Hotel Noir 25. Sé lo que hicisteis el último verano
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25. Sé lo que hicisteis el último verano

SÉ LO QUE HICISTEIS EL ÚLTIMO VERANO

FOSTER

—¿Me estáis diciendo que recibisteis un anónimo antes de mi accidente, que, por cierto, no vamos a obviar ahora que fue provocado, y que un tipo con sed de venganza que creíais muerto, pero puede no estarlo, pudo ser el causante? ¿Eso me estáis diciendo?

No le tembló la voz, lo que fue una proeza. Cada palabra rezumaba incredulidad e ira, eso sí.

—No creemos que esté vivo. —A pesar del intento de parecer calmado, a North sí le tembló la voz—.

Pero era una posibilidad plausible y teníamos que contemplarla.

Recibir el anónimo nos descolocó de una forma que…

Y sí, antes de que nos lo preguntéis con tonito, llamamos a la policía y ellos se encargaron

—Se encargaron de esconderlo, ¿no? Weary movió sus hilos y todo tapado.

Era curioso que Kye se centrara en el encubrimiento más que en el anónimo en sí mismo cuando Foster se moría por empezar a bombardearlos con preguntas del tipo: «¿Cómo era la letra?

, ¿qué más decía?, ¿cómo era el papel?, ¿dónde lo encontrasteis?

, ¿tenía sello?, ¿quién más lo sabe?». Pero lo que quizá era una curiosidad exacerbada por su parte, en el caso de Kye era mera rabia contenida que estaba intentando canalizar hacia algún sitio, y Queer Project y sus maquinaciones eran tan buen lugar como otro cualquiera.

Fue Jax quien contestó; su cara era quizá la que más arrepentimiento mostraba. El rostro de North también estaba anegado en culpa, pero irradiaba una vulnerabilidad tan arrolladora y tan asombrosa en su fuerza que el cargo de conciencia quedaba relegado a un segundo plano.

—No —dijo el bajista de Queer Project—. Hacía un tiempo que no teníamos ninguna relación con Ray Weary; nos separamos de él cuando murió West y la última vez que lo vimos fue en el funeral de Jon y Mar.

—Hizo una pausa—. A esas alturas de la película ya teníamos nuestros contactos y sabíamos cómo hacer desaparecer una información que no nos interesaba.

—¿Y dejasteis que culparan a un inocente? Me parece increíble, papá —dijo Eli—. De mamá hemos aprendido a esperar muchas cosas, o nada, según la ocasión, ¿pero Jax y tú permitisteis que otro cargara con la culpa?

—¡Oye! —se defendió Julia sin mucho fervor; sonaba más cansada que otra cosa.

—No, Eli, no, no pienses eso, por favor.

—La súplica en la voz de Jax era evidente—.

Hasta donde sabemos, el chico que murió en el accidente fue el culpable de lo que pasó.

Un robo que salió mal, ¿no? —dirigió la pregunta a Kye como si buscara que se lo confirmara, como si quisiera algún tipo de consuelo—.

No hay motivos para creer que no fuera así.

La policía lo tenía bastante claro, y lo del anónimo pudo ser una coincidencia.

—¡¿Una coincidencia?! —exclamó Kye, la rabia filtrándose en cada fonema.

Podía parecer ridículo, pero Foster creía poder identificar sus emociones con un simple vistazo o escuchando su tono de voz.

Era una ilusión basada en los momentos de intensidad que habían compartido; no iba más allá, sabía que no lo conocía, por supuesto que no lo hacía; pero sí sabía —o deducía— que esa rabia, esa ira, lo hacía seguir nadando, le daba algo a lo que agarrarse.

«Mantente a flote, Kye, muy bien. Eres un valiente, así se hace», pensó Foster, animándolo en silencio.

«Y tu familia es lo puto peor», añadió para sí mismo, reservándose el derecho a hacer un juicio de valor un poco más meditado cuando estuviera a solas y tuviera un rato para pensar en lo que se estaba diciendo en ese bar entre luces de neón, guitarras y botellas de ginebra.

—Pero ¿cómo va a ser coincidencia lo del anónimo?

¿Vosotros os estáis escuchando? Y eso sin contar lo que acaba de decir Eli, que dejasteis que un niño se llevara la culpa; es que vamos a ver, incluso poniéndonos en el supuesto de que el tal Ted no esté vivo, que no fuera él quien provocó mi…

accidente, está claro que alguien más lo sabe. ¿Cómo explicáis eso?

—Le hemos dado millones de vueltas, creednos. Lo sabíamos nosotros, Ray y los policías que se ocuparon del caso, pero ninguno tenía motivos para mandarnos algo así después de tanto tiempo —contestó Julia.

—Puede que lo supiera más gente, no podemos saberlo con seguridad.

West… pasó por una mala racha tras lo del Scenic.

Salía y se emborrachaba en bares de mala muerte donde le daba por desnudar su alma con camareros, ligues, maleantes y cualquier desconocido que se prestara a escucharlo.

