22. Llamada perdida #2
—Yo investigar, tú cuidarte. ¿Quieres venir a casa conmigo?
—Esta es mi casa.
Hubo un silencio, ambos sopesando lo dicho, hasta que Oz volvió hablar.
—Vuelve a contármelo todo, esta vez con más calma y con cada detalle que puedas recordar. Y respira. Estás en casa, tú mismo lo acabas de decir. Estás rodeado de tu familia y estás a salvo. Respira.
—¿Lo estoy? ¿Estoy a salvo de verdad?
—Quiero creer que sí. Han pasado casi dos años desde el accidente y nada hace pensar que haya alguien detrás de ti.
Tras unos segundos de más inhalar y exhalar, con la vista fija en el negror del cielo y en las gotas de agua heladas que empezaban a caer, Kye se lo volvió a contar todo, rebuscando en cada rincón de su mente cualquier detalle que pudiera ser de utilidad.
—Está claro que el Pastor no es, a no ser que alguien esté suplantando mi personalidad en la calle y…
—O que sea un pastor de verdad. Que lo tuyo sea un apodo no quiere decir que no estemos hablando de miembros de la iglesia. Quizá este chico fue a ver a un cura de verdad que solo pretendía ayudar.
—Puede ser. Hablaré con el padre Jeremiah, a ver si sabe algo.
El padre Jeremiah había sido uno de los mentores de Oz cuando solo era un crío y se vio en la calle.
Oz no era religioso, nada más lejos de la realidad, pero Jeremiah le había dado un techo bajo el que vivir y lo había mandado a un taller a aprender todo lo que ahora sabía sobre motos, así que consideraba que le debía la vida y el no haber caído en las drogas. Era su salvador y confiaba en él.
Ante el silencio de Kye, Oz volvió a hablar:
—Pero han pasado dos años, eso es demasiado tiempo. Cualquier pista que pudiera habernos revelado algo se quedó fría hace muchos meses. Eso si hay algo que averiguar de verdad. ¿Cómo sabemos que podemos confiar en este chico?
—No lo sabemos, pero… creo que dice la verdad.
Y si su hermano es culpable de algo, él no lo sabe.
Tiene una confianza ciega en él. No… Nunca me había parado a ver a…
Malcolm como una persona real, ¿sabes? Y no sé cómo me siento ahora que este niño lo está humanizando.
Aparte de acojonado, quiero decir. E inseguro. Y tremendamente triste.
—¿Cuántos años tiene el hermano?
—Dieciséis. Y quizá él si esté en peligro, ¿no? Nadie sabe que está con nosotros, pero quien quiera que se lo llevara… No sé qué va a pasar con él, había pensado llamarte y que te encargaras, pero luego…
—Luego te dio por desconfiar de mí y llamarme para decirme que sospechabas que había tenido algo que ver con tu accidente.
Kye se lo merecía, sus minutos de desconfianza se merecían cualquier comentario incisivo por su parte. Se había asustado y se había equivocado. Lo reconocía, ya haría penitencia.
—Lo siento.
—Ya hablaremos tú y yo, rubio.
Se oyeron voces de fondo, alguien llamándolo «jefe», y una ola de nostalgia envolvió a Kye al recordar el taller, el estudio, los lugares que un día (y durante algún tiempo) llamó hogar.
¿Cómo podía haber desconfiado de eso, de esa esencia?
; ya no de Oz en sí mismo, sino de las experiencias que le decían que podía ser que ese motero duro y con complejo de mesías guardara muchos secretos y tuviera heridas incurables en el alma, pero que jamás le haría daño de forma consciente.
La voz de Oz le hizo volver al presente.
—Pero, centrándonos en lo más urgente, me pasaré por Black Pines en cuanto pueda. Para hablar con Dean y, no sé, ¿quizá sacarlo de allí? ¿Qué hará tu madre si me lo llevo?
—Mi madre…
Su madre tenía que dejar de presuponer lo que necesitaba cada uno en base a lo que ella (y solo ella) creía ver en gestos y actitudes.
Porque dar por sentadas las cosas era muy peligroso; porque, cuando se acertaba, todo bien, sin problema; pero cuando no…
En esos casos podía hacer mucho daño. Julia había decidido que Kye no estaba preparado para saber la verdad (fuera cual fuera esa verdad) y había actuado a sus espaldas, cometiendo varios delitos en el proceso.
A su madre le podía un instinto que ella consideraba infalible, pero que no era más que una intuición distorsionada por sus propios sentimientos y objetivos.
—Mi madre no merece ninguna deferencia por nuestra parte —dijo al fin Kye al oír a Oz decirle a alguien que enseguida estaba con ellos—.
Me ha ocultado todo esto, me ha prohibido contárselo a nadie y está, como siempre, centrándose en sus causas perdidas mientras, según parece, se tira al cuerpo de policía del pueblo.
No sé qué piensa sobre nada, y, además, ¿qué importa?
¿De verdad quieres decirle algo? ¿Desde cuándo tus…
actividades extracurriculares son de dominio público?
