Hotel Noir 24. El incidente
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24. El incidente

EL INCIDENTE

FOSTER

—¡¿Cómo que matasteis a un hombre?! —preguntó Foster levantándose de la silla de un brinco.

La última hora y media había pasado en cinco minutos. Se había convertido en una sucesión de hechos a los que aún no podía poner emociones porque, a su parecer, habían ocurrido tan rápido que solo le había dado tiempo a sentir una: asombro.

Se había asombrado —y contenido a duras penas las ganas de correr tras él— cuando Kye había bajado las escaleras a toda prisa y no había vuelto a aparecer hasta que todos habían llegado al hotel; se había asombrado cuando la tensión y los miedos que flotaban en el aire de la habitación 708 se habían disipado y convertido en una extraña calma en la que Eli y Dean habían tonteado entre miradas tímidas como dos adolescentes cualesquiera, como si no se estuvieran enfrentando a un momento aterrador; se había asombrado cuando Julia había interrumpido lo que fuera que estuviera pasando entre ellos —y que habría que estudiar por si era una especie de síndrome de Estocolmo, por mucho que ahí se empeñaran todos en ver como muy normal que ese menor estuviera prófugo de la policía, los servicios sociales y otras autoridades legítimas en general— y les había dicho a Eli y a él que dejaran descansar a Dean y que bajaran al Nexus, que Jax y North estaban a punto de llegar; se había asombrado al ver las caras de unos y otros reflejando distintos grados de aprensión, cabreo, incertidumbre y, paradójicamente, un cariño tan arraigado que, aunque fuera casi imperceptible, les asomaba de forma natural en los ojos.

Pero ya no sabía si podía asombrarse más.

No tras la última revelación, que le había frito las sinapsis y, a la vez, le había despertado del todo esas ganas dormidas —o perdidas— de contarle al mundo verdades ocultas, realidades que necesitaban ser esclarecidas.

Para lo cual necesitaba recapitular y ponerse en modo profesional, centrarse por completo en lo que se estaba diciendo en ese bar y no tanto en los gestos del rubio a su izquierda, que, sentado al borde de un taburete junto a la barra, tenía la misma mirada de espanto que su hermana.

«Vale, rebobina», se dijo a sí mismo. «Céntrate».

Respiró hondo, se sentó de nuevo en su cómoda silla de piel granate y, tratando de que su voz no dejara ver lo abrumado que se sentía, preguntó otra vez:

—¿Matasteis a un hombre?

—¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Fue un accidente! —gritó North, que no tuvo problema en mostrar el agobio que Foster trataba de esconder—. Julia, cielo, esa no es la manera de empezar la historia que queremos contar, mira la cara de tus hijos.

—¿Y qué enfoque queréis que le dé? —preguntó Julia desconcertada, que no cabreada—. Es el punto de partida de todo, el motivo por el que estamos hoy aquí.

Parecía confusa, pero confusa de verdad; como si no entendiera que empezar una conversación —ante cuatro cámaras, nada menos— con un «en el verano del noventa y cinco matamos a un hombre» era una introducción atroz.

O buenísima, según como se mirara, que el morbo vendía, y no sería él quien negara el atractivo de tan brutal e inesperado comienzo.

North y Jax la miraban alucinados, North con las manos extendidas, tratando de apaciguar ese estado de ánimo que flotaba en el Nexus y que, a ojos de Foster, cada vez era más oscuro y más inestable, como si la tormenta eléctrica que llevaba tiempo amenazando con llegar estuviera a punto de hacerlo.

Rayos y truenos; el Nexus estaba cargadito de rayos y truenos.

—¿De verdad, Juliet? ¿De verdad vamos a empezar a contarlo todo por ahí y en esos términos? Chicos, no, dejadnos replantearlo —añadió Jax mirando las caras anonadadas de sus vikinguitos—, empezaremos por el principio y, entre todos, intentaremos sacar conclusiones.

—¿Lo de «entre todos» va con segundas, Jax? —preguntó Julia.

Trueno. Uno, dos, tres. Relámpago.

—Hemos llegado hasta aquí juntos —trató de apaciguarla Jax—. Y vamos a afrontarlo juntos como una familia. Con los niños. Vamos a tratar de descubrir qué ocurre, si es que ocurre algo, y apoyarnos los unos en los otros.

Julia suspiró. Quizá, llegados a ese punto y conociendo la mordacidad de la que pecaba, todos esperaban una contestación cargada de veneno, pero, contra todo pronóstico, eso no sucedió.

—¿Lo cuento yo o lo queréis contar vosotros?

—Tú —contestó Jax—. Pero lo de las cámaras sigue sin convencerme.

—Lo de las cámaras es inamovible. Votamos, ¿te acuerdas?

Solo hace cinco días de eso, así que estoy segura de que sí te acuerdas.

Nos lo jugamos a piedra, papel o tijera entre nuestros jardines, paraguas en mano, como el trío ridículo en el que nos hemos convertido.

