Hotel Noir 21. Una cabeza llena de fantasmas #2
33%

21. Una cabeza llena de fantasmas #2

—La policía habrá cubierto todas estas hipótesis, ¿no?

Habrán rastreado la zona. ¿Sabemos si han encontrado el coche?

¿Tienen algo? ¿Huellas, teorías…? —Foster no quería ser quien apagara la pequeña llama que aquel extraño e improvisado grupo de investigación creía ver, pero es que no creía que esa información arrojara tanta luz sobre el asunto—.

Yo sigo sin entender por qué no acudimos a la Policía.

A pesar de sus palabras, la cabeza de Foster iba a mil por hora.

Porque, aunque hubiera perdido sus ideales por el camino y los hubiera enterrado entre cajas y cajas de cachivaches, su sueño estaba tan engranado en su ser que le salía solo; como si en la mudanza permanente que era su cabeza, ese bulto en cuestión tuviera una etiqueta naranja fosforita en la que pusiera « importante, no olvidar » y fuera imposible perderla de vista.

Era la vida de colores chillones que había creado la que le había impedido ver su contenido, pero su mente analítica seguía ahí, y sus ganas de llevar al terreno cinematográfico crímenes y misterios reales, también.

Por eso, a pesar de la irrealidad de lo que estaba viviendo y de que era consciente de que la situación le quedaba grande —a él y a las otras tres personitas que estaban en esa habitación, porque vaya panda de aficionados—, la necesidad de saber, de ordenar información crucial y averiguar verdades enterradas lo tenía lleno de emoción, nervios y adrenalina.

—No puedo ir a la Policía —dijo Dean en tono hastiado, como si Foster no estuviera pensando con claridad—.

Lo primero, porque no confío en ellos, y me da igual si creéis que con dieciséis años no sé nada de la vida y es muy cínico pensar así.

No lo es. Lo segundo, porque, aunque soy la víctima del secuestro, o de lo que fuera eso, el coche era robado y lo había robado yo.

Enfrentarme no solo a los servicios sociales si no al fabuloso sistema penal y judicial me apetece más bien tirando a poco.

Julia me ha prometido que la Policía iba a quedar fuera de esto, por lo menos en lo que a mí respecta.

Y si creo que hay alguna posibilidad de que acudáis a ella, me largo.

Pierna rota o no, me largo. Me la corto y la uso de muleta si hace falta.

No sería Foster quien le dijera que lo de cortarse la pierna no lo veía, que quizá era un poco peor que huir con ella rota; el chico tenía sus motivos para pensar así y tener esa respuesta tan visceral; motivos que ninguno de los allí presentes entendía.

Los Colton, porque tenían hogares y familia que los quería; él, porque…

no tenía eso y conocía los horrores del desamparo y de estar a la intemperie, pero no a ese nivel.

Y no osaría comparar sus «desgracias» con el horror que un adolescente que llevaba años viviendo en la calle había experimentado.

—Mi madre ha dicho que ella se ocupaba de hablar con la policía; y si te ha asegurado que te dejaría al margen, lo hará. Julia Colton se toma lo de ser la salvadora de la humanidad muy en serio. —Eli sonrió tras la puntillita final, aligerando un poco el ambiente.

—Por si no te has dado cuenta, mamá está haciendo más que hablar con la policía.

Foster no tenía claro si el comentario de Kye pretendía ser gracioso, un guiño cómplice a su hermana porque Julia parecía tener algo con la agente Sommerset, o si, por el contrario, era mordaz y lo que quería era resaltar el hecho de que, si efectivamente esas dos tenían algo, quizá su madre estaba inmersa en un desagradable conflicto de intereses.

—Lo que esté haciendo con la Policía como institución, lo desconozco —contestó Eli con una sonrisa divertida—, pero con la policía también conocida como la agente Sommerset está haciendo más que hablar, seguro.

¿La has oído esta mañana? Kim siempre ha tenido muy mala leche, me gusta.

—Luego, miró a Dean y añadió—: Kim es la poli que viste ayer en el hospital, es buena tía, y además fue la primera novia de mi madre, o rollo, o lo que fuera, pero fue la primera persona a la que besó, y todo apunta a que ahora están liadas.

—¡Eli! —la interrumpió Kye mientras alzaba las manos, indignado, al parecer, ante tanta revelación innecesaria de intimidades.

