Hotel Noir 23. Mamá #2
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23. Mamá #2

La osadía. La osadía y el puto egoísmo que tanto la caracterizaban.

Porque sí, su afán de querer cambiar el mundo era su mayor virtud, pero llevaba ese ayudar al prójimo hasta el punto de la obsesión, y sus buenas intenciones solían afectar a otros, mucho; a menudo en su cruzada dejaba claro que sus intereses eran lo primero, porque era egoísta hasta en su altruismo.

—Faltaría más, perdona por no recibirte con los brazos abiertos.

Pero oye, solo por si acaso, la próxima vez que te vayas a llevar a un menor y a esconderlo de la policía local, de la montada y de los servicios sociales, asegúrate de que estemos todos en un estado zen de paz mental y con ganas de colaborar en tus putas causas perdidas.

Julia se quedó descolocada durante unos instantes; Kye no solía ser así.

Era cierto que abusaba bastante del sarcasmo, en eso todo el mundo estaría de acuerdo, pero era una persona tranquila que vivía más en sus mundos de ficción que en la realidad de los demás, sobre todo en los últimos tiempos.

Cuando tenía un problema, cuando se le abría una herida, cuando la vida se le hacía bola, cogía una libreta o un ordenador y lo volcaba todo allí.

Por ello, lo que le quedaba para dar al mundo solía ser más bien pacífico y de emociones moderadas.

No gritaba a su madre, no la trataba con desprecio; le decía las verdades más o menos cargadas de ironía o cariño, según la ocasión.

Julia lo miró con la cabeza ladeada, sopesando la situación y la magnitud de su cabreo, y decidiendo (o eso creía Kye, que elucubraba en base a su experiencia como peón habitual en las batallas de su madre) que trataría primero el problema que parecía más urgente y que tenía mayor probabilidad de hacer saltar todo por los aires.

—¿Dean?

—A salvo, no te preocupes. Está escondido en la 708. Nadie lo ha visto, los obreros han estado trabajando en la habitación más alejada de la segunda planta y se han ido hace rato.

—¿Has…? ¿Has hablado con él?

—Poco.

Era ella quien tenía que hablar; ella quien tenía que dar las explicaciones; ella quien tenía que pedir perdón.

—¿Algo interesante?

—Sí, mucho. Buscamos a una persona que masca chicle. Puede que sea un chico. O puede que no, eso aún está en tela de juicio. Foster cree que podría ser una jugadora de baloncesto.

—¿Qué? No entien…

—Por cierto, ya que hablamos de Foster, primero me lo traes a él y luego a Dean; espero que cuando el Noir abra sus puertas pongas el mismo entusiasmo en gestionarme los clientes.

—Entiendo tu cabreo, créeme, lo entiendo; y esa bilis con la que me hablas, tan impropia en ti. Me lo merezco. Lo sé.

Qué curioso, porque no sonaba arrepentida en absoluto. Sonaba impaciente y sonaba beligerante. «Oh, la osadía», pensó de nuevo Kye antes de que su madre siguiera hablando.

—Pero es posible que a Dean le estés salvando la vida escondiéndolo aquí. Y con respecto a Foster, nadie puede saber que está aquí, el Noir era la mejor opción y…

—No, mi hotel, mi hogar , nunca es la mejor opción para meter a un desconocido.

—Es un hotel, Kye, vas a meter a cientos de desconocidos. Y… —Hizo una pausa, un titubeo de apenas un segundo, pero, entonces, lo miró a los ojos y le dijo—: Foster no es un desconocido.

—¿Qué quieres decir?

Kye no se había olvidado del comentario que su madre le había hecho esa madrugada. Ese «Foster no es ningún desconocido, y mucho menos un intruso, está aquí porque yo quiero que esté, porque esta también es su causa».

—Nada, ahora os contamos y…

—Me niego, no. Al menos esto me lo vas a dar, mamá.

Esto sí. Puede que tenga que esperar un rato más hasta que te dignes a contarme eso que se supone que te estás guardando y que podría ser de vital importancia para mi salud mental y mi vida en general, todo sea dicho, pero esta incógnita me la resuelves.

No puedo más, te juro que no puedo más, si no me ahogo es porque me estoy aferrando a una boya que me he encontrado en medio del mar y eso es lo único que ahora mismo me mantiene a flote.