Lo recogimos en un estado deplorable de pubs , moteles y aceras más veces de las que puedo recordar.

—Pero… el tío West había dejado de beber, de consumir —dijo Eli en un susurro, sorprendida.

—Lo dejó un par de años después, sí —respondió Jax—.

Pero antes de eso, las horas bajas fueron incontables.

Los primeros meses tras lo del Scenic fueron duros.

Vivió en una bruma de alcohol, drogas y sexo.

Lo llevó fatal. Así que, cuando recibimos el anónimo, también barajamos la posibilidad de que viniera de alguien de esa época, alguien que quisiera aprovecharse de nuestra fama. No sería la primera vez.

—Claro, dieciocho años después. Cuando ya casi ni se habla de vosotros. Pero ¿no veis que no tiene sentido?

Que tuviera que venir un escritor de novelas «de miedo» que vivía más en la ficción que en la realidad a contarle a esta gente experimentada y con un máster en la vida que lo que decían tenía poco sentido a Foster le parecía una ironía tremenda.

—Kye, no sabemos de dónde viene el anónimo, esa es la verdad.

La sensación de tener esa puta carta entre las manos, con esas letras cutres recortadas de un periódico, como si estuviéramos en los ochenta…

Fue aterrador y a la vez, no sé, ridículo.

—Julia soltó una especie de risa rota—. Pensamos incluso que era una broma, así de cutre era. Pero luego pasó lo de tu accidente…

—¿Y no se os ocurrió compartir la información en ese momento? —gritó Kye—. ¿No se os ocurrió que era de vital importancia para abrir una línea de investigación con algún tipo de base? ¡Algo! ¡Lo que fuera!

—Os lo íbamos a decir —intervino North con voz firme pero dulce, tratando de calmar a su hijo—. Pero entonces te encerraste en ti mismo, empezaste a escribir sin parar, y tanto Miles como tu psiquiatra creyeron que…

—¿Tanto Miles como mi psiquiatra? ¿Hablasteis con la doctora Peace y con mi psicólogo antes que conmigo? —Tras una pausa, Kye se puso muy pálido y, cuando volvió a hablar, la traición que entonaba su voz fue tan evidente que a Foster le dolió por él—. ¿Miles sabía lo del anónimo?

—No —negó Jax—. Poca gente es tan fiel como él, te lo aseguro.

Eso estuvo claro desde el principio. No le dijimos de qué se trataba; tampoco a la doctora Peace.

Solo que creíamos tener información sobre el accidente.

Ambos nos dijeron lo mismo: que no era conveniente que la compartiéramos contigo en el estado en el que te encontrabas.

Miles temía que alimentáramos una ilusión basada en humo, una utopía que podía no llevar a ningún lado; nos dijo que podría hundirte más.

Nos pidió que antes nos aseguráramos bien, y como no estábamos seguros, como seguimos sin estarlo —esto último lo dijo mirando a Julia con un deje de irritación—, no habíamos querido decir nada hasta ahora.

—Cuando volviste a vivir aquí —intervino North— y comprobamos de primera mano que estabas mejor, se nos ocurrió la idea de hacer un documental y hablar del pasado, de todo.

No queríamos tener nada que esconder, en caso de que quien nos había mandado el anónimo quisiera chantajearnos.

Queríamos hacer algo serio, íntimo, bonito.

Alternar música en directo con confesiones, fotos antiguas, vídeos y entrevistas del pasado.

Que Jon y el tío West estuvieran presentes.

Incluso Maryon y el resto de coristas. Nuestra familia musical y la biológica.

Pero el chico desaparecido, King obligado a venir antes de tiempo…

Las circunstancias precipitaron las cosas y se llevaron la oportunidad de explicaros todo antes.

—Hizo una pausa, tras la cual añadió—: Así que… aquí estamos.

Su tono conciliador fue acompañado con un amago de sonrisa que nadie le devolvió salvo su novio, que le agarró el dedo índice y, tras unas caricias más íntimas que los besos con lengua de algunos amantes, le cogió la mano y le dio un apretón.

—Tengo tantas cosas que decir al respecto y tan pocas ganas…

—La rabia de Kye era evidente, casi tangible, tenía todo el cuerpo en tensión.

Pero, a la vez, parecía cubierta por una especie de manto, como una capa gruesa de hastío.

Y resultaba aterrador en su mezcla y en su densidad.

Kye nunca hacía nada a medias; y esa tendencia a la hipérbole en sus emociones tenía a Foster fascinado—.

Pero ¿no os dais cuenta de que todo son cabos sueltos?

¿Que no nos habéis dicho nada? Nos habéis contado una historia la hostia de triste y bastante turbia, pero no nos habéis dado ninguna respuesta.

No estamos más cerca de saber la verdad sobre nada.

No estamos ni una pista más cerca de averiguar quién estuvo detrás de mi accidente.

Y os juro que, a pesar de que las ganas de saber me están comiendo vivo, no quiero ni veros ni escucharos ni saber nada de vosotros.