27. Sinister #2
Cuando quedó claro que Kye no iba a hablar, y con el firme propósito de seguir teniendo una «relación» más o menos fluida, Foster hizo lo que mejor se le daba: ser un payaso.
—Me vas a tener que poner un bourbon o algo, que esa es la bebida de los detectives y yo estoy a tope. ¿No me ves? Lleno de ganas y de ideas.
Kye lo miró con una ceja alzada; atrás habían quedado la vulnerabilidad y el rastro más espeso del miedo. Había pequeñas huellas de ambas emociones, pero de las que se borraban con el aire o una lluvia suave.
—No te vengas muy arriba, anda, con un zumo de manzana a estas horas vas que chutas.
—No escribas nunca novela negra, por Dios. Zumo de manzana, dice. —Foster se alegró de ver cómo Kye le medio sonreía. «Medio» era la palabra clave, pero le valía—. Al menos un café.
—A saber los que llevas —le dijo, pero se levantó y se dirigió a la cafetera.
—Cuando digo que les vamos a hacer el cuestionario de Proust, no me refiero a que les vamos a hacer preguntas directas a todos ellos —dijo Foster girándose para mirar a Kye, que le devolvió la mirada desde la cocina—.
Vamos a hacerlo tú y yo mano a mano, colocamos fotos de todos los sospechosos y vamos haciendo perfiles.
—¿Crees que estamos preparados para hacer eso? ¿Tú y yo? —preguntó Kye con incredulidad en la voz.
—¿Un escritor de novelas de terror y un paria que lleva media vida soñando con investigar y dirigir un true crime ? Ya lo creo que sí.
—Hay un abismo entre «dirigir» y «ser víctima de», y yo todavía no he tenido tiempo ni de asimilar lo que está ocurriendo.
—Pues eso vamos a hacer. Asimilar. Juntos.
Se miraron por encima de la isla de la cocina, acortando la distancia que los separaba a base de intensidad e intenciones.
Porque Foster tenía mucho de ambas cosas y un instinto de protección que no sabía de dónde había salido más allá de la obnubilación y la admiración por Kye, pero que no rechazaba en absoluto.
Por primera vez en su vida quería abrazar sentimientos desconcertantes, quería ser él.
Así que ese «juntos» los acompañó mientras tomaban la primera taza de café, la segunda y la que iba a ser la tercera, pero fue sustituida por un zumo de manzana entre sonrisas, guiños de ojos y manos temblorosas.
Los acompañó mientras imprimían noticias, hacían «fichas de personaje» y Kye imprimía fotos de cada persona presente en su vida en los últimos dos años y medio.
—No sé por qué mis padres tienen que estar en este tablero. Son egoístas e insensatos, pero no sospechosos. Y mi tío West y Jon murieron años antes; seis y cinco años antes.
—Así es más visual. Puede que no sean sospechosos, pero sí protagonistas. Tomémoslo así, como que son personajes de uno de tus libros y les estamos dando dimensión a sus personalidades. ¿Quién es este? —añadió Foster señalando una de las últimas fotos que Kye había impreso.
—David. Trabaja con Dani. Empezó en la sede de Richmond con Oz y se vino con ella cuando se mudó a Black Pines.
—¿Qué sabes de él?
—No mucho. No interactuamos demasiado. Dani confía en él.
Últimamente la tiene alterada y le hace hervir la sangre, pero no creo que haya cometido más delito que intentar dejar de fumar.
Bueno, no lo sé, no conozco sus antecedentes penales, pero estoy seguro de que Oz sí.
—Kye suspiró, frustrado, y se pasó una mano temblorosa por el pelo—.
Yo solo digo que esta pseudoinvestigación no me va a venir bien, lo que va a lograr es que desconfíe de todo y de todos, y mi equilibrio mental está un poco desajustado, por si no lo has notado.