Kye nunca había hablado de su diagnóstico con su familia.

Desconocían que ya no conducía, que se veía incapaz de acercarse a grandes masas de agua, que llevaba sin salir del pueblo desde que se mudara hacía unos seis meses.

Puede que se imaginaran que su estabilidad emocional no era de hierro, al fin y al cabo, a su coche lo cubría una lona; pero cuando su padre le había preguntado, él había salido del paso diciendo que era un cochazo muy caro (una réplica de Christine , de Stephen King) y que no quería tenerlo a la vista de todos.

Mierdas. Mierdas que quizá no se tragaran del todo, aunque Kye esperaba que sí.

Pero es que ya le daba igual, había soltado lo que le había salido del alma y poco le importaba haber mencionado el tema «ahogarse» delante de su madre.

Si eso servía para que Julia se fuera de la lengua, bienvenido fuera.

Y sirvió. A juzgar por las siguientes palabras de su madre, sirvió.

—Foster es de los principales donantes de El Refugio.

—¡¿Perdona?!

Su madre suspiró y volvió a recolocarse la coleta. Kye supo el momento en el que cedió porque suspiró de nuevo y empezó a hablar:

—¿Te acuerdas de que hace unos años tuvimos una movida importante con uno de nuestros principales inversores?

—Ante el asentimiento de Kye, continuó—: Habíamos conseguido gran parte de nuestras subvenciones gracias a él y a sus contactos con la Iglesia y, de la nada, o porque su mujer se hizo católica, apostólica y virgen con efectos retroactivos, nos quiso quitar el carácter LGTB+ del centro, la exclusividad por la que luchábamos.

Amenazó con retirar los fondos si nuestro centro no dejaba entrar a cada menor sin hogar que lo necesitara.

Convenció a la junta, intentaron borrar nuestra identidad, cambiar nuestro proyecto queer .

Ojalá pudiéramos salvar tantas vidas como fuera posible, pero ¿tú sabes qué les ocurriría a nuestros protegidos, a nuestros pequeños queer , si la mayoría de los menores de nuestro centro fueran heterosexuales?

Que, como siempre en su corta vida, se sentirían amenazados, solos, diferentes, y terminarían abandonando nuestro refugio y de vuelta en las calles de las que intentamos sacarlos.

La calle para ellos es el infierno, la amenaza más grande.

Drogas, prostitución… Nunca sé cómo decir esto sin sonar como una zorra desagradecida y discriminadora…

Cada vez que he tratado de explicar que me encantaría salvar al mundo y que cada niño sin hogar supiera, ya no lo que es tener un techo bajo el que vivir, sino lo que es el amor, el respeto, la amistad…

, no he podido hacerlo sin que parezca que discrimino a mi antojo.

Yo y mis dos compañeros en este viaje no podemos salvar el mundo abriéndonos paso a empujones entre gente más alta que nosotros; y puede que mis queer no merezcan más protección que el resto de menores, soy consciente de ello, pero es que son los últimos a los que la gente va a ayudar o proteger.

Los rechazan incluso en sus senos familiares.

¿Dejarlos sin lo único bueno que alguien puede hacer por ellos?

—Mamá, sabes que lo entiendo. Conmigo no tienes que justificar tu lucha. Pero ¿qué tiene que ver Foster con todo esto?

—Pues que cuando eso pasó, cuando creímos que nos quedábamos sin el centro y sin aliados, llegó él y lo salvó.

—¿Qué? ¿Cómo?

—En la actualidad, Foster es el mayor donante de El Refugio.

Y gracias a él y a la fundación que lleva, hemos conseguido no solo salvar nuestro proyecto, sino todo tipo de ayudas y financiación.

Hemos podido expandirnos y abrir un centro aquí, en Black Pines, hemos podido pasar de ofrecer asesoramiento, comida y cobijo a plantearnos darles una educación y salidas profesionales.

—Pero… —Kye necesitaba un momento. Necesitaba procesar lo que estaba escuchando, asociar lo que decía su madre con el Foster que conocía o creía empezar a conocer.

Foster la persona; Foster el personaje—.

No puede ser… ¿Foster King? ¿El que avergonzó públicamente a un chico hace unos días?

¿El que dice ser heterosexual en público y vive una mentira?

¿Cómo es posible? ¿Cómo…? ¿Cómo lo aceptas?

