Hotel Noir 26. Confessions #2
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26. Confessions #2

—No te preocupes, no fue una cuestión de dinero.

Ni me lo planteé. Más que nada porque el Scenic está en lo alto de una catarata y yo no me acercó allí ni loco.

De solo pensar en escuchar la caída del agua…

—Kye se estremeció—. Lo cerraron tras años de litigios; está construido en tierra de la Primera Nación Cheam y, por supuesto, quién lo montó se pasó por el forro a la comunidad indígena.

Kye suspiró y volvió a estremecerse; no porque la injusticia a las Primeras Naciones más pequeñas y con menos fuerza política le molestara (que también), sino porque, aunque no había subido a Demon Falls desde que era un crío, en esos momentos creía que hasta podía oír la caída del agua, la corriente del río bajando con fuerza, el olor; ese olor…

Foster le puso una mano en el muslo. Fue un toque que pretendía ser calmante, y, en cierto modo, lo fue, impidió que lo arrastrara el agua hasta una desembocadura desconocida; pero también consiguió el efecto contrario: excitación, nervios, un pájaro carpintero picoteándole el estómago.

La mano desapareció tan rápido como había llegado allí.

—Esta casa es una maravilla. No quería menospreciar tu hotel del miedo.

Se sonrieron. Porque sonreírle a veces era inevitable.

—Perteneció a los abuelos de mi primer novio. Bueno, y de mi primera novia. —Ante la mirada desconcertada de Foster, añadió—: Es una larga historia. Pero mi primer amor, Liam McNulty, vivió aquí. Aquí me rompió el corazón. Y aquí empecé a salir con su hermana mayor.

—Vaya resumen. —Foster contuvo una sonrisa preciosa, más bonita incluso que las evidentes que no dejaban de asomar a sus labios.

A veces lo que se intuía pesaba más que lo que se enseñaba—.

Antes hablaron de la tía de tus exnovios y no entendía nada.

—Tras una pausa en la que picó una batata del plato de Kye, continuó—: Siento que te rompieran el corazón.

—No hay nada que sentir. Ha pasado mucho. Ya no me acuerdo ni de cómo olía ni del timbre de su voz. Pero los amores adolescentes dejan cicatriz, es lo que hay.

Foster pareció quedarse pensando sobre lo que Kye había dicho, lo que no fue bueno en absoluto, porque a Kye le dejó tiempo y silencio para pensar en las similitudes entre Foster y Liam, y todo respeto y atracción por su (por lo visto) compañero de piso parecieron evaporarse como las gotas de agua en el desierto.

—¿Quieres hablar de ello?

—No. Tampoco hay mucho que decir —Kye era consciente de que su tono se había vuelto frío—. Cuando Liam me rompió el corazón, me acerqué a Maeve. En un primer momento solo fue para fastidiar a su hermano, pero me enamoré de ella. Salimos durante un año. Hasta que se mudaron.

—Y tú compraste la casa y la convertiste en un hogar de monstruos.

—Exacto. Diez años después, eso es precisamente lo que hice.

—Es como huir sin hacerlo —le dijo Foster, girándose hacia él y haciendo que sus piernas, sus cuerpos, quedaran peligrosamente cerca—. Más como esconderse, supongo. No lo sé.

—Escribir es mi vía de escape y, a la vez, mi encierro. Rodearme de mis monstruos me calma. Encerrarme en mi universo, donde residen los miedos de otros, es mi paz, mi casa en el árbol, mi huida. Así que sí. Es un poco las dos cosas que has dicho.

—Tu huida es esconderte en un hotel en construcción que gestiona una niña de diecisiete años mientras pasa por un cataclismo emocional. Los Colton sois asombrosos.

Kye sonrió porque cuando Foster decía estas cosas tan acertadas era difícil acordarse de que acababa de conocerlo y que no eran compañeros del alma. ¿Cómo alguien tan distinto a él lo leía tan bien? Quizá eso decía mucho de Foster y poco de Kye.

—Yo tengo el sitio y el dinero; ella, la idea y la ilusión.

Ambas cosas son compatibles y ambos ganamos.

