Hotel Noir 21. Una cabeza llena de fantasmas
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21. Una cabeza llena de fantasmas

UNA CABEZA LLENA DE FANTASMAS

FOSTER

Foster no sabía de dónde había salido tanta sinceridad y tanta confesión en carne viva.

Bueno, sí lo sabía; había ido a casa de Kye sin tener muy claro qué se iba a encontrar, y por eso iba preparado para sacar el tema «cosas de miedo» en cuanto pusiera un pie dentro; quería aprovechar y hablar sobre Mascarada , así mataba dos pájaros de un tiro y también saciaba su curiosidad sobre un libro que empezaba a considerar una obra maestra.

Pero Kye había parecido tan interesado en la versión sin filtros de su vida, que Foster había seguido contándosela, desnudándose entre metáforas y recuerdos que ahora se le pegaban a la memoria como posos tibios de los que no sabía cómo desprenderse.

Kye lo había escuchado con una mirada curiosa pero llena de prejuicios, y cada pregunta que le había hecho había contenido una mezcla de querer saber y repugnancia, como si las palabras hubieran salido solas sin el permiso previo de su voluntad, como si su interés fuera una traición a su personalidad y a su mismo ser.

Pero como Foster había querido distraerlo y parecía que centrarse en rechazarlo a él y a su vida de mentira le hacía no pensar en su ansiedad y en la mierda que estaba ocurriendo a su alrededor, había seguido hablando y lo había hecho con una sinceridad que le resultaba desconocida, pero que le brotaba de muy dentro, pujando por salir, por hacerse notar, por decir: «Ey, que estoy aquí, enterrado entre focos y atrezo, pero estoy».

Se trataba de una necesidad extraña que se había ido haciendo más fuerte sin base ni sentido alguno salvo la intensidad de los momentos vividos y compartidos con los Colton en general y con Kye en particular.

A ver, que él hubiera preferido gustarle y ser objeto de su admiración y no de su rechazo, pero le salía solo, sin control.

Quizá fuera la falta de sueño, el exceso de alcohol, la adrenalina… , pero era un hecho.

Y en eso pensaba mientras recorría con la mirada la habitación 708, que de día, con gente y con restos de bocadillos y bolsas de patatas no era tan aterradora a pesar del horror que su decoración transmitía.

Dean, que se había cambiado la bata de hospital por un viejo chándal de Kye que Eli había encontrado en casa de Julia, parecía más espabilado.

Estaba en la cama, recostado sobre el cabecero, del que salían unos brazos peludos que parecían querer agarrarlo —¡¿cómo podía, por Dios, cómo?

!—, con la pierna escayolada estirada y el libro de Mascarada en el regazo.

Eli estaba sentada a los pies del colchón, con las piernas cruzadas y un portátil abierto sobre ellas.

Kye y Dean se miraban y se decían muchas cosas con los ojos. «No me fío de ti». «Me aterras». «No entiendo nada». «No sé a quién culpar ahora si no es a tu hermano». «No sé en quién centrar todo mi odio si no es en ti y en tu coche rojo». Pero con la boca, nada de nada.

Foster no aguantaba ese silencio tenso con todo lo que había que decir y, dado que, al parecer, Eli estaba escribiendo algo de suma importancia y se le había olvidado que había sido ella quien les había pedido que subieran, se encontró a cargo de romper el hielo una vez más y —una vez más también— quiso hacerlo hablando de Mascarada .

Al fin y al cabo, parecía ser el libro que entregaban a los recién llegados a ese pueblo.

—¿Te lo estás leyendo? —le preguntó a Dean señalando el libro con la cabeza.

—Hum, sí. Bueno, me lo está leyendo Eli para distraerme.

—¿Verdad que la protagonista es la leche? Voy a fundar un fándom en su honor; lo voy a llamar « Juniper Reynolds: tu oscuridad es nuestra luz » .

—Un poco largo, ¿no? —dijo Eli riéndose y cerrando el portátil—. Y ese fándom ya existe, se hacen llamar juniperians .

—Yo no soy muy de leer, pero me está gustando, engancha —contestó Dean con tono tímido mirando primero a Kye y luego a Eli, que lo observaba con una sonrisa en los labios—. La protagonista se parece a ti —añadió, sonrojándose.

Hum, interesante. Y además de interesante, útil; a Foster le habían dado pie a sacar el tema que llevaba queriendo comentar desde la madrugada anterior.

—Bueno, dado que tú también lo ves, ¿podemos abrir ya el melón de que la prota de Mascarada es igual que Eli, por favor?

—La prota de Mascarada es una vidente lesbiana —dijo Kye, abriendo la boca por primera vez desde que habían subido.

— Es tu hermana —insistió Foster.

—Soy hetero —dijo Eli, mirando a Dean de soslayo.

—Y no eres vidente —replicó Kye con tono mordaz.

—Eso está por ver.

Foster soltó una carcajada, Dean sonrió y Kye frunció los labios en un gesto que no llegó a ser una sonrisa, pero que iluminó su semblante triste.

