23. Mamá
MAMÁ
KYE
Debería entrar. El frío le estaba empapando hasta el alma y, aunque intentaba encontrar calma en el silencio de la noche, sabía que no lo iba a conseguir.
La conversación con Oz podía haber apaciguado una parte de su ser, esa que había bajado de dos en dos las escaleras con la apremiante necesidad de oír su voz, de que le dijera que aún podía confiar en él; porque, aunque en el fondo nunca había dudado de la sinceridad de su relación (presente y pasada), sí había coqueteado con la idea de una posible aunque improbable traición, y ahora, además de todas las cosas que se le alborotaban en la cabeza como un ovillo de lana que se hacía cada vez más grande, tenía que lidiar con la culpa.
Así que se quedó apoyado en la barandilla de madera un poco más, evitando entrar y enfrentarse a las tres caras asombradas que había dejado en esa habitación llena de monstruos; tangibles e intangibles.
Porque ¿qué iba a hacer? ¿Entrar y dar explicaciones?
Eso estaba descartado. No iba a hablar del Pastor con nadie.
Los secretos de Oz le pertenecían a Oz y a nadie más.
Tenía que ocurrir algo más fuerte que un simple silencio incómodo que rellenar para que Kye revelara quién era y a qué se dedicaba el alter ego de su ex .
Confiaba en Eli. Nunca dudaría de su lealtad (a su hermana le tiraba mucho la sangre) ni de su sentido de la justicia.
Pero Eli Colton no sabía contenerse. Hablaba de más y hacía de más, si no, que se lo dijeran a ese Plymouth Fury que cada vez estaba más cerca de la entrada; o a Foster King, que un poco más y se hacían uña y carne.
Que esa era otra, ¿qué iba a decirle a Foster?
Una parte de él no quería mentirle, pero la otra parte, la que manejaba su vida impenitente y orgullosa, no quería tener nada que ver con él.
Y el lugar en el que se encontraba era el recordatorio más perfecto que podía haber.
Porque años atrás, en ese mismo porche, a Kye le habían roto el corazón por primera vez.
Recordó aquella canción de The Smiths que siempre asociaría a ese momento: How Soon Is Now?
; recordó el frío; el color gastado y astillado de la madera del suelo sobre la que cayeron esas lágrimas que no pudo evitar derramar; cada una de ellas, la purgación de un sentimiento, la reafirmación de no volver a caer, de no volver a pasar por lo mismo jamás; cada una de ellas, una promesa de venganza.
Era curioso, porque no había rencor en ese recuerdo que una vez había dolido tanto; no había pena.
Hacía más de una década que lo había superado y se había pegado cada pedacito hasta dejarse el corazón casi intacto.
Pero esas pequeñas fisuras, esas que solo se veían si mirabas muy de cerca, eran de las que se quedaban para siempre y las que en ese momento sentían el frío como lo hacía un miembro enfermo y reumático.
Porque esas roturitas que pasaban desapercibidas al ojo ajeno y poco observador no por eso dejaban de existir.
No se veían. No le afectaban en su día a día.
Pero, en las noches de frío invernal donde la desconfianza y el miedo se apoderaban de uno, dolían.
Dolían como una herida abierta que aún no había dejado de sangrar.
A él, Liam (su amor de juventud) ya no le dolía.
Hacía mucho que no le dolía. Había pintado el porche y tapado las grietas, y el frío que había creído sentir en el corazón no era comparable al hielo que en aquel instante flotaba en el ambiente.
No era comparable en absoluto. Y, a su edad y después de tantos años, se preguntaba si de verdad el dolor había sido tan abrumador como lo había creído en su momento o solo su primer desengaño.
La cosa era que Liam no era el problema.
No recordaba ni cómo olía ni el timbre de su voz; Liam podría haberse llamado Paul.
O Mike. Era el hecho de que el primer chico del que se había enamorado le hubiera traicionado de la forma más fea que se puede traicionar a quien te entrega su cuerpo, su confianza y sus inseguridades: dándole de lado, haciéndole el vacío; negándolo ante la mierda de gente contra la que llevaba años luchando, esa gente por la que escribía historias de fantasía oscura y terror en las que el bien triunfaba sobre el mal; esa de la que se vengaba por escrito cada día de las formas más literariamente grotescas.
Cuando tras una sesión de mamadas, risas y sonrojos Kye se armó de valor y le dijo a Liam que lo quería; cuando por primera vez se atrevió a dar voz a un sentimiento tan extraño y complicado, algo tan fuerte y difícil de vocalizar para un adolescente; cuando su sonrisa temblorosa pero esperanzada fue desapareciendo a medida que escuchó su rechazo…
Recordaba sus duras palabras tan nítidas como si se las acabaran de decir, pero también extrañas y vacías, como si no se las hubieran dicho a él, como si dos actores interpretaran una escena de la vida de otro: «¡Pero Kye, ¿cómo vamos a ser novios?
