27. Sinister
SINISTER
FOSTER
—¿No has dormido? —La voz a su espalda lo sobresaltó.
Kye aún estaba sentado en la cama, desperezándose, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz y a la realidad que la mañana le mostraba: Foster yendo de un lado a otro, cogiendo hojas de la mesa y colocándolas con chinchetas en el tablero de corcho.
—Poco. Llevo horas con esto. He hecho café.
—Sí, se nota. —Kye inhaló el aroma que flotaba en el aire y hasta cerró los ojos en un gesto que pareció puro éxtasis—. Y, por curiosidad, ¿cuántos te has tomado tú ya?
—He perdido la cuenta.
Y sabía que la euforia que emanaba era evidente.
Hacía mucho que no se emocionaba con algo de esa forma.
Era consciente de que estaban de mierda hasta las orejas y la situación daba un poco de miedo, aunque no se lo hubiera querido reconocer al escritor que se ahogaba en un vaso de agua; pero Foster había rebuscado entre sus cajas metafóricas y había empezado a abrirlas todas, a lo loco; no había dejado ni una tapa puesta.
Y allí, tras montones de pensamientos, ideas y hazañas inservibles, había encontrado su objetivo y su ilusión.
A raíz de algo espantoso, sí, pero su participación no lo haría más horrendo; al revés. De eso se trataba.
—¿Puedo usar la impresora? —preguntó mientras Kye, con paso perezoso, se dirigía hacia él—. No sabía si haría mucho ruido y no quería despertarte, para una vez que logras dormir en días…
Había pasado gran parte de la madrugada mirándolo dormir.
Al final sí iba a ser como Edward Cullen acechando a Bella desde una esquina de su habitación.
Puto raro. Pero cierto era que había hecho lo mismo.
Cuando el amanecer había empezado a colarse por los ventanales, cuyas cortinas habían olvidado cerrar, Foster se había sentado a los pies de la cama de Kye y lo había mirado.
Durante mucho rato. Y se había empapado de la sensación de paz que su rostro sereno le había proporcionado.
Kye sin hostilidad en la mirada era un ángel.
O un vampiro de Anne Rice. Tenía que decirle que también conocía a Anne Rice, que se había masturbado con Lestat, que se había aficionado a la lectura gracias a él.
O a la androginia en general. Bueno, eso quizá mejor no se lo decía.
Pero ahora Kye no estaba dormido. Y se acercaba a él en silencio.
Hasta que se detuvo a su lado, muy cerca; demasiado.
Su presencia era arrolladora. Y se quedó mirando las tarjetas que tenía extendidas por el escritorio, todas escritas a mano por él porque no quiso despertarlo imprimiendo cada página interesante que encontró.
La impresora de su casa sonaba como si fuera la tirada de un periódico de los años setenta. Y Kye necesitaba dormir.
—¿Qué…? ¿Qué es todo esto? —Su voz estaba impregnada de dudas; no, no eran dudas. Era miedo. No quería ser motivo de su miedo, al revés, la finalidad de todo esto era ahuyentarlo.
Foster vio en el reflejo de la pantalla del ordenador cómo Kye se apartaba el pelo con una mano y se lo ponía detrás de la oreja, y la expresión de su rostro revelaba tantísima vulnerabilidad que tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no girarse y envolverlo en sus brazos.
Era una sensación extraña; Kye despertaba en él un instinto de protección que juraría no haber poseído jamás hasta ese momento, y, a la vez, estar cerca de él lo hacía flotar en un mar de lujuria y deseo. Era una combinación ilógica y desconocida, pero muy placentera.
—Esto, querido genio del terror, es tu nueva investigación.
—¿Perdona?
Había dudas en su voz, sí, pero ya no había miedo.
—Te vas a marcar un Sinister y yo te voy a ayudar —dijo Foster, animado ante la mirada de confusión de Kye—.
Crees que soy lego en la materia, pero no.
He visto pelis de terror, ¿sabes? Tengo vida social y photocalls a los que asistir, el cine me suele salir gratis.
Y he visto a Ethan Hawke en Sinister , un escritor con una chaqueta divina investigando crímenes del pasado, siguiendo pistas; y todo ello sin dejar de ser guapo y estupendo.
—Primero, lo de la chaqueta divina… —Dejó la frase en el aire con un alzamiento de ceja y una minisonrisa que no por pequeña era menos potente—.
Segundo, Ellison Oswalt, el personaje al que da vida Hawke, era un escritor fracasado que solo quería revivir sus tiempos de gloria.
Y tercero, se obsesionó un poquito demasiado y al final no estaba tan estupendo.
Foster conocía perfectamente la película; todo eso de que iba al cine por postureo no era más que un postureo en sí mismo, la respuesta que le daría a alguna de esas personas que se cruzaban en su vida entre brillos y cócteles exóticos.
Pero allí, en Black Pines, no tenía que fingir.
Los Colton y Queer Project eran reales, imperfectos y no se escondían.
En esos momentos no conocía a nadie que la hubiera cagado más que Julia Colton, y, aun así, la estrella del rock caminaba orgullosa y con la cabeza bien alta.