No, triste no; lo que reflejaba su cara era miedo, un lienzo en el que se dibujaban los fantasmas que sin duda poblaban su cabeza en esos momentos.

Foster no lo envidiaba, en absoluto. Es más, se compadecía de él, quería protegerlo, decirle que no iba a pasar nada, que sus monstruos eran suyos y podía dominarlos.

Pero sabía que no era verdad, que Kye no era el creador de aquella historia, no tenía el control.

Y, además, se estaba empezando a hartar de tanto mentir.

Esa gente, a pesar de lo surrealista y malrollero que era todo, era honesta y real incluso en sus mentiras, y era una sensación tan extraña como calmante.

Y digna de estudio, Foster debía de haber perdido el norte, estaba claro.

—No es que me disguste este club de lectura improvisado, en otras circunstancias hasta lo apreciaría, pero si se trata de abrir melones, me parece que nos habéis llamado para abrir uno, ¿no?

Fue admirable. No le tembló la voz ni un poco, y, aunque Foster no se creyó esa fachada de seguridad y practicidad, se llenó de un insólito orgullo al verlo ahí de pie, sin temblar, sin ahogarse.

—Buscamos a alguien más alto que Dean, al menos una cabeza, que masca chicle de forma compulsiva —dijo Eli.

—Hum, ya. ¿Y cómo habéis llegado a esa conclusión?

Que tampoco sé yo si lo de la altura es la supermegapista , ¿eh?

¿Cuánto mides, un metro setenta más o menos?

—Ante el encogimiento de hombros de Dean, Foster siguió—: Eso incluye a gran parte de la población masculina.

Y no podemos descartar que sea una mujer.

En absoluto, Julia es más alta. Y la agente Sommerset.

Y muchísimas mujeres más. Las jugadoras de baloncesto…

—Vale, vale, te hemos entendido —dijo Kye, que parecía haberse acercado a él sin darse cuenta.

—No era una mujer. —Tras una pausa, Dean añadió—: O no lo creo, al menos. Es una sensación, un recuerdo del que en realidad no me acuerdo. Pero creo que era un hombre.

—O sea que tenemos a un hombre de altura media que masca chicle de forma compulsiva.

—Hum, no, tampoco eso está claro.

—¿Cómo que no? ¡Pero si es lo único que teníamos claro! —dijo Eli sorprendida.

—No, quiero decir que… no llegué a verlo, así que no puedo afirmarlo con seguridad, pero sí lo oí.

Mientras estaba en el maletero del coche, recobré la consciencia en varias ocasiones; volvía a dormirme enseguida, por mucho que luchara por mantenerme despierto, estaba muy grogui y no lo lograba más que un minuto o dos, pero el recuerdo que tengo de esos momentos, aparte del olor a patata podrida del maletero, es el de oír a alguien haciendo pompas.

Varias seguidas, siempre varias seguidas; y las suficientes para que se me grabara en la memoria y me hiciera pensar: «Joder, qué tranquilo el tío, mascando chicle como si no pasara nada».

Es lo único que tengo claro de esas horas, me ha venido de golpe cuando Eli me ha leído una parte del libro donde tienen a la protagonista metida en una caja.

—Dean se pasó la mano por la cara y luego por el pelo—.

Siento no recordar más cosas, estoy siendo de muy poca ayuda.

—Ni se te ocurra disculparte. Te han secuestrado, te han drogado con vete tú a saber qué, has tenido que huir de un maletero en medio de un bosque, dormir a la intemperie dolorido y con una pierna rota, te hemos sacado a hurtadillas del hospital, te busca la policía, los servicios sociales, estás durmiendo en una habitación aterradora que pertenece a la persona que para ti encarna la muerte de tu hermano y una loca a la que no conoces te lee un libro sobre el poder de un amor oscuro y cuestionable…

No vuelvas a decir que no eres útil, eres un superviviente, uno con derecho a no recordar.

Cuando se exponía así, todo seguido y con ese tono frenético e indignado de Eli, te dabas cuenta de la mierda por la que estaba pasando ese chico, que, para añadir un poco más de dramatismo al asunto, vivía en la calle desde hacía un tiempo y cuyo hermano se había muerto en extrañas circunstancias; extrañas para él, al menos.

Hasta Kye pareció ser consciente de la magnitud real de la situación, de lo funesto que pintaba todo. Tanto si tenía que ver con Queer Project —como pensaba Julia— como si no, lo que estaba ocurriendo era siniestro e inquietante. Y muy raro.

—Es verdad —dijo entonces Foster dándose cuenta de algo—, ¿por qué te llevaría a un bosque?

«Para degollarlo sin testigos», pensó su mente sobrecargada de ideas espantosas. Por la cara de los demás, el pensamiento parecía generalizado.

—Hay tres bosques por los alrededores que sean transitables y estén abiertos al público —dijo Kye centrándose en algo más enfocado a avanzar—: el que lleva a las cataratas, el de detrás de la universidad Mystic Bird y el del lago. A Dean lo encontraron en…

—¡La carretera que baja de la universidad al pueblo! —dijo Eli eufórica, como si eso fuera un gran avance.