22. Llamada perdida
LLAMADA PERDIDA
KYE
—No, no, no —repetía Kye una y otra vez, consciente de que era lo único que había salido por su boca en los últimos cuatro minutos.
Bajó las escaleras a toda prisa, llevándose el teléfono a la oreja, y notó cómo la desesperación y la urgencia se filtraban en él cada segundo que pasaba sin que Oz le cogiera el teléfono.
Abrió la puerta principal y salió al porche justo cuando le saltaba el buzón de voz.
No se molestó en dejar un mensaje, aquello no podía esperar.
Llamaría una y otra vez hasta que le cogiera y le asegurara que todo era un error, una coincidencia o una broma macabra del universo, que no le dejaba bailar tranquilo al ritmo de su propia música.
Cuando parecía medio estable, reconciliándose con su existencia y sus miedos, la vida le cambiaba el ritmo; le quitaba la tranquilidad emo que le proporcionaba My Chemical Romance y le ponía The Prodigy a todo trapo para que bailara (o saltara) a su suerte.
Y era muy difícil bailar en suelo inestable; pisara donde pisara se encontraba cristales rotos.
Y la música electrónica y las luces cegadoras no le dejaban ver el suelo.
Se iba a caer, lo notaba, tropezaba a cada paso y, por primera vez, el suelo lleno de vidrios afilados le daba tanto miedo como el agua.
Respiró hondo y se empapó del aire inusualmente helado de octubre y del olor a pino y a tierra.
—Coge el teléfono, coge el puto teléfono.
Siguió inhalando con intensidad. Bocanada tras bocanada, presionaba el botón de rellamada una y otra vez.
De repente, una sensación rarísima se apoderó de él.
Una idea que, por alguna razón, no se había planteado hasta ese momento a pesar de que ese era el motivo de que estuviera llamando a Oz de manera incesante.
¿Y si…? No, no podía ser. La persona en la que más confiaba del mundo no podía ser un monstruo disfrazado.
Porque, puestos a elegir disfraz, Ozymandias Rosemberg habría elegido uno que escondiera un poco más quién era en realidad, no ese traje a medio hacer que revelaba más de sus fallos y de sus defectos que lo que ocultaba debajo.
—Kye, ¿qué pasa?
Silencio.
Tanta urgencia, tantas ganas de oír su voz para que lo calmara, y ahora se había quedado paralizado sin saber qué decir.
¿Y si…? ¿Había alguna posibilidad de que Oz estuviera implicado de alguna forma en su accidente?
Pero ¿por qué? ¿Qué motivo podría haber para que su entonces pareja…
? No, era imposible, tenía que ser un malentendido, uno que necesitaba aclarar cuanto antes.
Ni siquiera se atrevía a planteárselo. Y no solo porque se hubiera convertido en el maestro de la evitación, sino porque no era viable, no su Oz. Nunca.
—¿Kye? —repitió Oz entre confundido y alarmado.
—Estoy aquí.
Respiró hondo. No. No podía ser. El hombre al otro lado de la línea era un pilar fuerte y sólido que lo había ayudado a reconstruirse de nuevo. No era el monstruo acechando en las sombras.
—¿Qué ocurre? —Esa vez sí, el tono de alarma en su voz fue evidente.
—Ha pasado algo. —Kye soltó una risa espeluznante. «Algo» ni se acercaba a todo lo que había sucedido desde la última vez que había hablado con él—. Te lo voy a contar todo, pero primero hay algo que necesito saber.
—Claro, dime.
Oír su voz, tan familiar, tan llenísima de cariño… ¿Cómo había desconfiado de él? ¿Cómo iba a tener Oz algo que ver? Pero…
—¿Dónde estabas el día de mi accidente? —logró preguntar entre el miedo y la vergüenza.
Miedo porque había respuestas que podían matarlo; vergüenza porque una parte de él, la que había querido (y quería) a esa persona con locura, se retorcía de solo pensar en afear todo lo que habían tenido con una sola gota de desconfianza.
—¿Qué? ¿Cómo que dónde estaba? En Seattle, ya lo sabes, volví en cuanto me llamó Dani. ¿Qué coño pasa, Kye? ¿A qué viene esto?
—No… No sé. Ya no sé nada y…
—Vale, vale, respira, cálmate. Cuéntame qué narices está pasando.
Oz debía de haber notado su voz débil y llena de dudas.
Y Kye odiaba que fuera así, que su debilidad fuera tan obvia.
Odiaba al ser en el que se había convertido.
No quería sentirse pequeñito y necesitar de alguien para que calmara sus miedos.
Había salido adelante toda la vida con la cabeza bien alta y una personalidad fuerte a prueba de mierdas.
Un accidente que ni siquiera le había dejado secuelas físicas no podía haberlo convertido en el tullido emocional que era ahora.
Odiaba su voz necesitada, su respiración entrecortada y sus manos temblorosas.
Inhaló y exhaló un par de veces más y, dejando a un lado la autocompasión y el miedo, empezó a hablar.
Le habló de Dean, de su supuesto secuestro, de su madre y sus putas malas decisiones, y más o menos de cada cosa que consideró importante de lo que estaba pasando.
Y, cuando llegó a la parte que lo tenía aterrorizado, titubeó unos instantes antes de decir:
—Dice que el día del accidente, su hermano se fue a reunir con alguien llamado el Pastor.