Así, mientras piensa cómo hacer frente a los roqueros que tiene por padres, que, a pesar de vivir de locuras y excesos, quieren que su hija tenga una carrera y profesión digna y, con toda probabilidad, aburrida, se encarga de hacer un poco lo que quiere y convertir en rentable una idea que para otros sería un castillo de arena en medio de un tornado.

—Me acabas de confirmar lo que llevo pensando casi desde que llegué, ¿sabes?

Dices que esto es tu vía de escape y tu refugio, pero he visto cómo Eli disfruta decorando, planeando, cómo dice que le gustaría tener un café librería durante el día, perdona, museoteca , y un bar con micrófono abierto por la noche; y, casualmente, tu hotel tiene ambas cosas. Lo estás haciendo por ella.

—Foster el intuitivo. Puedes sumarle ese calificativo a Foster el influencer y Foster el alma caritativa. Qué de facetas tienes. —El comentario sonó dañino, no lo era. Aunque quizá de forma inconsciente sí pretendía picar.

—Eres beligerante cuando te quieres esconder, vale, lo pillo. Y sí, soy así de intuitivo, pero es que además he acertado en lo que dije antes en esa habitación espantosa de arriba, ¿a que sí? Eli es Juniper, la protagonista de Mascarada .

Kye suspiró. Con ese hombre era imposible no claudicar, estaba bajo su extraño influjo.

—Se lo cortó después —dijo con una sonrisa que no pudo evitar—.

Mi hermana, digo. Se cortó el pelo después de leer Mascarada .

Pero nunca le he dicho nada, ni ella a mí.

Y si ella no necesita sacar el tema, ¿quién soy yo para presionar y preguntarle?

Hasta que llegaste tú y empezaste a soltar cosas por esa preciosa boquita tuya.

—¿Es preciosa? —preguntó, radiante.

—No.

—Lo has dicho tú.

—Era una forma de hablar.

—No, eso no es una forma de hablar. Piensas que mi boca es preciosa.

—Vete a dormir —dijo Kye levantándose de la silla, cogiendo su plato y llevándolo a la cocina.

—¿Quieres que duerma contigo?

La mirada que Kye le dirigió fue suficiente para callarlo, aunque la sonrisa no pudo esconderla.

Maldito. ¿Por qué no podía ser el guapo superficial que parecía a simple vista?

Kye se dirigió a la cama y apagó un par de luces en su camino hacia allí.

—Eh, ¿dónde vas?

—A la cama. Ha sido un día espantoso. Estoy agotado, tengo resaca, emocional y física, y te has colado en mi casa para agotarme más. Se acabó por hoy.

—Pero tenemos que investigar…

—Mañana. Tú lo has dicho. No parece que esté en peligro inminente, ¿no? Necesito dormir. Necesito…

—Vale. Mañana.

Pero Kye tardó en dormirse. Se sentó en la cama y observó cómo Foster cogía su plato, lo llevaba a la cocina (que habían dejado recogida antes de cenar) y luego se dirigía al baño.

A media luz, lo miró mientras salía, cepillándose los dientes, a coger algo de su equipaje.

No podía tener las cosas en todo el medio, se lo hizo saber, y Foster, guiñándole un ojo (si la semipenumbra no lo engañaba), deshizo su maleta y su mochila, y colocó la ropa en el pequeño armario de la entrada.

Qué rara resultaba aquella familiaridad.

Entonces, mientras oía a Foster hacerse la cama en uno de los sofás, se dejó caer sobre la suya, reventado.

Y se dio cuenta de que el miedo que solía sentir casi cada noche al apoyar la cabeza en la almohada se había hecho más pequeño; como si hubiera tenido que ceder espacio a otras emociones.

Los nervios y la ansiedad seguían ahí, pero la serenidad de los sonidos a su alrededor los había reducido hasta cubrirlos con una extraña calma que le era ajena, como si la presencia de Foster hubiera puesto una tapa sobre ellos.

Y con ese efecto tranquilizador, parecido a escuchar Bitter Sweet Symphony bajito pero con atención, Kye cayó dormido pensando que, como en el temazo de The Verve, la vida era una sinfonía agridulce.