, pero había desnudado un pedacito de su ser mientras los acordes de una canción que sonaba a despedida, a dolor y a madurez emocional se llevaban su eco.
—P-pero… no entiendo lo del documental; p-por qué ahora, quiero decir.
No están en activo y dudo mucho que lo vayan a estar siendo solo tres y…
No sé, lo siento si sueno insensible. No lo soy, me caen muy bien, colaboro en El Refugio los fines de semana que tengo libres, p-pero… son una banda de rock medio muerta.
«Medio muerta» era una expresión horrorosa. ¿Cómo era posible que aquel chico fluctuara de la ternura a la antipatía con tal facilidad?
—Llevo tiempo siguiéndolos, soy fan desde hace muchos años. Los admiro profundamente. Cuando me contactaron no lo dudé. Y no le des muchas vueltas. Julia quiere dinero y publicidad para los refugios y yo quiero formar parte de ello. Es bastante sencillo.
Miles se quedó callado, mirando por la ventana hacia el cielo permanentemente gris, hacia las también casi permanentes gotas de lluvia que eran como una cortina que impedía ver con claridad el escenario al otro lado.
Quizá a Miles le dolía que no le hubieran contado lo del documental, la mera existencia de Foster o que Kye hubiera mandado a un desconocido a ocuparse de él.
A ver, lo último estaba feo. Y entendía el rechazo —mucho, era capaz de reconocer el patrón de sus cicatrices sobre la piel—, pero también le parecía una actitud egoísta.
—Yo… no quiero inmiscuirme. No era esa mi intención. Es que… Kye lleva días esquivo, y que hoy no haya querido salir del hotel… No debemos dejar que vuelva a sus hábitos de antes, ¿entiendes? Tenemos que motivarlo a que salga, a que se relacione, a… Lo siento, yo…
Y, una vez más, Miles pasaba de despertarle cosas feas a darle una pena tremenda.
Quizá, a pesar de ser psicólogo, le costaba relacionarse con los demás.
Foster había leído una vez que quienes habían tenido problemas de socialización en su juventud optaban por profesiones en las que pudieran ayudar a otros, pero suponía que el buen corazón y la fuerza de voluntad no le daban a uno habilidades sociales. Solo buenos deseos.
Suspiró.
—Te preocupas mucho por él.
—Es inevitable. Estamos muy unidos desde…
Lo dejó ahí en el aire, el evento innombrable que, para no poder mentarse, tenía una presencia sofocante.
—Os conocisteis a raíz del accidente, ¿no? Fuiste su terapeuta.
—Fui más que su terapeuta, mucho más —Miles miró por la ventana mientras Foster aparcaba frente al hotel y apagaba el motor—. Fui una de las p-personas que intervinieron en su rescate. Fue… No sé, un encuentro destinado a ser; o algo así. Creerás que es una tontería.
No, no le parecía una tontería. Le parecía un delirio.
Y una mierda. Aunque había escuchado a Kye hablar de Miles y, salvo un profundo cariño y una amistad que esperaba que durara toda la vida si a ambos les venía bien, no había amor romántico.
De hecho, había una distancia de seguridad que empezaba a entender por qué Kye había puesto.
En un primer momento creyó que era porque quería separar amistad y terapia, pero quizá era algo más.
—¿Viniste aquí por él? —le preguntó Foster cuando ambos bajaron del coche y emprendieron el camino hacia la puerta principal del hotel.
—Al revés. —El orgullo en su voz y la forma en la que se recolocó la cartera de piel que llevaba al hombro contrastaban con esa timidez que lo envolvía como un aura —.
Él vino p-por mí. Yo necesitaba un cambio de aires, me habían hecho una oferta en la universidad indígena Mystic Bird que no sabía si aceptar p-porque estaba totalmente fuera de lo que en algún momento creí que sería mi futuro…
Ya sabes, cuando quieres cambiar el mundo y…
Bueno, eso… Así que, cuando Kye me dijo que dudaba si volver una temporada a Black P-Pines, todo tuvo sentido.
Lo animé a venir conmigo y aquí estamos…
—Así que cambiaste de carrera, de ciudad… Oye, ¿este coche no está más cerca que antes? —preguntó Foster señalando el coche de Kye.
—Hum… ¿No? No sé. Yo… quería desconectar; a veces, el tipo de terapias a las que me dedicaba p-podían llegar a ser…
desmoralizantes. Los progresos se celebran y te sientes útil con la sociedad y en comunión con la vida, ya sabes.
P-pero los fracasos… te hunden. A mí, al menos.
Que te conviertan en una eminencia al comienzo de tu carrera, lo que no quiere decir que lo seas, solo que otros lo creen, hace que se espere mucho de ti.
Demasiado. Y uno no está siempre a la altura de ese baremo de otros.
O no lo quiere estar. Como fue mi caso. No sé, es difícil de explicar, sé que suena a niñato mimado y desagradecido.
—¿Y lo dejaste atrás sin más? Te admiro. A mí me cuesta horrores cada pequeño paso hacia la libertad.
—No fue sin más. Me costó decidir. Me ofrecieron varios trabajos y acepté el de la universidad. Quería… Necesitaba un cambio. Que una institución de las Primeras Naciones me admitiera me p-pareció un honor.
—Y acabaste aquí con Kye.
—Kye acabó aquí conmigo, sí.
Foster se quedó mirándolo mientras entraban y se dirigían a una de las mesas del Nexus.
No sabía si Miles se repetía eso de quién siguió a quién como un mantra para sentirse unido a Kye o para reafirmar su posición frente a Foster.
Si se trataba de la segunda opción, le parecía un poco triste y, sobre todo, innecesario.
Foster no tenía celos, no de él, al menos.
Del motorista exnovio de Kye… Quizá ese era otro tema.