26. Confessions
CONFESSIONS
KYE
Cuando estaba a punto de colgar a la tercera persona a la que había llamado tras su salida desesperada del Nexus, oyó los arañazos en el espejo del vestíbulo.
¿Otra vez? Increíble.
—Miles, te voy a tener que dejar —le dijo a su interlocutor aún con la voz fría, aunque no helada; la conversación que habían tenido le había templado un poco el cabreo y la sensación de traición—. Mañana te llamo y hablamos mejor.
—¿Quieres que vaya? P-puedo estar ahí en media hora. Y disculparme una vez más. O las que hagan falta. Y ayudarte. Lo que necesites, de verdad.
—No, ya te has disculpado lo suficiente —le dijo cortante, pero sin excesiva rabia, mientras se dirigía a la puerta que Foster no dejaba de arañar—.
Entiendo por qué lo hiciste entonces, entiendo que creías estar protegiéndome y cada razón que me has dado me ha parecido válida, aunque discrepe.
Pero no entiendo por qué no me has dicho nada en todo este tiempo.
Estoy bien. Llevo mucho estando bien. Y tú me has estado ocultando información importante.
—¡Es que no lo he hecho! Ni tus p-padres ni Jax volvieron a sacar el tema; y han tenido oportunidades de sobra; a tu madre la veo en El Refugio cada fin de semana desde que vivo aquí.
Pensé que la información que creyeron tener había sido humo, lo que temí en su momento.
Es más, Kye, es que sigo sin saber de qué se trata, así que difícilmente voy a ocultarte algo que desconozco.
P-pero necesito que entiendas p-por qué lo hice, el impacto que habría tenido en tu salud mental.
No sé qué p-percepción tienes ahora de esos días, p-pero estabas mal. Muy mal.
Terminó la frase diciendo algo en voz muy baja. Algo que Kye no logró oír y le pidió que repitiera.
—Que ahora tampoco estás bien —admitió en un susurro, apenas un poco más alto.
Kye suspiró, sin ganas de rebatir ni discutir su estado actual, y se despidió.
Cuando colgó, se guardó el móvil en el bolsillo trasero de los vaqueros, abrió la puerta y se dirigió hacia su escritorio a apagar la música sin dirigirle ni una mirada a su visitante.
No iba a prohibirle la entrada; de hecho, ni se le había pasado por la cabeza.
De alguna extraña forma, no le importaba que Foster entrara.
Lo había estado esperando, y en ningún momento el pensamiento le había parecido desagradable.
Todo lo contrario, ahora que su familia era como un naufragio que había dejado pocos supervivientes en su encallamiento, Foster King era el menor de sus problemas.
—Hola —lo oyó decir a su espalda antes de que parara Never Let Me Go de Florence + The Machine y se hiciera el silencio.
Se giró para mirarlo, sorprendido ante su tono cauteloso. Foster y cautela no eran dos palabras que pegaran juntas.
—Hola —dijo él también mientras se apoyaba contra el escritorio y se cruzaba de brazos, mirándolo.
—¿Cómo estás? —preguntó Foster, caminando de forma tentativa hacia donde Kye se encontraba.
—Podría estar peor.
Era la respuesta más honesta que podía darle.
Y muy cierta, en realidad. Tras salir del Nexus pensó en dar un paseo, pero le entró un acojone tan brutal que creyó que se le paraba el corazón; y llamó a Oz aun sabiendo que no debía.
Pero en esos momentos no sabía por qué no debía.
¿Qué había de malo en apoyarse en alguien cuando todo su mundo se desmoronaba y se hundía bajo el peso de una mentira? O varias mentiras. O muchas.
Entonces Kye se dio cuenta de que Foster llevaba al hombro una mochila enorme, que dejó con mucho cuidado en el suelo, junto a una maleta (también enorme).
—¿Y eso? —le preguntó, señalando ambos bultos.
—Mis cosas.
—Ya, pero ¿por qué las has traído?
—Porque mi lujosa habitación está ocupada por un menor fugado y una adolescente cabreada y en el Nexus no pienso quedarme.
—Ya, pues aquí tampoco.
—Ya lo creo que sí. En ese sofá, que es comodísimo. Y aún está mi edredón ahí dobladito, míralo qué acogedor con su sangre y todo. Eli le ha preparado la cama a Dean con una colcha sin sangre… Ella sí que sabe, se mueve por este hotel como si lo hubiera escrito ella.
—Foster…
—Y es más, vamos a aprovechar todo el tiempo que pase aquí. Investigando. Juntos.
—Hum… ¿Perdona?
—Mira, estoy contigo. A tope. Cuerpo y alma. Los dos mucho, por desgracia.
—¿Qué?
Kye era consciente de que su discurso no estaba siendo brillante, él, que se enorgullecía de vivir de la escritura; era incluso un pelín esnob al respecto. Pero lo que decía Foster no tenía sentido.
—Nada. Obvia esa parte. Sé… —Foster se pasó las manos por el pelo, alborotándoselo—. Sé que lo tienes que estar pasando de mierda, entiendo cómo te sientes.
—¿Lo entiendes? ¿Sí? —Kye alzó la voz y se acercó a él en cuatro zancadas. Lo hizo de forma tan abrupta que la maleta volcó y cayó al suelo con un ruido sordo—. ¿Entiendes el nivel de miedo e inseguridad? ¿La decepción? ¿La incomprensión? ¿Entiendes todo eso?