Y gané. A tu novio se le cayó el paraguas y…

—¡¿Podéis callaros ya?! —gritó Eli—. Y no porque como documental esto va a ser una mierda, así os lo digo, vaya imagen estáis dando…, sino porque nos estáis asustando. ¿Podéis hablar de una vez? ¿Decir lo que tengáis que decir y ya? Papá…

El tono de voz de Eli se movía entre la urgencia y la súplica, y Foster se giró a mirarla. Había apoyado una mano en la rodilla de su hermano; la debía de haber puesto ahí instantes antes, porque hacía unos minutos no la tenía.

Cuando Foster alzó la vista, su mirada se encontró con la de Kye, que, ante la pregunta que quizá vio en sus ojos, le dedicó un pequeño asentimiento.

Vale, estaba bien. Más o menos. Que tampoco lo veía demasiado estable, pero, por algún motivo, creía que si estuviera al borde del ahogamiento se lo diría.

Qué extraño pensamiento, qué rara ilusión se había formado en su cabeza sobre la relación que tenían.

—Vamos a seguir grabando y ya luego me encargaré yo de montarlo, no os preocupéis —comentó Foster tratando de sonar profesional a la vez que le hacía a Julia un gesto con la mano para que empezara de nuevo.

—Se llamaba Ted Barrett. Fue nuestro roadie durante la primera gira. Nos dio unos cuantos problemas y decidimos prescindir de él.

—¿Unos cuantos problemas? Intentó abusar de ti. ¡Dos veces! Si vamos a contar esto, vamos a contarlo bien, saca esa intensidad que usas para todo y explícalo como es debido.

Lo dijo Jax, pero bien podían haber sido las palabras de North; su expresión denotaba que pensaba lo mismo que su novio.

Julia pareció vulnerable durante unos segundos antes de hablar.

—Vale. —Hizo una breve pausa en la que miró a los otros dos miembros que quedaban de Queer Project, los otros dos supervivientes de su historia, y, respirando hondo, empezó a hablar—: Ted Barrett era una mierda de persona, un puto psicópata.

Al principio no lo sabíamos, claro, era un pelirrojo muy guapo y muy enrollado que nos vendía maría a la puerta del instituto y al que encima le gustaba nuestra música.

No podíamos pedir más, era un subidón para nuestros egos inmaduros e impresionables.

Nos lo llevamos a nuestra primera gira, la que hicimos como teloneros de Candlebox, y todo fue bien al principio.

Pero Ted, que cada vez se drogaba más y había pasado de los porros a la coca, se obsesionó conmigo y…

La primera vez que intentó propasarse logré deshacerme de él sin demasiado esfuerzo; estaba borracho, y yo, por desgracia, bastante acostumbrada a los babosos.

No dije nada y la cosa no fue más allá hasta que un mes después, en uno de los camerinos del Roseland Theater, en Portland, volvió a intentarlo y, esa vez, llevaba encima un cuchillo, con el que me rasgó la camiseta, y…

—Julia se calló apenas unos segundos, no más, y retomó la historia con cierta frialdad, como alejándose de los hechos de forma voluntaria, poniendo distancia—.

Recuerdo el sonido de mi camiseta de The Cure al ser rasgada, cómo la navaja se hundió en el sujetador y se quedó atascada, y cómo el asqueroso empezó a tirar de él para lograr quitármelo.

Recuerdo su olor a ron y a chicle de regaliz, qué mezcla tan repugnante y extraña, y cómo sus ojos parecían inyectados en sangre, casi sobrenaturales.

Cómo la hebilla de su cinturón se me clavaba en la ingle, ese dolor punzante que en el fondo era un alivio porque eso quería decir que ambos seguíamos con ropa.

Recuerdo gritar hasta que no me salía la voz.

También recuerdo, pero esas imágenes tienen como un halo dorado por los bordes, un color mucho más onírico que el blanco y negro de la escena del sofá, que Jimmy, el otro roadie , y Jax entraron en el camerino, sus caras de horror al ver lo que estaba pasando; cómo corrieron para quitarme al pelirrojo mamón de encima.

Esa vez sí llamamos a la policía, pero no presentamos cargos.

—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Eli, indignada.

—Ahora os parecerá una locura, pero por aquel entonces funcionábamos de otra manera.

Acabábamos de triunfar, o de salir del anonimato, más bien.

Estábamos dando los primeros pasos en nuestro sueño; nos habían enseñado a temer la mala prensa y los escándalos; algunos seguíamos siendo menores, y la perspectiva de un juicio, de someterme al escrutinio público…

Había tantos factores y nosotros teníamos tan poca experiencia en la vida que nos dejamos guiar por nuestro agente y la discográfica, y lo encubrimos.

Llegamos a un acuerdo extrajudicial con Ted en el que se incluía una orden de alejamiento.

Sabíamos que cuando estuviera sobrio se avergonzaría y no volveríamos a verlo.

No era peligroso, solo un cerdo, o eso creíamos.

—¿No fue a la cárcel por abusar de ti? —Fue Kye quien hizo la pregunta; su tono era de incredulidad, pero algo peligroso danzaba bajo la superficie: ira, rabia; impotencia, quizá.