A Foster le sorprendió la confesión, Kye siempre intentaba aparentar una serenidad que no poseía, se ocultaba tras ese aire de soberbia y sarcasmo y no dejaba ver sus vulnerabilidades; si lo hacía para protegerse a sí mismo o para proteger a los demás, Foster no lo sabía.
Creía que era una mezcla de ambas, consecuencia de esa fuerza que sacaba de la nada y lo mantenía en pie.
—Eh, esta investigación no tiene nada de «pseudo». Mira todo lo que hemos averiguado en las horas que llevamos. Somos estrellas. Somos Rust y Marty en True Detective , somos Ed y Lorraine Warren, somos…
—Mulder y Scully, sí, lo que quieras, pero…
¿y si…? —Kye hablaba desde la aprensión, se le notaba.
Foster no sabía si se había vuelto muy bueno leyéndolo o si él ya no lo ocultaba, pero el temblor en la voz estaba ahí de forma permanente, igual que en su postura de pies descalzos encogida en la silla—.
¿Y si de verdad todo es una coincidencia?
Lo mío fue un accidente, el anónimo no tiene nada que ver, el roadie violador murió aquella noche… No sé, todo puede ser casualidad, ¿no?
A Foster le dolía ser el realista de los dos —él realista, por el amor de Dios—, pero no se podía obviar la verdad.
Podría decorarla y acompañarlo en su descubrimiento, pero eran demasiadas cosas para pasarlas por alto.
Y entrar en negación no era bueno en ningún caso.
Era un síntoma más. Uno que podía hacer mucho daño a pesar de su aparente inocuidad.
—¿De verdad lo crees? No quiero asustarte, es lo que menos quiero.
Te lo juro. —Foster se acercó a la silla y puso ambas manos en los reposabrazos, rozando la piel desnuda de los brazos de Kye, que levantó la vista; y, durante unos segundos, eso fue lo único que pasó: ojos enganchados que no podían soltarse.
Unos llenos de miedo, los otros de determinación—.
Pero no vamos a negar los hechos. Ninguno.
Lo que pasó pasó, y vamos a ver si alguno de esos hechos guarda relación con tu «accidente», ¿de acuerdo?
Kye asintió con la cabeza y luego aceptó.
—De acuerdo.
—Y vamos a descubrir cómo encaja lo que ocurrió con un roadie muerto en los noventa en una semana que pareció pasar de todo: un incendio, un bebé abandonado en un coche, una atracción de feria que salió volando dejando quince heridos…
¿Qué cojones pasó esos días para que los periódicos se desbordaran de sucesos espantosos?
—Hay muchas obras que tratan el efecto dominó del mal. Antes de que algo horrible ocurra, pasa de todo. Aunque no creo que yo tenga la culpa de que alguien abandonara a un bebé en un circo ambulante o de que…
—Tú no tienes la culpa de nada, ¿me escuchas?
—lo cortó Foster, que volvió a cernirse sobre él, sus caras a escasos centímetros, el olor de Kye inundándolo todo, poniéndole la piel de gallina; trayendo a su memoria de forma íntima y exacta el momento que compartieron en el sótano de los Colton—.
Nada es tu culpa. Eres una víctima, una que tiene mil razones para estar asustada, pero que, detrás de esas capas de pavor y negación, también tiene sed de descubrir la verdad, hambre de resolución, de hacer la digestión, de pasar página.
—No hay nada que quiera más que pasar página, créeme.
—Te creo. —Siguieron mirándose unos instantes, las respiraciones aceleradas de ambos mezclándose en el aire.
El ambiente era denso, viscoso, y estaba cargado de algo que Foster no podía creerse, porque la atracción no era unilateral, no estaba solo en aquello; y ser el objetivo del deseo de aquel rubio estupendo era más de lo que podía asumir en esos momentos.
Entonces, un sonido que le costó identificar como el tono de llamada de un móvil rompió el momento, y la cercanía de sus caras y brazos se convirtió en una distancia abismal.