¿Tú, abanderada de tus chicos queer , de la lucha contra las injusticias, del vivir sin esconderse, sin deberle nada a nadie?

—¿Que por qué lo acepto? —preguntó su madre levantando la voz, presa de la indignación, como si Kye no entendiera nada, como si llevara toda la vida malinterpretando su mensaje—.

Porque esa forma de pensar nunca ha ido ni conmigo ni con Queer Project.

Foster es quien es, y para él suponemos lo que suponemos.

No solo se apoya y acepta a quienes llevan su sexualidad por bandera.

También quiero ser la inspiración de los que no; de los que me dicen que les he cambiado la vida, que los he hecho sentirse comprendidos, menos solos.

No me gusta que traces una línea tan clara entre la gente que aceptas y la que no, porque no hay nada malo en quienes deciden vivir su sexualidad de forma privada.

No sabes las circunstancias de esas personas.

—¡Pero eso es muy hipócrita!

—¡No! ¡Claro que no lo es! ¿Qué eres, uno de esos nuevos policías de la moral?

Yo no te he educado así, esos no son los valores que he querido transmitirte.

Puede que Foster nos ayude desde las sombras, que no sea la cara visible de nuestro proyecto, pero su ayuda es inestimable, y no sé en qué momento o bajo qué prisma eso se ha tornado cuestionable o menos loable.

Vale ya de criticarlo todo, deja de creer que tu postura, una que no sabía que habías adoptado, por cierto, es la única válida.

Respetemos a todo el mundo; si Foster, o gente como Foster, no hace daño a nadie, si ayuda a crear una realidad mejor, déjalo estar.

Déjalo vivir como pueda, quiera o considere oportuno. La situación de cada uno es distinta.

—Pero… Y… Pero…

— Pero —lo cortó su madre, marcando bien la palabra, que no se escapara el tono de mofa hacia el escritor que de repente no sabía expresarse—, además, y esto no lo saben más que tu padre y Jax, Foster me marcó también a mí hace unos años.

Sin saberlo, él estaba inspirándome como nosotros lo inspiramos a él.

¿Has oído hablar del documental Un hogar para Steve ?

Kye negó con la cabeza.

—Es uno de los mejores reportajes que he visto.

Es anónimo, solo contiene unas iniciales, F.

K., lo que llevó a que alguien lo bautizara como el documental Kennedy, por Fitzgerald Kennedy.

Empezó circulando de manera discreta entre trabajadores sociales, pediatras y activistas de protección infantil.

Era la historia de Steve, un niño ingresado en un hospital de Vancouver tras años de maltrato y negligencia de un puto sistema que casi deja que el pequeño se caiga por uno de los huecos de su engranaje oxidado y defectuoso; como tantos otros, por desgracia.

Kye suspiró; no sabía si la historia iba a ser muy larga, pero sentía que se desviaban del foco de su rabia, de la fuente de su incomprensión.

Su suspiro no fue bien recibido por su madre, que, tras mirarlo como si fuera el mal encarnado, siguió hablando:

—No era un documental vistoso ni sensacionalista; era sobrio, íntimo, filmado con la delicadeza de quien pone el alma en ello.

Meses de investigación, de buscar culpables, de llevar ante la justicia a los responsables: abusadores en el entorno familiar, en el colegio…

La persona que había hecho esa obra de artesanía moral quiso permanecer en el anonimato; pero lo encontré —lo dijo así, como si fuera una victoria suya cuando en realidad era un asalto a la intimidad de quien no había querido figurar.

Y Kye seguía sin saber a dónde iba aquella historia.

Julia suspiró, una pequeña sonrisa asomó a sus labios—.

Y cuando asocié al creador de esa magnífica labor de investigación con el niño rico escondido tras pilas y pilas de ropa en un armario, la disonancia fue brutal.

Pero he tenido tiempo de acostumbrarme, de apreciar que F.

K. es más que el Foster King de las redes, más que su dinero, más que su talento.

Foster King es una promesa, y no se me ocurre nadie mejor para estar aquí dándonos voz cuando hemos decidido hablar.

Y, dicho eso (o sentenciado, porque había dejado a Kye con la boca abierta y la mente en blanco), Julia Colton abrió la puerta del Noir y se adentró en su oscuridad, dispuesta a encender una llama que no estaba claro si podrían apagar o los quemaría vivos a todos.