Hotel Noir 24. El incidente #3
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24. El incidente #3

—¿Qué nos estás queriendo decir en realidad con esta lección de geografía? —le interrumpió Kye.

—Que el valle estuvo inundado durante meses, que las corrientes arrastraron todo a su paso.

Que se decía que el cuerpo podía haber quedado enganchado entre las rocas o las raíces de árboles y plantas.

Durante varios años le seguimos la pista a cada cuerpo que apareció sin identificar; fueron más de los esperados debido a la crecida y las corrientes que habían arrastrado objetos de punta a punta.

Pero nunca llegó a aparecer o, si lo hizo, no llegaron a identificarlo.

Así que, tras unos seis o siete años, lo dieron por muerto y cerraron el caso.

—El caso lo cerraron esa misma noche y todos lo sabemos —concluyó North, que, ante las miradas de confusión de Kye, Eli y Foster, matizó—: Ray Weary, nuestro manager y hombre para todo, era conocido en el mundillo como Eclipse, porque tapaba todos los escándalos de sus clientes, por muy locos que fueran.

Era el mejor gestionando crisis. Y nosotros éramos sus favoritos, dado que dábamos bastante menos guerra que el resto.

—North destilaba acritud y, a pesar de no haberlo conocido en persona hasta hacía dos días, a Foster le resultaba evidente que no era un tono habitual en él, le transformaba la cara en una máscara extraña que no le pegaba nada—.

Esa noche se movió rápido. Llamó a sus contactos en la Policía, en la oficina del forense, y a quién coño llamara en estos casos, y lo cubrió.

Nadie supo nada. Nadie reclamó su cuerpo.

Nadie lo echó nunca de menos. Solo mi hermano.

Mi hermano y su puto cargo de conciencia.

Otro silencio. Cada vez que se hablaba de West, los rostros de todos mutaban en una pena infinita que, mezclada con la rabia y lo siniestro de los hechos narrados, tenía una carga muy potente a la que Foster intentaba no prestar atención porque no quería ver lo que estaba ocurriendo de forma profesional.

Por un lado, le parecía un filón, por supuesto; había creído que venía a un pueblo perdido en las montañas a grabar un documental sobre sus ídolos —lo que ya era una maravilla de por sí— y se había encontrado con ese true crime que siempre quiso y nunca se permitió; ni le permitieron.

Y se sentía como el puto demonio por el mero hecho de que su subconsciente lo hubiera traído a su conocimiento.

—Así que, insisto, el tal Ted Barrett puede estar vivo.

Kye lo había dicho tan bajito que quizá Eli no lo oyó y, por eso, preguntó a su vez:

—Pero, no lo entiendo…, ¿cómo que nadie denunció su desaparición? ¿No tenía una mujer y un hijo?

Fue Julia quien contestó:

—Según parece, a Maeve la abandonó a los pocos meses de tener al bebé.

Quizá tuviera un régimen de visitas, quizá ella fuera lista y cortara la relación con él de raíz…

Lo desconozco. En cualquier caso, de poco le sirvió.

Según parece, murieron en un incendio apenas unos días antes de lo del Scenic.

La policía que llevó la «investigación» hizo referencia en el informe a que la noticia de la muerte de su familia pudo afectarle tanto como para sumirlo en algún tipo de enajenación y ese pudo ser el detonante de que viniera a por mí y dijera cosas como que íbamos a formar una familia los tres, que todo había salido a pedir de boca. Una locura tras otra.

—Así que puede estar vivo.

En el silencio que siguió a la intervención de Kye —que se limitaba a repetir una sola pregunta—, el ambiente empezó a cargarse hasta ser sobrecogedor.

Trueno. Uno… Relámpago.

North se levantó y fue hacia él como si se acercara a un cervatillo que se había quedado paralizado al ver unos faros en mitad de la carretera.

—¿Puede hacer alguien el puto favor de contestarme?

—No creemos que sea posible, hijo, no podemos darte nada mejor, y por eso contestar con un sí o un no es imposible. No estamos seguros; ese es el motivo por el que nunca os hemos hablado de ello. Marcó nuestra vida de forma inexorable, pero quisimos que no afectara a las vuestras.

—Ya. —Kye se rio con desdén. Fue una risa fea que su padre pareció entender y aceptar, culpable—. Y por qué ahora, ¿eh? ¿Qué ha ocurrido para que ahora mancillar nuestra vida «de color de rosa» no os preocupe tanto?

—Kye, no seas injusto —intervino Julia—, nunca hubo necesidad de informaros de algo que no os afectaba para nada. Siempre os hemos protegido de lo que ha estado en nuestra mano, y esto lo estaba.

—Repito, por qué ahora.

Julia, North y Jax se miraron. Lo hacían mucho; mantener conversaciones silenciosas que solo ellos parecían entender; la experiencia y la cercanía de toda una vida juntos, seguramente.

Pero mientras las chispas crepitaban alrededor y los rayos no podían contenerse por más tiempo, ese silencio pareció estirarse demasiado hasta el punto de resultar tedioso, muy lejos del anhelo que hubiera provocado en Foster de haberse dado en otras circunstancias.

—Hace unos dos años recibimos un anónimo.

—¿Hace…? ¿Qué? —preguntó Kye, a quien las palabras de su madre le habían afectado tanto que se había terminado apoyando en la pierna de Foster.

—¿Que decía qué? —preguntó Eli.

—«Sé lo que hicisteis en el verano del noventa y cinco» —contestó Jax, que también se había levantado y ahora se encontraba junto a la pequeña de los Colton.

—Dos años… —susurró Kye—. ¿Qué día exactamente?

Julia suspiró, volvió a mirar a sus cómplices en esta hecatombe y, con una resignación brutal, dijo:

—Un par de semanas antes de tu accidente.

Trueno.

Relámpago.

Y la lluvia más potente jamás vista empezó a caer sobre el Noir haciéndolo temblar hasta los cimientos .