—¡¿Qué?!
—También ha mencionado un reverendo y un cura, no lo tiene claro, pero entiendes que…
—No, no lo entiendo. ¿Me estás diciendo que has…? No sé ni cómo plantearlo. ¿Me estás diciendo que has sospechado de mí? ¿Durante más de un segundo?
—Oz, yo…
—Está claro que sí, que has desconfiado de mí al menos durante cinco llamadas perdidas. Y eso es muchísimo más de un segundo.
—Están pasando muchas cosas, estoy hasta arriba de ansiedad, sin medicarme, bebiéndome hasta el agua de los floreros y sin dormir.
Llevo dos días en el pico más alto de una montaña rusa sabiendo que voy a caer en cualquier momento y que lo que hay abajo puede no gustarme nada.
Te quiero, Oz. Te debo mucho. Te respeto como a poca gente en el mundo, pero si un chico al que han intentado callar o…
matar, o lo que sea, por algo que puede concernirme a mí o no, me dice que su hermano muerto, que es, además, mi presunto atacante, se iba a reunir con alguien a quien llaman como a ti, dudo.
Dudo, me cago en todo y te llamo. Buscaba sosiego, buscaba que me calmaras, no acusarte de nada.
Acusarte a ti se escapa a mi entendimiento, me peta la cabeza si tengo que creer que tú tuviste algo que ver.
Durante unos instantes, mientras Kye trataba de recobrar la respiración, lo único que se oyó al otro lado fue… No, no podía ser.
—¿Te estás riendo? ¡¿Te estás putorriendo?!
—Es que me encanta verte con esa fuerza y esa mala leche. Es un paso enorme, rubio. Estoy orgulloso.
—No es gracioso, y ni se te ocurra ponerte en plan condescendiente conmigo cuando aún no sé si…
—No, no es gracioso, para nada, es lo opuesto a gracioso, en eso tienes toda la razón.
Pero sí sabes algo con absoluta certeza, porque sé que lo sientes muy dentro de ti como una verdad indudable, y es que puedes confiar en mí, que no te haría daño jamás y que, a no ser que haya otro «Pastor» por ahí del que no sabemos nada, ese no es el nombre que estamos buscando.
—¿Qué crees que está pasando? —preguntó Kye con un hilo de voz. Sonaba perdido y asustado de nuevo.
—No tengo ni idea, pero lo vamos a descubrir, no te preocupes. No investigué demasiado al chico que se te metió en el coche porque no parecía haber nada que investigar, pero…
—Ni se te ocurra culparte.
—Por supuesto que me culpo. —Oz habló con rabia, pero sin levantar la voz.
No era su estilo, su furia solía arder en silencio y en palabras dichas en voz baja; Kye jamás lo había oído gritar, no lo necesitaba para transmitir su ira—.
Si lo que ese chico dice es cierto y su hermano se reunió con alguien, se nos abren nuevas opciones, como que te atacara de forma intencionada y no fuera un intento fallido de robarte el coche; de ser así, tenemos que averiguar por qué y quién movía los hilos.
Y también cabe la posibilidad de que no fuera su hermano en absoluto y que haya alguien más detrás, lo cual, en principio, no tiene sentido.
—¿Y qué hacía Malcolm Walker ahí, entonces?
¿Fue… otra víctima? ¿De qué? —A Kye las preguntas se le arremolinaban en la cabeza sin que le diera tiempo a verbalizarlas.
Eran demasiadas. Y se le escapaban los motivos—.
Pero… ¿quién me querría atacar? ¿A mí? No tiene lógica alguna.
No tengo enemigos, soy un escritor bastante bohemio que no se prodiga demasiado…
No… No lo entiendo. Foster dice que mi madre cree que está relacionado con Queer Project, hemos quedado para hablar en un rato y…
—¿Foster? ¿El modelo tiene teorías al respecto?
—No es modelo, es… No sé lo que es, la verdad.
—¿Qué tal con él? ¿Está siendo muy duro?
Kye iba a decir que sí, a soltar alguna respuesta mordaz y criticar la presencia de Foster en Black Pines, pero no pudo.
Estaría mintiendo. Foster estaba siendo la calma en su tempestad, la boya en su mar frío y embravecido.
Cuando no lo estaba ayudando a salir a la superficie de forma intencionada, lo calmaba con su presencia; su voz, su olor, la intriga que le despertaba.
Su pánico se veía mermado a su lado. A pesar de no gustarle como persona, a pesar de estar en contra de todo lo que era en la vida, no podía mentir y decir que estaba siendo difícil, porque no era cierto.
Foster King era lo más sencillo que tenía a su alrededor en esos momentos.
—La verdad es que… no. Me está… ayudando a mantenerme a flote.
—Pero Kye no quería adentrarse más en esas aguas oscuras, y el silencio al otro lado de la línea sugería que Oz se estaba preparando, sorprendido, sin duda, para hacer más preguntas, así que trató de evitar elaborar su respuesta y prefirió seguir hablando del nuevo terror en el que estaba inmerso.
Qué caprichosa la mente humana, que prefería hablar de miedos atroces que de atracciones sencillas (aunque inexplicables)—. Oz, ¿qué hago? ¿Qué hacemos?