—¿Qué? ¿Tú no lo crees? ¿Después de lo de esta mañana? Es verdad que no la conocemos mucho, desde que nos mudamos de nuevo aquí no hemos tenido demasiado contacto, pero llevamos toda la vida oyendo hablar de ella. Y siempre se han referido a ella como la novia de mamá.

—Bueno, papá la llamaba la diosa de ébano —dijo Kye divertido, cediendo a tan bienvenido cotilleo.

—Ay, sí. —Eli soltó una carcajada—. ¿Te acuerdas de aquella vez que estábamos todos en la cocina de la abuela y Jax se cabreó porque se estaba leyendo un libro en el que llamaban ébano a los esclavos y dijo que, a partir de ese momento, nadie podía volver a llamar a Kim así?

Y la abuela dijo que mejor, que lo de llamarla diosa le parecía un poco irreverente.

—Kye sonrió; una sonrisa preciosa, tímida.

Eli se rio con ganas—. ¡La abuela! ¡Que ni siquiera es creyente!

Es que no creo que haya pisado una iglesia en su vida, vaya.

Foster sonrió. Para él no era una de esas historietas que había que haber vivido para poder apreciar y pillar la gracia.

Daba igual que no hubiera estado allí, que no supiera qué relación tenían Kim y Julia.

Sonrió porque el comentario de Eli lo había transportado a ese momento y había saboreado —una vez más— la ternura y la disfuncionalidad de los Colton.

—Hum… Me he acordado de una cosa —dijo Dean, cambiando por completo el humor de la habitación.

Todos lo miraron, expectantes.

—No… No es de mi ataque. Es de mi hermano.

Dean miró a Kye a los ojos.

Kye palideció.

Foster se acercó a él sin dudar, movido por unas cuerdas invisibles; pero apenas pudo dar un paso, ya estaban casi pegados el uno al otro. ¿Cuándo había pasado eso? ¿Se habían ido acercando sin darse cuenta?

Eli puso una mano en la pierna buena de Dean, mostrándole su apoyo y dándole luz verde para seguir.

—Se me ha encendido la bombilla con lo de las iglesias y los dioses; y no es que tenga nada que ver, pero antes me preguntaste con quién iba a reunirse mi hermano el día que… El día en que murió. Y me he acordado de que era algo como el Reverendo, el Pastor, el Sacerdote…

Foster no creía posible que Kye pudiera palidecer más, pero sí, podía. Había perdido todo el color de la cara e incluso el pelo parecía más blanco, menos brillante. Le puso una mano en la cintura. Temblaba.

—Ey, ey, ¿qué pasa?

—No. No puede ser. No, no, no —repetía en una especie de letanía mientras negaba con la cabeza—. ¿El Pastor? ¿Estás seguro?

—No, claro que no lo estoy, ni siquiera sé si era uno de esos, a lo mejor era el Monje o el Cura.

Solo me acuerdo de que era un apodo como eclesiástico, porque Jasper dijo que si su madre no había logrado que pusiera un pie en una iglesia no iba a hacerlo ahora por mucho que necesitara un techo y una comida en condiciones.

Malcolm no nos explicó mucho más, intentaba que yo me enterara de lo mínimo, era su extraña forma de protegerme de la mierda, como si no tuviera ojos o no pasara el mismo frío y la misma hambre que los demás.

Solo sabía que había conseguido el contacto en uno de los albergues en los que logramos quedarnos una noche y que parecía que esta persona podía ayudarnos…

Pero Kye no escuchaba, solo negaba con la cabeza, ausente, descolocado, nervioso.

Foster trató de atraerlo hacia él sin saber bien para qué o cómo su cercanía podría ayudar.

Quizá era una necesidad más suya que de Kye, una necesidad que no sabía de dónde le nacía, pero sentía el empuje, la urgencia de decirle que no pasaba nada, que todo iba a estar bien; a pesar de no ser verdad.

No sabía lo que ocurría. Y no todo iba a estar bien, eso empezaba a estar más que claro.

Pero Kye se zafó de su agarre. No fue un gesto brusco ni desagradable.

Se apartó, sin más; quizá sin ser consciente de que las manos de Foster estaban en su cintura y espalda.

Se giró mientras se sacaba el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros y salió disparado hacia la puerta.