!», le había dicho un actor adolescente a otro de pelo rubio y largo.
«¡¿Tú estás loco?! A mí no me gustan los chicos.
A mí me gustas tú, me gustas mucho, pero soy heterosexual, lo siento.
Mira, vamos a seguir como hasta ahora, ¿vale?
Te prometo que nada va a cambiar, pero no se puede enterar nadie.
Júrame que no se lo vas a decir a nadie. Nunca».
Aunque no fue ese supuesto actor de pelo largo y rubio quien tuvo que decidir qué hacer en esos momentos; ojalá.
Fue el Kye de carne y hueso, hundido, triste y descorazonado, quien tuvo que tomar una decisión, una muy difícil para un crío de dieciséis años (muy difícil para cualquiera a cualquier edad, pero para un adolescente buscando su sitio, aún más).
Si una cosa había tenido clara Kye era que no podía ser el sucio secreto de nadie.
Queer Project, y su manera de afrontar la vida, había marcado su forma de ser y de pensar.
Le habían enseñado que esconder lo que uno era, lo que uno quería, era vivir una mentira, vivir a medias, una infidelidad contra uno mismo.
Podía ser que Kye tuviera muchos defectos (muchísimos), pero el cinismo no era uno de ellos. Y aunque Liam se podría haber llamado Paul o Mike, también podría haberse llamado Foster. Y eso era algo por lo que no iba a volver a pasar. Nunca más.
Así que, en un instante inesperado pero revelador, en ese porche renovado, reconstruido sobre fragmentos de un pasado que ya solo recordaba en tonos sepia y bastante borrosos sin dolor ni pena, Kye Colton recapituló los cientos de motivos por los que confiar en Foster King era una mala idea.
Volvió a escuchar a The Smiths en su cabeza y a sentir esas lágrimas adolescentes con el sabor salado de la decepción cayéndole por las mejillas.
Y en ello estaba, sumido en esa nube de rabia y rechazo que en los últimos días se condensaba con una facilidad abrumadora, cuando el coche de policía de Kim apareció en el camino de su hotel.
Hizo una parada superrápida, tanto que a su madre ni le dio tiempo a cerrar la puerta del copiloto, y salió pitando de allí como si los monstruos de los libros de Kye fueran a salir a cobrarse su vida como tributo.
O quizá estaba deseando deshacerse de Julia, que, por suerte, había venido sentada delante y no tras las rejas en la parte de atrás. Detenida, al menos, no debía de estar.
—Parece que no tienes contento al cuerpo de policía —le dijo Kye a su madre cuando esta dejó de mirar la inexistente estela que había dejado el coche de Kim.
—Al cuerpo como institución le doy bastante igual. Espero —contestó ella mientras se giraba y subía los escalones del porche—. Pero a Kim la tengo harta, ya no aguanta más evasivas.
Julia se cubrió la cara con ambas manos durante unos instantes, se reajustó la coleta, miró de nuevo hacia atrás, como si de verdad pudiera ver aún el coche o lo que fuera que buscaba en la oscuridad, y, luego, suspiró de forma audible y miró a su hijo por primera vez desde que había llegado.
Y lo miró con incertidumbre, con un poco de recelo, quizá, como si no supiera cuál sería la reacción de Kye y su primer instinto fuera ponerse a la defensiva.
Lo cual resultaba, cuando menos, paradójico.
Kye no se movió, siguió con los codos apoyados en la barandilla, mirándola.
No quería darle tregua ni facilitarle las cosas.
La respetaba mucho, había sido un referente para él desde que tuvo edad para entender que el mundo era injusto y la vida podía ser una mierda.
Admiraba su coraje, su fuerza y su manera de defender sus ideales.
Bueno, quizá no la «manera» como tal, porque sus formas a veces la llevaban a prestar mucha más atención a los otros que a los suyos, que también la necesitaban (aunque sus necesidades fueran más mundanas y menos de vida o muerte); pero, aun así, creía en ella y la apoyaba en su lucha, aceptando esos defectos que, a pesar de ser muchos y conocidos por todos (incluso por ella, que los vestía sin vergüenza), formaban parte de su raro encanto.
Pero ni esa admiración ni el amor que sentía por ella eran suficientes en ese momento.
No tenían la potencia necesaria para apaciguar la batalla que se libraba en su cabeza y dentro de su pecho.
La imagen de la mujer ante él, aunque cansada y quizá (solo quizá) un poco arrepentida, no era capaz de hacer diana en las emociones de Kye. Ni en su compasión ni en su perdón.
—Como puedes ver, no estoy teniendo un buen día —dijo Julia rompiendo el silencio—, así que si pudieras cambiar la cara y darme unos minutos para intentar aclarar las cosas…