—Bueno, quizá no al mismo nivel que…
—No sé cuántos niveles hay, no sé si el miedo puede medirse de alguna forma. Mi antiguo psicólogo, uno que acabo de descubrir que me ocultaba información, intentó medirlo con una mierda de cuestionario de nombre pretencioso, pero sin resultado satisfactorio.
—Y no tengo dudas de que el resultado fue algo así como: «mucho, nivel de miedo alto de cojones porque la experiencia vivida es aterradora».
—Qué nombre tan técnico. —Pero Kye no pudo evitar la sonrisa temblorosa que se le escapó.
—Y largo. Muy largo.
Se sonrieron de forma tímida, extraña; fue como una primera sonrisa compartida en una intimidad reservada solo para amantes o amigos de toda la vida.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Foster acercándose a él—. Vamos a recapitular lo que ha pasado. Vamos a hablar de las bombas que los roqueros llenos de secretos han dejado caer sobre el Nexus. Vamos a hacerlo juntos, si me dejas. Me encantaría.
—¿Te encantaría? ¿Entiendes lo raro que suena? ¿Lo raro que eres? —Tras una pausa, Kye añadió—: ¿Quién eres?
—Foster King —contestó Foster tendiéndole la mano—. Hemos empezado con mal pie, así que me presento de nuevo. —Cuando Kye, renuente, se la apretó, prosiguió—: Graduado cum laude de Comunicación Audiovisual. Estoy aquí para trabajar a tu lado.
— Cum … Para traba…
—Sí. Eso mismo. Pero antes vamos a cenar. Y a cerrar esa puta puerta trasera que hace las veces de principal, porque ya va siendo hora de que alguien se tome en serio que aquí está pasando algo.
Foster debió de darse cuenta de que Kye palidecía.
—Lo siento, no creo que corras peligro, ¿vale? Y eso nos da ventaja para poder investigar, descubrir qué ocurrió, qué hay detrás de todo esto.
—¿Por qué crees que no corro peligro? —La pregunta de Kye fue un susurro y, aun así, el sonido de su propia voz casi lo dejó sordo. Esas palabras tenían mucho peso, sus signos de interrogación eran rocas enormes aplastándole el pecho. Llegados a ese punto, todo lo era.
—Hace dos años de lo de tu ataque y no ha pasado nada. Nada hace sospechar que alguien te quiera hacer daño.
—Eso cree Oz.
—El motorista fantasma, estupendo —murmuró Foster en voz baja.
—¿Perdona?
—Nada. Que es cierto, que han pasado casi dos años y no ha habido ningún incidente que sugiera que alguien va a por ti.
—A ver, alguien acaba de secuestrar a un adolescente en un pueblo donde la gente duerme con las puertas abiertas.
Como si fuera un recordatorio, Foster se acercó entonces a la puerta; solo para comprobar que, en aquella ocasión, estaba cerrada con llave (triple vuelta) y con el cerrojo, que solo había instalado porque era de bronce antiguo y le recordaba a un relato de Lovecraft, echado.
Lo miró con lástima, pero fue una mirada que no dolió porque no era una pena fea de la que hace que te pique la piel.
Estaba llena de comprensión y de un cariño tan imposible como bienvenido.
—Y también hay anónimos, abusos sexuales y un muerto que quizá no esté tan muerto —dijo Kye como pudo porque se le atragantaba cada palabra.
—Pero ese muerto lleva nomuerto , en caso de que así sea, veintipico años. ¿Por qué iba a venir a por ti ahora?
—¿Crees que tratando de descubrir esa respuesta me voy a relajar?
—Creo que tratando de descubrir esa respuesta vamos a llegar a algo. Ahora, a cenar.
Se dirigió a la cocina y abrió la nevera como si le perteneciera; y Kye lo siguió como un zombi cuyo cerebro dañado (por el miedo, los nervios, la sensación de traición y el brillo que Foster emanaba) no daba para discurrir si odiaba a aquel hombre que a primera vista parecía de oro bañado o si lo adoraba por el diamante que parecía contener en su interior.
Se negaba a pensarlo.
Entre los dos, en un silencio cómodo que creyó que Foster no sería capaz de mantener, prepararon unos sándwiches de salmón, lechuga y mayonesa, y unas batatas al horno.
Estaban sentados frente al gran escritorio mirando en el ordenador fotos del Scenic, el hotel en el que había ocurrido «el incidente» de mil novecientos noventa y cinco.
—¿Por qué montar tu hotel del miedo en esta casona y no en esa belleza? —le peguntó Foster señalando la pantalla—. Si lleva años cerrado…
—Primero, no sé cuánto dinero crees que tenía para invertir…
—Perdona, yo… no quería sonar privilegiado. A veces soy gilipollas —dijo Foster tirando sobre su plato ya vacío la servilleta con la que acababa de limpiarse los dedos.
Era increíble la vulnerabilidad que mostraba a veces.
Y era en esas ocasiones cuando Kye entendía lo que Dani había visto en él el primer día; era en esas ocasiones en las que su brillo no parecía falso ni añadido.
Parecía tan humano y transparente que hasta se le veía el interior.
Así que Kye aflojó. Ya había aflojado mucho, todo fuera dicho.