—Kye, no me puedo llevar a un menor delante de sus narices sin dar una explicación.
Se ha tomado muchas molestias para ocultarlo, no puedo sacarlo de ahí sin más.
—Suspiró—. Pensaré en algo, lo importante es garantizar la seguridad del chico.
Y, por cierto —añadió en un tono divertido que pegaba poco con la seriedad de la conversación—, no creo que Julia se esté tirando a todo el cuerpo de Policía.
—No, solo a un cuerpo, que yo sepa; pero me ha parecido gracioso el doble sentido.
—Míralo, haciendo bromas en mitad de un apocalipsis emocional. Estás dando pasos de gigante hacia la curación.
—Gilipollas.
La risa de ambos flotó en la línea y se extendió, cómplice y pacífica, durante unos segundos.
—Oye, Dani no sabe nada, pero no quiero ocultárselo. El caso es que no la voy a ver hasta mañana y…
—Siempre tal leal. No quieres que piense que se lo has contado a tu ex antes que a ella, ¿no?
Cómo lo conocía. Era eso, exactamente eso.
Podría parecer una niñería, pero no quería que Dani se sintiera excluida de algo tan importante.
Bastante al margen estaba él (excluido por su propia madre, encima) como para permitir que su mejor amiga se sintiera tan poca cosa en el devenir de tan horrendos acontecimientos.
En apenas dos días, su vida se había puesto patas arriba y Kye la necesitaba a su lado.
Era, además de lealtad, puro egoísmo. Y le parecía que no contárselo era un insulto hacia lo que tenían.
El caso de Miles era distinto; confiaba en él y era parte importante de su vida, pero había empezado siendo su terapeuta y Kye siempre se había dejado cosas sin contar, nunca había llegado a abrirse del todo.
Era cierto que hacía mucho que lo veía como a algo más que un profesional, era un amigo, uno muy bueno, pero no sentía que la verdad le ardía por dentro si no se la contaba. Sincerarse con él podía esperar.
—No creo que me dé tiempo a decírselo antes de que venga mi madre y me siento traicionero si espero hasta mañana. ¿Podrías hablar tú con ella? ¿Contárselo por mí, de mi parte?
Kye cerró los ojos, sintiéndose miserable y un puto cobarde. Aunque no tanto como para dar marcha atrás y comerse sus palabras.
—Claro, sin problema, pero ¿de verdad quieres que lo haga yo?
La pregunta, hecha con suavidad y un deje de desconcierto, tenía toda la razón de ser, toda la del mundo. Porque era como caer de nuevo en un mal vicio; una recaída en viejos hábitos de los que llevaba meses huyendo.
Desde el accidente, Oz había estado dispuesto a luchar sus batallas por él; y Kye le había dejado hacerlo hasta el punto de convertirse en un personaje secundario de su propia vida, en un terciario, incluso.
Uno de esos personajes planos sin peso en la trama que estaban ahí de forma incidental.
Hasta que un día decidió poner fin a esa dependencia; dijo «basta», se armó hasta los dientes (con varias libretas, decenas de bolígrafos y hasta un par de plumas), y decidió marcharse y empezar a afrontar los problemas por sí mismo.
Era uno de los motivos por los que lo habían dejado, el principal, de hecho; así que el que Oz se cerciorase de que eso era lo que quería de verdad era lógico.
Y Kye quisiera haberle dicho que no, que él se ocupaba; que en cuanto le colgara a él, llamaría a Dani y le resumiría rapidito y con pragmatismo las mierdas que habían pasado.
Pero no era tan sencillo. Necesitaba a Dani a su lado y al tanto de todo, sí; pero prefería que se enterara por las palabras de otro.
No se veía capaz de repetir la historia otra vez sin derrumbarse.
Aunque resultara patético a ojos de los demás, a él le parecía que su actitud de los dos últimos días era todo un logro.
Un mantenerse a flote contra todo pronóstico.
Llevaba bastantes horas nadando a ciegas, remando en la oscuridad, buceando en aguas negras o cualquier otra metáfora intensa y relacionada con el agua que su cabecita llena de fantasmas pudiera conjurar.
Pero cada una de esas analogías llevaba a la misma conclusión: necesitaba una pausa para respirar o se terminaría ahogando.
Así que, cuando Oz le confirmó que hablaría con Dani y que a él lo llamaría pronto, colgó el teléfono y se quedó mirando el cielo, ahora completamente negro.
La luz del porche y los dos focos de la fachada solo iluminaban las escaleras de madera y una pequeña porción de terreno, lo suficiente para ver la lluvia caer como un telón borroso de agua helada que, junto a la siempre presente niebla y la opacidad de la noche cerrada, ocultaba la vista de las montañas de picos nevados que durante el día presidían orgullosas ese enclave hasta hacía poco tan tranquilo y bucólico.
Kye esperaba que esa oscuridad tan fría y espesa no hubiera llegado para quedarse y convertir en tinieblas todo a su paso.