«Un poco de esa seguridad, por favor», pensó Foster, que, en un arranque de sinceridad, reconoció:
—Conozco bien la peli, cuando era joven y con ideales quería ser una especie de Oswalt.
—¿Querías ser un escritor venido a menos, ambicioso, terco y obsesivo?
Foster sonrió y le dio un ligero golpe en el pecho; que no tuviera que estirar el brazo para hacerlo dejó claro lo cerca que estaban, lo que siempre se acercaban sin ser conscientes de ello.
—Y con una chaqueta divina. —Se miraron, se sonrieron, y, tras una pausa, Foster se sacó lo que llevaba dentro—: Pero a lo que me refiero es a que siempre quise hacer true crime , ¿sabes?
No sé por qué me llamaba la atención de esa forma, pero era una especie de obsesión.
Me interesaba la búsqueda de la verdad, esclarecer casos reales que, por el motivo que fuera, a nadie le había interesado resolver.
—Podrías haber sido policía o detective privado.
—Y lo pensé, no te creas. Pero no. Lo mío es amor al arte, literal; lo audiovisual, el enfoque cinematográfico de realidades turbias que la gente tiende a olvidar o a mirar a través de una lente oscura que no muestra las cosas como son.
No busco la resolución en sí misma, sino…
¿entender?, ¿explicar? Y, a la vez, crear tensión, construir suspense…
No sé, podría decantarme por la ficción, pero, por algún motivo, no he sentido esa llamada.
Tampoco quiero hablar de Ted Bundy o de Richard Ramirez; no quiero fetichizar a asesinos, lo que me preocupa son las víctimas sin rostro.
Quiero averiguar por qué mataron a una mujer por la que nadie se preocupó o a un niño desconocido que a nadie importaba.
Soy…, no sé, ¿vanidoso pero comprometido?
Kye no apartó la vista de él durante unos segundos de silencio en los que Foster, aunque sonara ridículo, tuvo miedo. A que se riera de él, a que tratara de humillarlo como solía hacer su padre. A que pisoteara sus sueños recién sacados de la caja de los recuerdos.
—Cuando creo que te tengo calado, vas y sueltas una cosa así. —Kye suspiró—. Eres un misterio, Foster King, uno que no sé si quiero descubrir.
—Bueno, pues mientras decides si quieres adentrarte en mí o no… —Foster le guiñó un ojo y Kye abrió la boca por la sorpresa, pero sin llegar a decir nada—. Tenemos aquí otro misterio que desentrañar. ¿Estás preparado?
—No.
—¿Quieres hacerlo?
—No. —Tras una pausa, añadió—: Pero lo voy a hacer. Quiero que todo esto acabe de una vez.
Kye recorrió con la mirada los papeles de la mesa, los que Foster había puesto en el tablero y los que empezaban a salir por la impresora. Fotografías, páginas de periódicos…
—Necesito fotos. De toda la gente que conoces y con la que te relacionas. Y, en especial, de la que entró en tu vida justo antes, durante y después del accidente.
—¿Para qué?
La respuesta a esa pregunta era importante; vital. Tenía que ser sincero, pero no asustarlo. Tenía que decirle la verdad sin adornar, pero sin que de ella colgara una losa que lo hundiera hasta el fondo del mar. O hasta lo más profundo de un río de la Columbia Británica.
—Porque vamos a construir esto como si fuera uno de mis documentales soñados; no, no, un libro; tu libro.
Vas a cambiar el género y, en vez de terror, horror o…
, ya sabes, vas a escribir un noir de los que le gustan a tu padre.
Un thriller en el que no nos vamos a cerrar a nada y vamos a exprimir a cada personaje.
Vamos a hacerles un cuestionario de Proust a todos ellos, pero adaptado a nuestras necesidades.
—¿Sabes lo que es el cuestionario de Proust?
—Soy una caja de sorpresas, ¿eh? Entiendo que te enamores de mí con cada palabra.
El gesto de Kye, como si fuera imposible que alguna vez se enamorara de él y, a la vez, como si enamorarse de él fuera una opción real, hizo que le volara la cabeza en muchas direcciones distintas.
Todo Kye era un fuego artificial a punto de ser lanzado.
Podía tener los colores más preciosos e iluminar la noche más oscura; podía salir defectuoso y quedarse en su cascarón, soporte o como quiera que se llamara el lugar que los contenía; o podía salir volando, explotar y caer directo sobre los espectadores, dejándolos heridos de muerte y con el corazón destrozado.
Kye se sentó en la silla de su escritorio y subió los pies al asiento, las rodillas dobladas contra el pecho.
Verlo ahí, con esos pantalones de yoga negros y una camiseta verde oscuro con un Cthulhu estampado en el centro arañó un poco las entrañas de Foster.
La postura denotaba vulnerabilidad y necesidad de protegerse, pero no desconfianza.
Lo que era extraño; y bienvenido. Ahí, con sus pies descalzos, parecía una especie de escultura marmórea y preciosa que hacía que todo lo demás dejara de existir.
Era belleza y lujuria. Era carnalidad y sueño; una dicotomía como todo él.